Implacable testigo

Es para felicitarse y enorgullecerse que este año el Premio de Periodismo Cultural Fernando Benítez se esté entregando a un reportero en toda la extensión de la palabra: Armando Ponce
Resulta ya incuestionable -y así lo han remachado desde Kapuchinski hasta Julio Scherer García- que solamente el reportero merece a plenitud el título de periodista Desde el siglo XIX hasta nuestros días -cada vez menos, por fortuna- hemos utilizado el apelativo con enorme ligereza Por el sólo hecho de escribir en un medio periodístico o de aparecer en una pantalla durante un noticiario, llamamos periodistas a quienes en realidad son analistas, politólogos, escritores o simplemente locutores de un programa de radio o tevé Exaltamos a Francisco Zarco como paladín de los periodistas mexicanos por la oportunidad y la valentía de sus artículos, aunque en realidad era eso: un simple articulista, notable articulista si se quiere, que disparaba comentarios y enarbolaba verbos y adjetivos al servicio de una causa política Sin embargo, lo calificamos siempre de periodista, igual que a la interminable legión de escritores de hoy en día que desde las páginas editoriales de diarios o revistas intentan ayudarnos a pensar
Está bien, quizá no exista razón para regatearles el crédito, siempre y cuando se entienda -parafraseando al Che- que el reportero es el escalón más alto en la especie humana del periodismo Y lo es porque desde que empezó el siglo XX el periodismo se hizo, subrayadamente, información Y porque la información -por encima del comentario o de la opinión orientadora y paternalista- es materia prima: razón de ser de una tarea testimonial que exige imparcialidad, objetividad, respeto a la madurez de quien recibe la agradable o desagradable noticia de los hechos
Si esto es así para lo que llamamos periodismo de información general, lo es también para las especialidades: para el periodismo estrictamente cultural, desde luego

