Volvió a quedarse en la Tarahumara

Volvió a quedarse en la Tarahumara
Murió otro obispo de los pobres: José Alberto Llaguno Farías
Francisco Ortiz Pinchetti
SISOGUICHI, Chih – Promotor de una Iglesia autóctona, pastor excepcional, defensor radical de los derechos humanos, José Alberto Llaguno Farías quiso morir en la sierra, entre los suyos, para dar testimonio postrero de su opción definitiva por los pobres

Murió en Creel, al amanecer del miércoles 26 de febrero, en una modesta clínica dedicada a dar atención médica a los indígenas
Ocho rarámuris cargaron al día siguiente su ataúd y lo depositaron en la cripta recién construida al pie del campanario de la catedral de Sisoguichi, pequeña población serrana, sede del obispado, donde se fundó en 1676 la misión jesuita de la Tarahumara
Tres meses atrás, herido por un cáncer irremediable, el obispo intentó escribir una carta pastoral que no pudo concluir y que hoy se convierte en su testamento:
“Veo que tenemos que vivir más plenamente, con más generosidad y entrega, nuestra opción por los pobres, nuestra opción por las culturas, nuestro trabajo por una Iglesia autóctona donde el laico indígena, el pobre, el marginado, deveras vaya siendo miembro activo de esta Iglesia”, pidió a los agentes de pastoral de su vicariato
Llaguno, que presumía de que nunca había padecido “ni de una uña enterrada”, enfermó en julio pasado, casi a punto de cumplir 66 años Se recuperó de una operación, pero luego su salud mermó hasta el desahucio Sufrió intensamente Hace un mes pidió ser trasladado de la clínica donde se atendía, en El Paso, Texas, a la Tarahumara, su sierra
“El era de la sierra y la sierra era de él, en el sentido de un compromiso mutuo”, dice el jesuita Javier Avila, quien trabajó al lado del obispo durante 17 años “La sierra no como algo etéreo: la sierra era para él el tarahumara, la gente, los pobres”
Su funeral tuvo dos facetas, en alguna forma contrastantes y en mucho significativas
Primero, una misa concelebrada por sus amigos los obispos Samuel Ruiz, de San Cristóbal de las Casas; Bartolomé Carrasco, de Oaxaca; Arturo Lona, de Tehuantepec, y Hermenegildo Ramírez, de Huautla La ausencia de Sergio Méndez Arceo —fallecido apenas dos semanas atrás— fue suplida con una fotografía en que aparecen juntos el obispo de Cuernavaca y Llaguno mismo, colocada a un lado del altar
Al terminar, regresaron a sus diócesis
Se realizó entonces una segunda celebración litúrgica, encabezada por el presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicana (CEM), Adolfo Suárez, en la cual participaron los obispos de las diócesis de Chihuahua
A esa misa asistió el gobernador Fernando Baeza Meléndez Y no sólo asistió sino que ocupó un lugar especial en compañía de su esposa, habló durante la celebración eucarística y comulgó
La elección de Baeza en 1986 fue fuertemente impugnada por el clero chihuahuense, encabezado por sus obispos, Llaguno entre ellos
OBISPO AVIADOR
José Llaguno nació en Monterrey el 7 de agosto de 1925 Su padre, Jesús Llaguno, fue destacado empresario, dueño de la empresa Textiles La Leona y luego, de Nylon de México (que finalmente las maniobras del Grupo Alfa hicieron tronar)
Hijo de familia rica, de chamaco quería ser ingeniero químico y piloto aviador, como lo recordaría en su funeral el también jesuita Luis del Valle Pero apenas había cumplido 18 años cuando ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús, en San Cayetano, México
Durante su formación sacerdotal estuvo dos años en la Tarahumara, por primera vez Entonces aprendió la lengua indígena y conoció la sierra
Se ordenó en 1956, a los 26 años Dos años después marchó a Roma para estudiar derecho canónico Regresó a la Tarahumara en 1962 y al año siguiente recibió el cargo de vicario del primer obispo de la Tarahumara, salvador Martínez Aguirre, también jesuita Luego estaría encargado de las escuelas radiofónicas del vicariato En 1973, al renunciar Martínez Aguirre, fue nombrado administrador apostólico
