El crítico frente al ejecutivo

El crítico frente al ejecutivo
A punto de ser publicadas por la editorial Joaquín Mortiz, las memorias de Daniel Cosío Villegas fueron entregadas a Proceso por la viuda del desaparecido intelectual doña Emma Salinas, a quien expresamos nuestra gratitud En exclusiva, presentamos aquí fragmentos de esos valiosos testimonios
Poco después (22 septiembre 72)señalé que el presidente Echeverría estaba resultando un gobernante muy original; pero que el mexicano común y corriente no se acostumbraba todavía a esa originalidad, y que por eso no la entendía Es más, afirmaba yo que era muy semejante la situación en que se hallaban sus más cercanos colaboradores Por eso, a semejantes alturas, nadie creía que existiera un verdadero diálogo entre el Presidente y la ciudadanía, sino un monólogo, y no uno solo, sino millares de monólogos, pues a los muchos del propio Presidente se añadían ahora los de sus colaboradores Este hecho, y muchos otros, desde luego, parecía imponer la pregunta en boga entonces de si Echeverría era un hombre de buenas intenciones Tomaba yo como campo exploratorio “las comparecencias” de nada menos que siete de sus ministros ante la cámara de diputados, algunas de las cuales fueron televisadas durante siete horas continuas Por si algo faltara, el mismísimo presidente de esa Cámara anunció que semejantes comparecencias se hacían “con la venia del señor Presidente” Me impresionó esta declaración, que hizo un diputado al que se pintó como “un joven de veintiocho años de edad”, pues indicaba que quizás por su juventud no había tenido tiempo de leer el artículo 93 de la Constitución que dice claramente que el Congreso tiene la facultad de requerir la presencia de cualquier secretario de estado y que, por lo tanto, el Presidente no puede oponerse a ese requerimiento Además, semejante artículo constitucional indicaba que sólo podían ser llamados los secretarios de estado y no, por ejemplo, los directores de los organismos descentralizados Y llamarlos sólo para informar de alguna ley o negocio relacionado con el ramo, y no como se llamó al jefe del Departamento Agrario, para “esclarecer” el informe presidencial En resumidas cuentas alababa yo la buena intención del Presidente de exhibir a sus ministros en las Cámaras y de devolverle a éstas la dignidad perdida de un poder independiente del ejecutivo Sin embargo, tan buena intención la había estropeado la ignorancia de esa disposición constitucional Concluía yo diciendo que este y otros hechos semejantes podían despertar en el mexicano el deseo de volver al Tapadismo, porque si es verdad que nos impedía ver a nuestros gobernantes, al menos “mantenía la ilusión y la esperanza de que no fueran irremediablemente malos” En seguida me llegó la noticia de que al Presidente Echeverría le había disgustado mucho ese artículo, que consideraba, además de injusto, altanero
Dada su prédica constante de que la libre expresión de las ideas era la fuente misma de toda democracia, y que él mismo la practicaba haciendo una “autocrítica” de su gobierno, resolví anunciar en el siguiente artículo que dejaba de colaborar en Excélsior El día mismo en que apareció, y bien temprano en la mañana, pues no eran siquiera las diez, el ingeniero Bravo Ahuja me preguntó por teléfono si podía yo recibirlo, pues deseaba hablar conmigo Conocí a este caballero cuando era subsecretario de educación técnica con Jaime Torres Bodet, pues ambos éramos miembros de la Comisión Consultiva de la UNESCO; pero nuestra relación era bien tenue Sin embargo, hacía poco tiempo había yo publicado un artículo elogioso de los nuevos libros de texto gratuitos, empresa en la que el propio Bravo Ahuja había puesto interés, pero sobre todo su esposa, que, en rigor con toda su característica fogosidad, era el motor de ella A los quince minutos Bravo Ahuja y yo estábamos instalados en mi pequeño estudio No resultó exactamente un buen diplomático, y, ni siquiera diplomático a secas, de modo que visiblemente planteó mal el asunto Me dijo que su señora acababa de llegar a la casa en un estado de gran excitación, pues en el avión que la trajo de Oaxaca había leído en Excélsior el anuncio de que suspendía mis colaboraciones “Me pidió del modo más vehemente —añadió— conversar con usted