ALAS SIN SOMBRA DE AZAR

ALAS SIN SOMBRA DE AZAR
Alejandro Hermida
Subir al escenario la historia de la Conquista para explicarse la realidad nacional ha sido hasta ahora una de las ambiciones de los dramaturgos nacionales, idea que ha desembocado en largos y aburridos dramas en los cuales una maraña de palabras ha asfixiado el sentido escénico Alas sin sombra es el intento de Héctor Azar
A diferencia de ellas, esta obra no toma como modelo a los griegos para entregarnos una tragedia subdesarrollada, sino parte de un concepto y con él enfoca varios momentos de la historia del país hasta llegar al actual Usando la figura de Víctor Rey como signo del mestizaje, la obra considera que lo pasado durante la Conquista todavía tiene repercusión en el presente y en un epílogo expresa tres puntos que quieren ser concluyentes: Padecemos el trauma de la Conquista, los mexicanos no pensamos (dice que hacemos las cosas y no sabemos cómo) y no podemos salir de nuestra situación por los mismos problemas que no sabemos cómo resolver

Con estas tres ideas la obra se coloca entre las versiones pesimistas de la historia de México, ya que anula la posibilidad de una revolución tácitamente al reducirla a una discusión cervecera, y enfoca con una buena carga poética a Víctor Rey como sujeto universal en la historia mexicana desde la Conquista hasta nuestros días; así el mestizaje es el motor explicativo de los conceptos que maneja la obra, mestizaje que presenta como inevitable y como causante de los males que nos aquejan Con ello olvida que desde la Independencia hasta la fecha los cambios han sido provocados por movimientos campesinos, evidencia que no puede soslayar una obra con pretensión histórica
La estructura no es muy clara: parte de la llegada misteriosa de Víctor Rey (excelente escena alegórica sin ubicación temporal); de ahí nos traslada a su infancia durante la Conquista (donde sobra ese personaje encadenado que simboliza al conquistador); pasamos a una escena muy bien construida de varios capitanes deificados por los indígenas; un México Virreynal nos entrega a Víctor Rey elegante y joven y después de pasar por otros momentos históricos encallamos en una madurez enclavada en una discusión con su profesor del siglo XX donde se explica nuestro “trauma de la conquista” al tiempo que dos parroquianos departen cervezas en el mejor diálogo de la obra y hablan de la vida nacional
México niño, joven y madura; México como el mestizo, sí, pero la ilación de las escenas no tiene una clara concordancia, y pese a que Héctor Azar despliega en ellas su maestría para manejar a las palabras, nunca es totalmente clara la finalidad que se persigue y uno termina preguntándose si este recorrido simbólico se hizo para demostrar que, como el mestizaje fue algo inevitable, también lo es nuestro “trauma”; peguntándose si esta visión pesimista de un México donde no pasa nada y donde nadie hace nada (de ahí la inmovilidad de la última parte) no alimenta ese sentimiento de “frustración ancestral” tan absurdamente atribuido al mexicano, y si no son las luchas nacionales lo suficientemente expresivas como para alimentar a un drama que pretende presentar una visión global de la historia
Pero uno no puede dejar de admirarse ante la maestría de Azar para construir metáforas, ante el caudal de palabras que maneja, la obra puede verse solamente para ser partícipe de ese talento, ya que la escenificación, de él mismo, ni refuerza ni clarifica el texto; es un teatro totalmente formal, hablado, recitado, donde se dice todo y nada pasa, donde se quieren apresar tantos símbolos que el espectador se pierde entre significados; es un teatro críptico que no está al alcance de quienes van al Teatro del Bosque
En su mayoría los actores no contribuyen a la fluidez del texto; la fuerza poética de las metáforas de Azar no logra su potencia y se pierde entre las voces impostadas y las actitudes de actuación televisiva En este renglón destaca Octavio Galindo, quien se libra de las sobreactuaciones características en sus otros trabajos con la CNT; sobresalen además José Alonso, Luis Gimeno, Roberto Rivero y Mario García en pequeños papeles
La integración de las pinturas de Rufino Tamayo al espectáculo contribuye efectivamente a la plasticidad de la puesta en escena, ofreciendo un universo visual que Azar se encarga de enriquecer como en el caso de la escena inicial y en momentos de lirismo poético como la escena de las mujeres chismosas de la colonia (una de las más logradas escénicamente) El homenaje conceptual a Tamayo tal vez se encuentre enterrado en uno de los subtextos

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