La verdad no sirve para vengarse, sino para hacer justicia

La verdad no sirve para vengarse, sino para hacer justicia
Echeverría fue el titiritero del 68, pero el veredicto de la historia no es manipulable: Krauze
Antonio Jáquez
Al historiador Enrique Krauze no le extraña el espectáculo que montó Luis Echeverría en San Jerónimo para dar su “testimonio” sobre el 68: El expresidente —dice— es un hombre que siempre “concibe la política como manipulación”

Esa concepción —reflexiona el autor de Biografía del poder en entrevista con Proceso—, “arroja una luz adicional a su posible participación en los sucesos del 68: también ahí pudo haber actuado Echeverría de la misma manera, es decir, como una especie de titiritero”
Exhorta al expresidente a que abandone la idea de que la política es, antes que nada, manipulación Y sentencia:
“Menos aún es manipulable el veredicto de la historia Yo, por supuesto, no aspiro a encarnar ese veredicto, pero creo que la responsabilidad histórica de Echeverría en la crisis económica, política y moral de México es inmensa”
Pensamos en el 68 —considera— porque constituyó un verdadero punto de quiebre en nuestra historia reciente:
“Fue entonces cuando el sistema político mexicano, tan eficaz hasta ese momento, incurrió en un breve pero fatal episodio totalitario En ese instante, sin advertirlo con claridad, el sistema perdió buena parte de su claridad y su rumbo La salida era la democracia, pero no estaba en el horizonte ni siquiera —hay que reconocerlo— en el horizonte de los estudiantes, que más bien soñaban con la revolución”
El montaje
En su libro La presidencia imperial, Krauze se ocupó de los hechos del 68 en el capítulo sobre Gustavo Díaz Ordaz; ahí refiere el papel decisivo de Echeverría en la represión del movimiento estudiantil desde sus comienzos:
Mientras se encontraba de gira por la costa del Pacífico el presidente Díaz Ordaz recibe una llamada de su secretario de Gobernación, Luis Echeverría Le describe una inminente “hecatombe” Díaz Ordaz lo deja hacer A raíz de la conversación, el Ejército interviene de manera dramática: montados en tanques ligeros y jeeps, soldados de la Primera Zona Militar reciben la orden de entrar a la Preparatoria 1, la de San Ildefonso Un “bazukazo” destruye la gran puerta de madera labrada La presencia del Ejército y la dureza de la acción convierten un problema local y policiaco en un asunto de seguridad nacional
Desde Gobernación, igualmente, Echeverría mueve los hilos de la información y, al parecer, le va tejiendo a Díaz Ordaz una historia descabellada del movimiento estudiantil, en la que los rebeldes figuran como agentes de una conjura comunista para frustrar los Juegos Olímpicos y manchar la buena imagen del régimen mexicano ante el mundo
En la visión personal del presidente —apunta Krauze—, el movimiento estudiantil no era más que el último y más complejo rompecabezas en una larga serie que comenzaba con los movimientos sindicales de finales de los 50 y continuaba con los sucesivos conflictos de su propio sexenio: médicos, estudiantes, guerrilleros Todos tenían, a su juicio, un común denominador: eran producto de una conjura comunista
Cada día se agregaban nuevas piezas al rompecabezas Todas ajustaban ¿Quién proveía la información sobre ellas? Habiéndose negado desde un principio a acercarse de manera personal a los estudiantes para no “poner en riesgo la investidura presidencial”, y dado su carácter naturalmente hosco y retraído, Díaz Ordaz dependía de la información que le proporcionaban sus propias fuentes políticas, en particular las dependientes de la Secretaría de Gobernación: la Dirección Federal de Seguridad y la División de Investigaciones Políticas y Sociales
Inmunes e impunes
De nada de eso habló Echeverría en su reunión con la prensa y la Comisión Especial 68, el martes 3 Y es que, reconoce Krauze, uno de los rasgos de la presidencia imperial es la impunidad; en el ejercicio del cargo y después, los presidentes mexicanos no rinden cuentas “Así ha sido, al menos desde que Cárdenas puso a Calles en un avión Los presidentes salen inmunes, impunes, todo menos ‘impecunes'”
—¿Fueron demasiado ingenuos los diputados de la comisión camaral, o Echeverría demasiado listo?
—Claro que hubo ingenuidad de parte de los diputados Las comisiones de la verdad que han funcionado, por ejemplo en Sudáfrica, se inscriben en un contexto de reconciliación nacional que, en el caso nuestro, desgraciadamente, no existe Porque no se trata, en realidad, de tomar venganza, sino de esclarecer la verdad para hacer justicia, purificar la memoria y construir un futuro de madurez donde esos hechos no puedan repetirse En este caso, Echeverría seguramente percibió un ánimo vindicativo y, como es obvio, se negó a jugar el papel de villano
Refuerza: “Para mí, lo significativo del happening no fue lo que dijo Echeverría, sino el montaje mismo que cuidadosamente armó hasta en los mínimos detalles Fue un tinglado, un escenario, un libreto que confirma lo que muchos pensamos: Echeverría fue entonces, y ha sido siempre, un hombre no sólo listo, sino inteligente, que concibe la política como manipulación Creo que esta concepción arroja una luz adicional a su posible papel en los sucesos del 68: también allí pudo haber actuado de la misma manera”
—¿Tiene algún sentido el funcionamiento de una comisión camaral que indaga sobre hechos criminales, como la represión en el 68, pero que no tiene facultades punitivas y que ni siquiera —como se vio en la casa de Echeverría— tiene metodología de trabajo?
