Borges: más allá del artificio

BORGES: MAS ALLA DEL ARTIFICIO
Juan Tovar
“Puedo consentirme algunos caprichos, ya que no me juzgarán por el texto sino por la imagen indefinida pero suficientemente precisa que se tiene de mí”, declara Jorge Luis Borges en el prólogo de su nuevo poemario, La moneda de hierro (Emecé, Buenos Aires, 1976) Tal imagen, sin duda, tiene que ver con la estética peculiar del autor, donde la invención de apócrifos juega un papel predominante y la máscara —como las que labra cierta tribu canadiense— revela al abrirse otra máscara El sesgo de falacia, la concepción artificiosa forman las coordenadas del sistema borgiano en las que fatalmente quedan cifrados incluso los textos que quieran sustituirlas Así, por ejemplo, los cuentos “directos” de El libro de arena son más bien otro tipo de artificio, adecuado a la fatiga y la ceguera
“Pero en algún recodo de tu encierro puede haber un descuido, una hendidura”, dice uno de los poemas del nuevo libro, y es precisamente en la poesía donde Borges ha encontrado el resquicio que aquí le permite abrir una brecha en la máscara, vencer la sofística con el sentimiento llano Si ya La rosa profunda mostraba al “hombre que habla, no que canta” en el acto de acceder a la música por medio de una justa preceptiva clásica, en La moneda de hierro el canto se acendra, gana en nobleza y en carga emotiva, alimentado por las hondas fuentes del dolor Pues el rostro desnudo es el rostro de la ausencia, la develación es un acto luctuoso asumido hasta el tuétano: duelo por la madre muerta; por la patria perdida en “noche y nada”; por la propia existencia, hurtada al “juego / arriesgado y hermoso de la vida” en nombre de las “simétricas porfías / del arte, que entreteje naderías” Hay la entrega al “vil remordimiento”, al “solitario instante”, a los “recuerdos sagrados y triviales”, más allá o más acá de la lúcida conciencia habituada a la impermanencia, sabedora de que el “viento del tiempo” todo lo nivela y contemplante del “río que huye y que perdura” Se conserva la filosofía pero su consuelo se ha roto; Heráclito se revela como `un mero artificio’ soñado por disimular la añoranza irreparable, y Baruch Spinoza ya no talla en cristal —como en una versión anterior del soneto que lo nombra— el laberíntico mapa infinito de Dios, sino “con geometría delicada” labra a Dios mismo a través de la palabra Dios ha muerto y hay que inventarlo
Esa invención, esa fundación sobre las ruinas contrapone al caos del sufrimiento el orden de un código vital derivado del “culto a los mayores” y de las sagas hiperbóreas donde “no hay otra obligación que ser valiente” La situación del poeta en este contexto guerrero es ambigua, toda vez que debe “renunciar a la contienda, para que perdure el día de hoy en la memoria de los hombres”, como dice un miliciano sajón a su hijo, el cantor, antes de la batalla en “991 AD” Por labrar la fama, ese alto triunfo sobre el tiempo, el cantor falta al deber guerrero; sirve a la comunidad al traicionarla y cumple su papel aunque deje en el dilema la paz del alma En una pesadilla del poeta, un viejo rey nórdico lo sueña y lo juzga, le impone “su antaño y su amargura”; en paralelo espíritu acudirán el inquisidor y el conquistador en un hermoso díptico que apura hasta las heces la copa de la hispanidad, soñándose y juzgándose a sí misma bajo los rostros del fanático y el guerrero, las caras de la moneda “Pude haber sido un mártir Fui un verdugo”, dice una, y la otra: “No importa lo demás Yo fui valiente”

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