El eterno retorno de Brecht

El eterno retorno de Brecht
Esther Seligson
Aunque no se puede decir que Brecht haya estado alguna vez “fuera de moda”, es de notar cómo vuelve a ocupar un lugar preponderante en la escena y en los comentarios y exégesis teatrales A favor o en contra, la obra y las teorías dramáticas de Bertolt Brecht (1898-1956) siguen inquietando a directores, actores, dramaturgos, autores, críticos, etc, sobre todo ahora que la efervescencia del denominado teatro del absurdo y de otras corrientes de vanguardia ha decaído No es casual, por ejemplo, que en México y en aquellos países donde los cambios sociales se hacen día con día más urgentes, la concepción épica del teatro brechtiano venga a apuntalar esa necesidad de concientizar al espectador para que participe —y se responsabilice de ellas— en las transformaciones de la sociedad en la que le ha tocado vivir “El hombre no debe seguir tal como es, es necesario verlo también como podría ser No hay que partir del hombre sino ir hacia él”
El teatro épico es un intento por cambiar los esquemas convencionales que han determinados las relaciones entre la escena y el público, entre el texto y su interpretación, entre el actor y el director Las funciones de cada uno de estos elementos también se plantean con un nuevo enfoque, un enfoque dialéctico Actitud crítica, capacidad de juicio, toma de posición, posibilidad de sorprenderse, alejarse o extrañarse, es lo que se le pide al espectador y no, a la manera del teatro tradicional (no-épico), ensimismamiento, identificación, sensaciones, pasividad Y así como se apela a la razón y al entendimiento del espectador, el papel del director, del actor, el escenógrafo, el músico, el dramaturgo, es el de comprender e instruir El llamado a la razón, a la participación conjunta —respetando la autonomía de cada uno de los elementos—, a la comunicación y a la efectividad de ésta, no implica que sean únicamente las ideas, las tesis y los discursos los que se representen en escena, ni excluye a la fantasía y a la libertad creadoras “El teatro consiste en producir representaciones vivas de hechos humanos tramados o inventados, con el fin de divertir” Desde luego no se trata aquí de lo que comúnmente se entiende por diversión Para Brecht el aprendizaje y la instrucción pueden —y deben— proporcionar un goce, pues el hombre experimenta placer en superarse, en progresar, en toda forma de lucha y de triunfo Triunfo sobre circunstancias adversas, sobre sí mismo y los obstáculos que le rodean Brecht no ve en el hombre a un ser de naturaleza inmutable encasillado en una única perspectiva, o imposible de aprehender Por el contrario, siendo un ser esencialmente contradictorio, es el carácter inagotable de sus posibilidades lo que le hace capaz de ser transformado por su medio y de transformar su medio, lo que le da la libertad de razonamiento y le define como un animal político
El teatro épico rechaza: el contagio, desbordamiento emotivo que lleva al fanatismo; la magia, hechizo que convierte al espectador en una especie de durmiente despierto; la complicidad, connivencia entre los hacedores del teatro y los receptores del hecho teatral que deforma la realidad histórica de los acontecimientos y le impide al hombre tomar conciencia de su alienación social El teatro épico propone el “efecto de extrañación” (Verfremdung, término que se traduce también por “distanciamiento”) como método de representación con el fin de mover al espectador a meditar sobre lo que se le ha presentado en escena y buscar por sí mismo una respuesta posible La función de este teatro es didáctica, es decir que provoca duda y disensión, estimulando activamente las facultades de crítica, sin dejar de lado el que el espectador pueda “gozar como diversión el tremendo e infinito trabajo que le procura la vida, y también el carácter terrible de su incesante transformarse” Confrontación y racionalización solicitadas por la estructura misma de las obras de Brecht donde la acción es interrumpida convenientemente de modo que el espectador esté libre para juzgar y determinar en qué medida él es un factor decisivo de cambio o sólo constituye una pieza más del engranaje que lo oprime y reduce Roland Barthes ha dicho que el teatro brechtiano es un teatro de la “conciencia naciente”, y que en ese proceso de “alumbramiento” que constituye la trama de sus piezas estriba su “gran riqueza estética” y su éxito y alcance a nivel popular

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