La enseñanza de Chinchachoma

La enseñanza de Chinchachoma
Javier Sicilia
El 8 de julio, en Colombia, negociando un donativo para su tarea, murió Alejandro Durán, mejor conocido como Chinchachoma, que en el argot de los niños de la calle quiere decir “cabeza pelona” o “cabeza calva” La prensa apenas si le dedicó algunas semblanzas, como suele hacerlo con los hombres que están por encima de su tiempo y no acabamos de comprender; un asistencialista, un hombre que se dedicó a trabajar por los niños de la calle y fundó Hogares Providencia, asociación dedicada a rescatarlos y a atenderlos Sin embargo, Chinchachoma es mucho más En estos tiempos miserables en donde la política se ha convertido en el “arte” de mentir; el servicio al bien común, en disputa por el poder; la educación, en exaltación de la competencia y el poder, y la palabra, en demagogia, la vida de Chinchachoma tiene mucho qué enseñarnos
Chinchachoma no sólo fue un hombre que atendió niños callejeros; fue alguien que se conmovió por la miseria humana; que, como lo quería Levinas, fue interpelado por la mirada del otro y lo amó y sirvió hasta la deposesión de sí No fue un hombre que desde la comodidad de una oficina y abrigado por un buen sueldo diseñaba programas económicos y de asistencia que sólo han beneficiado a quienes no lo necesitan No fue un guerrillero que respondió a las injusticias con balas o un ultra que atacó la estupidez con la intransigencia Por el contrario, salió a la calle sin nada a remediar con sus escasos medios la angustia infinita de seres de carne y hueso Su tarea de hombre fue hacer la justicia imaginable en un mundo injusto, hacer la felicidad significativa en seres concretos envenenados por la desgracia del siglo
Su tarea nació en su infancia alrededor de un plátano Los grandes hombres nacen del encuentro de lo que para los otros es una nimiedad Narrémoslo: en su Cataluña natal, iba rumbo a la escuela de la mano de su madre cuando su mirada se topó con la figura de un indigente que buscaba qué comer en la basura El niño sintió desagrado y lo señaló: “Mira, mamá, que hombre tan sucio” Su madre lo corrigió: “No es eso, es que tiene hambre” Cuando llegó a la escuela, a la hora del recreo, el niño sacó el plátano que llevaba para comer y se dispuso a tirarlo en un gesto de solidaridad con aquel indigente La maestra lo disuadió: le explicó que en el mundo había hambre, que Jesús la había sufrido y que si tiraba el plátano le estaba quitando la comida a un hombre que la necesitaba Su madre completó la enseñanza diciéndole que comiera y trabajara para que ya no hubiera hambre Chinchachoma había nacido Se hizo sacerdote y se vino a México En Puebla encontró a un grupo de niños callejeros y se fue a vivir con ellos Ahí, en la calle, nacieron sus Hogares Providencia que lo hicieron famoso
Hogares Providencia no era ni es, aunque ahora haya varias casas, un lugar, sino, como lo dijo siempre Chinchachoma, una fraternidad en donde los seres humanos tienen derecho a ser, con su historia y su verdad Donde los desposeídos son, a través del amor, dignificados en su humanidad
Este amor, este ser interpelado por la mirada del otro que sufre, lo llevó también a trabajar con las prostitutas No trataba de regenerarlas, como lo haría un simple asistencialista, sino de amarlas en su miseria para que redescubrieran su dignidad El hombre se dignifica y se regenera cuando es amado, no asistido, cuando se reconoce en el otro que lo ama De esa experiencia, que recoge en un libro magnífico, Mis siete grandes amores, Chinchachoma narró, en la espléndida entrevista que Myrna Ortega y Ricardo Newman le hicieron para la revista Ixtus, una anécdota conmovedora: “Estaba en Garibaldi con dos chavos (dos de sus hijos callejeros) Se me acercó una muchacha de unos 15 años y empezó a contonearse () Estaba muy buena ‘Padre, no me dejes caer en tentación’, pedí Siempre hay que unirse con el Padre para no quedar huérfano Entonces la niña me mira y me dice: ‘¡Padrecito, tú a mí no me quieres’ Eso me enojó mucho Yo le grité con todas mis fuerzas: ‘Te amo Y ninguno de estos que ahora voltean te aman, sólo buscan tu cuerpo Yo te amo Ven aquí, hija’ () La llevé a un café cercano Nos sentamos frente a frente, le tomé la mano, la miré a los ojos y le repetí: ‘Te amo y Dios también te ama’ Me contestó asombrada: ‘¿A mí?’ Entonces le pedí la bendición ‘No se burle, padrecito’, respondió ‘¿Qué bendición puedo tener yo?’ ‘Una que yo no tengo A ti te vendieron, ¿no?’ ‘Pues sí’ ‘¿Cuánto pagaron por ti?’ ‘No sé —respondió— El dinero se lo llevó mi mamá’ ‘¿Sabes cuánto pagaron por Jesús cuando lo vendieron? () Treinta monedas de plata ¿Y sabes cuánto costaba una vieja en tiempos de Jesús? Treinta monedas de plata () Lo vendieron como puta Jesús es puta ¿Y sabes cómo lo vendieron? () Con un beso’ ‘¿Como a mí? Entonces sí que puedo bendecir’ Me arrodillé frente a ella para que me bendijera Y entonces sentí a Dios () Cristo, el último, el despreciado, el golpeado, el preso, el inmóvil, el hambriento Mi Cristo es la puta () Mi Cristo es cual vil esclavo”
Calvo, con una barba patriarcal; descuidado (los hombres que viven para otros no tienen pretensiones sociales); histriónico en su alegría por Dios; vital, gozoso, sabio, amoroso con los niños y con los desvalidos, duro con los otros a quienes interpelaba con la palabra para cimbrarlos, para escandalizarlos, para devolverlos a la sustancia del amor que el juego de la política y de la sociedad nos ha velado, Chinchachoma mostraba con su servicio a los otros que la belleza del mundo radica en que siempre se puede hacer un acto de amor por encima del mal Cristo es el otro al cual servimos y del cual somos responsables Nada de abstracciones históricas y económicas La enseñanza de Chinchachoma no es el amor por la humanidad, sino por el prójimo, por aquel que me interpela y tiene un rostro que me llama a socorrerlo
Los liberales, los neoliberales y los marxistas podrán decir que su optimismo es de mayor alcance y que el libre mercado, la economía a la historia, según el caso, son los elementos que resolverán el mal Pero la defensa de esos valores abstractos sólo ha traído el sacrificio de hombres, mujeres y niños reales La respuesta de Chinchachoma es contraria Para él de lo que se trata es de defender lo único real: los hombres de aquí y de ahora Chinchachoma nunca actuó en nombre de un humanismo que siempre queda atrapado en la abstracción, sino en nombre del llamado concreto de un ser humano
Cuando pienso en él me vienen a la mente esos árboles del mediterráneo, los almendros, que durante el invierno —cuando todos los seres vivos se reconcentran— se cubren de una flor blanca que, resistiendo las lluvias y el viento helado, prepara el fruto
No es un símbolo No se gana la dignidad con símbolos Es un ejemplo humildísimo La vida de Chinchachoma es una de esas en donde la contemplación y el valor se unieron para desafiar nuestras pretensiones o nuestra tibieza Meditar en su ejemplo nos enseña el valor del espíritu: la deposesión de sí, la entrega al otro, la humildad, la frugalidad del sabio Ante la enormidad de las injusticias que nos rodean, no debemos olvidar la fuerza de carácter con la que Chinchachoma acompañó ese valor Esa fuerza nada tiene que ver con la que acompaña los estrados electorales, hoy tan de moda, con fruncimientos de cejas, amenazas, insultos, bravuconadas y promesas vacías, sino con la humildad, la paciencia y la devoción que, semejante a los almendros, resiste todos los vientos y prepara el fruto en medio del invierno del siglo
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés

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