Por la inflación al fascismo

Por la inflación al fascismo
Rodolfo Stavenhagen
El país todavía no se repone del choque psicológico que significa la devaluación de nuestra moneda en ciento por ciento, después de veintidós años de estabilidad monetaria Esta medida draconiana, aunque nadie duda que haya sido necesaria económicamente, tiene implicaciones políticas aún imprevisibles Se nos dice que los efectos de la devaluación serán benévolos: se incrementarán nuestras exportaciones, disminuirán las importaciones, aumentará el turismo extranjero, se reducirá el contrabando Esperamos que así sea Pero ¿cómo afecta la devaluación a las distintas clases sociales y cuál podrá ser su reacción política?
Desde luego, en la medida en que la devaluación genera un proceso inflacionario, afecta negativamente, en primer lugar, a las clases asalariadas y no asalariadas (marginales) Aún suponiendo que se concediera a corto plazo el aumento generalizado del 23% recomendado por el gobierno (lo cual naturalmente no ha sucedido), los salarios reales y los ingresos reales de la clase trabajadora han caído estrepitosamente
Es evidente, por otra parte, que la clase social que se beneficia directa e inmediatamente con la devaluación es la burguesía, o cuando menos ciertas fracciones de ella Porque en la medida en que aumentan los costos de producción de la clase empresarial, puede traducirlos en aumentos de precios sin que se reduzcan sus márgenes de beneficio Pero el peligro, incluso para la burguesía, está en que el mercado sólo aguanta un aumento generalizado de precios hasta cierto límite, más allá del cual tendrá que reducirse necesariamente el consumo
A partir de este momento, la burguesía industrial, incluyendo a las empresas transnacionales, también se perjudica (Hace pocos días la Volkswagen anunció que sus ventas habían disminuido tanto que estaba considerando retirarse del país)
En la medida en que los productos industriales u otros artículos de consumo contienen un mayor porcentaje de elementos importados (materias primas, componentes, tecnología, etc), en esa medida también, por supuesto, su precio al consumidor tendrá que aumentar después de la devaluación En términos generales puede afirmarse que es menor la proporción de elementos importados en los artículos básicos de consumo popular (alimentos, ropa, materiales de construcción para la vivienda), que en los artículos de consumo duradero o de lujo (automóviles, televisores, consolas, por ejemplo)
En consecuencia, quienes dedican una mayor parte de sus ingresos al consumo de productos básicos se perjudicarán en grado relativamente menor que otros En este caso se encuentran sin duda los grupos de asalariados con ingresos cercanos a los salarios mínimos Ante la disminución de su ingreso real, los obreros sindicalizados responden con demandas por aumentos salariales Hasta ahora, el Estado ha podido encauzar y controlar estas demandas a través del movimiento sindical oficial, así como con determinadas medidas redistributivas tales como subsidios al consumo de productos básicos, vivienda popular, etc A corto plazo, es poco probable que la clase obrera cuestione el sistema político por el hecho de tener que abrocharse una vez más un cinturón ya de por sí asfixiante
En la medida en que el sistema productivo logre en el futuro inmediato incrementar su oferta de bienes de consumo popular a precios razonables (y no cabe duda que la política económica del Estado deberá encauzarse hacia esta meta), el golpe de la devaluación-inflación será absorbido (de mala gana y con sacrificios, pero absorbido en fin) por la clase trabajadora
Otra es la situación de las clases medias o la pequeña burguesía Aquí, es mayor la parte del ingreso que se dedica a la adquisición de bienes y servicios con elevado componente importado Con la devaluación-inflación la pequeña burguesía tiene que sacrificar no su bienestar material mínimo, sino algo más grave: su estilo de vida, su status social Para quienes viven fundamentalmente en función de pequeños o grandes “lujos” como el típico jefe de familia de clase media (carro último modelo, comidas domingueras en restorán, los últimos discos de moda, su viajecito anual de compras al extranjero, sus vacaciones en Acapulco, etc), el sacrificio necesario de alguno de estos satisfactores producen tensión, angustia, frustración y descontento Esta frustración acumulada puede fácilmente transformarse en agresividad y conflicto político
La estabilidad política en México en los últimos decenios ha dependido en gran medida de la incorporación al sistema de una creciente y crecientemente próspera clase media (junto con el control de las clases obrera y campesina) Si truena la pequeña burguesía, como puede bien suceder en el proceso actual, peligra grandemente la tan cotizada estabilidad política del país
Una de las causas estructurales de la crisis actual es la proporción exagerada del ingreso nacional que se apropia el sector terciario, que representa también una parte demasiado elevada de la fuerza de trabajo (comercio y servicios, en gran medida representados por esa pequeña burguesía) Un desarrollo más equilibrado del país tendría que reducir proporcionalmente la población y el ingreso en el sector terciario Pero golpear a la pequeña burguesía (como lo hace la devaluación-inflación) sin que exista un esquema alternativo de incorporación al sistema productivo (como puede ser solamente un modelo socialista), es lanzar a esta clase social a la oposición política violenta
El Estado mexicano, que ha controlado eficazmente a las clases obrera y campesina, no tiene los mecanismos de control efectivo de las clases medias La frustración económica y social de estos sectores siempre ha conducido históricamente a movimientos de tipo fascista Si no los hemos tenido aún en México, se debe en gran medida a las características particulares del sistema político mexicano (ver al respecto la revista Nueva Política, núm 2) ¿Qué esquemas políticos tendrá el Estado Mexicano actualmente para prevenir el surgimiento de un neofascismo pequeñoburgués en el futuro inmediato?

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