Una aclaración y un recuerdo

México, a 22 de marzo de 1995
Señor Julio Scherer,
Director de Proceso
Querido Julio:

Lamento de veras volver sobre un asunto nimio Sobre todo en estos momentos No tengo más remedio: la obstinación de Ignacio Retes me obliga Sin embargo, no todo ha sido árida disputa Al escribir esta aclaración volvió a mi memoria un episodio de mi adolescencia: el descubrimiento de los muchos Méxicos que es México Por esto te ruego que, a pesar de su extensión, se publiquen en su integridad estas páginas Te doy las gracias desde ahora
Ignacio Retes dijo en Proceso que yo había participado, en 1932 o 1933, en la campaña electoral del general Gabriel R Guevara para gobernador del estado de Guerrero: “y Paz ha de avergonzarse ahora, pero estaba allá, haciéndole la campaña a Gabriel R Guevara” En el número siguiente de Proceso aclaré que jamás había participado en campaña electoral alguna, que no conocí al señor Guevara ni sabía quién era, y que no soy del estado de Guerrero Pensé que Retes era víctima de una confusión y le pedí que rectificase En lugar de la respuesta sensata que yo esperaba, Retes replicó que no había nada que rectificar y que se sostenía en su dicho Nos ha colocado así, a él y a mí, en una situación difícil: a él porque repite un hecho que es falso y se niega, sin razón, a restablecer la verdad; a mí porque me llama, implícitamente, mentiroso Sin mucha esperanza de que me oiga, le pido que reflexione: ¿por qué y para qué me empeñaría yo en ocultar un hecho que en sí mismo es insignificante? ¿Por qué es vergonzoso —o al contrario: enaltecedor— participar en una campaña electoral de un personaje desconocido? ¿No es más cuerdo pensar que él y sus informantes han sufrido una confusión de fechas o de nombres?
Curioso por conocer la identidad del general Guevara, consulté anoche la Enciclopedia de México (1987) En el tomo VII, página 3718, leo: “El 25 de marzo de 1933, una semana antes de que terminase su período, una división en la Cámara, que los diputados dirimieron a balazos, produjo el desafuero del gobernador Adrián Castrejón y la entrega anticipada del poder al general Gabriel R Guevara, el cual a su vez fue también desaforado en noviembre de 1935” Esto es todo lo que dice la Enciclopedia de México y esto es todo lo que yo sé del general Guevara
Mi reacción ante este infundio puede parecer exagerada No lo es: se trata de mi vida y debo evitar que se me atribuyan actos, sean buenos o malos, que no he cometido ¿Qué pruebas aduce Retes? Un párrafo de un libro que nadie ha leído de un señor Bulmaro Tapia Terán y una información familiar En cuanto a lo primero: Retes transcribe unas frases del libro de Tapia Terán en las que relata, sin precisar la fecha, que en un despacho de Bolívar se reunió un grupo de jóvenes y de otros no tan jóvenes para organizar una campaña en favor de la candidatura de Guevara Mi nombre aparece entre los asistentes a esa reunión Absolutamente falso: nunca asistí a esa reunión ni a ninguna otra de ese tipo Entre las personas que menciona Tapia debe de haber, probablemente, algunos sobrevivientes: sería bueno escuchar su testimonio Retes agrega que Manuel Sánchez, “a finales de 1932 o principios de 1933, invitó a varios condiscípulos suyos”, y que esos jóvenes “fueron al estado de Guerrero; entre ellos estaba Octavio Paz” ¿Puede mostrar Retes una carta o un documento cualquiera para probar que Manuel Sánchez me hizo esa invitación en 1932 o en 1933 y que yo la acepté? ¿Hay algún documento, periódico, carta o testimonio en el que se diga que estuve en Guerrero en 1932 o en 1933? Retes concluye: “yo me atengo a lo que está escrito aquí” (el libro de Tapia) “y a la información de tipo oral: mi madre supo que Octavio Paz estuvo en esa campaña” No tuve el honor de conocer a la señora Retes, pero, por más respetable que sea su memoria transmitió a su hijo, si en efecto lo hizo, una información errónea
