Yendo al fondo monetario

Yendo al fondo monetario
Armando Labra
Nunca como ahora se encuentran nuestra sociedad y economía comprometidas con el Fondo Monetario Internacional Como nunca antes, la “ayuda” financiera prestada por esa institución corre paralela a la represión popular en los países que la reciben
Los objetivos oficiales del FMI son básicamente dos: apoyar las medidas antiinflacionarias que apliquen sus países miembros para compensar los desequilibrios temporales de balanza de pagos; apoyar la estabilidad de los tipos de cambio para configurar el ambiente más propicio a la inversión extranjera y la empresa privada Controlado por su socio mayoritario, EUA, desde su creación en 1944 el FMI ha servido para canalizar, como empréstitos, los enormes recursos que concentró ese país como imperialismo

El abatimiento sostenido de los niveles de vida populares a causa de esta política conduce a regímenes crecientemente represivos para contener la justificada ira de las mayorías pauperadas de Camboya, India, Brasil, Argentina, Uruguay, Chile, Indonesia, Laos, por citar unos cuantos
Consecuencia de la II Guerra; también, para financiar los déficit en que incurrió la economía norteamericana en el periodo 1960 a 1967
En países pobres como nosotros, la acción del FMI consiste en prestarnos divisas a corto plazo para que sigamos comprando en el exterior —recordemos que 60% de nuestras compras al extranjero provienen de EUA
Para obtener recursos del Fondo es preciso comprometer, vía Carta de Intención avalada por el gobierno, una serie de medidas “estabilizadoras” de corte abiertamente antipopular
Sería revelador y deseable que las autoridades financieras publicaran las Cartas de Intención que, por reglamento del FMI, indican los compromisos asumidos por nuestro país a cambio de los créditos “stand-by” y demás “ayudas” financieras recibidas en décadas
Fue hace unos 22 años cuando el FMI —no el ingenio súbito de tecnócratas financieros locales, aunque ambos en connivencia— impuso al estado mexicano la “estrategia del desarrollo estabilizador”, congeladora de salarios, impuestos e ingresos públicos, tipo de cambio, gasto social y, como contraparte, exaltadora de las utilidades y la deuda externa mientras más amplias mejor: mayor la sujeción al México es hoy, después de dos devaluaciones aparentemente improvisadas, un cercano festín para el desarrollismo monetarista que nutre al imperialismo norteamericano a través del Fondo Monetario Internacional
El monto desorbitado de nuestra deuda externa —representa casi 50% del producto nacional— y crecerá, gracias al FMI—; el manejo hacendario y económico, compatible con la “liberación” que anacrónicamente impulsan el Fondo y sus cómplices nativos, la ausencia de una estrategia económica de pleno beneficio popular, convergen hacia una crisis política y social tan profunda como la insistencia en proseguir por la senda estabilizadora a costa del estado, de las mayorías marginadas y finalmente, de todos
En la actual coyuntura, el FMI nos exige reducir el gasto público, cancelar todo intento de control cambiario y de ajustes salariales, aminorar las importaciones productivas y el ingreso fiscal, así como los precios de empresas estatales, todo ello a cambio de mayores inversiones extranjeras y “ayuda”, estabilidad y beneplácito del capital transnacional No son éstas, sin duda, las opciones para el país que deseamos los mexicanos ¿Acaso buscamos desmantelar al estado y extirpar las enflaquecidas vías democráticas y populares que aún se vislumbran?
Grave responsabilidad tienen y tendrán quienes comparten el ejercicio dependiente y antipopular de comprometer a metas monetarias y desarrollistas nuestra economía porque la historia habrá de ser severa al enjuiciar a quienes deliberada y reiteradamente arrojan al pueblo a la miseria para enriquecer a minorías nacionales y extranjeras
Como en todo, llegamos irremisiblemente al punto de las decisiones tajantes cuyo necesario apoyo popular sólo será conjugado si prevalece la defensa auténtica del interés mayoritario
El velo monetario ya no encubre la evidente injusticia social beneficiosa sólo para la oligarquía, ni la enajenación del patrimonio de las generaciones futuras que, con nosotros, habrán de pagar el precio de una estrategia impuesta desde un escritorio de la burocracia monetaria del imperio

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