Tres poemas de James Dickey 1923-1997

Tres poemas de James Dickey 1923-1997
José Emilio Pacheco
Acaba de morir James Dickey, el poeta de Georgia, menos célebre por su notable poesía que por haber leído en la toma de posesión de James Carter y haber escrito una novela, Deliverance, que en 1970 anticipó el miedo de los noventa: acosadas por los ejércitos de la noche, en el bosque o en la selva urbana, las personas más pacíficas pueden volverse monstruos para no sucumbir ante los monstruos
Dickey afirmaba con buen humor que publicó su primer libro a los 38 años, edad en que la inmensa mayoría de quienes intentaron escribir versos han renunciado al sueño de adolescencia Y lo hizo en clase turista, es decir en un volumen colectivo junto con otros dos que se perdieron en las tinieblas Como tantos de nuestros poetas, trabajó en la agencia publicitaria McCann-Erickson, encargado de la cuenta de la Coca Cola Así que todos sin excepción en algún momento de nuestra vida hemos estado expuestos a las palabras e imágenes de Dickey, conocido en el medio como “Jingle Jim” (por analogía con Jungle Jim, Jim de la Selva)
Hoy como nunca es necesario defender todo lo que da riqueza y variedad a la vida y a la poesía La cultura que despectivamente sus compatriotas llaman redneck tiene tanto derecho como cualquier otra a la existencia poética Dickey fue el vocero de esta visión del mundo que tan bien se ha expresado en la música “country” y ahora se encuentra bajo el fuego de quienes la repudian por machista y racista
Con casi dos metros de estatura y más de cien kilos de peso, Dickey no correspondía a la imagen que solemos forjarnos de los poetas Fue estrella estudiantil del futbol americano, antecesor de los motociclistas que puso de moda Brando y combatiente en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial El gobierno de Roosevelt imprimió millones de libros de bolsillo para enviar a los campos de batalla Una antología de Louis Untermeyer le descubrió a los poetas contemporáneos cuando Dickey era piloto de un cazabombardero
La ley que dio instrucción gratuita a los antiguos soldados le permitió estudiar en la Universidad de Vanderbildt Tras cientos de rechazos, un poema le fue aceptado por la Sewanee Review De todos modos su libro inicial, Into the Stone, no se publicó hasta 1960 Con Into the Stone, Drowing with Others, Helmets, Buckdancer’s Choice (Buckdancer es un bailarín de tap) y Falling se integra el volumen por el que Dickey será recordado, Poems 1957-1967 El texto que da título a la última colección se considera el mejor de su autor En 176 versos narra la caída de un azafata que se precipita al vacío al abrirse una puerta de emergencia Por su extensión y sus características tipográficas es imposible de reproducir aquí
Dickey entró en el circuito universitario que es el único medio de subsistencia para los poetas norteamericanos Fue todo menos académico A la manera de Norman Mailer, publicó un libro de Self-Interviews y durante una temporada se convirtió en el más temible crítico de su poesía en su país
Randall Jarrell (1914-1965) ocupó el puesto a lo largo de veinte años Como era de temerse, lo primero que hizo Dickey fue arremeter contra Jarrell en cuanto poeta: “(Sus Selected Poems) son torpes más allá de toda torpeza de estupefacción o petrificación; al leerlos de principio a fin, sé más del tedio de lo que saben los muertos En simple inglés americano que gatos y perros pueden entender, estos poemas son los escritos más sin talento, sentimentales, autoindulgentes e insensitivos que recuerdo; cuando los leo no puedo evitar reírme y llorar toda la noche, y no me explico la reputación que pudo forjarse a partir de esta basura”
Un factoide, un hecho que jamás ocurrió pero que todos dan por sucedido, ha consagrado la leyenda de que el crítico implacable no resistió la andanada de Dickey y entró en una depresión que lo condujo al suicidio Es algo tan falso como la conseja de que Antonieta Rivas Mercado posó para el “ángel” Quien se tome la molestia de leer Babel to Byzantiium: Poets & Poetry Now (1968 y 1981), el libro que recopila las reseñas de Dickey, verá que la nota es de 1956, anterior en diez años a la muerte de Jarrell
Veterano de muchas guerras literarias, Pablo Neruda llegó a la conclusión de que un escritor nunca debe atacar a otro Su contemporáneo WH Auden aconsejó al poeta ocuparse sólo de lo que le gusta Si un libro es malo no vale la pena ensañarse contra él: por sí solo desaparecerá en unos cuantos meses Si por lo contrario es bueno, el ataque no le hará ningún daño y uno quedará como un imbécil y un envidioso, ávido de elogiarse indirectamente a sí mismo
