SU PIEL, LA CERCANIA DEL INCIENSO; SUS OJOS, LA HERIDA LIQUIDA DE LA OBSIDIANA: CARLOS FUENTES

SU PIEL, LA CERCANIA DEL INCIENSO; SUS OJOS, LA HERIDA LIQUIDA DE LA OBSIDIANA: CARLOS FUENTES
Federico Campbell
“Usted es la Primera Dama del cine norteamericano”, dijo, arrodillado, el director George Cukor ante Dolores del Río, apenas el 22 de octubre de 1981, fecha en que el 25 Festival Internacional de Cine de San Francisco tuvo a la actriz mexicana como invitada de honor
María Asúnsolo López Negrete de Martínez del Río había nacido (en Durango, Dgo) en 1906 y murió el 11 de abril de 1983 en su caso de Newport, California, de cáncer en el hígado

Cuando fue recibida como una reina y aclamada como una diosa (“Todavía hay estrellas”, dijo Francis Ford Coppola allí presente) a lo largo del Palace of Fine Arts Theatre, los organizadores del festival afirmaron: “No hay duda de que Dolores del Río es una de las actrices más bellas del cine internacional Durante cinco décadas, su talento artístico ha iluminado la pantalla, y su aparición hoy entre nosotros constituye ni más ni menos un tributo a su extraordinaria carrera dramática”
De aquellos años en Hollywood queda el recuerdo de Joanna (1925), la primera película en que actúo dirigida por Edward Carewe, Los amores de Carmen, Ramona, Evangelina, El precio de la gloria, y En Caliente, ésta última mejor conocida en México como “Por unos ojos negros” y dirigida por Lloyd Bacon en el casino de Agua Caliente de Tijuana en 1935
En aquella época, decía el fotógrafo Ernest Bachrach, “los actores y las actrices querían aparecer no como eran sino como pensaban ellos que eran Las mujeres querían salir como Greta Garbo, Ann Harding o Dolores del Río”
Ernest Bachrach fue su fotógrafo en Volando a Río
John Kobal escribió más tarde, en El arte de los grandes retratistas de Hollywood: 1925-1940: “La forma de fotografiarlas consistía en mantener la cara sin expresión, pues animar el rostro distorsionaba al perfección Pronto Dolores del Río se vio reducida a las ropas que usaba y a los sets que ella decoraba, como un objeto más, extraordinario pero inanimado Su carrera en Estados Unidos se fue desvaneciendo debido a su tipo de belleza Qué raro encontrar entonces fotos como las que Bachrach le tomara cuando ella trabajaba para la RKO Aquellas fotografías concentran una calidad casi mística y revelan la mirada de un apacible pero seguro temperamento latino”
Dolores del Río no vivía del pasado ni en el pasado En su casa de Coyoacán, La Escondida, que compró en 1943, en la calle Salvador Novo, no existía ni existe, ni adentro ni afuera, un solo signo reminiscente de aquellos años: ni objetos, ni fotos, ni estilos en los muebles o en los cortinajes Sólo un aire de “años 40”, elegante, se deja sentir en el mobiliario Abundan, sí, piezas precolombinas escultóricas de la colección que compartía con su esposo, Lew Riley Hay algunos cuadros: el que le hizo Diego Rivera En otros rincones de la casa seguramente, en los roperos, en el sótano, habrá algunas fotografías, los cuadros que le pintaba John Carroll, Adolfo Best, Roberto Montenegro, Rosa Covarrubias, Miguel Covarrubias y José Clemente Orozco (el retrato que éste le hizo no le gustaba a Dolores), y dos o tres cartas No hay en la casa ningún indicio —más bien parece clara la intención de excluirlo— de que allí haya vivido una de las divas más importantes de la historia del cine
“Cuando una Dolores vestida de satín blanco baila `Orchids in the Moonlight’ en la noche carioca de Volando a Río, el temblor sexual ante la belleza física de la actriz no es ajeno a un humor erótico esencial: el de la norma violada Esta mujer hermosa, ondulante, serpiente de raso y flor carnívora, baila un tango para salvarse y burlarse del serrallo, el convento y el templo Pero sus labios aún muestran las huellas del látigo: su piel, la cercanía del incienso; sus ojos, la herida líquida de la obsidiana Garbo y Dietrich: mujeres convertidas en diosas Del Río: diosa a punto de ser mujer”, escribía Carlos Fuentes en mayo de 1976 a propósito del Ciclo Homenaje a Dolores del Río que organizó la Cineteca Nacional
En Orquídeas a la luz de la luna (Ed Seix Barral; Barcelona, 1982), la obra de teatro de Carlos Fuentes estrenada el año pasado en inglés en Cambridge, Mass, y en la que el novelista mexicano hace entablar un diálogo entre dos emblemas, un duelo de diosas, Dolores del Río y María Félix —los mitos, no las personas—, dice Dolores:
“Tú no sabes lo que era Hollywood, ser una latina en Hollywood, luchando contra el prejuicio primero, la edad que avanzaba en seguida, ¿por qué te ríes de la edad?, es la trepadora, la lepra visible de una actriz y las que tenían hijos los tenían que esconder o negar y los odiaban, les pegaban, una estrella como un hijo que crecía y la delataba, treinta años, cuarenta años, una actriz delatada por sus hijos era como una diosa, tú lo has dicho, sí, una diosa que arrodillada, humillada, obligada a ir al mandado y regresar cargada de latas, bistés, naranjas y coles Yo quería ser ligera, alada, una llama oscura”
María: “Nada le dolió a Dolores”
Dolores: “Pienso mucho en ella Brilló más que nadie Cuando se apague, será de noche en el mundo”
Al redactar el texto de la presentación del Homenaje a Dolores del Río, Fuentes elaboraba:
“El rostro es el sexo Dolores del Río no necesitó despojarse de la ropa para aparecer desnuda; le bastó abandonar el velo, desafío profano, desnudez erótica de un rostro cuya sensualidad es la verdadera, la mental, la imaginaria, la sospechada, la deseada Otros rostros reclamaron el sitial de la diosa y debieron conquistarlo Dolores del Río está siempre a punto de descender del altar que la aprisionó, obligándola a servir al sultán, al virrey, al guerrero
“Dolores del Río: los huesos faciales más perfectos del mestizaje indo-mediterráneo Todas las luces de Gabriel Figueroa o Lee Garmes no ocultan el mensaje que la espléndida estructura ósea de Dolores del Río quiere comunicarnos: Mi belleza es una calavera, una geometría de la muerte
“Extraño poder del retrato cinematográfico: Dolores del Río, un rostro que anuncia la vida de los rostros desaparecidos, velados, olvidados, sagrados que ella, en la fugacidad del instante cinematográfico, profanó, recordó, desveló y convocó Circe de sí misma Medea de las selvas de fuego Medusa de los desiertos y al cabo, siempre, la huérfana del desarrollo, la tapada del convento, la abandonada de las ceremonias de humo y sangre `Retratar un rostro es retratar un alma’ Quizás, la de la civilización”
Y en la página 81 de Orquídeas a la luz de la luna, el mismo título de la canción que se oye en Volando a Río, María dice:
“Yo te lloraré, hermanita, si te vas antes que yo”
Y Dolores: “Juntas Juntas”
María: “¿Tú me llorarás a mí?”
Dolores: “No, juntas, por favor ¿Quién me llevaría los domingos a la playa de Santa Mónica a lucir mi palmito en bikini, quién me enterraría en la arena el día de mi cumpleaños y me ensartaría veinte velas en el ombligo, quién, hermanita, quién?”

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