RELATOS DE RICARDO ELIZONDO ELIZONDO

RELATOS DE RICARDO ELIZONDO ELIZONDO
Francisco Prieto
Ricardo Elizondo Elizondo —Monterrey, 1950—, que obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Cuento del gobierno de Zacatecas correspondiente a 1980, publica su primer libro en ediciones de la Universidad Veracruzana: Relatos de mar, desierto y muerte El volumen se compone de tres cuentos: “Donata”, “La visita” y “La casa canaria”
Hay en Ricardo Elizondo una experiencia profunda de la soledad que se resuelve en la densidad erótica de sus narraciones Por otra parte, muestra este escritor una voluntad de estilo que, a pesar de cierta desmesura y un sinnúmero de imágenes y construcciones gramaticales inadmisibles, se traduce en una muy personal forma de relatar perfectamente acorde a la sustancia de sus relatos

¿En qué consiste, pues, lo que he llamado la sustancia narrativa de Ricardo Elizondo?
Yo diría que ésta reside en un enfrentamiento violentísimo entre la vida y la muerte o, dicho en otras palabras, los personajes y los ambientes que nos presenta el escritor se desenvuelven cercados por la muerte, muerte que se encontraba ya, pero ellos no lo sabían, en su misma raíz; así, vamos asistiendo a la vida que se va haciendo presente—que el narrador “presentiza” con todo su vigor—, y la voz del relator se va haciendo frenética, parece envolvernos en una consagración de la energía al tiempo que una primera voz que introduce las historias se opaca progresivamente, pero no desaparece, como en una acumulación de fuerzas en la sombra que terminarán por volverse mar enfurecido y devastador, sol enceguecedor en medio de las arenas levantiscas del desierto, infierno que todo lo consume en lo que fuera un lugar apacible Y la voz de Elizondo conoce esas fluctuaciones de sus personajes y se va modulando con ellos y con ellos desaparece
Relatos de mar, desierto y muerte constituye, así, un territorio donde ya nada puede hacerse: el mar no es la esperanza sino la conciencia de los límites; el desierto no son los vastos espacios escalofriantes que conducen al infinito, sino una tierra que se va despoblando y una mujer que vela a sus muertos: la “casa canaria” lo fue del canto; ahí dos seres más o menos marginados aprendieron, queriéndose el uno al otro, a quererse a sí mismos, pero nacieron “un día que Dios estaba enfermo” y, al no poder tolerar la esterilidad fueron consumidos por el fuego de la locura
Podría afirmarse, entonces, que los Relatos de mar, desierto y muerte —el título responde a la secuencia de cada cuento, entendiéndose el mar como la primera claridad que se descubre en la “oscura raíz del grito” —son trayectorias de pasiones inútiles Y es que hay en Ricardo Elizondo el aliento trágico que vuelve estos relatos, sólo aparentemente sociales, en diversas modalidades que nos llevan al ahondamiento en la condición humana, enclavada fatalmente en la muerte Y la muerte es cosa de cada cual, por lo que, recordando a Cioran, “partiendo de esta soledad, se comprenderá fácilmente la necesidad, la urgencia del desierto”
Un fragmento del segundo relato, “La visita”, nos da la clave para el entendimiento del libro:
“En un momento en que llegó a la barda, de espaldas siempre a su jacal, sintió los brazos del hijo que la apretaban fuerte y su llanto limpio sobre la nuca, entonces ya no pudo más y se rebeló violenta contra el sentimiento que guardaba, sentimiento de perra podrida, engusanada y egoísta Sus entrañas se abrieron de nuevo para vaciar los puños de bondad que traían dentro, y en medio del sol desquiciante que era el pacto estúpido de su tierra desolada y estragada, le dio su comprensión de mujer pródiga”
“Una vez más vio cómo los hombres marchaban rumbo a las vías del tren Ella le dio un saquito lleno de piedras bonitas del desierto, y no le habló, porque la sangre entera se le cuajó en la boca”
Sí, la madre permanece en el desierto, en el viejo pueblo, ahora un pobrísimo caserío, mientras su hijo se marcha como se han marchado ya tantos otros, mas el hijo se va, como los otros, rumbo a las vías del tren, porque aun los vehículos siguen rutas ya trazadas, y si en el momento de la partida la vida cobra todo su sentido, y tanto que se le han abierto las entrañas, ha llegado, fatalmente, a ese punto de saturación donde la expresión de tan profunda se embota y queda sumida en el silencio en el momento mismo en que, por fin, se le había revelado el sentido último de su vida La mujer se ha rebelado contra la muerte y, enceguecida de vida, retorna, impotente, al silencio
Relatos de mar, desierto y muerte anuncia a un narrador al que habrá que seguir, a quien sólo falta lo que sobra a otros y, por cierto, lo menos importante: estilismo

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