Las Cartas de Nahui Olín

Las Cartas de Nahui Olín
José Emilio Pacheco
Mira cómo se desvanecen los rostros y los lugares con el ser que los amó como pudo T S Eliot Little Gidding, Cuatro cuartetos
Hemos hablado tanto de ella que es justo dejarle la palabra a Carmen Mondragón La única serie más o menos accesible de textos suyos que es la que el Dr Atl transcribe en las páginas 89-159 de Gentes profanas en el convento Aun así son una parte mínima Las 600 cartas deben de estar en algún lado y constituyen la más intensa correspondencia amorosa escrita en México, el testimonio de una pasión como quizá no la hubo ni siquiera en los años que mediaron entre el descubrimiento de la píldora y el brote del sida Lo que el Gulag, Camboya y Afganistán fueron para los regímenes que se llamaron socialistas, lo fue la plaga para la revolución sexual Hoy las cartas de amor de Nahui Olín parecen tan lejanas, y no obstante tan vivas, como las de Abelardo y Eloísa, y no menos insólitas que las dirigidas por doña Emilia Pardo Bazán a don Benito Pérez Galdós

Ningún pintor mexicano tuvo una participación revolucionaria semejante a la del Dr Atl Con un folleto publicado en París y vendido a las puertas de la Bolsa, arruinó las pretensiones de Huerta para obtener un préstamo que le permitiera conservarse en el poder Como director carrancista de la Academia de Bellas Artes, Atl quiso transformar San Carlos en taller de artes populares Luego contribuyó a organizar los batallones rojos de obreros que pelearon contra Villa y Zapata Cuando los constitucionalistas perdieron la capital él se llevó a Orizaba a un grupo de jóvenes pintores entre quienes figuraban Orozco y Siqueiros Exigió una revolución artística paralela a la revolución social Escribió el primer libro acerca de las artes populares mexicanas y se adelantó al pop al exaltar como fascinante y digna de imitación la pintura de las pulquerías
Gentes profanas en el convento empieza en mayo de 1920, durante unos días sólo comparables a la decena trágica de 1913 Casi todo su ejército converge sobre la ciudad de México para derrocarlo y el presidente Carranza va a refugiarse en Veracruz El convoy es diezmado por los ataques de la caballería y las “máquinas locas”, locomotoras sin tripulante que se anticipan al horror de los actuales coches-bomba En Aljibes Carranza parte a caballo hacia la muerte Atl intenta ir en busca de Obregón para establecer algún tipo de arreglo que salve la vida de Carranza Ya es tarde: el Primer Jefe muere asesinado en Tlaxcalantongo; Atl se convierte en un mendigo a quien recoge por caridad el portero de las ruinas que habían sido el maravilloso claustro de La Merced
Memorias de ultratumba
Quince años antes de que se inventara el término, Atl presenta su libro de 1950 como una novela sin ficción, pero su acontecimiento central queda velado bajo el marco de una historia ocurrida en el México de 1862, en vísperas de la intervención francesa Se supone que el narrador encuentra bajo las losas de la iglesia una urna con cenizas, las cartas de “Eugenia” y las “acotaciones” de “Pierre” La infantilidad de los dibujos contrasta con la violencia de los textos La niña aún no cumple diez años cuando escribe en francés una declaración de rebeldía:
“Soy un ser incomprendido a quien ahoga el volcán de pasiones, de ideas, de sensaciones, de pensamientos, de creaciones que no pueden contenerse en mi seno, y por eso estoy destinada a morir de amor, del único amor para soportar el cual mi alma fue creada y para el que debo ser la vestal más fiel en mi templo sagrado de amor Pero ¿qué digo? Soy y no soy dichosa ¿Por qué? No soy feliz porque la vida no fue hecha para mí, porque soy una llama que se devora a sí misma y nada puede extinguirla; porque no he vivido libremente la vida con el derecho a disfrutar de los placeres, y me han destinado para venderme a un marido, como en la antigüedad se vendía a los esclavos A pesar de mi edad, protesto por estar bajo la tutela de mis padres”
“La vida no fue hecha para mí soy una llama que se devora a sí misma” En dos frases la futura Nahui Olín resumió su existencia entera Las cartas están a punto de ser un monólogo como las que dirigió Antonieta Rivas Mercado a Manuel Rodríguez Lozano y las de Angelina Beloff en Querido Diego, te abraza Quiela Atl no copia sus respuestas y se limita a las intervenciones de “Pierre” “Como un hombre que cae de una roca y se precipita en el océano”, Atl se hunde en el abismo “de esos ojos verdes que borraban toda su faz Radiaciones de inteligencia, fulgores de otros mundos ¡Pobre de mí!”