El 13 de abril de 1975 fue consagrado segundo obispo de la Tarahumara, extensísimo vicariato creado en 1958 y encomendado a la Compañía de Jesús, autónomo respecto a la estructura formal de la Iglesia mexicana
Entre 1986 y 1989 Llaguno presidió la Comisión Episcopal para Indígenas, de la CEM
Ante la violación sistemática de los derechos humanos de los indígenas, y del pueblo chihuahuense en general —víctima de abusos, asesinatos y tortura por las policías judiciales estatal y federal—, promovió en 1988 la fundación del Comité de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos, que presidió hasta su muerte
Optimista “a rajatabla”, según lo describe el jesuita Gilberto Alvarado, actual vicario general, Pepe Llaguno —como aquí todos le decían— tenía entre sus preocupaciones centrales ejercer un episcopado para la Iglesia, expresado en concreto en la Tarahumara, pero en la perspectiva de las Iglesias mexicana y latinoamericana
“De ahí —dice Alvarado— su intensa participación en reuniones, talleres, cursos y otras actividades en diversos países latinoamericanos y su estrecha relación con prelados como el ecuatoriano Leónidas Proaño y Sergio Méndez Arceo, comprometidos en la línea de la teología de la liberación”
Llaguno, agrega el vicario, “sabía que estaba dentro del conflicto eclesial, pero se mantenía seguro y tranquilo: por aquí, decía, nos toca caminar, a pesar de todas las dificultades que puedan presentarse en el camino Y muy a sabiendas de que no había entendimiento total con otras líneas de la Iglesia”
Constante fue su búsqueda de una evangelización inculturada, a partir de la realidad de la Tarahumara: una región que es “otro mundo” geográfico, cultural y eclesial, como el rarámuri es también diferente, incluso, de otros indígenas
El mismo, señala el padre Avila, era un obispo diferente, hasta en su vestimenta “Hoy, la imagen del obispo en la Tarahumara es la de un hombre muy cercano al pueblo y muy sencillo, como lo fue también el señor Martínez Aguirre Con los sacerdotes del vicariato siempre hubo una relación de gran confianza Aquí no había ese falso respeto que se convierte en temor”
Ricardo Robles, otro jesuita con 31 años de trabajo en la sierra, toca un aspecto toral de la tarea innovadora del obispo Llaguno:
“Para Pepe resultaba indispensable partir de la aceptación de que hay una iglesia legítima entre los indígenas, con sus propias concepciones de fe, sus propios ritos y sus propios ministros”
El proceso de conversión en Llaguno Robles lo describe como “un proceso de adaptación sin quiebres bruscos”
Dice que “siempre hubo en Pepe un sentido de vida austera en la abundancia” y que sus opciones se fueron dando a través de las cosas concretas “Era un hombre que creía en los demás y por eso fue capaz de asimilar el proceso de otros y de asumirlo como propio”
Su participación en la Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Puebla, en 1979, donde fue encargado de elaborar el documento sobre la opción preferencial por los pobres que ahí fue aprobado, “marcó un paso trascendental para él”, dice el jesuita La encomienda que recibió fue algo que lo impactó, algo que lo marcó”
Rasgo singular en él, Llaguno retomó su vocación de aviador A bordo de su Piper de cuatro plazas, el obispo, capitán piloto aviador, sobrevoló por años la sierra en todas direcciones para llegar a todos sus confines: las cimas y las barrancas, las cañadas y las planicies El avión fue para él instrumento magnífico, que le permitía rápida movilización para visitar comunidades lejanas, incomunicadas, trasladar enfermos, llevar víveres
Hasta que un día decidió dejar el avión
“Decía que el avión le ayudaba a moverse más rápido, pero que lo podía alejar de la gente”, cuenta Avila “Mejor es caminar por la sierra, decía”