hasta convencerlo de que siga escribiendo, pues sostiene que al pueblo mexicano le es indispensable oír una voz clara e independiente” Yo tenía alguna noticia de que la señora Bravo Ahuja era, a más de tesonera, exaltada; asimismo, que pesaba mucho en el ánimo de su marido A pesar de esto, no dejó de parecerme extraño que el ingeniero se moviera con ese solo impulso En todo caso, la respuesta era obvia: apreciaba yo muchísimo los buenos sentimientos de su esposa, y por eso desearía poderla complacer; por desgracia, la vida enseña todos los días que no siempre resulta posible conseguir esa satisfacción general El ingeniero volvió a la carga, pero yo me defendí preguntándole si la agitación universitaria de esos días no llegaría a la calle y a la plaza pública Me dio una larga explicación, al cabo de la cual parecía sugerir preocupado porque no avanzaba nada en el objeto de su visita Me preguntó entonces que si no quería yo hablar por teléfono con el presidente Echeverría, que se encontraba en Cuernavaca Le dije que me parecía hasta impropia la escena de ponerme a examinar por teléfono con el Presidente viejas y enredadas cuestiones como el papel del escritor en una sociedad, o el lugar de la libertad de pensamiento en una democracia Entonces, Bravo Ahuja, con un visible desaliento, se dispuso a marcharse

De la puerta de salida del estudio, a unos escasos cuatro metros, se advierte claramente la repisa en que está el teléfono Al verlo, Bravo Ahuja exclamó: “¿De veras no quiere usted hacerme el favor de hablar con el Presidente?” Ratifiqué entonces la sospecha de que Bravo Ahuja había hecho la gestión, no a pedido de su esposa, sino del propio presidente Echeverría, y de allí que se sentía desolado con su fracaso Por eso le dije al instante que hiciera la comunicación Marcó el número y contestó el Presidente, quien comenzó el “diálogo” en estos términos: “Mi querido, admirado y respetado maestro Me han dicho que resolvió usted dejar de escribir en Excélsior porque a alguno de mis colaboradores le disgustó un artículo suyo” Lo interrumpí para decirle que por dos conductos distintos me había enterado de que él era el disgustado Replicó con uno de esos argumentos desconcertantes que le oí después en más de una ocasión: “¿Pero cómo es posible que alguien piense y diga semejante cosa de mí, cuando he sido el único Presidente de México que ha nombrado embajador en China a un muchacho de treinta y dos años?” No le quise replicar que precisamente en el artículo causa de su disgusto me había yo burlado de otro “muchacho”, éste de sólo veintiocho, que, como presidente del Congreso, había mostrado su ignorancia de la Constitución De modo que lo dejé hablar Por fortuna, se encarriló un tanto al decirme que no vacilara yo en censurar a sus colaboradores, pues, de hecho, él lo hacía con frecuencia, además de exponerlos a la opinión pública con ese objeto Terminó su perorata pidiéndome directamente que reconsiderara mi resolución La verdad de las cosas es que me sentí confundido por el calor de aquella arenga, que debió durar unos diez minutos Entonces, lo único que se me ocurrió decirle fue que lo pensaría con verdadero interés Al poco, sin embargo, reaccioné: me pareció que no acceder a esa indicación podría interpretarse como una desatención, en realidad como una grosería a la persona del Presidente Le llamé entonces a Julio Scherer para comunicarle que seguiría yo escribiendo Así lo hice, si bien para aquietar un poco la atmósfera, elegí el tema de la iniciativa privada, al cual dediqué los tres siguientes artículos
En realidad, ya había hecho un contacto personal con el Presidente Preocupado porque creyera el público en general y desde luego el Presidente mismo, que mis críticas tenían un origen o un objetivo personal, le dije a Porfirio Muñoz Ledo que si pensaba que el Presidente aceptaría ir a comer en mi casa un sábado cualquiera Se aceptó la invitación, y lo primero a resolver era a quiénes invitábamos, aparte, por supuesto, de los matrimonios Echeverría y Muñoz Ledo En manera alguna quería yo que aquella comida se convirtiera en una conversación, y menos en una disputa política, de modo que decidí invitar a dos parejas más que le dieron un claro tinte “social” a la reunión Fueron Raúl Fournier y Carito