Cuando Dickey dio a conocer Puella, celebración de su matrimonio con una joven, Dana Gioia, a su vez excelente poeta y crítico, lo liquidó en una reseña feroz, compilada en Can Poetry Matter? Essays on Poetry and American Culture (1992) Sin embargo, el propio Dana Gioia reconoció que “James Dickey es comprensiblemente uno de los poetas más leídos en Norteamérica Acaso ha hecho más que ningún otro escritor vivo por ampliar los temas de nuestra poesía Sus aportaciones no provienen de explorar zonas exóticas de la experiencia norteamericana sino de llevar al poema la mitología del redneck sureño con todos sus lóbregos accesorios de ebriedad, brutalidad, sexualidad e ignorancia Dickey creó un nuevo paisaje literario que, por poco atractivo que resulte sigue pareciendo creíble y pertinente para los lectores contemporáneos La suya fue una poesía para norteamericanos que no viajan al extranjero, excepto cuando los mandan como soldados, una poesía que encuentra cosas más extrañas en los apartados bosques de Georgia que en lo más remoto de Asia Escribió sobre gente que uno conoce en la vida pero que nunca antes había encontrado en los versos”
Ojalá los tres poemas aquí traducidos puedan servir de invitación a leer la poesía de James Dickey
El cielo de los animales
Aquí están con los dulces ojos abiertos
Es un bosque
Si han vivido en un bosque
Si han vivido en llanuras
Es hierba que para siempre se deslizará entre sus patas
Aunque no tienen alma, de todos modos
Sin saberlo han venido
Sus instintos florecen en plenitud y se levantan
Con los dulces ojos abiertos
Para hermanarse con ellos, el paisaje florece
Excede lo necesario,
El bosque más frondoso,
el más profundo campo
Para algunos
El lugar no sería lo que es sin la sangre
Cazan, como han cazado,
Pero con garras y colmillos perfectos
Aún más letales de lo que suponen,
Acechan con un mayor silencio,
Se encorvan en las ramas
El descenso a los lomos de sus presas
Puede tardarse años
De dicha que se cierne soberana
Y los que son cazados
Saben que esto es su vida, su recompensa: arder
Bajo esos árboles, sabiendo
Qué está gloriosamente encima de ellos
Y no sentir ya miedo
Sino obediencia, rendición, plenitud indolora
Y en el centro del ciclo
Caminan, se estremecen bajo el árbol,
Caen, son destrozados, se levantan
Y caminan de nuevo
Adulterio
Todos hemos estado en esos cuartos
En los que no podemos morir
Y son lugares tristes y extraños
A menudo acechan los indios
Con armas de águila en las colinas
Bajo el crepúsculo abierto al Gran Espíritu,
O se deslizan en canoas,
O bien pacen las vacas en los muros distantes,
Mirando con los ojos de nuestros hijos,
Nada distantes
O hay hombres que manejan
El último martillo que remacha
Los clavos de los rieles y se ha vuelto
Oro en sus manos Una inmensa
Anticipación del placer
Vive entre estas escenas, y estamos al fin solos
Siempre hay algunas lágrimas
Entre nosotros Y alguno siempre lanza
Miradas furtivas al reloj en el buró
Para ver cuánto nos queda Esto no va
A ningún lado No vamos
A ningún lado: ni yo
Con mis torvas técnicas, ni tú
Que has sellado tu matriz
Con un anillo de hule convulsivo
Aunque nos venimos juntos
No vamos juntos a ninguna parte
Sin embargo no cederemos
Porque la muerte es abolida
Por los indios que rezan, las vacas lejanas,
Los martillos históricos, las citas peligrosas
Que unen continentes
Imposible morir aquí
Imposible morir, imposible morir
Mientras se llora Mi amor, cariño mío,
Te veo la próxima semana,
Si vengo a la ciudad Te llamaré
Si puedo Por favor, date cuenta de
Por favor, no Dios mío
Por favor, ya no No lo resisto
Mira, lo hemos hecho otra vez
Aún estamos vivos Levántate y sonríe
Dios te bendiga Es mágica la culpa
Ciervo entre el ganado
Aquí y allá, bajo la luz quemante
De mi mano que recorre el prado nocturno,
Todos se hallan pastando
Con alfileres de luz humana en los ojos
Uno de ellos, silvestre,
Come también la hierba humana,
Esbelto, elegante, domesticado
Por la oscuridad,
Entre los que criamos para matarlos
Saltó la cerca paralítica
E inclina su frente ramificada
En la mesa verde de escarcha,
Unica cosa viva a la luz de esta linterna
Que puede irse cuando lo desee,
Convertir en bosque la hierba,
Cerrar los ojos al resplandor inhumano
Pero allí sigue: imperturbable en su campo abierto,
Con las chispas de mi lámpara en sus pupilas,
Sin nadie que lo iguale entre las reses,
Pasta con ellas en la noche del matadero,
Unico de su especie que se levantará entre los muertos

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