—No tendría que tener facultades punitivas Es más, no debería tener siquiera espíritu punitivo Los diputados confundieron la investigación con el confesionario: “¿Verdad que eres pecador, Luis?” “Sí, lo soy” “Entonces reza 1 millón de padres nuestros y te absolvemos” Para conocer a fondo los hechos del 68 —y otros capítulos negros de nuestra historia, incluida la reciente matanza en Acteal— se requiere algo muy distinto: un arduo y difícil trabajo de investigación
“Muchos miembros del Batallón Olimpia viven, pero ningún investigador tenaz y valiente se ha tomado el trabajo de localizarlos y persuadirlos de que vale la pena hablar, aunque fuese anónimamente Por lo demás, es absurdo pensar que hay archivos con la firma del presidente y con la orden de ‘mátalos en caliente’ Las cosas no ocurren así Hay que reconstruir todo el cuadro y eso no es asunto de un día, sino de meses o años de profunda investigación y reportaje”
Se le cita a Krauze una frase de su maestro Cosío Villegas, a propósito de Echeverría, escrita en 1974: “No está construido física y mentalmente para el diálogo, sino para el monólogo; no para conversar, sino para predicar” El discípulo complementa:
—Siempre fue así, pero yo diría que ningún presidente mexicano de los últimos tiempos se ha caracterizado por su disposición al diálogo Salinas de Gortari no sólo no hablaba con la oposición, tampoco la veía ni la oía Lo cierto es que el sistema político mexicano, en esencia, era un interminable monólogo
Redondea: “Pero convengamos en que Echeverría llevó este rasgo hasta sus límites No sólo fue un predicador, sino, en el sentido clásico de la palabra, un demagogo”
—Entre lo poco que dijo sobre el 68, Echeverría culpó una vez más a Díaz Ordaz y de algún modo se apoyó en el término “presidencia imperial” que usted acuñó ¿Cree usted que el 68 sólo se puede explicar en esos términos, como una desmesura del poder presidencial? ¿No requiere el poder presidencial de complicidades?
—La desmesura es una de las claves, en este caso fincada en un problema muy marcado de carácter en Díaz Ordaz, pero en La presidencia imperial quise aportar una veta adicional: la misteriosa desinformación que parecía tener el presidente Es extraño que un mandatario tan inteligente haya estado tan equivocado con respecto de lo que en verdad ocurría en las calles
Ejemplifica: en uno de los momentos cruciales, el 27 de agosto de 1968, Díaz Ordaz creyó que los estudiantes habían puesto la bandera rojinegra en el asta bandera de la Catedral “Por eso, la pregunta fundamental es: ¿Fue Díaz Ordaz el autor del escenario o, sin él saberlo, alguien escribía el guión y lo convertía en actor?”
El 10 de junio y el 2 de octubre
—La represión del 10 de junio de 1971, con Echeverría en la Presidencia, hizo que se leyera el 68 de otro modo Destacadamente, Gabriel Zaid llamó “criminal histórico” a Echeverría y cuestionó a los intelectuales que apoyaron al presidente, entre ellos Carlos Fuentes y Fernando Benítez
—En efecto, la matanza de Corpus modificó la lectura sobre el 68 Yo la viví personalmente, vi el cuidadoso montaje, el tinglado, el escenario y el libreto: los “halcones” disfrazados de estudiantes gritando vivas al Che Guevara, ejerciendo actos de vandalismo y represión para que después se dijera que todo había sido una riña entre ellos mismos
En la confusión, “muchos creyeron en la palabra presidencial: habría una investigación en dos semanas y se castigaría a los culpables La investigación nunca llegó Y tiempo después, gracias a una célebre entrevista (publicada en Proceso) de Heberto Castillo con el supuesto culpable —Alfonso Martínez Domínguez— se supo que Echeverría lo había utilizado como chivo expiatorio en el libreto”
En su libro sobre los presidentes, Krauze recuerda otro acto de premeditación fraguado por Echeverría: el boicot publicitario a Excélsior para arrojar el diario en los brazos del gobierno, y afirma:
“Con ese solo acto destruyó lo poco que quedaba de su obra y arrojó una inmensa nube de sospecha, de justificada sospecha, sobre su verdadera responsabilidad en 1968 Porque si era capaz de llegar a los extremos maquiavélicos que tocó durante la ‘apertura democrática’, ¿qué no habría deslizado al oído de su jefe de tantos años, el presidente Gustavo Díaz Ordaz, que no lo conocía, pero a quien él conocía como la palma de su mano?”