Todavía un mes antes de enfermar, en mayo del año pasado, caminó ocho horas de ida y ocho de regreso para visitar la comunidad de Awérare, según recuerda su secretaria, María Elena Corripio, quien trabajó estrechamente con él los cinco últimos años de su vida y que lo describe como “muy metódico y organizado, capaz sin embargo de interrumpir cualquier actividad para atender a la gente que llegaba en su busca”
FERNANDO, EL CATOLICO
Cientos llegaron a su funeral en Sisoguichi Sus tarahumaras y sus sacerdotes, y sus laicos, y sus semis Su madre, sus hermanos Sus amigos obispos, como Samuel Ruiz, que al hablar durante la primera misa lloró al reconocer su “cobardía” por no atreverse a escribirle ni a llamarle en los días finales de su larga, dolorosa agonía
Y Arturo Lona, que sí le escribió y que leyó su carta:
” De verdad nosotros, los agentes de pastoral y el pueblo que te trató, descubrimos en ti al hombre ciento por ciento humano, al cristiano de fe madura y comprometida, al jesuita de temple ignaciano al obispo: todo un señor rarámuri, entrega completa a los llamados más pobres entre los pobres Supiste ser testimonio y eso es lo que cuenta”
Entre coros de niños tarahumaras se celebró al aire libre la misa final, en el atrio de la catedral Rarámuris ataviados de “apóstoles” flanquearon el ataúd gris que contenía los restos del obispo
En las alocuciones, luego del Evangelio, el obispo de Ciudad Juárez, Manuel Talamás, subrayó la presencia en esa celebración del gobernador Baeza Meléndez, quien —dijo— “ha hecho esfuerzos por tender puentes” de entendimiento
Momentos después el mandatario estatal mismo tomó el micrófono para hacer un breve elogio del obispo fallecido, a quien conoció tarde Dijo Baeza que quienes como él “somos de formación jesuita y por tanto pertenecemos a la Compañía, sabemos reconocer cuando estamos delante de un jesuita, como don Pepe”
El gobernador, de traje negro y corbata plateada, aseguró rodeado de obispos y sacerdotes que la obra de Llaguno perdurará “porque estuvo fincada en el amor” Terminó: “quienes creemos en la resurrección, sabemos que para resucitar hay que morir Don Pepe ya resucitó”
Minutos después, Baeza Meléndez recibió la comunión de manos del arzobispo emérito de Chihuahua, Adalberto Almeyda y Merino El mismo prelado, hoy dimitente, que estuvo a punto de suspender los cultos en su arquidiócesis, en el verano de 1986, como protesta por el fraude electoral que llevó al propio Baeza a la gubernatura La insólita medida fue suspendida por instrucción expresa de la Santa Sede, luego de la eficiente intervención del delegado apostólico Gerónimo Prigione, a solicitud del entonces secretario de Gobernación, Manuel Barttlet
Al término de la misa, un gobernador rarámuri despidió en su lengua al pastor inolvidable Después, el jesuita Carlos Vallejo leyó un mensaje, también en tarahumara, que luego tradujo Sustancialmente, advirtió del peligro de que se envíe, en sustitución del pastor fallecido, a alguien “que no conozca lo que quieren sus ovejas” Advirtió: “que jamás se cometa el grave pecado de mandar un mercenario”
El entierro del obispo se realizó conforme a los ritos tarahumaras Los rarámuris cargaron el féretro —precedidos por un grupo de danzantes que hacía giros al son de la música de un viejo violín— y lo condujeron alrededor de la cruz del atrio de la catedral, frente a las cumbres nevadas de la sierra Luego lo llevaron, seguidos por los obispos y sacerdotes y la gente ahí reunida, hasta la cripta construida exprofeso al pie de la torre, mientras las campanas doblaban a duelo
Ahí quedaron los restos del segundo obispo de la Tarahumara ” Y esas barrancas —decía Arturo Lona en su carta—seguirán dibujando la silueta de tu avioneta peregrina, piloteada por ti”

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