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Conocí a Manuel Sánchez en 1930 o en 1931 Estudiamos el bachillerato en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso Era amigo de varios amigos míos y nos presentó uno de ellos: Raúl Vega ¿O fue José Alvarado? Un poco mayor que nosotros, Sánchez era un muchacho simpático y de espíritu despierto No fue un íntimo amigo mío aunque siempre nos tratamos con cordialidad Era un buen compañero Llegaron las vacaciones de Semana Santa de 1931 —o sea, más de un año antes de los hechos a que se refiere Retes— y Sánchez me sorprendió con una invitación: pasar unos días en su pueblo natal, Tixtla Acepté, encantado Era la primera vez que salía solo, de México Muy temprano tomamos un autobús En Chilpancingo dormimos en un hotel Un hermano suyo nos esperaba con tres caballos Salimos en la madrugada Aunque Sánchez me había prevenido y yo me había provisto de unas botas, no sabía montar Pero aquellas bestias eran mansas y nunca, al menos conmigo, galoparon Durante horas y horas subimos y bajamos cerros, atravesamos valles y cruzamos barrancos y hondonadas A trechos nos deteníamos para comer un bocado, beber agua de nuestras cantimploras o descansar a la sombra de un árbol Al anochecer entramos en Tixtla No recuerdo sino una oleada de calor húmedo y la violencia de la noche que cayó sobre nosotros en unos pocos minutos Llegué muerto de cansancio Me dolían las piernas: nunca había montado tantas horas Pero tenía 17 años y, después de un refrigerio, me eché en un catre hecho de carrizos, instalado en un corredor de la casa En el trópico de México, como en la India, mucha gente duerme al aire libre A pesar de la dureza del catre, me dormí pronto, mecido por la música de los grillos y el rumor de los follajes
A la mañana siguiente, muy temprano, me despertaron el sol y los pájaros Me levanté molido Me dolía todo el cuerpo Pero no perdí el ánimo Los Sánchez eran campiranos y yo, un muchacho de la ciudad, no quería ser menos que ellos Salimos y recorrimos el pueblo Allí nació Altamirano; seguramente en la plaza había un busto suyo, pero yo no lo vi o no lo recuerdo Tixtla es (o era) un pueblo blanco como muchos de tierra caliente Había huertas con árboles y agua, rincones de sombra y frescura Paseamos por los alrededores, nos refrescamos en un arroyo de aguas puras; en una huerta vecina, propiedad de unos amigos de los Sánchez, cortamos unos melones y, echados en el suelo, nos los comimos mientras unos pájaros volaban de un árbol a otro Dimos otra vuelta por el pueblo No había monumentos que visitar y la única atracción era la naturaleza tropical: los árboles, los pájaros, las frutas Y la gente: abierta, pero sin la familiaridad excesiva de cubanos y veracruzanos Hombres y mujeres de sonrisa fácil y, de pronto, miradas relampagueantes Sensualidad y ráfagas de violencia Me dijeron que eran frecuentes los raptos de mujeres y los hechos de sangre, fuese por asuntos de faldas o por rivalidades de familia La política era una de las manifestaciones de esa violencia general Regresamos a la casa al anochecer Nos recibieron con alborozo las mujeres, que me veían con curiosidad y un poco de burla Mis anfitriones me iniciaron en los misterios del pozole guerrerense y de otros platillos y bebidas Naturalmente alguien trajo una guitarra y se cantaron canciones
