ESPECTRO DE SONATA

ESPECTRO DE SONATA
Bruce Swansey
Es una lástima que la inteligencia de August Strindberg, autoanálisis e incluso sus exasperantes contradicciones no sean más ampliamente conocidas, aunque ciertamente es una desgracia que sean exhibidas a la manera de Salvador Garcini (ya después de Lástima que sea puta, de Ford) con Sonata de espectros
Quizá la solemnidad, el acartonamiento y la falsedad sean las consecuencias que pesan sobre obras fechadas y que críticos como Bernard Diobold tengan razón al advertir en Sonata de espectros una evasión técnica cuya fórmula consiste en utilizar elementos visuales y musicales destinados a disimular insuficiencias dramáticas Sin embargo, frente a la opinión de Diobold —crítico acérrimo de los “expresionismos”— habría que recordar la labor de Strindberg como “hombre de teatro”, como escritor que produce obras para el teatro de cámara y que se enorgullece de haber creado el Caballo de Troya del teatro decimonónico, introduciendo principios wagnerianos como la música —fundamentalmente Beethoven—, juegos de luces y pantomima Desde la óptica de la puesta en escena, su labor al lado de Max Reinhardt o de André Antonie no es despreciable

Además, el naturalismo debe haber enseñado a Strindberg la importancia de una mayor claridad estilística en el análisis psicológico de una situación, llevándola a limpiar su teatro de elementos decorativos superfluos hasta lograr un discurso que frente al teatro ibseniano sorprende por su capacidad de síntesis, a menudo anudada en torno de un conflicto mental de voluntades opuestas Strindberg se exige un teatro que se constituye a partir del análisis de un motivo poderoso, economía expresiva, insistencia en la naturaleza íntima del fenómeno teatral y ciudadano en la ejecución
Sonata de espectros es considerada una de las obras más importantes y significativas de Strindberg: los temas y situaciones que en ella aparecen son ideas fijas, obsesiones que atraviesan la obra strindbergiana Los personajes han emprendido varios viajes a lo largo de su vida, pero permanecen atados al pasado Hay una atmósfera de culpabilidad en cuyo fondo está la posición tiránica sobre los otros, el vampirismo que encarna Hummel —alias Strindberg— y en la cocinera, no menos alarmante ni menos aterradora, que cierra el ciclo de la culpabilidad infernal
La puesta en escena de Garcini es avant garde en el peor de los sentidos: grandes ideas van de la mano con la nulidad artística y la incompetencia para entender el precario equilibrio que guardan entre sí la realidad y la fantasía Garcini no ha resuelto el aspecto primario de la dirección, que consiste en aclarar lo que necesite ser aclarado, en entender que el director debe ser leal con sus actores, en saber que dirigir no consiste en mostrar los defectos de construcción dramática, sino en obtener el mejor provecho de los textos El error de la puesta consiste en obviar el conflicto, en no unificar la dispersión de estilos actorales (entre Benavente y Los locas Adams) en enfatizar una faceta macabra que no es ineficaz ni deleitable y que hace de Sonata de espectros un espectro de sonata, involuntariamente cómica y forzosamente grotesca El señor Garcini ha sucumbido a una especie de gran guiño, la cual resta fuerza dramática a la obra y convierte la confesión ya no en un ejercicio de ironía con toques de sermón pietista (¿quién es Hummel —Strindberg para juzgar a los demás?) sino en una oportunidad para ver Los que se retuercen, de Lovborg (originalmente Louvborg) cuya saga seguramente continúa en Mientras los tres nos desangramos, drama de lujuria y celos
De Sonata de espectros queda sólo la interpretación, es decir, el caldo sin sustancia de un deseo superficial de asombrar mediante la hiperbolización de los gestos, la destrucción abracadabrante de las tensiones y de la ironía poética de una obra que bien representada debería entregarnos personajes admirablemente concretos En su lugar, la pretensión hy brow del señor Garcini propone una sucesión de imágenes poco interesantes en sí mismas e insignificantes en relación con la obra, la ausencia de movimiento escénico y la utilización de aficionados sin posibilidades histriónicas traiciona aún más la obra de Strindberg Cabe señalar la falta de respeto y de comprensión del texto y la deslealtad de Garcini ante actores como el señor Lorenzo de Rodas y la señora Adriana Roel, cuyo personaje parece haber salido directamente del Rocky Horror Show La escenografía, arquitectónicamente bien resuelta, es aplastantemente kitsch, sumida en una iluminación que es el cliché claroscuro que se necesitaba para terminar de asesinar la obra y a la audiencia
Después de Buchner y al mismo tiempo que Shaw, Strindberg logró modificar la crónica histórica; después de los románticos alemanes y al mismo tiempo que Maeterlinck y Yeats, convirtió los cuentos de hadas en un teatro delicado e imaginativo Strindberg fue —por decirlo así— un partero de la modernidad que según Eugene O ‘Neill era “el escritor más grande de quiénes han interpretado los conflictos espirituales característicos de nuestra época” Es lamentable que en esta ocasión resulte lastimoso, anacrónico, sobrecargado y entorpecido por los vicios gagá del teatro que justamente Strindberg fue el primero en combatir
Sonata de espectros, de Augusto Strindberg Dirección: Salvador Garcini Con: Demián Bichir, Arianne Pellicer, Lorenzo de Rodas, Adriana Roel y otros Teatro: Juan Ruiz de Alarcón

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