“Pausa de otoño, poderosa y lenta”

(Crónica en torno de Luis Barragán)
I
Para la arquitectura contemporánea de México, Luis Barragán (1902-1988) es, al mismo tiempo, uno de los emblemas más significativos de la renovación y el puntal de la tradición del siglo XX Esto no niega a otros creadores importantes, entre ellos José Villagrán García, Antonio Attolini, Félix Candela, Vladimir Kaspé, Agustín Hernández Navarro, Enrique de la Mora, Pedro Ramírez Vázquez, Juan Sordo Madaleno, Teodoro González de León, Abraham Zabludovsky, Ricardo Legorreta, Augusto H Álvarez, Fernando González Cortázar y muy especialmente Juan O’Gorman, cada vez más valorado; tan sólo apunta a un reconocimiento nacional e internacional que toma muy en cuenta la finura y la solidez de un estilo, y sus repercusiones interminables
Ingeniero civil de la Universidad de Guadalajara, Barragán prosigue su etapa educativa en un viaje por Europa donde se vuelve partidario de Le Corbusier y conoce a Ferdinand Bac, que le añade una certeza radical: el jardín es el alma alterna de la casa (Si la casa no lo tiene, debe hacérselo como mejor pueda) En 1936, Barragán se traslada a la Ciudad de México y trabaja en viviendas unifamiliares y departamentales bajo la inspiración de las tesis de Le Corbusier (“El desorden que se multiplica es una ofensa El arte de nuestra época está en su lugar cuando se dirige a las élites El arte no es una cosa popular, tampoco una meretriz de lujo El arte es un elemento necesario para las élites que deben concentrarse para poder conducir Hay que crear el espíritu de la serie Hacer una casa es un poco como hacer un testamento”)
Con Max Cetto, construye el edificio para estudios de pintores en la Plaza Melchor Ocampo En 1945 participa centralmente en la Constructora Jardines del Pedregal de San Ángel, en donde se responsabiliza del plan urbanístico y de los proyectos de fuentes, jardines y plazas En esto ayudan Jesús Reyes Ferreira, el Dr Atl y Mathías Goeritz De 1952 a 1955 trabaja en el convento y la capilla de las Capuchinas Sacramentarias En 1955 dirige la dimensión urbanística del fraccionamiento Jardines del Bosque en Guadalajara En 1957 crea las cinco torres de Ciudad Satélite (junto con Mathias Goeritz) y la urbanización del fraccionamiento Las Arboledas, en Tlalnepantla Y diseña un número importante de casas en Guadalajara (la de Efraín González Luna, por ejemplo), en la Ciudad de México, en Los Ángeles En 1976, el Museo de Arte Moderno de Nueva York organiza una exposición en torno de su obra En 1980 recibe el Premio Pritzker, “el Nobel de la arquitectura”
II
Una parte considerable de la fama de Barragán se debe a la constancia de sus discípulos, que han vuelto conspicuo el término “muy Barragán” para señalar el estilo que mezcla la creatividad al tanto de su origen y los numerosos “decomisos” donde abundan el colorido “vibrante” de los muros y la docilidad con que todo, incluyendo las habitaciones, se vuelve vestíbulo Queda claro: las influencias mal asimiladas intentan otorgarle a una tradición específica las ventajas de la esencia En las décadas últimas, el estilo de Barragán resulta “inconfundible”, es decir, y entre otras cosas, les añade prestigio íntimo a los que lo alaban, y les permite asumirse como expertos en la estética urbana, algo finalmente provechoso Además, las casas, los edificios y las otras construcciones de Barragán ya forman parte del inventario nacional, están casi museificadas y se prestan admirablemente al turismo arquitectónico que ya cunde
A partir de la década de los setenta, crece el interés cultural por la arquitectura, se publican libros y revistas, surge la crítica especializada, y allí destacan las monografías sobre Barragán En 1976, la exposición del MOMA lo instala en el horizonte canónico Surgen los lugares comunes: el claustro secular que auspicia la serenidad ambulatoria, los paisajes a lo Giorgio de Chirico, la redención de la ortodoxia funcionalista Paulatinamente, la obra de Barragán se convierte en un lugar de encuentro entre lo ido y lo venidero, y no se concibe un hotel de lujo sin una zona de homenajes a Barragán, más bien explícitos Barragán es inevitable por ser, en el imaginario colectivo, el culto perfeccionista a la belleza En la época del auge del funcionalismo, Álvaro Aburto llega a decir: “Toda preocupación sobre la belleza en arquitectura debe omitirse Ésta es buena o mala, es decir, eficiente o deficiente, económica o dispendiosa Cuando entra la voluntad del arquitecto, la consecuencia inmediata es la arquitectura del capricho” En su turno, Barragán afirma: “Mi casa es mi refugio, una pieza emocional de arquitectura, no una pieza fría de conveniencia Creo en una ‘arquitectura emocional’ Es muy importante para la humanidad que la arquitectura gire en torno de la belleza; si hay varias soluciones técnicas a un problema, lo que le transmite al usuario un mensaje de belleza y emoción, eso es arquitectura”
