Seis años de cine mexicano (2)

Seis años de cine mexicano (2)
Del cine mercantil al cine de autor
Emilio García Riera
En 1971, en los comienzos de la gestión de Rodolfo Echeverría al frente del Banco Cinematográfico, el cine nacional vivía una clara situación de crisis A mediados de los sesenta, en 1965, los resultados de I Concurso de Cine Experimental habían demostrado con creces cuan urgente y posible se hacía la promoción de nuevos directores a una industria en la que los intereses comerciales y sindicales se conjugaban para impedir un lógico relevo generacional Mientras tanto, la competencia de la televisión y el crecimiento desmesurado de una clase media con exigencias culturales cada vez mayores condenaban al cine mexicano de rutina a ver cada vez más reducido su público, ya fuera en términos absolutos o proporcionales Desde la formación del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica, en 1945, y de la consolidación contemporánea de un rígido mecanismo de producción en serie, distribución y exhibición por parte de la iniciativa privada, los capitalistas y los trabajadores del cine habían llegado a una suerte de acuerdo exclusivista para enfrentar los tiempos duros de la posguerra y del fin de una situación de privilegio (durante la guerra, el cine nacional vivió una supuesta “época de oro” gracias al apoyo norteamericano, pues sólo México podía proporcionar la seguridad de un cine en castellano favorable en teoría a la causa de los aliados)
Los tiempos se hicieron en verdad duros En los cincuenta, la competencia de la televisión obliga al cine nacional a patéticos esfuerzos por ganarse a un cada vez mayor y cada vez más perdido público de clase media (resulta entonces culto y de buen gusto decir que uno no ve películas mexicanas) eludiendo los inconvenientes de la renovación Durante dos décadas, el cine mexicano prodiga colores, nuevos formatos ampliadores de la imagen proyectada, desnudos “artísticos” y, ya en los sesenta, tristes muestras de un cine juvenil, de “la onda”, para ganarse a un público al que los acontecimientos de 1968 acabarán de una vez por todas de apartar de cualquier cosa que huela a idealización de la realidad nacional
Una evolución cultural inevitable alienta una cinefilia que produce, a su vez, en cada vez mayor número de jóvenes capaces de dirigir películas con los atributos del cine de autor La sección de directores del STPC trata en vano de contener el alud (los últimos intentos se producen en 1975, aunque parezca mentira), pero lo cierto es que en 1971 debutan 13 nuevos realizadores: desde 1944 no ocurría nada semejante Mientras tanto, los productores se han defendido del alza de costos filmando largometrajes disfrazados de series de cortos en los Estudios América, donde los miembros del STIC no tienen facultades para ello, según un famoso y violadísimo laudo del presidente Avila Camacho, o haciendo churros en otros países latinoamericanos, donde no hay trabajadores sindicalizados que les den la lata El acuerdo de exclusivismo entre capitalistas y trabajadores ya no funciona (recuérdese que el Concurso de Cine Experimental fue convocado por la Sección de Técnicos y Manuales del STPC, o sea, por los trabajadores más afectados por la mezquindad de los productores)
Ante tal situación, el Estado debe elegir entre dejar morir el cine nacional, simplemente, o apoyar una muy riesgosa renovación Pero los nuevos directores no sólo plantearán problemas de censura, pues las realizaciones independientes e industriales de algunos de ellos manifiestan una voluntad de atacar los tabúes políticos, sociales o sexuales, sino que parecen no ser una buena garantía económica, dada su clara renuencia a abundar en los tópicos melodramáticos que se tenían por infalibles Desde comienzos de los 60, el estado controla la parte básica de la exhibición (Operadora de Teatros), que ha quitado de manos de la iniciativa privada (el célebre monopolio de Jenkins) y, de hecho, también puede controlar el financiamiento (Banco Cinematográfico) y la distribución (Películas Nacionales, Pelmex y Cimex) Sólo le falta en 1971, para llegar a una virtual estatización, producir las películas, pero prefiere en un principio, cautelosamente, apoyar a nuevas firmas de la iniciativa privada (Marte, Marco Polo, Alpha Centauri, Escorpión) que le son muy dependientes y que favorecen las carreras de algunos autores Por lo demás, el Estado permite al fin que se descongelen los precios de entradas a los cines, que el licenciado Uruchurtu, a lo largo de su larga ejecutoria como regente, había mantenido en un máximo de cuatro pesos
El año de 1973 será decisivo en orden a indicar al Estado cual es el mejor camino: en varias salas de precios altos, reservadas por lo general a películas extranjeras, hacen altas recaudaciones Mecánica nacional de Alcoriza, Los cachorros, de Fons, El jardín de tía Isabel, de Cazals, Los meses y los días, cinta independiente de Bojórquez absorbida por el sistema industrial, El rincón de las vírgenes de Isaac y El castillo de la pureza, de Ripstein Por otro lado, una cinta independiente de Paul Leduc también absorbida por el sistema, Reed México insurgente, da al cine nacional prestigios internacionales que ya se antojaban utópicos Todo ello demuestra claramente que el nuevo cine de autor no es tan riesgoso como parecía, y el Estado obrará en consecuencia

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