Elegía del retorno

Elegía del retorno
José Emilio Pacheco
El 19 de marzo de 1966 apareció en libro un extenso poema, El reposo del fuego Leído veinte años después tiene una resonancia extraña; desde el epígrafe de Job (“No anheles la noche en que desaparecen los pueblos de su lugar”) hasta la última parte que habla de la destrucción de la capital, ya iniciada en medio de lo que se llamaba entonces el “milagro mexicano” Sus dos primeros versos cobran ahora un nuevo sentido: “Nada altera el desastre: llena el mundo / la caudal pesadumbre de la sangre”
Pero su autor, José Emilio Pacheco, niega cualquier intención profética Dicen en cambio que “después del terremoto, toda la literatura mexicana parece un augurio de la catástrofe” El reposo del fuego queda como una respuesta personal y colectiva a lo que en 1966 estaba en gestación

Al cumplirse seis meses del terremoto, Pacheco entrega a Proceso la mitad aproximadamente de una nueva secuencia de poemas Con ellos reanuda sus colaboraciones en esta revista y su actividad literaria totalmente interrumpida por el sismo y sus consecuencias (AP)
Las piedras que hay en oscuridad y en sombra de muerte
abren minas lejos de lo habitado
En lugares ignotos donde el pie no se posa
se suspenden y balancean
Job, 28: 4-5
Volveré a la ciudad que yo más quiero
después de tanta desventura, pero
ya seré en mi ciudad un extranjero
Luis G Urbina, “Elegía del retorno”, 1916
1
Absurda es la materia que se desploma,
la penetrada de vacío, la hueca
No: la materia no se destruye,
la forma que le damos se pulveriza,
nuestras obras se hacen añicos
La tierra gira sostenida en el fuego
Duerme en un polvorín
Trae en su interior una hoguera,
un infierno sólido
que de repente se transforma en abismo
La piedra de lo profundo late en su sima
Al despetrificarse rompe su pacto
con la inmovilidad y se transforma
en el ariete de la muerte
De adentro viene el golpe, la cabalgata sombría,
la estampida de lo invisible, explosión
de lo que suponemos inmóvil
y bulle siempre
Sopla de abajo el viento de la muerte,
el estremecimiento de la muerte
Sale la tierra de sus goznes de muerte
Como secreto humo asciende la muerte
De su profunda jaula escapa la muerte
De lo más negro y hondo brota la muerte
El día se vuelve noche,
el polvo es el sol
y el estruendo lo llena todo
Y de repente lo más firme se quiebra,
se vuelve movedizo el concreto armado,
como hoja de papel se rasga el asfalto
La casa que era defensa contra la noche y el frío,
la violencia de la intemperie,
el desamor, el hambre y la sed
se transforma en cadalso y tumba
Sus habitantes quedan prisioneros,
sepultados en vida por la muerte,
sin otra compañía más que la asfixia
Sube el infierno a repartir la muerte
El Vesubio estalla por dentro
La bomba asciende en vez de caer
Brota el rayo del centro de la tierra
Cosmos es caos pero no lo sabíamos
o no pudimos entenderlo
El planeta al girar desciende
en abismos de fuego helado
¿Gira la tierra o cae? ¿Es la caída
infinita el destino de la materia?
Somos naturaleza y materia y sueño
y por tanto
somos lo que desciende siempre:
polvo en el aire
2
De aquella parte de la ciudad que por derecho
de nacimiento, crecimiento, odio y amor
puedo llamar la mía (a sabiendas
de que nada es de nadie)
no queda piedra sobre piedra
Esa que allí no ves, que no está
ni volverá a alzarse nunca
fue en otro mundo la casa
donde nací
La avenida que pueblan damnificados
me enseñó a caminar Jugué en el parque
hoy repleto de tiendas de campaña
Terminó mi pasado
Las ruinas se desploman en mi interior
Siempre hay más, siempre hay más
La caída no toca fondo
3
Para talar un árbol de cierta edad
no comiences nunca
por el durísimo tronco:
primero corta las raíces,
el cordón que ata al árbol con la tierra,
madre, sustento y memoria
Para que exista el árbol ha de haber tierra
Para vivir necesitamos memoria,
raíz, cordón (sentimental, material)
es decir, todo aquello
que derribó el inmenso hechazo en segundos
4
A los amigos que no volveré a ver,