Un día después, cuando apenas me reponía de las magulladuras, me anunciaron que teníamos que visitar Chilapa, sede del arzobispado Temblé ante esta nueva prueba, pero asentí con una sonrisa estoica De nuevo la cabalgata interminable Subimos y subimos Piedras y más piedras, torrentes secos, rocas, polvo, hondonadas y vistas admirables Abajo, una tierra áspera y una vegetación de púas: órganos y otras plantas espinosas Arriba, un cielo límpido y manadas blancas de nubes rodando perezosas sobre los cerros pelados Chilapa anida en un valle entre montañas Es (o era) una ciudad eclesiástica Pensé que encontraría alguna construcción novohispana; no, los edificios eran del siglo pasado Una arquitectura pesada y sin estilo La cal de los edificios brillaba bajo el sol alto y poderoso Sol y sombra de nuestras montañas: mediodías ardientes y atardeceres helados, como las almas de muchos de nosotros Visitamos un convento y en un ventanilla del refectorio —fresco y silencioso como una catacumba— compramos unos dulces que hacían las monjas Merendamos en el mesón que nos hospedaba y los comimos Un manjar exquisito Es curioso que la buena cocina mexicana haya nacido en los conventos de monjas y que allí se hayan preservado Dimos una vuelta al atardecer por la melancólica plaza: jóvenes adustos y muchachas recatadas Nada más distinto de Tixtla Dos Méxicos: uno tropical, republicano y echado hacia fuera; otro, clerical, pétreo y ensimismado Los dos violentos Dormimos en la posada y al amanecer emprendimos el descenso hacia Tixtla En los altos del camino, el hermano de Manuel Sánchez, que llevaba un pistolón, disparaba contra los pájaros Pasé en Tixtla otros dos días y, de nuevo a caballo, regresamos a Chilpancingo Allí me despedí de los Sánchez y volví a México en un autobús rechinante
Durante los siete días que duró mi excursión no se habló una sola palabra de política local Quizá Guevara no era todavía candidato o los Sánchez aún no eran sus partidarios (sí es que lo fueron) Hablamos de Vicente Guerrero y del Plan de Iguala, de Galeana y los Bravo, de Juan Alvarez y el Plan de Ayutla (¡cuántos planes tiene nuestra historia!) Hablamos también de Vasconcelos y, sobre todo, de Tixtla y de Chilapa: una, tierra y agua; otra, piedra y cielo La estrella de Acapulco y sus playas apenas despuntaba Del otro, el Acapulco de la nao de China, los Sánchez apenas si tenían noticia No era accidental esa ignorancia En nuestras escuelas se enseña una versión sectaria de la historia de México, dividida en dos grandes períodos: la legendaria del mundo prehispánico (simplificado e idealizado) y la épica novelesca de los siglos XIX y XX, teatro de las luchas entre los buenos (nosotros) y los malos (ellos) El período intermedio, Nueva España, es visto como un paréntesis y una usurpación Sin embargo, México nació en ese paréntesis, en los siglos XVII y XVIII
Al año siguiente (1932) ingresé en la Facultad de Derecho por imposición familiar y asistí, por decisión propia en Filosofía y Letras, como “oyente”, a los cursos de Antonio Caso, Julio Torri y otros Pero Manuel Sánchez no volvió a la Universidad Dejé de verlo varios años Supe que vivía en Guerrero Hacia 1941 o 1942 lo volví a ver en dos o tres ocasiones y recordamos nuestra memorable excursión A esto se redujo mi relación con Manuel Sánchez A veces lo recuerdo y sonrío: aquel paseo fue una iniciación
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El error de Retes es explicable No lo es su obcecación ¿Terquedad o altanería? No es grave cometer un error; es grave negarse a enmendarlo Se lo pedí cortésmente y él ha contestado en un tono de porfía y con pocas razones Ojalá que recapacite: no tengo nada en contra suya y le será imposible probar que yo estuve en Guerrero en 1932 o en 1933 De otro modo, tendré que recurrir a la autoridad judicial He hablado ya con la Editorial Joaquín Mortíz para enterarlos de mi propósito Espero que no sea necesario llegar a mayores
Un abrazo cordial,
Octavio Paz

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