Infancia es estilo, hubiese podido afirmar Barragán En su discurso de recepción del Premio Pritzker, la infancia se vuelve la universidad de los sentidos:
En mi trabajo subyacen los recuerdos del rancho de mi padre, donde pasé años de niñez y adolescencia, y en mi obra siempre alienta el intento de trasponer al mundo contemporáneo la magia de esas lejanas añoranzas tan colmadas de nostalgia Recuerdo que veía siempre el juego de las sombras sobre las paredes, cómo el sol de la tarde se iba debilitando —todavía había luz— y cómo entonces cambia el aspecto de las cosas, los ángulos se atenuaban o las rectas se recortaban aún más; de allí también mi fijación en los acueductos En los ranchos mexicanos siempre se oyen chorros de agua, nunca he podido hacer una casa o un conjunto arquitectónico sin incluir un fragmento o un chorro de agua o un fragmento de acueducto Nunca he dejado tampoco de pensar en los caballos
III
Ir a casa de Luis Barragán fue siempre para mí una experiencia única Ante lo actual, Luis era reticente, no le interesaba la política (parte por su temperamento, parte por la despolitización que el PRI impuso) y, de modo invariable, sus temas eran los propios del artista que concentraba su narcisismo en la elegancia y la finura, no en la alabanza del Yo En materia de libros, puntualizaba sus predilecciones formativas, la poesía francesa, los místicos (un día me dijo en tono de broma o en tono serio, no sé: “Me habría encantado hacer los conventos de San Juan de la Cruz y Santa Tersa de Jesús No tengo nada contra los constructores de entonces, pero me importan los espacios de reflexión, y algo he hecho en ese sentido” Las palabras, por supuesto, no son exactas) Obligadamente, le comenté la capilla para los Capuchinos Sacramentales del Purísimo Corazón de María, en Tlalpan, tan extraordinaria, y añadí previsiblemente: “Además, Luis, un buen número de los espacios imaginados y resueltos por ti invitan a la reflexión” Se rió y me dijo: “Si conocieras a algunas de las familias que los habitan” Y delegó en mí la responsabilidad de cuantificar la espiritualidad concebible en esas residencias
En música, Luis creía con fe reiterativa, la única posible, en Bach y Mozart, a los que —sin estas palabras gremiales— consideraba grandes arquitectos del sonido Y al fin y al cabo gente de Guadalajara y de un grupo jalisciense culto y muy conservador, le fascinaban escritores como Paul Claudel (del que su gran amigo Efraín González Luna tradujo La anunciación a María) y George Bernanos A su credo, lo sustentaba en buena medida la literatura armoniosa, límpida, de estructuras verbales que contienen y diseminan la serenidad Por eso le fascinaba San Juan de la Cruz:
Y todos cuantos vagan
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo
Y nunca abandonaba a Fray Luis de León:
El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada
Salinas, cuando suena
la música serena
por vuestra sabia mano gobernada
A Luis le entusiasmaba imaginarse a la música como “luz no usada” En un vano intento de disimular mi ignorancia, con él hablé muy poco de arquitectura, y al respecto prefería preguntarle Solía mencionar a Le Corbusier, a Ferdinand Bac, y la arquitectura de los pueblos italianos, y no le agregaba teorías a sus admiraciones Y recelaba de las tesis y los ensayos sobre su obra, que no lo oí comentar, salvo en alguna de las comidas de su gran amiga Rosa Covarrubias, tan extraordinarias por la variedad de personajes y de diálogos Ese día, cuando Enrique de la Mora, El Pelón, lamentó la ausencia de crítica de arquitectura en México, Luis comentó: “Mi desgracia es que sí entiendo alguna de las cosas que se han escrito sobre mí” Una vez alguien mencionó el mantenimiento tan pobre de una de las casas de Barragán y éste se interesó en los detalles: “¿Conservaron el color de los muros interiores? ¿Mermaron el espacio con muebles de alguna barata de Houston?” Y al no obtener respuesta, dijo algo en el estilo de “Bueno, las casas no son féretros obstinados en alojar el mismo cadáver” O algo así Como suele suceder, es probable que a la distancia de décadas yo le imponga mis palabras a sus ideas, que espero salgan invictas de ese cerco
En su casa, donde disolvía con sonrisas los elogios a su obra, Luis se enorgullecía de su jardín y de su escalera Sin más Una tarde coincidí con el poeta Carlos Pellicer, sustentado como Luis en un catolicismo de profundidad estética, donde la fe se vigoriza en las naves de las catedrales, en las penumbras que alientan la índole de los rezos, en la idealización de los huertos conventuales Dicho sea no tan de paso, Pellicer le dedica a Luis en Recinto los tres “Sonetos de Otoño”:
Pausa de otoño, poderosa y lenta,
Tu tiempo deslindó límpida zona
Ya el corazón batallas abandona,
Ya la voz de la sed calló sedienta
