LA PINTORA DEL COLOR, OLGA COSTA: DE LOS HORRORES DE SU INFANCIA AL MIEDO DEL HOMENAJE QUE LE RINDE EL FIC

LA PINTORA DEL COLOR, OLGA COSTA: DE LOS HORRORES DE SU INFANCIA AL MIEDO DEL HOMENAJE QUE LE RINDE EL FIC
Sonia Morales
GUANAJUATO, Gto – Los grises, los oscuros “horribles” que marcaron la infancia de la pintora Olga Costa, quedaron en recuerdos que aún la hacen llorar, pero no marcaron su obra, llena de colorido y temas vivos: flores, rostros, figuras
Es la elegida para el homenaje que este año rinde el XVII Festival Internacional Cervantino —del 13 al 29 de este mes—, el día 14 en el Museo del Pueblo, con la inauguración de una muestra retrospectiva de su obra realizada entre 1935 y 1989

Estuvo gravemente enferma a finales del año pasado y principios de éste, con una secuela: una fuerte bronquitis de la que todavía no se repone completamente La pintora de origen alemán se anima con la entrevista, poco a poco su voz toma fuerza, cuando reconoce:
“Yo no tengo ese sentido político, me falla Puedo decir cosas terribles pero no las puedo pintar No sé Quizá porque no tengo práctica” Argumenta así por qué nunca hizo murales “una superficie grande francamente me espanta”) o pintura de temas políticos, a pesar de que le tocó convivir con los artistas del momento en que se produjo lo mejor del muralismo mexicano: Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo y su propio esposo, José Chávez Morado
En la “Torre del Arco”, al final de la calle de Pastita en esta ciudad, los ladridos del pastor alemán inhiben la entrada En el primer piso de la antigua edificación de altos techos está su estudio Dos caballetes vacíos evidencian su enfermedad, su falta de energía para pintar Los pinceles, los tubos para óleos esperan La mesita de trabajo cuidadosamente ordenada separa ese espacio de una pequeña sala, donde se acomoda con un cojín
Nació en Leipzig, Alemania, de padres rusos: Ana y Jacobo Kostakowsky El violinista, compositor, llegó con su familia cuando Olga cumplía (“en el barco en que veníamos celebré mi cumpleaños”) 12 años, después de la Segunda Guerra Mundial Estudió en el Colegio Alemán y “claro, mi padre músico, a mí me encaminaron por la música Aprendí a tocar el piano, pero en el primer concierto de alumnos me dio pánico Yo sufro de fiebre de candilejas”
Luego estudió canto, pero también desertó con la primera audición de alumnos Fue hasta los 21 años que Olga Costa (“decidí latinizar mi apellido con la primera parte de él”), a instancias de su maestra de música, va con Tamayo para estudiar pintura
“Tamayo me dijo: `No se meta a San Carlos, no sirve Cuando vuelvan a abrir las Escuelas de Pintura al Aire Libre yo le doy clases’ Pero nunca más las abrieron, esa fue una de las grandes tonterías que han cometido nuestros educadores Finalmente me fui a San Carlos”
Ahí vio por primera vez a José Chávez Morado, recuerda con emoción reflejada en su rostro
Pícaramente cuenta cómo él, que era un profesor que daba clases por las mañanas, la iba a ver a San Carlos: “Fue un 10 de mayo cuando empezamos a ser novios”
En San Carlos tuvo maestros como un Carlos Mérida: “Era difícil pintar porque las telas y las pinturas que nos daban eran corrientes, me acuerdo que formaban nata Nos daban clases de dibujo, pero a mí me costaba mucho trabajo aprender a proporcionar las figuras Entonces Mérida me decía; `!córtale¡’ Tengo un cuadro de aquel entonces que José quiere que lo exhiba pero yo no quiero, parece una salchicha rellena, es un cuerpo con los brazos y piernas cortadas El siempre lo saca para hacerme remedar”
Olga entremezcla sus recuerdos de México con los de Alemania Pero de aquellos reconoce que sólo los tiene “malos, muy malos”, y narra que cuando tenía tres años de edad estalló la Segunda Guerra Mundial: “a mi padre, que era de origen ruso, lo metieron a la cárcel, luego le dieron un permiso especial para que trabajara como violinista”, pero más adelante lo volvieron a encarcelar: “Yo lloraba junto con mi madre ante el jefe de la policía para que lo soltaran”