Carmen Mondragón toma por asalto un vocabulario que durante un siglo los hombres habían monopolizado para dirigirse a las mujeres: “Mi amor es extraño y a veces me ocasiona terror —¿por qué terror?— porque temo quemarme en la propia llama de mi amor Pero no te alejes de mí, amor mío —porque sólo cerca de ti existe el único placer y el único consuelo que necesita esta tu complicada amada Te amo, te amo, te amo y siento mi pobre carne que implora por más vida”
El “inciso” de Atl es sorprendente: entre líneas sugiere que el matrimonio con Rodríguez Lozano no se consumó y hace dudar de las hipótesis acerca del niño asfixiado en la cuna y la muchacha víctima del incesto: “noche fugaz y eterna en que todo mi ser se apretó contra su ser, en que todo su ser se abrió ante mi furia y se volcó sobre mí y me envolvió de lujurias ¡Cuántas noches así se han seguido, llenas de sollozos y de aullidos, de caricias y lágrimas de placer! Noches sin fin y sin principio en que la virgen furiosa que había siempre soñado en el amor lo derramó sobre mí con voluptuosidades perversas Ahora nos pertenecemos y nada existe fuera de nosotros”
La edad del sol
Niña, mujer, “ángel, espectro, Medusa”, como hubiera dicho Rubén Darío, Carmen Mondragón tenía “la edad del sol” y por eso su amante la llamó Nahui Olín Su pasión no se conformaba “con los paroxismos de la carne, con la lujuria que se revuelca en el lecho” y exigía manifestarse también por escrito: “Te pertenezco hasta la última partícula de mi carne Sin ti no existen las cosas ni los seres, contigo resplandezco y ante ti mis ojos verdes se apagan Pero tengo miedo de que la nube roja te queme y te convierta en cenizas y también tengo miedo de que a pesar de que te pertenezco absolutamente el destino nos separe
“Te amo, te amo, desesperadamente, lujuriosamente, misteriosamente, como la vida, como la muerte Perfora con tu falo mi carne —perfora mis entrañas— desbarata todo mi ser —bebe toda mi sangre y con la última gota que me quede yo escribiré esta palabra: te amo, y cuando esa sangre se haya secado, gritaré: te amo”
En la naturaleza de la pasión está inscrito que no puede durar ni permitir la reciprocidad absoluta Si dos seres se amaran mutuamente en esta forma se acabaría el mundo, del mismo modo en que se extinguiría si alguien escribiera la página perfecta A fuerza uno de los polos de la pareja es el amado y otro el amante Sin negarle nada al Dr Atl, las cartas hacen evidente que la auténtica locura de amor le tocó vivirla a Nahui Olín:
“Tú me dijiste ayer que las cosas no son eternas Para tí no, pero para mí si hay algo eterno, y es mi amor Espantosa cosa amar, amar como una fuerza de la naturaleza, sinceramente, espontáneamente, y si tú alguna vez me dijiste que no podrías vivir sin mí, yo te diré siempre que nunca podré vivir sin ti”
Amor constante más allá de la muerte
Nadie podrá reconstruir este vínculo compuesto por un millón de fragmentos, como las piezas de cristal con que Tifanny’s realizó la pintura de los volcanes hecha por Atl para servir de telón a Bellas Artes La escenografía de los amores fue el convento de La Merced y el doble trasfondo, la perpetua guerra civil y la gran explosión artística mexicana de los veinte Atl pintó y escribió sin descanso y entre 1922 y 1924 Nahui Olín publicó Optica cerebral, poemas dinámicos, Calinement, Je suis dédans y A dix ans sur mon pupitre
El fogonazo contra la aldea fue doble: a Nahui Olín y al Dr Atl no les bastaba hacer prácticamente en público lo mismo que muchas personas respetables hacen en la clandestinidad: para colmo hablaban, pintaban y escribían acerca de ello Un cuento de Héctor Manjarrez describe el momento en que acabó la utopía sexual de los sesenta y los setenta, el instante simbólico en que las iniciales de los distintos propietarios se inscribieron con marcador en los envases de yogurt y los tarros de miel de la comuna La inexistente edad de oro lo fue porque desconoció las palabras “tuyo” y “mío” Pero “no hay tal lugar” En el convento de La Merced la pasión dejó lugar a los celos y los celos a la violencia física y escrita Nahui Olín colgó a las puertas del claustro un pasquín contra Atl:
