Seis años de cine mexicano (1)

Seis años de cine mexicano (1)
Emilio García Riera
En 1971, primer año del gobierno del Presidente Echeverría, la producción cinematográfica mexicana fue de unas 80 películas industriales de largo metraje, o sea, más o menos lo mismo que en años anteriores; de esas ochenta películas, sólo tres fueron producidas total o parcialmente por el Estado, que utilizaba entonces para ello la razón social Estudios Churubusco o Churubusco, S A En 1976, último año del sexenio, la producción será de unas cuarenta películas y el Estado habrá financiado la mayoría de ellas (unas treinta) por vía de las tres productoras filiales del Banco Nacional Cinematográfico: Conacine, creada en 1974; Conacite I y Conacite II (estas dos últimas, creadas en 1975, se distinguen de la primera en que sus consejos de administración cuentan con una representación de los trabajadores de la industria)
Aunque se observe una curiosa renuencia oficial a dar por nacionalizada la industria cinematográfica, es evidente que estamos, cuando menos, ante una estatización, para usar un eufemismo más aceptado Las pocas películas producidas por la iniciativa privada en el año en curso serán en su mayoría los usuales churros hechos a todo vapor en el extranjero (sobre todo, ahora, en Texas) para bajar costos Se ha terminado, pues —esperamos— con la hegemonía de una iniciativa privada que desde los años 40 traficó con el dinero del Estado (del propio Banco Cinematográfico) para hacer del cine mexicano un basurero y un eficaz medio de envilecimiento de su público: las masas hispanohablantes de menor poder adquisitivo (para usar otro eufemismo) del continente En cambio, nos encontramos de pronto con que el de México es el único cine nacionalizado (bueno, estatizado) del mundo capitalista
Ante ese fenómeno, que la gran prensa no ha querido, podido o sabido ponderar, se producen reacciones que tienden a desvirtuar su significado No hablemos ya de las de los voceros de la iniciativa privada, que no dejarán de recordar “épocas de oro” del cine mexicano en rigor inexistentes ni de deplorar que la industria ya no tenga “estrellas” Esto último es verdad, pero ahora, en los carteles con que la empresa Procinemex trata esforzadamente de emular a los cubanos, por lo que a buen gusto se refiere, en la promoción publicitaria de las películas nacionales figuran modestamente, debajo de los títulos, y con igual o menor importancia que la tipografía acuerda al director (con toda justicia), actores tan serios y eficaces como Ernesto Gómez Cruz, Martha Navarro, Diana Bracho, Salvador Sánchez, Leticia Perdigón, Delia Casanova, etcétera Ya no tenemos “estrellas” (bueno, la iniciativa privada tiene a Cantinflas, Santo, Capulina, la India María, Antonio Aguilar y Vicente Fernández), pero sí el mejor conjunto de actores que haya propuesto el cine nacional
Más dignas de tomarse en cuenta son, por una parte, las reacciones de quienes tienden a minimizar la importancia de lo ocurrido en nombre de una suerte de inmediatismo revolucionario y del consiguiente desdén que les merece cualquier cine que no responda a la ingente necesidad de hacer conciencia en las masas y movilizarlas Ya es sabido que ciertos raros detentadores del materialismo dialéctico no pierden ocasión de manifestar una muy idealista sed de pureza, de absoluto, y de suponerla exigencia popular En el extremo contrario están quienes no pueden renunciar a los tranquilizantes hábitos del pensamiento paternalista y que sólo ven en lo sucedido la obra meritoria del director del Banco Cinematográfico, Rodolfo Echeverría, que no en balde es hermano del Presidente
Unos y otros propenderán a ignorar o a no valorizar debidamente el resultado más positivo que la estatización ha producido: el aliento al cine de autor, entendiendo por tal, simplemente, el realizado a partir de la iniciativa creadora de quienes dirigen las películas Una obviedad: el cine de autor no siempre resulta, ni mucho menos, garantía de buena calidad, pero sí puede ser fácilmente distinguido del hecho por encargo, que casi siempre ha resultado malo (al menos en México) Con base en esa mera diferencia, cabe advertir que, de las películas producidas en 1971, apenas una quinta parte podía ser vista como cine de autor: el de 1976, la mitad, cuando menos, tendrá esa calidad
Por otra parte, esa iniciativa creadora, a pesar de que los mecanismos de censura y de autocensura siguen siendo fuertes, no parece hoy muy abocada a ilustrar la idea común de que un cine estatizado ha de ser por fuerza un cine burocratizado La producción de 1975 y 1976, o sea, de los años en que el mayor volumen de cine nacional ya no ha sido hecho por la iniciativa privada, no da la idea de los afanes conmemorativos y apologéticos que diríanse propios de un cine oficializado, en honor a la verdad
A reserva de juzgar la producción de 1976, aún desconocida, se hicieron en 1975 una serie de películas (Actas de Marusia, de Littin; Canoa y El apando, de Cazals; Foxtrot de Ripstein; La pasión según Berenice, de Hermosillo Chin Chin el teporocho, de Gabriel Retes; Las fuerzas vivas, de Alcoriza; Longitud de guerra, de Gonzalo Martínez; El esperado amor desesperado, de Pastor) que, independientemente de su mayor o menor calidad, responden sin duda a los más legítimos móviles de sus autores Habrá que dedicar otras notas al examen de la curiosa coyuntura que ha propiciado, en un país capitalista, una estatización favorecedora del cine de autor

Comentarios

Load More