De la escuela (extrañamente llamada “Alta para hijas de familia”) evoca su oscuridad y su mal olor: “era horrible, mi día más feliz fue cuando murió la mamá de la directora porque nos dieron el día libre”
La entristece hablar de guerra, vibra cuando evoca el viaje que hizo, ya casada con Chávez Morado, primero a Odesa, al pueblo donde nacieron sus padres, y luego a Moscú para ver al Kremlin, las tumbas de los muertos en la Segunda Guerra Mundial Y reniega de que existan guerras: las lágrimas salen solas
Todos estos “horrores”, como ella dice, no los puede plasmar en el lienzo Igual que las “cosas terribles que digo”, como que “las galerías no tienen corazón, tienen un bolsillo grande en donde nosotros tenemos nuestros sentimientos, eso no tiene remedio, aunque se enferme quien se enferme”, y afirma que no sólo las galerías, también los particulares “engordan” las obras de arte Suspira al señalar: “Pero bueno, hay tantas cosas que no se pueden decir”
Deplora también que en la exhibición no podrán estar muchos de los mejores cuadros que hizo y que venció a gente o galerías en Estados Unidos y Europa: “El INBA, ¿cuándo ha tenido dinero? Eso lo hacen los americanos, cuando tienen una exposición traen los cuadros de donde sea”
—¿Y el FIC?
—No puede, ni siquiera se los propuse Además aquí, en México, hay gente que no quiere prestarlos por egoísmo, porque tienen miedo de que se los estropeen Pero, total, para lo que les costó hace años ¿cuánto costaban? Una ridiculez”
Relata cuando a principios de la década de los 50’s Fernando Gamboa le pidió que hicieran un cuadro que tuviera todas las frutas de México “Tuve que ir a la merced a buscar y buscar frutas Quedó lleno de colorido En aquel entonces me pagaron cinco mil pesos y Fernando quería que hiciera otros dos: uno de panes y otro de dulces Le dije que me diera por muerta y que no los hacía Eran muy grandes”
Ahora, para la exposición de “Imagen de México” que ha viajado por varias ciudades europeas, se hicieron posters del cuadro La vendedora de frutas Se vendieron a 10,000 pesos cientos, “fue insólito, cuándo se venden así los carteles en México” De esto —reconoce— no recibió nada
Remata: “Los pintores somos una especie de gatos de no sé quién En serio Uno está obligado a dar y a dar y a nosotros nadie nos da nada”
Toda su producción la ha vendido, a través, primero, de la galería de Arte Mexicano, de Inés Amor, y ahora con Lourdes Chumacero Unicamente conserva unos cuantos cuadros que tiene en su estudio “porque José no me ha dejado venderlos, me los ha quitado”
La exposición estará integrada, además de pintura de caballete, por dibujos y proyectos Alrededor de 120 obras
Alumna de Mérida, pero también de Pablo O’Giggnis, de Tamayo; rememora los años de formación al lado de su esposo y de Feliciano Peña y Francisco Gutiérrez, este último “poco conocido porque murió muy joven”, en Jalapa donde hicieron La expropiación del petróleo y La invasión de los americanos: “Lo único que hice fue resaltar los rebozos para hacerlos sentir, pero nunca he hecho murales”
Con la enfermedad su vigor ha menguado Dice que con mucho trabajo logró terminar un cuadro que había empezado el año pasado: “No recuerdo nada de lo que me pasó, todo me lo han platicado, incluso perdí la memoria Cuando me levanté de la bronquitis, dije: ¿Y este cuadro? era una cosa blanca como sopera vieja, como de principios de siglo Había empezado a llenarlo de flores, me faltaba terminarlo Con mucho trabajo lo terminé La directora del FIC, Maraki, me lo quería comprar, pero José dijo: `Este no se vende, es el de la resurrección’ Lo tiene guardado en su estudio, enfrente del de Olga Costa, ahí mismo, en la “Torre de Arco”
Aquel pánico que sintió cuando joven en el concierto y en la audición de alumnos vuelve a invadir a Olga ante la proximidad del homenaje, del que dice: “fueron muy amables al acordarse de mí”

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