Amor, más Bernardo Sepúlveda y Anna Iturbe Pero no fue posible evitarlo El convenio fue que las señoras Echeverría y Muñoz Ledo llegarían a casa por su cuenta, y por la suya los varones Yo estaba de casualidad cerca de la verja de la Segunda Cerrada de Frontera cuando llegaron las damas, y no fue poca mi sorpresa (y mi temor) procedían en parte de aquella inesperada escena teatral, y en otra mayor de que mi casa debe darle a las personas que no nos conocen y que la visitan por primera vez, la idea de que somos millonarios Le expliqué entonces a la señora Echeverría que teníamos de vivir en ella treinta años, y que por eso pudimos comprar el terreno a seis pesos el metro, y esto sin contar con que la casa la construimos con un préstamo del Banco de México, porque entonces era yo jefe del departamento de Estudios Económicos de esa institución Entonces la señora Echeverría nos contó la historia de las casas en que habían vivido antes de hacer la que tenían en San Jerónimo Terminó esa historia diciendo que, acostumbrada a un verdadero hogar, se sentía muy incómoda en Los Pinos Y entonces levantó la voz para decirnos: “¡Ahora si que desearíamos que el sexenio fuera un semestre!”, una clara alusión a la broma que había yo hecho al comentar la desbordada actividad legislativa del Presidente, y a la cual aludí antes Ya en la comida, pude comprobar que el Presidente conserva bien en su memoria las censuras que se le hacen La conversación se inició en la mesa con el tono social, familiar, amistoso que Emma y yo quisimos darle; pero de pronto, sin que viniera a cuento, el Presidente dijo: “Se ha dicho por allí que yo he confundido el sexenio con el semestre; pero no hay tal Lo que pasa es que si uno no fuerza la marcha, jamás se hacen las cosas”
Le pedí al Presidente dos semanas para organizar la comida en mi casa, y como creyera yo verle un dejo de incredulidad por un plazo que debió parecerle innecesariamente largo, le expliqué que mientras él podía ordenarles a sus ministros estar en cualquier sitio, el día y la hora que fijara, yo tenía que invitar a los intelectuales y periodistas que deseaba llevar a la comida, y otro grupo que llegaría después de concluida ésta, y que deseaba platicar con él Como se trataba de una “reunión de trabajo”, quedaban excluidas las esposas Por eso me adelanté a decirle a la señora Echeverría que no se preocupara si debía ir o no, porque las conversaciones entre varones resultaban bien aburridas Quedé, pues, en el entendimiento de que prescindía de asistir; pero a la una de la tarde llamaron de Los Pinos que la Presidenta llegaría a las cinco y media de la tarde “para tomar el café” A esas horas comenzamos a telefonear a varios amigos para rogarles que, contra lo que antes les habíamos indicado, trajeran a sus esposas No intentamos siquiera hacerlo con los ministros por la sencilla razón de que siendo sábado, no estarían en sus oficinas, y sobra decir que desconocíamos el número de sus teléfonos privados; pero al llegar ellos, tuvimos buen cuidado de explicarles la situación
En realidad, aquella “reunión de trabajo” se inició bajo malos auspicios Desde luego, unos diez días antes, y en dos ocasiones sucesivas, Emigdio Martínez Adame y yo advertimos que al sentarnos en una mesa de Sanborn’s de la Universidad para desayunar, se acomodaba en la mesa próxima un individuo visiblemente interesado en escuchar nuestra conversación Por eso resolvimos chasquearlo hablando, digamos, de futbol, o de los últimos libros lanzados por el Fondo de Cultura Tras la publicación de aquel libelo, agravio que no se liquidaba todavía a mi satisfacción, aquello de la vigilancia policiaca me pareció el colmo de lo que yo estaba dispuesto a soportar Le escribí entonces unas líneas a Fausto Zapata para rogarle que le anunciara al Presidente, primero, que quedaba cancelada la invitación para la comida en mi casa; segundo, que dejaría yo de escribir en Excélsior y en Plural; y tercero, que iniciaría los preparativos necesarios para salir del país y radicarme en el extranjero por tiempo indefinido Pronto se presentó Fausto en mi casa, y usó buenos argumentos para disuadirme, sobre todo de cancelar la invitación ¿Había yo advertir la presencia de algún ser extraño por mi casa, mi oficina o El Colegio de México, sitios donde pasaba la mayor parte de mi tiempo? ¿Estaba yo seguro de que eran policías aquellos dos sujetos que creía buscaban escuchar mi conversación? ¿Cómo imaginaba que adivinaran el día y la hora en que me proponía ir a desayunar a ese u otro lugar? Admití entonces que, en efecto, la mía era una sospecha mas no una certidumbre Por eso, le dije a Fausto que la invitación quedaba en pie, si bien mantendría mi decisión de dejar de escribir para los periódicos y ausentarme de México