a la desconocida que salió a las seis
de la colonia Granjas-Esmeralda o de Neza
para ir a su trabajo de costurera o mesera;
a la que iba a la escuela para aprender
computación o inglés en seis meses,
quiero pedir disculpas por su vida y su muerte
Ruego que me perdonen porque nunca encontraron
su rostro verdadero en el cuerpo de tantos
que ahora se deshacen en la fosa común
y dentro de nosotros siguen muriendo
Muerto que no conozco, mujer desnuda
sin más cara que el yeso funeral,
el sudario de los escombros, la última
cortesía del infinito desplome;
tú, el enterrado en vida; tú, mutilada;
tú que sobreviviste para mirar
primero la caída y poco después
la intolerable asfixia: perdón
No pude darles nada
Mi solidaridad de qué sirve
No aparta escombros, no sostiene las casas
ni las erige de nuevo
No puedo darles nada Pido, al contrario,
para salir de mis tinieblas, la mano imposible
que ya no existe o ya no puede aferrar
pero se extiende todavía
en un espacio del dolor o un confín de la nada
Perdón por estar aquí contemplando,
en donde estuvo un edificio,
el hueco profundo,
el agujero de mi propia muerte
5
La tierra desconoce la piedad
El incendio del bosque o el suplicio
de un pobre insecto bocarriba que muere
de hambre y de sol durante muchos días
son insignificantes para ella
—como nuestras catástrofes
La tierra desconoce la piedad
Sólo quiere
permanecer transformándose
6
Sólo cuando nos falta se aprecia el aire
Sólo cuando quedamos como el pez atrapados
en la red de la asfixia No hay agujeros
para volver al mar que fue el oxígeno
en que nos desplazamos y fuimos libres
El doble peso del horror y el terror nos ha puesto
fuera del agua de la vida
Sólo en el confinamiento entendemos
que vivir es tener espacio Hubo un tiempo
feliz en que podíamos movernos,
salir, entrar y ponernos de pie o sentarnos
Ahora todo encogió, cerró
el mundo sus accesos y ventanas
Ahora entendemos lo que significa
una expresión terrible: sepultados en vida
7
Con qué facilidad en los poemas de antes hablábamos
del polvo, la ceniza, el desastre y la muerte
Ahora que está aquí ya no hay palabras
capaces de expresar qué significan
el polvo, la ceniza, el desastre y la muerte
8
Secamos toda el agua de la ciudad, destruimos
por usura los campos y los árboles
En vez de tierra a nuestras plantas quedó
un sepulcro de fango árido
y rencoroso, malignamente incapaz
de amparar lo que sostenía
La ciudad ya estaba herida de muerte
El terremoto vino a consumar
cuatro siglos de lentas destrucciones
9
Entre las grandes lozas despedazadas, los muros
hechos añicos, los pilares, los hierros,
de pronto vi intacta, ilesa
la materia más frágil de este mundo:
una tela de araña
10
Para los que ayudaron, gratitud eterna, homenaje
Cómo olvidar —joven desconocida, muchacho anónimo,
anciano jubilado, madre de todos, héroes sin nombre—
que ustedes fueron desde el primer minuto de espanto
a detener la muerte con la sangre
de sus manos y de sus lágrimas;
con la conciencia
de que el otro soy yo, yo soy el otro,
y tu dolor, mi prójimo lejano,
es mi más hondo sufrimiento
Para todos ustedes, acción de gracias perenne
Porque si el mundo no se vino abajo
en su integridad sobre México
fue porque lo asumieron
en sus espaldas ustedes
Ustedes todos, ustedes todas, héroes plurales,
honor del género humano, único orgullo
de lo que sigue en pie sólo por ustedes
Reciba en cambio el odio, también eterno, el ladrón,
el saqueador, el indiferente, el despótico,
el que se preocupó de su oro y no de su gente,
el que cobró por rescatar los cuerpos,
el que reunió fortunas de quince mil millones de escombros
donde resonarán por siempre los gritos
de quince mil millones de muertos
11
Las fotos más atroces de la catástrofe
no son las de los muertos Hemos visto
ya demasiadas Este es el siglo
de los muertos Nunca hubo tantos
muertos sobre la tierra ¿Qué es un periódico
sino un recuento de muertos
y objetos de consumo para gastar
la vida y el dinero y ocultarnos en ellos
contra la omnipotencia de la muerte?