En Bucareli
—En una carta divulgada por Proceso, el general Marcelino García Barragán invalidó la versión oficial sobre el 68 al decirle a Alfonso Corona del Rosal: “Aún considero prematuro que la nación conozca la verdad”, luego que el entonces regente repitió la historia de la conjura extranjera ¿Cómo interpreta usted esas palabras de quien fue secretario de la Defensa Nacional en 68?
—Los militares han dicho repetidamente que cayeron en una trampa En mi libro, yo tiendo a creerlo así Pienso que quienes dispararon primero no habían sido entrenados por el rumbo de las Lomas de Sotelo, sino en Bucareli
En su texto, Krauze afirma que Corona del Rosal “no parece haber tenido una participación decisiva en los sucesos del 2 de octubre De hecho, desde el momento del bazukazo, había pasado a un segundo plano, detrás de los ministros de Defensa y Gobernación Con ello, quizá se le había ido también la oportunidad de competir en la carrera presidencial”
Tras contar que Díaz Ordaz se quejaba de la falta de dureza de Corona del Rosal —”no le entraba”, decía el presidente—, el historiador anota que Echeverría “sí le entraba”:
—Era una máquina trabajando: cumplido, eficaz, responsable Tenía una reciedumbre de indio y de vasco Era el primero en llegar, el último en irse Cuando el presidente lo invitó a aprender golf, lo tomó como trabajo No llegaba al campo temprano, sino a las cinco y media de la mañana Numerosos testimonios refieren su marcado servilismo con Díaz Ordaz, parecido al que había desplegado cuando fungía como secretario del general Rodolfo Sánchez Taboada en el PRI, a finales de los cuarenta
Krauze explora la idea de que Echeverría se ganó a Díaz Ordaz con su mano dura y que éste le allanó el camino a la Presidencia al tomar sobre sí toda la responsabilidad por las decisiones del gobierno en el 68 Desde las sombras de su ministerio, Echeverría pudo también urdir la coartada:
La tarde del 2 de octubre del 68 —relata—, posiblemente por casualidad, Luis Echeverría invitó a tomar café a una pareja ilustre: nada menos que David Alfaro Siqueiros y su mujer, Angélica Arenal El pintor era el expreso político más célebre de México, un ícono viviente de la izquierda De pronto, una llamada telefónica interrumpe la charla Posiblemente sorprendido, Echeverría se entera de que hay muertos en Tlatelolco ¿Posiblemente?
Lo bueno y lo malo
Pero Echeverría no quiere encarar su trayectoria ni en privado, dice Krauze:
“No hace mucho conversé civilizadamente con él Quise persuadirlo de la importancia de hablar sobre su biografía y su sexenio, porque sólo así podría el público comprender el sentido de muchos de sus actos Echeverría tiene razón en reclamar un estudio objetivo y desapasionado de su sexenio Su gestión, a mi juicio, tuvo aspectos lamentables como su política económica y momentos que empobrecieron su legado (el 10 de junio, el golpe a Excélsior), pero tuvo muchos otros rasgos complejos e importantes”
Cita su política social, su atención al campo, su proyección internacional, su promoción de la cultura y la educación Como López Portillo, “Echeverría actuaba dentro del paradigma de la Revolución Mexicana Acompañado por toda una generación política e intelectual, Echeverría quiso revitalizar la herencia de Cárdenas y en ese sentido fue coherente Su problema fue, como decía Cosío Villegas, haber sido refractario a la crítica y alérgico a la autocrítica
“De haber escuchado a los críticos, tal vez se hubiera atrevido a pensar más allá de ese paradigma, con un sentido auténticamente liberal y democrático, con un nacionalismo no defensivo, sino confiado en sí mismo, exportador y agresivo Pero en su descargo hay que decir que esas categorías mentales que ahora prevalecen en el mundo, no eran las de los años setenta”
Todo eso y más “cabría hablar con el expresidente, ahora que todavía está fuerte y vigoroso Pero para ello Echeverría tendría que dialogar, no monologar Descubrir que no todos sus interlocutores tienen mala fe No engañar ni autoengañarse Ejercer la crítica pero tolerarla también No ceder a las provocaciones vindicativas, pero no armarlas él mismo Abandonar, sobre todo, la idea falaz de que la política es, antes que nada, manipulación”
Remata: “Menos aún es manipulable el veredicto de la historia Yo, por supuesto, no aspiro a encarnar ese veredicto, pero creo que la responsabilidad histórica de Echeverría en la crisis económica, política y moral de México, es inmensa Y mientras él no quiera encararla con espíritu democrático, el veredicto condenatorio se configura cada día más, no en las páginas de los historiadores, sino en la opinión de las generaciones mexicanas”

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