Descrédito público

Descrédito público
Ricardo Garibay
UNO — El estado es la representación jurídica de la nación El gobierno es la instrumentación del Estado, la organización institucional de aquella representación, su actualización Si la nación es veraz el Estado es legítimo y el gobierno es adecuado y tiene crédito, credibilidad, calidad de creíble Si la nación es veraz y no lo es el gobierno, éste cae por su propio peso, por la mera fuerza de las circunstancias, por obediencia a los usos y costumbres, a las tradiciones, por exigencia de la dignidad nacional Si la nación no es veraz el Estado no puede ser legítimo y el gobierno no tiene credibilidad Entonces nadie cree en el gobierno, porque en rigor nadie cree en sí mismo ni en su prójimo; la falta de fe o de confianza la tiene cada quien macizamente adentro, como íntima falta de sustento, de piso, como flaqueza personal Si pues, la ignominia somos todos Yo no me creo, tú no te crees, él no se cree, nosotros no nos creemos
DOS— Primero en Proceso, este artículo quiere abrirlo criminal a toda la nación, o siquiera a toda la nación en ejercicio de inteligencia y mala fe y con algún resto de vergüenza en el alma todavía La ignominia somos todos Hemos conseguido, al fin, ahora podemos verlo claramente, como premio a muchos años de minuciosa hipocresía, hemos conseguido al fin formar una nación donde nadie siente respeto por nadie, una nación frágil, frágilmente dispuesta a entrar en servidumbre

Cómo comenzó a oírse, a partir del 8 de julio pasado: “El gobierno no tiene credibilidad” “La credibilidad ha huido del gobierno”, “¿Sabe usted qué está pasando? Que el gobierno se ha quedado sin credibilidad” Y se decía en voz alta y como a hurtadillas Y las voces iban creciendo, y luego de la primera devaluación se hicieron gritos: “¡No hay credibilidad en el gobierno!” “Nos ha engañado el gobierno, no creemos más en él, le hemos quitado toda nuestra confianza!” Vinieron los enfrentamientos entre el Presidente de la República y los financieros y banqueros y comerciantes e industriales, y los gritos se volvieron alarida y vuelan ya por todas partes las vestiduras rasgadas, y el apetito de catástrofe comienza a invadir la prensa escrita y la radio y la televisión “¡El gobierno tiene a la nación al borde del precipicio!”
TRES— Y ¿quién es el gobierno? El Presidente, sin más y sin menos El Presidente, todas nuestras desgracias; es el único merecedor de todos los denuestos
No voy a quitar culpa del Presidente ni se la voy a disimular al gobierno; pero también y acaso principalmente la voy a poner en todos nosotros, porque debemos ver que el problema es mucho más hondo que de persona y de gobierno señalados, es nacional y entre todos lo estamos haciendo día con día más insoluble y dizque más ajeno a la nación, como si ella no engendrara los problemas y del gobierno o del Presidente le cayeran —¡injusto castigo! todos los infiernos
CUATRO— Supusimos que al Presidente y sólo al Presidente a su personalísima gana se debían los retos de la clase del dinero; y que él solo había provocado la primera devaluación y la segunda, y el fracaso de más de una docena de promociones nacionales-gubernamentales, y el clima de sálvese el que pueda donde corremos secreteándonos desde hace cuatro meses Es justo y necesario decir que nos hemos regocijado millones de mexicanos del fracaso de medidas que el gobierno buscó poner en práctica y que nada hicimos por impedir ese fracaso; y lo es también, decir que mientras nos tirábamos de los pelos por el empobrecimiento y crisis del país, convertíamos los pesos en dólares y los mandábamos por miles de millones al extranjero y empobrecimos hasta el límite a nuestra propia patria; y lo es también, que nos hemos cruzado de brazos o andamos con índice de fuego a punto de calcinación, a fuerza de señalar torvos culpables de nuestro colectivo ensayo de suicidio Creo que nadie ha pensado en que ha participado en el desajuste vigorosamente, ni en que la salvación puede salir de sus manos, también de sus manos puede salir, ni en que es falta de hombría de bien andar de plañidera y maldecir y barraganear mientras llega López Portillo cargado de milagrerías
CINCO— Los extranjeros, o de alma extranjera, salen como ratas tras de sus dólares; los ricos trasladan su bolsa a los bancos de Nueva York —y tanto funcionarios como iniciativos—; los intelectuales conciliabulean, presagian explosiones arriscan la nariz; los empleados piden aumento de sueldos, y de salarios los trabajadores y se esmeran como nunca en que lo hecho en México esté mal hecho Sin tenerla, el gobierno llama a la cordura, y sin hacer ninguno, al sacrificio, y a la unidad cuando demuestra desde sus filas discordia y rebatiña
SEIS— Si durante cinco años y medio, criticando a la ley su política, estuve con la línea fundamental de Luis Echeverría, no puedo sumarme ahora a los coros burócratas que lo aplauden sin ton ni son para luego militar en su contra, ni a los coros burgueses y callejeros que hacen, de la execración del Presidente, constancia revolucionaria
Criticar al Presidente, sí, desde luego, hacerlo comparecer, por supuesto, para eso estamos; pero darle la espalda, en México, es abrir de par en par la puerta de los capataces Y falta muy poco para que esto pueda convertirse en diaria realidad

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