Diez años después, Alemania del Este: de la ilusión a la nostalgia

Marta Durán y Boris Kanzleiter

BERLÍN.- Diez años después de “desaparecida”, la  Alemania Democrática sigue viva. Por lo menos eso sucede en el bar Mauerblümchen (La Florecita del Muro) en el barrio Pankow en Berlín Oriental.
A pocos metros del muro que hasta 1989 dividió a las dos Alemanias, los jóvenes se divierten cada noche bajo las efigies de Marx, Lenin y Erich Honecker, el viejo gobernante de la República Democrática Alemana (RDA).
Los parroquianos del bar son en su mayoría jóvenes de entre 18 y 25 años. Hace 10 años estaban en la primaria o la secundaria. Vivieron una parte de su niñez en el sistema socialista antes del desplome de la RDA y de su unificación con la Alemania Federal (RFA), el hermano capitalista.
Hoy, en La Florecita del Muro los jóvenes beben Klub Kola, un refresco de la época socialista, en lugar de Coca-Cola. Fuman cigarros Cabinet, los más populares durante los 40 años de la existencia de la RDA, en lugar de Marlboro, símbolo del american way of live de la RFA.
“Nos gusta el ambiente de aquí”,  dice Thomas, un cliente del bar, mientras toma una cerveza Berliner Pilsner, también una marca de la desaparecida RDA. “Nos sentimos en casa”, agrega.
Thomas es un estudiante de computación de la Universidad Humboldt, en el centro de la capital alemana. Vive en Pankow y dice que tiene amigos casi solamente del lado Oriental de Berlín. “Encuentro muchos compañeros del Oeste en la universidad, pero como que no nos entendemos bien”. Su novia Anna dice: “Casi no conozco jóvenes del barrio que tengan amigos en el otro lado de la ciudad”. El “otro lado” está a un kilómetro de distancia.
Klub Kola y Cabinet, las marcas que consumen Thomas y Anna, fueron diseñados en la Alemania socialista. Inmediatamente después de la reunificación en 1989-1990, casi nadie las compraba porque los ciudadanos de la exRDA preferían artículos del mundo capitalista, que antes no les eran accesibles. Cuando el muro fue derribado por una rebelión popular el 9 de noviembre de 1989, la gente entonces tomó Coca-Cola y compró Marlboro, pero el encanto se esfumó.
Actualmente resulta paradójico que se elaboren comerciales especiales para vender mercancías que tienen sus orígenes en  la otrora RDA. Otra paradoja es que tanto Klub Kola como otros artículos del Este son producidos ahora por empresas de las grandes cadenas del Oeste. Y es que “está de moda tomar Klub Kola, fumar Cabinett o lavar la ropa con detergente Spee”, dice Thomas.
Por todas las zonas céntricas de las ciudades orientales se han abierto bares y discotecas al estilo de La Florecita del Muro, donde los muchachos se reúnen para bailar las melodías de los grupos de rock de la vieja RDA, como los Puhdys, Karat o City, muy populares antes de la reunificación. Cada fin de semana las Ost-Rock-Discos atraen a miles de jóvenes que son todo un espectáculo no sólo por la música que oyen, sino por la manera en que se visten: playeras azules de la Freie Deutsche Jugend (Juventud Libre de Alemania), es decir, las juventudes del Partido Comunista (SED).