No: las fotos más atroces de la catástrofe
son esos cuadros en color donde aparecen muñecas
indiferentes o sonrientes, sin mengua, sin tacha,
entre las ruinas que aún oprimen
los cadáveres de sus dueñas, la frágil vida
de la carne que es como hierba
(ya ya fue cortada)
Invulnerabilidad de los plásticos,
indestructibles sin duda,
pero que en este caso tuvieron hombre
y existencia de alguna forma
Acompañaron, consolaron, representaron la dicha
de aquellas niñas que sin saberlo nacieron
para ver su futuro desplomándose
en el fragor de este fin del mundo
12
Del edificio que destripó en su furia inconsciente
al embestir el toro de la muerte
brotan varillas como raíces deformadas
Sollozan hacia dentro
por no ser vegetales,
capaces de hundirse en tierra y renacer,
a fuerza de paciencia reconstruirse
y levantar lo caído
Raíces inorgánicas esas varillas
que nada más soportan
su irremediable vergüenza
Se dejaron vencer por un doble peso:
la corrupción y la catástrofe
No son nudosidades de árbol caído:
son flechas
que apuntan a la cara de los culpables
13
El lugar de lo que fue casa lo ocupa ahora
un hoyo negro (y representa al país entero)
Al fondo de ese precario abismo yacen
escombros y basura y algo brillante
en la viscosa noche sin piedad que nos cayó encima
Me acerco a ver qué arde amargamente en el fondo
y descubro mi propia calavera
14
Hay terror en la luna que brilla plena entre escombros
Porque la luna es un desierto redondo, un espejo
de lo que nuestra tierra será algún día
Ni árbol ni pájaro
Continentes de arena helada, mares sin agua
Rocas toda mudez, toda ceguera
Sólo silencio
Sólo silencio que por fin ha anulado,
innumerable, el gran clamor de los muertos
15
No he vuelto a ver gorriones,
los ocelados sin ley ni hogar ni futuro
que eran los dueños de la calle, los amos
de los árboles moribundos
y las cornisas en ruinas
No he vuelto a ver gorriones ni palomas
Hoy esta es la ciudad de las moscas azules
Enjambran, tejen, amotinan, deslíen
su recocó zumbante las moscas azules
en su traje de luces que un día también
será bordado en mi taller de tinieblas
Minueto, rumba, vals de circo o marcha guerrera,
vibra la danza de las moscas azules
en esta que es ahora la ciudad de los muertos
Angeles condenados al subsuelo y hoy al escombro
abejas poderosas: todas son reinas
Qué democracia la de esas moscas azules
Qué poderío el de e las incansables que retan
con el color y el zumbido
Qué saber y gobierno de las moscas azules,
las dueñas y señoras de este valle de México
La dictadura de las moscas azules,
omnipotentes victoriosas, vencedoras soberbias,
la siempre invicta fuerza aérea implacable,
el orgullo más grande y más humilde
entre las huestes de la muerte
Ellas no tienen miedo de la noche de México
Son las nuevas luciérnagas Se adueñan
de las tinieblas y las hienden brillando
Sólo las moscas
reinan entre el estrago y se adueñan de todo
Las flores del desastre, las pregoneras
de los muertos que hay en el aire
La hija de la muerte se va a morir también
Patalea
la mosca azul agonizante que expira ahíta
del cadáver en que nació Ha devorado
todo su capital pero también ha cumplido
con su deber y su ética
Nació para ultimarnos, para limpiar
el mundo de la carroña que finalmente somos
No hay mosca azul para la mosca azul
El triunfo de la muerte beneficia por último
a las dueñas del mundo: las hormigas
16
El niño que se aburre en el jardín avizora
la columna de hormigas Van al trabajo
e intercambian informaciones Qué gran esfuerzo
llevar a cuestas su brizna o su fragmento de mosca
Qué ordenado parece desde allá arriba
este mundo de hormigas (en su interior
ha de ser como otro cualquiera
y bullir en discordia, tedio, ansiedades,
aguda conciencia
de la mortalidad de todo y todos)
En la visión del niño estas hormigas
semejan partes de un reloj Y él va a romperlo
Como una forma de poder imbatible
el niño aplasta
las casas, las columnas, las galerías
Gran cataclismo para ellas Y a unos centímetros
el mundo sigue igual Crecen las hojas,
el árbol se endurece en su quietud
cae el polvo en la luz, el tiempo gira
—y la ciudad de hormigas ya no existe,
ya sólo es un montón de ruinas dolientes
y diminutos seres que padecen
su agonía entre escombros
El niño, concluida su labor,
se dispone a algún otro juego
17
Esta ciudad no tiene historia,
sólo martirologio
El país del dolor,
la capital del sufrimiento,
el centro deshecho,
el núcleo del desastre interminable
Jamás aprenderemos a vivir
en la epopeya del estrago
Nunca será posible aceptar lo ocurrido,
hacer un pacto con el sismo, decir:
“lo que pasó pasó y es mejor olvidarlo;
pudo haber sido peor, después de todo
no son tantos los muertos”
Pero nadie se traga estás cuentas alegres
Nadie cree en el olvido
Estaremos de luto para siempre
Y los muertos
no morirán mientras tengamos vida

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