Los funerales del sexenio

Los funerales del sexenio
Gastón García Cantú
No éramos una nación rica ni independiente en lo económico
Hoy lo somos menos
No éramos un país justo ni democrático
Hoy lo somos menos
No constituíamos una república representativa sino un sistema cuyo Poder Ejecutivo predominaba por sobre los otros dos: el Legislativo y el Judicial
Hoy somos una sociedad regida, manipulada y confundida por un poder que amenaza hacerse absoluto
Periódicamente, México ha vivido épocas como la presente Epocas de comportamiento patológico ineficacia y sentimiento de culpabilidad: conductas que las crisis favorecen Epocas en que el país entra en subasta, en fuga de la razón, de olvido de la decencia Epoca que “sólo pueden confirmar un universo policial” Epocas, en fin, como la de las procesiones con el muñón de su Alteza Serenísima; del caracol dormido y solemne en la Plaza de la Constitución, grabado por Posada; de arcos triunfales para el tránsito sonriente del “primer obrero de la patria”; épocas dibujadas por Orozco; el jefe supremo recibiendo el diario homenaje de sus fieles convictos: unos, poniéndole a la cara espejos bruñidos para que su fisonomía sea la del país, persuadiéndolo de que el Estado es él; otros, lamiéndole las suelas del caudillo sexenal Epocas en las que las manos burocráticas, como en la historia personal de Alvaro Obregón, salen de sus sepulturas al solo ruido de un peso
Los mexicanos, de época en época, parecemos cumplir una consigna histórica: impedir el predominio del derecho, la vía de la democracia, el reconocimiento de la honradez y el respeto a la vida
Y sin embargo, no era suficiente
Era necesaria mayor pobreza, más burla, más desprecio, más, mucho más, para descubrir la cara oculta del país; un país sumiso, de voz baja, de murmuración, de conformidad y miedo
No era México, pero es el México que hemos hecho los últimos años Un México de odio, desprecio y olvido
No vivimos en crisis económica Estamos en quiebra: más de 400,000 millones de pesos de deuda externa e interna, con una balanza comercial deficitaria; la más alta de nuestro comercio con Norteamérica; con un faltante bancario por retiro de fondos por miles de millones de pesos; con miles de campesinos saliendo de su patria esperanzados en trabajar en los Estados Unidos y siete millones de desocupados
Podemos reducir la quiebra del país sometiendo a las generaciones jóvenes a mayores males y humillaciones, empeñando los recursos naturales, comprometiendo la independencia nacional, pero no saldremos, durante mucho tiempo, de la crisis moral
Un desastre económico está determinado, casi siempre, por la corrupción, la pereza y la estupidez; desatada la crisis, la conducta se pliega al descenso sin término Es la hora de la inercia No se entiende lo que ocurre y nada, por consiguiente, se puede hacer Sin moral no hay acción posible
Ha sido de tal manera persistente la labor de despojarnos de nuestra dignidad, de que admitamos como forma nacional el lenguaje de la simulación y el engaño, que es casi imposible que la generación adulta actúe con valor y esperanza
La crisis moral es invencible porque la mayoría acepta que los tiempos que vivimos son tiempos de callar y aprobar
Se calla y se acepta cuanto nos sucede; se admiten como razonables todos los argumentos, aun los inefables: hace dos meses se dijo que la flotación del peso —eufemismo ridículo de devaluación— acarrearía el más alto bien al país; exportaciones, retorno de capitales depositados en bancos extranjeros, afluencia de turistas y empleo para desocupados La devaluación —el despojo del valor del trabajo— era una navegación colectiva hacia la prosperidad Engaño Sesenta días sólo sesenta días después, esas explicaciones flotan entre la pobreza más indignante, el éxodo de otros capitales, mayor desempleo y la especulación infame: la del aumento de los precios de los alimentos humildes
Lo que se anunció como medida de salvación —olvidando lo que treinta días antes del 31 de agosto se dijera respecto de la firmeza de la moneda nacional— se explica hoy en términos inauditos: el peso flota en una banda invisible, amplia e indeterminada La realidad es inocultable: México no dirige ya su política económica Debemos lo que no podemos, en lo que falta del presente siglo, pagar El señor Carter, candidato presidencial de Estados Unidos, ha recomendado que su país vea como suya la situación de México Nos contempla como parte del destino norteamericano, de su sistema La conclusión es clara: no flota el peso sino el país Ante la insólita declaración de Carter, ninguna respuesta oficial El que calla, bien se sabe, otorga
En los últimos años se ha liquidado lo que aún quedaba de la débil y dependiente economía mexicana
Una nación que quiebra llega al punto reconocido por André Malraux en otros pueblos desdichados: “se empieza por no tolerar la crítica, después se elimina la autocrítica, después se eliminan las masas y como el partido sólo puede encontrar en ellas su fuerza revolucionaria, se tolera la formación de una nueva clase”
No se toleró la crítica Esta revista aparece ante reiteradas amenazas Altos funcionarios han sido mensajeros de transacciones inadmisibles La autocrítica se deslizó en la complacencia Las masas están desarticuladas; el PRI es hoy el sustituto histórico del PARM Renunciaron sus directores a la política Su labor es editorial: ¡imprimen libros de los discrepantes de 1810!
La política de la estratagema, de los actos espectaculares, de los adioses nostálgicos, debía culminar fijando en letras de oro, sobre papel devaluado, el nombre de Lázaro Cárdenas El acto fallido es obvio: es fácil ser revolucionario a costa de la obra de Cárdenas
El régimen actual llega a su fin El país, enmudecido, aguarda el instante de su término Las obras públicas no las recordará la próxima generación Tampoco la actual, como ninguna sabe, ni es necesario que lo sepa, la de otros gobiernos La memoria popular es memoria política Se recordará, día tras día, la quiebra del país, sus deudas, el hambre, los precios, la desconfianza, la subasta y, anecdóticamente, el cortejo que la acompaña en sus horas finales
Es el cortejo de los adictos y de los beneficiarios, los brazos en alto y los gestos de asombro; el de los funcionarios que se agitan, mínimos y plegados, en las espaldas de sus pistoleros; el cortejo ávido de las inauguraciones; el de los oradores obsesivos; el cortejo de donde salen las consignaciones penales de los hombres honrados; el cortejo que aplaude, frenético y persuadido, la teoría de que México es agredido por sus disidentes; el lento cortejo que trama la prolongación del poder personal; el cortejo que desfila en un país empobrecido y expoliado
Es el cortejo que repta, cínico y bullicioso, ante un pueblo expectante, despojado de sus pequeños bienes; sombra de lo que fue La vieja cólera es cosa del pasado
Pasa el cortejo llevándose cuanto había No es un cortejo dramático sino grotesco, amaestrado en infinitas sesiones de trabajo, en el tedio, en el desvelo Cortejo semejante al de otras horas amargas El cortejo histórico de los funerales de todo sexenio cuando termina en la duda y la confusión
Esperemos la marcha fúnebre de sus cenizas políticas

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