Publicar poemas o cuentos o críticas o reseñas o ensayos o disquisiciones no convierte en periodista cultural, por más que quisiéramos celebrarlo así, a quienes ocupan los espacios de una sección o de un suplemento cultural Como lo ha demostrado Armando Ponce durante 30 años de trayectoria, periodista cultural es quien investiga, quien entrevista, quien informa e incide en el mundo de la creación y el pensamiento, con el mismo rigor y con la misma pasión con que los reporteros de cualquier fuente desentrañan la realidad política y social de nuestro presente
La historia del periodismo cultural en México -entendido así, como investigación reporteril- es una historia reciente
Han existido desde siempre revistas especializadas y suplementos semanales dedicados a las tareas de extensión cultural, pero durante mucho tiempo no se dio suficiente importancia y espacio al trabajo reporteril, a la información propiamente dicha Cuando era relevante, los diarios la acogían en las páginas de información nacional o internacional, pero el grueso de la hipotética información que generaban los quehaceres artísticos o intelectuales permanecía inédito
Pionero en la invención de las páginas culturales dentro de los diarios fue el Excélsior de Julio Scherer García, a finales de los sesenta Y no tanto por una decisión de los mandos directivos, sino por el tesón, la necedad de un reportero que sus colegas recordamos con veneración y cariño: Eduardo Deschamps
Primero consiguió Deschamps que se dedicara una paginita a los acontecimientos diarios de la cultura -la llamábamos el Olimpo de Excélsior- y luego la paginita se amplió a página y media, y al rato las reporteras de la Sección B -residuo de lo que era la sección de sociales- empezaron a llenar sus espacios con reportajes de cultura en competencia con el Olimpo de Deschamps -lo que molestaba a Deschamps pero favorecía, sin duda, el crecimiento del periodismo cultural
Dirigido, impulsado y atosigado por Eduardo Deschamps, Armando Ponce surgió hace más de tres décadas al periodismo cultural; al diarismo cultural, debería precisarse, que en aquellos tiempos era considerado una especialidad poco menos que excéntrica A Armando y a su cauda de hermanos, hay que decirlo, le llegaba el periodismo por la sangre Su padre, Fausto Ponce, reporteaba deportes en Excélsior, como pronto lo hizo Francisco, su hermano mayor, durante toda la vida
Sin pensarlo dos veces, Armando se orientó hacia la cultura Estudiaba filosofía y desde joven era, y sigue siendo, poeta Típico poeta de clóset que solamente a sus musas, supongo, da a conocer sus composiciones Las escribe en papelitos que se arrugan y se pierden, con tinta azul y letras de patas de mosca Algunos poemas que alguna vez espié o salvé del desorden sonaban bien; tenían algo de Eliot o de Charles Péguy y no trataban de amores, sino de asuntos existenciales, diría que religiosos Si Armando fuera un poco más humilde, se atrevería a publicarlos Tal vez lo haga algún día: cuando suelte el teléfono que le sirve para esconderse, cuando cambie por otro su abrigo negro bien llamado piojerina, cuando renuncie a su calidad de ave nocturna -búho de la ciudad de la esperanza-, cuando abandone su aire romántico del Pereira de Sostiene Pereira, más parecido a él que a Mastroianni, por supuesto Nada de eso hará nunca, lo sabemos, y así es como es, no hay vuelta de hoja
Pero lo que en verdad importa de Armando Ponce, al menos hoy, es su expresa y acusada categoría de reportero cultural que el Premio Fernando Benítez le está reconociendo aquí, con la naturalidad con que se reconoce un merecimiento obvio
De Eduardo Deschamps aprendió Armando Ponce, en sus inicios, a entrometerse y volverse preguntón -metiche- en el ambiente de los cultos No es fácil Los exquisitos cuidan su imagen más que la calidad de su obra y no toleran que un simple reportero -como suelen considerar a todos los reporteros- se atreva a poner en peligro su crédito de sabelotodos
Armando nunca se ha sentido menos reporteando a los supersabios, y de esto sabe aconsejar profundo a los periodistas que trabajan para su sección y que tienden a arrugarse frente al importante Qué va Yo he visto a Armando Ponce sacarle la sopa, impertinente, al mismísimo Octavio Paz; y lo he visto acorralar a Juan Rulfo y exasperar a Vargas Llosa, incomodar al propio Fernando Benítez -hermanito, ya déjame en paz- y hasta propinarle una zancadilla a su amigo de la adolescencia Enrique Krauze
También lo he visto hacerse amigo -igual entre los iguales, no podía ser menos- de pintores y escritores y músicos y pensadores, convencido con ellos de que la cultura -vista tanto desde el periodismo como desde la creación- es una noble causa, una causa común por la que vale romperse el alma
Pocos reporteros son tan hábiles como él para cuestionar a esos funcionarios de la cultura deseosos de promoverse o justificarse con sobornos de sonrisas De Armando aprendí yo -de reportero a reportero, y entre muchas otras mañas- a preguntar lo más atrevido como si se tratara de lo más inocuo Todo es mirar de frente al dueño de la parcela cultural y soltar la estocada como si le estuviéramos diciendo lindo-hermoso
Treinta años de reportero suman una vida Me precio, por eso mismo, de haber compartido con Armando Ponce el trecho más largo de su experiencia Como decía mi tía Serafina: él no me dejará mentir Juntos planeamos en el 76 la sección cultural de Proceso que debería ser tan incisiva y tan nerviosa
-nos dio a entender el jefe Julio- como todo el proceso del Proceso que echábamos a andar ese fin de año Digo verdad si digo que Armando lo entendió mejor que yo, porque él tenía colmillo de reportero nato Antes que todo, para el número uno ahí estaba ya la exclusiva: el qué y el cómo de la sala Netzahualcóyotl, a punto de inaugurarse en la flamante Unidad Cultural de la UNAM: Cultisur, la bautizó de golpe José Antonio Alcaraz
Desde ese primer reportaje, hasta la fecha, el reportero Armando Ponce no ha dejado de buscar exclusivas y de talonear por los páramos donde se ejercen las políticas culturales de este país Desde Juan José Bremer hasta Sara Bermúdez él ha sido testigo, implacable testigo y averiguador eficaz de lo que se traen o no se traen los efímeros pontífices de nuestro sufrido y ninguneado mundo cultural
Aquí está ahora, de bulto, reporteando tal vez su propia nota: la de este justo premio que nadie, pero nadie, sería capaz de regatearle
Bravo, Armando Ponce Ahí la llevas Muy bien l

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