OBITUARIO TARDÍO: SALVADOR MORENO, 1916-1999

OBITUARIO TARDÍO: SALVADOR MORENO, 1916-1999
José Antonio Alcaraz
Unas cuantas piezas para piano entre grisáceas e irisadas, suavemente mortecinas: apenas medio centenar de canciones magistrales, con acompañamiento de piano; cuatro composiciones para coro a capella; un ballet; música de escena para tres obras teatrales; casi una decena de partituras para canto y diversos conjuntos instrumentales, así como una ópera hermosa: Severino (1961)
En tan conciso, parco y refinado catálogo reside la aportación fundamental de Salvador Moreno al corpus de la música mexicana escrita en este siglo

Hay que añadir a ello un volumen que contiene sus escritos acerca de temas musicales, digno de atención por más de un concepto, especialmente a causa de su sibaritismo conceptual: Detener el tiempo (1996), compilado por Ricardo Miranda En terrenos musicales eso vendría a ser todo
Figura sui generis por excelencia Versátil, como tanto se ha repetido, hasta volverse tópico (*) Compositor dotado de un entendimiento envidiable sobre la relación entre música y poesía, ante todo Poseyó, así mismo, refinado instinto dramático, capaz de sugerir y tramar un intenso trayecto expresivo en tan sólo unos cuantos compases; es decir: genuino dramaturgo musical
Salvador Moreno experimentó por fortuna, durante estos años recientes, una reapreciación de su importancia artística como creador, paralela —o equivalente, como se prefiera— al auge que grosso modo conoció su tarea de composición a lo largo de los años cuarenta y cincuenta
En décadas posteriores era considerado —injustamente, por supuesto— como una figura menor Lo he escrito ya alguna vez: nada más difícil para un compositor que lograr una canción impecable, redonda, autónoma Moreno cumplió dicha labor ardua con creces, frente a un sinfonismo cuyas amplias dimensiones no proporcionaban a sus autores representativos la humildad, lucidez y refinamiento suficientes para escribir canciones satisfactorias
Hay que destacar así mismo la destreza manifiesta de Salvador Moreno en el tratamiento de la voz cantada, para la que trazó líneas de gran tersura —en la introspección con frecuencia— enfatizando bellamente la vulnerabilidad del espíritu humano, por medio de un mecanismo de representación no simbólico
Sin embargo, imposible omitir, las antípodas: a juzgar por lo que se conoce como música suya, Moreno vivió esclavizado a las palabras o entidades visuales, embozándose en ellas, guareciéndose ahí Los títulos de dos obras para piano, así lo demuestran: gitanas vestidas de blanco; Gotas (¿no oyes caer las gotas de mi melancolía?), ambas de 1938
Salvador Moreno nunca supo ni quiso erigir las sonoridades en paradigma: constituían para él tan sólo un cauce (o vehículo) seductor, destinado a revestir emocionalmente con opulencia simbiótica, aquellos veneros narrativos, poéticos o plásticos que manejó como punto de partida, asumiendo por completo su función seminal
El diseño arquitectónico le fue ajeno: logró los requerimientos de la(s) forma(s) musical(es) generalmente por medio de la repetición (literal o en metamorfosis), que solía utilizar a manera de recurso estratégico medular (Continuará)
——-
(*) “Polifacético” suele ser el término consabido

Comentarios