La Capilla de Capuchinas, lo mejor del mundo: González Gortázar

GUADALAJARA, JAL – Cuando Fernando González Gortázar habla de Luis Barragán, lo hace con intensidad pero sin apasionamiento, y lo define como un hombre heroico que hizo “una arquitectura radicalmente atemporal”
De ahí que creó, en la Capilla de Capuchinas de la Ciudad de México, el mejor espacio arquitectónico del siglo XX del mundo entero
Tan genio, tan opuesto y tan similar al mismo tiempo a Antonio Gaudí, Barragán tiene innumerables imitadores que creen que sus genialidades se pueden reducir a formularios y recetarios, dice el Premio Internacional de Escultura Henry Moore quien, de paso, pide cuidar la obra de Barragán “porque es escasa y muy frágil”, y gran parte de ella se ha destruido
Sostiene que fue a partir del Premio Pritzker —considerado como el Nobel de la arquitectura— cuando el mundo, “y los mismos mexicanos, vergonzosamente, nos enteramos que teníamos entre nosotros a un personaje absolutamente singular”

Hasta entonces, dice, “seguía siendo un personaje de las márgenes del mundo”, ninguneado de mala fe Incluso, cuenta que cuando en un número de la revista Arquitectura de México dedicada a la UNAM se publicó la larguísima lista de quienes habían participado en la construcción de Ciudad Universitaria, a Barragán se le mencionaba sólo como el encargado de la jardinería, “cuando en realidad había sido el autor de los muchos extraordinarios espacios abiertos del campus Sólo unos cuantos especialistas lo veían como una especie de joya desconocida” El reconocimiento le llegó tarde Fue muy poco tiempo después del premio cuando realmente Barragán empezó a formar parte del panorama del mundo, pero ya estaba muy enfermo cuando tuvo los grandes ofrecimientos para obras de primera importancia Ya estaba imposibilitado para hacerlo
Narra que cuando se inauguró la CU, el arquitecto Phillips Jhonson, que aún vive, mencionó en su conferencia que el arquitecto mexicano que más le interesaba era Luis Barragán, “y la leyenda reza que prácticamente nadie del enorme auditorio sabía de ese señor, el tal Luis Barragán Me consta porque lo oí de viva voz y repetidas veces de gente que no quiero mencionar, y que muchos de sus compañeros contemporáneos arquitectos se referían a él como un escenógrafo que hacía una arquitectura ‘postural’, es decir, que era un arquitecto de pose, de una concepción arquitectónica ficticia”
—¿Snob?
—Snob, tal vez Y realmente no había nada de eso Luis Barragán fue un arquitecto de una valentía heroica En pleno sexenio alemanista, cuando el país estaba encandilado ante la idea de volverse moderno, cuando había un proyecto de modernidad arquitectónica y política que compartían el gobierno y las clases poderosas, cuando la Ciudad Universitaria estaba creando ese rostro del México moderno, Barragán se atreve a enfrentarle su arquitectura radicalmente atemporal Entonces era remar contra la corriente; era poner en tela de juicio ese proyecto nacional; era desconfiar de lo que se nos estaba vendiendo como progreso; era hacer un acto de fe simultáneamente en una tradición cultural y en una idea de futuro Era una voluntad verdadera de conciliar las dos cosas
En entrevista en su casa-estudio de esta ciudad, donde cada vez se le ve menos y lamenta las ausencias de amigos que se han ido —como la de Emilio García Riera, recientemente fallecido y con quien nunca pudo coincidir para vivir y gozar la misma ciudad—, González Gortázar, quien se autodefine como adicto a la soledad, abunda sobre Barragán Morfín:
“Creo que ha sido bastante mal observado, y me refiero tanto al personaje como a su obra, que es infinitamente más interesante, más fascinante que ese estereotipo de un santón silencioso, y melancólico que nos han querido presentar En una ocasión, escribí que ‘una de las claves de Luis Barragán es la conciliación de las contradicciones’, y creo que me equivoqué, porque lo verdaderamente admirable de él es que las contradicciones convivían con plena intensidad sin conciliarse y es eso lo que crea una tensión interior en su trabajo, una condición inquietante que lo vuelve singular e irrepetible Es de verdad que su arquitectura parece silenciosa en una mirada superficial, pero un instante después, uno empieza a oírla gritar y uno empieza a sentir su agitación y su poderío y yo me puedo decir que no imagino siquiera una arquitectura más apasionada que la de Luis Barragán”
—¿Dentro de su aparente pasividad?
—Justamente, es una de esas contradicciones que Luis manejó como nadie Hay en ella simultáneamente una austeridad y un hedonismo Es un lugar para la meditación y para la vida social; es un lugar para el espíritu y para la carne Alguna vez dije que estando en las antípodas formales, creo que Luis Barragán y Antonio Gaudí tenían posiciones muy similares y encontradas ante la arquitectura, ante la sociedad, ante la religión En los dos aparentes frailes se oye bufar a la carne y esto es maravilloso