El día mismo de la comida las cosas comenzaron mal, después empeoraron, para terminar bien Por lo pronto, don José López Portillo se presentó a la una y treinta, es decir, media hora antes de lo convenido Los demás invitados, en cambio, estuvieron puntualísimos: Mario Moya, Fausto Zapata, Julio Scherer, Octavio Paz, Víctor Urquidi y Mario Ojeda Pero dieron las tres y el Presidente, contra su costumbre, no llegaba Propuse entonces que nos sentáramos a comer, reservándole, por supuesto, su asiento al Presidente Fue rechazada la idea en tono airado, como si se tratara de un sacrilegio Pronto llegó, acompañado de Muñoz Ledo, pero visiblemente nervioso La cosa subió a misterio porque apenas servían las copas para acompañar en la primera al Presidente, Porfirio desapareció Al regresar me enteré: en la secretaría del Trabajo se hacían los últimos esfuerzos para evitar una huelga anunciada por los electricistas Era justificada la preocupación: la huelga hubiera afectado a los nueve millones de habitantes de la zona metropolitana y a todas las empresas industriales establecidas en ella Para evitar la ola de protestas, el gobierno no tenía sino dos caminos: satisfacer las demandas de los obreros, o sustituirlos con miembros del ejército para asegurar siquiera los servicios de luz y fuerza más indispensables Y eso tratándose de un mandatario a quien poco antes Muñoz Ledo había llamado “el Presidente de los Obreros”
En cuanto nos sentamos a la mesa informé que se trataba de una “reunión de trabajo” destinada a examinar el problema de la relación de los intelectuales con el gobierno y la prensa periódica, que por eso estaban presentes funcionarios encumbrados del gobierno, intelectuales, y Julio Scherer como director del diario más importante del país Asimismo, que yo fungiría de director de los debates, y por eso le pedía al Presidente que hablara primero Enseguida advertí que no estaba dispuesto a dialogar, sino a sermonear —su viejo vicio— Dijo que hallaba a los intelectuales muy intolerantes Estuve tentado de saltar para decirle que si cambiaba esa palabra por la de “exigentes”, nos pondríamos de acuerdo; pero dada su exaltación, callé Enseguida, dirigiéndose a Octavio Paz, le pidió explicar cómo después de servir al gobierno largos años, se había separado de él para criticarlo La cola de la pregunta era visible, pues todo el mundo estaba enterado de que Octavio se separó del Servicio Exterior al producirse la matanza de Tlatelolco Por fortuna, Paz se mantuvo sereno: todos nosotros —dijo— fuimos educados gratuitamente en las escuelas públicas del país; por consiguiente, salimos de ellas con la noción de que debíamos pagarle a la Nación esa deuda, y como la Nación se identifica con el gobierno, lo servimos Puede llegar un momento, sin embargo, en que conducta haga aparecer al gobierno como representante o defensor de otros intereses que no son propiamente los nacionales, y entonces, se separa uno de él Pero el Presidente no se aplacó, pues enseguida le disparó un dardo provocativo a Scherer y más tarde a Víctor Urquidi Los dos contestaron, visiblemente molestos, con calor, de modo que aquello comenzaba a tener un aire, no de conversación, sino de disputa La cosa se agravó porque el Presidente, en un rasgo muy suyo, había arrastrado literalmente a mi hija Emma hasta el comedor para que participara en la discusión Como no estaba previsto un asiento más, hubo que traerle una silla para que se sentara junto al Presidente, pero sin tener acceso a la mesa, de modo que se quedó sin comer Pero Emma —que se las trae— aprovechó la oportunidad de que alguien pronunció la palabra “lambisconería” para hacer un discurso en que presentó la adulación como el peor vicio nacional ¡Y eso en presencia de tres secretarios de estado y un subsecretario!