“Miserable medicucho —asesino de mujeres— valiente con las mujeres —cobarde —enamorado de quien nunca te ha querido —cabrón— te he puesto los cuernos con veinte enamorados de verdad— viejo loco— te crees inteligente porque explotas el talento de los demás— que me importa tu despecho”
Las escenas se multiplicaron y se volvieron cada vez más violentas, Atl se preguntó si todo esto, “en su complejo conjunto, no es el verdadero amor, el amor humano, el amor completo, el sentimiento que funde todos nuestros vicios y todas nuestras virtudes en un supremo capricho Lo otro, la tolerancia, la suavidad, las buenas maneras, la eterna “comprensión mutua”, el deseo moderado y satisfecho, son las virtudes para el matrimonio, para el hogar— y el hogar es la negación del amor”
Las cartas continuaron entre reconciliaciones y nuevas rupturas: “No pretendas matarme porque si me matases te matarías a ti mismo porque yo soy tu inspiración y tu propia existencia, porque soy lo que buscas —la inteligencia y el conocimiento y te doy todo porque te amo como nadie ha podido amar y soy tuya con cuanto poseo Vuelve a mí porque mi cuerpo te llama, porque la lujuria preside mi vida— soy tuya no únicamente en mi carne sino en mi espíritu”
La entrega total se convirtió en autoafirmación dolorosa: “Odio a los cobardes como tú porque yo soy franca, sincera, brutal, como todo lo que es grande, como todo lo que es único Mi inteligencia resplandece en las profundidades del infinito como un sol, como una estrella, y esa estrella seguirá siempre sola y todos bajarán los ojos ante su esplendor, como tú que ni siquiera pudiste resistir su reflejo”
Sin embargo las 600 cartas terminan con una declaración de amor: “Levanto mi cabeza sobre el mar de las dificultades y la mediocridad para amarte soberanamente como te amé ayer, como te amo hoy, como te amaré siempre, aun después de que muramos”
El aleph del Dr Atl
Al deseo siguió la voluntad de autodestrucción: “Quiero morir/ es necesario desaparecer/cuando no se está hecho para vivir/ cuando no se puede respirar/ni desplegar las alas”, escribió Nahui Olín En las ficciones la separación de los amantes es coronada por la muerte de amor que no deja lugar a ningún epílogo La realidad es implacable: Carmen Mondragón iba a sobrevivir a Nahi Olín hasta alcanzar los 85 años y desaparecer al fin el 23 de enero de 1978 cuando ya nada estaba en pie del mundo que fue suyo
Dolorosamente escribe Tomás Zurian en Una mujer de los tiempos modernos: “Quienes la conocieron en sus postreros años consideraron que se había vuelto fea y tan gorda que impresionaba a su paso Poco quedaba de aquella deslumbrante mujer que cimbró los cimientos de la sociedad de su época, sin embargo sus ojos se conservaron vehementes y maravillosamente verdes hasta el último día de su existencia
“Mi alma está triste hasta la muerte”, había escrito de niña acaso sin conciencia de que repetía las palabras de Jesucristo en Getsemaní (Mateo 26:28 y Marcos 14:34) También Darío se iba a hacer eco de ellas en 1916 para su último poema: “Mis ojos espantos han visto,/ tal ha sido mi triste suerte;/ cual la de mi Señor Jesucristo,/ mi alma está triste hasta la muerte”
Darío estuvo presente en la última visión que tuvo el DrAtl al despedirse para siempre del convento de La Merced Vio frailes, muchachas, soldados, turistas, gente profana Vio dar vueltas la vida tumultuosa y complicada Vio las plumas y los pinceles que se disuelven sin dejar huella Vio las ambiciones en su camino hacia el sepulcro Pero vio sobre todo “dos relámpagos verdes” surgidos de una tumba en cuyo fondo una muerta grita:
“¡amor, amor!”

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