—Barragán, austero en extremo, y Gaudí, todo lo contrario, ¿no es así?
—Son todo lo contrario Cada uno manejó su repertorio con una maestría absoluta Yo creo que las convergencias de los dos están en las contradicciones, totalmente por encima de lo formal
Recuerda el arquitecto y escultor tapatío que el arquitecto Barragán repetía con frecuencia: “Yo estoy influido por todo lo que veo”
Y en realidad —continúa González Gortázar— “era una esponja que iba vibrando con todo lo que le salía al paso y que tenía el genio de meter todos esos lingotes en una fundición y con ella producir novedades que ahora nos parece que han existido siempre”
Caso concreto de la influencia que tuvo de otros artistas son los colores que ahora se identifican como barraganianos, el rosa, el naranja y el amarillo, que empezó a usar a finales de los cuarenta, fue gracias “a la admirable aportación de Chucho Reyes Ferreira en esta gama cromática inédita en la arquitectura”
Por cierto, en Tlalpan, al sur de la Ciudad de México, la madre subdirectora del Convento de Capuchinas, Consuelo de María, una de las monjas de mayor edad que fue testigo de la construcción, contó a Proceso que cuando Chucho Reyes vio inscrita en un muro de la capilla la frase de San Francisco: “Señor, hazme instrumento de tu paz”, le dijo al arquitecto que la borrara y que quedara todo en blanco Y así lo hizo Barragán
“No tengo duda en decir que la capilla del Convento de las Capuchinas Sacramentales —que fue financiada por el propio Barragán y por él diseñado todo su sobrio mobiliario— es el mejor espacio arquitectónico del siglo XX”
—¿En México?
—No En el mundo —responde González Gortázar— Es el espacio más enigmático, más simple y complejo a la vez, al cual las fotografías nunca le hacen justicia Es un espacio en el que uno no acaba de entender de dónde se deriva su prodigio Luego viene su propia casa, en donde justamente el entender la arquitectura como un recorrido, como una secuencia, como un movimiento en la que se va pasando de espacios estrechos a amplios, de bajos a altos, alumbrados o en penumbra Es decir, donde es una sucesión de sorpresas y de sensaciones, fue llevado al virtuosismo más extremo Yo creo que éstas son sus dos obras insuperables
“Es el mejor espacio del siglo XX Hay obras que sin tener ningún espacio singular, ningún espacio único de ese nivel, de esa calidad, son más complejas, más completas también, quizás Aquí se trata de un solo recinto, se trata de un solo espacio en el que parece que no cabe tanta intensidad En los grandes momentos, la arquitectura de Luis Barragán se detiene en los límites del frenesí y creo que en la capilla de Capuchinas o en su casa o en las caballerizas San Cristóbal, golpea con la fuerza de una erupción volcánica”
De las torres de Ciudad Satélite que hizo el maestro Barragán en coautoría con Mathias Goeritz, dice: “Son para mí, sin duda alguna, la obra maestra del arte urbano del siglo XX Me parece un ejemplo asombroso de un arte tan esencial como elocuente Me parece sorprendente lo bien entendida que fue la nueva escala de la ciudad actual y, sobre todo, la índole del espectador del arte urbano de nuestro tiempo Es, realmente, una obra hecha para el automovilista en la que el movimiento acelerado le otorga un dinamismo y un movimiento virtual que la vuelve, al igual que la capilla de Capuchinas, imposible de describir con palabras o con imágenes fotográficas Hay que recorrerlas Hay que moverse con ellas para entender lo que estoy diciendo”
—¿Existe la Escuela Barragán como tal o sólo hay imitadores?
—Yo creo que hay una horda de imitadores y poquísimos verdaderos discípulos, algunos de los cuales están en lugares tan apartados como Portugal o Japón, y hay quienes creen que Luis Barragán es reductible a un formulario, a un recetario de uso fácil, y que con hacer ventanas cuadradas, muros gruesos, texturas rugosas y ventanas altas y ciertos colores, están haciendo arquitectura y están siendo algo así como los continuadores de este genio Pero gente que haya tenido en Barragán su punto de partida para después hacer una obra propia, original, aprendiendo las lecciones pero sin repetir, sin falsificar, es extraordinariamente escasa
Por otro lado, el arquitecto se niega a ubicar al Premio Pritzker dentro de una generación o en una escuela:
“Lo ubico dentro de una manera de entender la vida, dentro de una manera de entender las relaciones entre los seres humanos, con el mundo y con la historia Dentro de una tradición, en el mejor sentido de la palabra, de la cual a mí me gustaría formar parte”

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