Seguirte a media voz, pausa opulenta,
Ceñirte a media luz, grave corona,
Hallarte a medio mar que me aprisiona,
Salvarte al fin de la final tormenta
En esa ocasión, Pellicer, siempre ditarámbico, siempre irónico, le dijo con su voz (sobre)natural apuntando al jardín: “Luis, véndeme tu paisaje, lo necesito para un Nacimiento” Y Luis le replicó: “Carlitos, los Nacimientos son de madrugada y mi jardín es diurno” Al citar esas reminiscencias, no presumo de mi amistad con Luis Barragán, sólo el gusto por oírle hablar de la índole de las casas, de los viajes, de las amistades de Guadalajara en un mundo protegido como se podía de la Revolución (no pudieron mucho, el “salvarse” de la Revolución envió a la élite tapatía a un anacronismo aún no resuelto), y del tiempo de su llegada a la Ciudad de México en la era cardenista Le encantaban las excentricidades de Chucho Reyes Ferreira y le agradecía que hubiese contribuido a la maduración de su herencia de familia y región, el amor por la arquitectura popular de México, las combinaciones afortunadísimas de formas y colorido, el afinamiento interminable de la sensibilidad, una de las escasas defensas de los pueblos contra el aislamiento, el tedio y la opresión conservadora En este orden de cosas, Luis se corresponde perfectamente con algunos pintores de su tiempo, Agustín Lazo, María Izquierdo, Antonio Ruiz El Corcito, convencidos de la gran deuda estética de los artistas con las memorias de infancia y del despilfarro patrimonial que resulta negarlo
IV
Si debo elegir el adjetivo más adecuado para Luis Barragán, el que mejor conjunta su temperamento artístico y su visión del mundo, ése es humanista En este término concurren varios factores El humanismo cristiano en primer término, con la centralidad de la belleza, “un fragmento de la sustancia divina” No comprendo una parte sustancial de la obra de Barragán si no tomo en cuenta la relación de la fe y la arquitectura (en el sentido de la permanencia) Y a ese humanismo cristiano lo complementa otra certeza: sólo hasta cierto punto el hombre es el centro del mundo; también, y de modo preponderante, existe la otra escala de comparación que el vocablo Dios contiene No le endilgo a Luis una “teología de la arquitectura” ni nada semejante, pero él unió inevitablemente su obra con su sentido de la trascendencia, el que inspiran las ciudades viejas, las catedrales, las capillas rurales, los muros altos, los cuartos amueblados con austeridad, los objetos a los que revaloran los contextos Él lo aclara: “Una obra de arquitectura que no expresa serenidad no cumple con su misión espiritual A eso se debe el error de reemplazar el cobijo de los muros con enormes ventanales de vidrio” Si “Dios está en el detalle” (Mies van der Rohe), también, y de acuerdo con Barragán, se encuentra en la relación del hombre con la variedad de paisajes interiores
Para Luis, y obligadamente, el humanismo expresa el mundo clásico, es decir, aquello que inevitablemente se perfecciona al verse, escucharse o leerse de nuevo (Salvo la intemperancia del olvido, lo clásico no admite el desgaste) Y al humanismo lo afina la frecuentación de la belleza Luis aprobaría sin reservas el verso de Keats: “A thing of beauty is a joy forever” Por este convencimiento (los provechos de toda índole que trae consigo la incorporación de lo estético a lo cotidiano), su obra se dirige a la apreciación sensible de quienes la viven y de quienes la contemplan Como todo gran creador de formas arquitectónicas, Barragán algo se propone, que los espectadores o los moradores de sus obras jamás las conozcan del todo Siempre la luz orientará los descubrimientos, obtendrá ángulos inesperados o, como sucede con las Torres de Satélite, conducirá al aprecio renovado de lo urbano, en este caso, un horizonte alejado del neoclásico y el barroco, de sencillez mínima y máxima
Al humanismo de Barragán, inspirado en el eje doble de la tradición grecolatina y la del Renacimiento (con homenajes a la Alta Edad Media), le importan valores emocionales, de una definición difícil o imposible: la serenidad, el crecimiento espiritual en la soledad (una persona solitaria en un cuarto sería para Barragán un proyecto de comunicación perfecta), la inteligencia sensorial En algunas de sus obras —Las Arboledas es un ejemplo magnífico— se respetan los elementos naturales: agua, tierra y aire (el fuego es enemigo natural de la arquitectura) No en balde Barragán fue un admirador constante de La tumba sin sosiego de Cyril Connolly, un libro de ensayos sobre el desarrollo intelectual y espiritual Palinuro, el personaje urdido por Connolly, es el emblema de la búsqueda de perfección que rechaza los estrépitos circundantes (la moda, el éxito, la vanidad de la opulencia) Luis Barragán tuvo siempre para mí el perfil de Palinuro

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