Federalismo sólo esperanza

Federalismo sólo esperanza
Juan José Hinojosa
El presidente afirmó en Chiapas que “México requiere de un federalismo moderno que permita la solidaridad entre los Estados” El gobernador de Yucatán, Francisco Luna Kan, abundó en la afirmación presidencial y declaró que “México requiere de un nuevo tipo de federalismo moderno, que convierta en realidad las ideas solidarias que ahora se proclaman; tiene que basarse en la necesidad de que aquellos estados del país que tienen mayores problemas de desarrollo reciban de las entidades que ya han superado esta etapa el auxilio que requieren”
La afirmación del presidente tiene acentos de buenos propósitos testamentarios y tácito reconocimiento de que el federalismo de hoy exige renovación; en la exégesis de Luna Kan aletean ideas que van de lo romántico a lo deshilvanado, de lo original a lo ineficaz; aparentemente pretende que los estados más ricos desborden recursos económicos en favor de los hermanos más pobres; una redistribución de los ingresos fiscales que perciben las entidades federativas basada en una solidaridad fraterna; un poco el mandato evangélico que aconseja a los que mucho tienen despojarse del exceso para entregarlo, en caridad, a quienes de todo carecen
Aparentemente el Gobernador de Yucatán ignora que de los impuestos totales, la Federación se lleva, aproximadamente, el 87%; deja a los estados un 10% y el 3% restante queda en poder de los municipios; estos porcentajes se han mantenido más o menos invariables durante las últimas décadas Frente a las estadísticas desoladoras las ideas románticas de Luna Kan sobre la solidaridad entre los estados quedan sustentadas, en el mejor de los casos, en una redistribución de la miseria; sería el reparto de migajas entre hambrientos
Para mejorar esa situación, gobernadores hábiles han recurrido a los “impuestos de cooperación” que bordean los límites de la ortodoxia constitucional y que gravitan como “adicionales” sobre los contribuyentes en exceso a la carga fiscal que impone la federación; aun así, es clamor generalizado la insuficiencia del ingreso para soportar los gastos elementales —burocracia y educación— que cada estado requiere para una precaria subsistencia Al fin de cuentas, se puede afirmar que el centralismo —sistema real que por las vías de hecho conforma al Estado Mexicano— se sustenta en esta inequitativa distribución fiscal y mantiene a la provincia en sujeción de servidumbre frente al poder central Esta servidumbre económica conduce, fatalmente, a la servidumbre política Gobernadores cuya designación se obtiene mediante el mexicanísimo “dedazo”, voluntad sin límites y sin fronteras del semidiós en turno
En este federalismo anticuado que, por supuesto, requiere modernización, encuentran origen y explicación las frecuentes “giras de trabajo” que los presidentes realizan sobre la geografía nacional y que son expresión de un paternalismo que contradice las tesis ortodoxas de la libertad y soberanía de los estados; poder central que suplanta en el ejercicio y en la promoción la libertad de los estados y municipios; triunfalismo del “gracias señor presidente” que entraña la gratitud por el despojo de recursos económicos que en un sistema de equidad y de justicia exige la revisión a fondo del sistema tributario para reintegrar a los estados con su soberanía económica su libertad política
Es evidente que desde 1880, con el porfiriato, hasta 1976, con la revolución, el federalismo ha sido en México letra muerta en la constitución, basura de archivo para consulta de eruditos Es una lástima que los propósitos de modernización se manifiesten cuando el sexenio es ya ocaso y liquidación Sin embargo, más allá de las limitaciones sexenales que son anécdotas de historia o expresiones del inmovilismo de una revolución estancada, permanece como reto esperanzado para los mexicanos la posibilidad de dar congruencia a la letra constitucional que nos define como República Federal, otorga a los estados libertad y soberanía y a los municipios autonomía para ser escuela de ciudadanía, laboratorio de autenticidad política, aprendizaje para el entendimiento de la autoridad que no es Dios para ser servido, sino siervo devoto al servicio de la nación

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