Miré entonces mi reloj, que marcaba cinco y diez de la tarde, hecho que me permitió decir que se terminaba la discusión dado que las señoras estaban a punto de llegar Pasamos a la sala, y dispuse sentar al Presidente en uno de los dos sofás grandes, y a la señora Echeverría en el segundo, para que los otros dos asientos de cada sofá fueran ocupados un rato por los nuevos invitados Así, todos y cada uno tendrían oportunidad de conversar con don Luis y doña María Esther Los dos estuvieron cordiales y platicadores, de modo que se ganaron la simpatía de los concurrentes Esta parte de la reunión, ya de un carácter meramente social, alcanzó un éxito tan grande, que a las nueve de la noche la señora Echeverría le dijo a su marido que era ya hora de marcharse, y el Presidente le dijo: “Espérate, que ya nos van servir la cena” La señora le dijo que no fuera fresco, se puso en pie y comenzó a despedirse
Fue ésa la última vez que vi a nuestro Presidente, pues al poco tiempo se publicó El estilo personal de gobernar Y también a Fausto Zapata Como por propia confesión sabía yo que había leído el manuscrito de ese libro, en la primera ocasión que hablamos le pregunté qué impresión le había hecho, y sin vacilar me dijo que era injusto con el Presidente, y para demostrarlo, comentó el pasaje donde se le pinta lanzándose a contestar la pregunta de un corresponsal extranjero donde confunde el mercado común europeo con el formado por la Unión Soviética y los países socialistas de la Europa Oriental Fausto me dijo que él había estado presente en esa conferencia de prensa, que tuvo lugar en condiciones muy desfavorables: demasiada concurrencia para el tamaño del salón, un sistema de sonido defectuoso e intérpretes ineptos Podía asegurarme que el Presidente no había entendido la pregunta, y de allí su respuesta disparatada Le repliqué que yo no había inventado la escena, ni la pregunta ni la respuesta; que yo las había tomado literalmente de una publicación oficial del gobierno mexicano, cuyo título, volumen y página citaba yo Agregué que, en último caso, él y sus ayudantes, que hacían semejante publicación, debían cargar con la culpa, pues debieron haber puesto una nota al pie de la página explicando por qué el Presidente Echeverría había caído en semejante error
Estoy seguro de que en el fondo Fausto me daba la razón, y quizás hasta se sintiera culpable de haber descuidado ese detalle; al mismo tiempo, estoy también seguro de que él esperaba que, después de darme esa explicación, yo corregiría el manuscrito, o de plano suprimiría el párrafo correspondiente No lo hice, tanto por las razones que le di, como porque en el libro se relataron otros casos en que el Presidente se dispara irreflexivamente a contestar, sin siquiera haber escuchado y entendido la pregunta que se le hacía Cuando le propuso al Presidente que replicara lo que yo decía de su estilo personal de gobernar, le hice explicar que si para una fecha determinada yo no recibía su escrito, la publicación del libro seguiría su curso, pues su salida no podía quedar supeditada a un hecho tan incierto En previsión de que así ocurriera, le pedí a Joaquín Diez-Canedo que me reservara los diez primeros ejemplares numerados, y aun cuando Joaquín replicó que lo ponía yo en un brete porque la encuadernación de los libros se hacía en un desorden inevitable, atendió mi pedido Entonces le hablé por teléfono a Fausto para anunciarle que le mandaba dos ejemplares, uno para el Presidente y el otro para él mismo En el primero puse esta dedicatoria: “Este ejemplar número uno, para el lector número uno, del escritor 15,924” Y en el de Fausto, “De un amigo disonante” Fausto no volvió a establecer contacto conmigo, y cuando lo busqué telefónicamente se negó Entonces recordé el dicho de aquel amigo común: la antipatía de Fausto se debía a que yo no hacía lo que él quería que hiciera yo

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