La nostalgia

Como Estado, la RDA desapareció y su sociedad sufrió una dramática alteración durante la última década. Pero los símbolos del viejo sistema y su cotidianidad son reivindicados. Este renacimiento ya tiene un nombre:  ostalgie. Es un nuevo término que combina las palabras ‘ost’, que significa oriente y, “nostalgie”, la nostalgia.
“La ostalgie no es simplemente una moda, sino reflejo de una identidad colectiva”, afirma el sociólogo Wolfgang Engler, autor del libro Die Ostdeutschen (Los alemanes del Este). Engler es articulista y profesor en la Universidad del Arte del Teatro de Berlín Oriental. Su voluminoso libro es uno de los estudios sociales más reconocidos sobre la RDA.
Según el profesor Engler, persisten los prejuicios, el desconocimiento y alejamiento mutuo entre alemanes de oriente y occidente. Durante los últimos años, el abismo entre las dos partes incluso se ha profundizado.
El rechazo mutuo se articula en los apodos aplicados despectivamente por unos y otros: Hablan de ossis cuando se refieren a los habitantes de la antigua Alemania Oriental y de wessis para los Alemanes del Oeste.
El desencanto tras la reunificación es producido por varios motivos. La situación social en la exRDA está hoy marcada por una inseguridad social que sus habitantes no conocían. Las cifras de desempleo están entre las más altas de toda la Unión Europea. Según datos oficiales de junio último, el promedio de desempleados es de 16%, más que el doble que en la parte occidental. Los expertos calculan que, además, 10% de la población económicamente activa de la exRDA no tiene un trabajo regular y está inscrito en los programas de empleo del gobierno.
Según datos del Statistiches Bundesamt, organismo encargado de las estadísticas oficiales, el número de personas que recibe ayuda social gubernamental por ser consideradas oficialmente pobres aumentó 89.5% entre 1991 y 1998. Entre ellos se encuentran más de 1 millón de niños.
Los precios de los productos básicos son similares en ambos lados de Alemania, pero en promedio una familia oriental recibe 75.2% de ingresos respecto de una familia del oeste.
Estas cifras aún no dicen toda la triste verdad, ya que cientos de miles de alemanes orientales se fueron a buscar trabajo a la parte occidental en un proceso de migración interna de grandes dimensiones. La  población total en el territorio de la exRDA se redujo en más de 10% en los últimos años. Así, mientras que la población de la exRDA  (calculada en 15.2 millones) disminuyó en 1.2 millones, en la parte occidental aumentó 4.2 millones.
Robert Schulz, joven de-sempleado que vive en la ciudad de Zittau en el extremo este del país, cerca de las fronteras con Polonia y la República Checa, lamenta: “Antes de la reunificación, Zittau tenía 40 mil habitantes, ahora el número se redujo casi a la mitad. Muchas casas se han quedado vacías. Aquí no puedes hacer nada, no hay nada”.
El estado ruinoso de los edificios corrobora lo que Robert dice. Aunque Zittau representa un ejemplo extremo, el desastre económico es generalizado.
“Después de la reunificación, la mayor parte de la planta industrial de la República Democrática Alemana fue destruida. Por su baja productividad no pudo competir en el mercado capitalista”, afirma Walter Romberg en una entrevista con la revista Freitag (Viernes), publicación que trata de entablar el diálogo entre las dos partes de una misma nación.
Romberg fue el último secretario de Finanzas de la RDA en los pocos meses entre la caída del gobierno del Partido Comunista (SED) en abril de 1990 y la reunificación formal el 3 de octubre del mismo año. Ese gobierno de transición fue formado por los partidos de oposición que nacieron durante los meses de la insurrección cívica de 1989 y estuvo a cargo de negociar los términos de la reunificación con la República Federal, gobernada en esos tiempos por los conservadores de la democracia cristiana, cuyo canciller era Helmut Kohl.
Tras la caída del Muro, Kohl y los políticos de la democracia cristiana realizaron gira tras gira por toda la Alemania Oriental. En concurridos mítines, prometió a los entusiasmados ossis que en poco tiempo se lograrían “paisajes prósperos” y “bienestar para todos nuestros hermanos del Este”. La gente le creyó. De hecho, deseaba creerle: cuatro décadas de socialismo real habían limitado sus posibilidades de consumo.
Pero el entusiasmo duró muy poco. Unos meses después de la reunificación irrumpió un nacionalismo agresivo. Resurgieron grupos neofascistas que rápidamente engrosaron sus filas con nuevos seguidores. Empezó una ola de ataques xenófobos que hasta hoy no ha disminuido.
Un documento del Verfassungsschutz (la inteligencia política de Alemania), de septiembre de 1999, calculaba en 53 mil 500 los activistas de ultraderecha. El número de delitos cometidos al año por ellos pasó de 2 mil 31 en 1990 a 11 mil 49 en 1998. Un incremento de cinco veces. Desde la reunificación, los neonazis mataron por lo menos a 103 extranjeros y personas simpatizantes de izquierda. Según las investigaciones de los grupos antirracistas, la mayoría de los asesinatos ocurrió en el Este.

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