Coleccionistas “versus” funcionarios, una vieja polémica; el caso María Izquierdo

Conflictos, rupturas y ninguneos se han alternado con lisonjas y alianzas temporales entre coleccionistas privados de arte y los funcionarios que a lo largo del siglo XX representaron a las instituciones culturales mexicanas; la reciente polémica suscitada por la declaratoria de la obra artística de María Izquierdo como “monumento artístico”, lo que implica que no puede comercializarse de manera legal fuera de nuestro país, es un episodio más de esa difícil relación
Y es que el sistema posrevolucionario en cuanto a políticas culturales tiene una “falla” estructural: el Estado-arquitecto que debía controlar todos los aspectos del arte y la cultura nacionales se interesó por fortalecer las manifestaciones artísticas pero poco se ocupó de su distribución, resguardo y consumo, especialmente en cuanto a arte moderno y contemporáneo
Es por ello que ni la SEP ni el INBA han contado con presupuesto suficiente para formar colecciones representativas; más aún, la parte medular de ese presupuesto se destinó prioritariamente a la organización de magnas exposiciones temporales, nacionales e internacionales, ante las cuales las exiguas colecciones públicas debían complementarse con obras de colecciones privadas Fue así que los particulares ocuparon el vacío dejado por el Estado
Habrá que mencionar que prácticamente no ha existido una importante tradición de participación privada en el ámbito cultural mexicano, ni en actividades de promoción, conservación, patronazgo, mecenazgo cultural o coleccionismo de arte, primordialmente porque en tiempos posrevolucionarios una élite conservadora, poco educada en cuestiones artísticas y poco involucrada con el desarrollo cultural de nuestro país, difícilmente estuvo dispuesta a comprometerse Y los escasos individuos como el doctor Alvar Carrillo Gil que, a título personal, colaboraron de diversas formas con las políticas culturales estatales, se encontraron con una satanización generalizada ante casi cualquier intervención privada en esferas que tradicionalmente se han considerado del Estado
Ahora bien, este coleccionismo escaso, centrado prioritariamente en el arte local, prestigiado y legitimado, realizado por particulares acaudalados y aparentemente independientes, ha requerido de la infraestructura estatal para la exhibición de sus posesiones y la promoción de sus artistas preferidos De hecho, coleccionar es un acto social; es a través de su colección que el particular adquiere identidad pública y no sólo de acuerdo con su personalidad, sino por su interacción con su contexto; no es un ser independiente ni estático, así como el contenido de sus colecciones tampoco lo es, ya que responde a diferentes motivaciones, necesidades y circunstancias
Así, el coleccionista privado es parte del sistema social en el que se desenvuelve, es un agente cultural tan importante como el curador o el crítico de arte, con derechos y responsabilidades Esta obviedad no ha sido comprendida por los numerosos funcionarios que se han alternado el poder a través de las diversas instituciones culturales Han prevalecido los prejuicios de numerosos miembros del ámbito cultural nacional que pugnan por separar asuntos de dinero con asuntos culturales, manteniendo la concepción del arte y la cultura como algo independiente, por lo que no consideran lícito ponerlo en contacto con intereses económicos Igualmente, entre los hombres de negocios perduran sus prejuicios y desconfianza hacia la inversión en el sector cultural, a pesar de las posibles ventajas, entre ellas el prestigio y distinción social así como la exención de sus impuestos
Por estos prejuicios mutuos se han perdido numerosas colecciones que pudieron haber ingresado al patrimonio nacional, como es el caso de la colección de Jacques y Natasha Gelman, quienes no entregaron sus acervos de arte mexicano en parte porque las autoridades en turno no tuvieron “la voluntad política” de destinar presupuesto para crear un recinto ex profeso para exhibirlos y menos para financiar su costo permanente, típico problema para un presupuesto diseñado con parámetros neoliberales Las consecuencias de este caso paradigmático están a la vista: sin el respaldo de una institución pública, la colección se ha rentado al mejor postor, itinerando errantemente durante los últimos años Ningún coleccionista desea eso para sus posesiones, así que deberán tomar medidas diferentes a las que los Gelman consideraron pertinentes
Y es que el destino natural de las colecciones son los mu-seos; la institucionalización de una colección le garantiza su continuidad, su alejamiento permanente del mercado del arte, evitando la dispersión y convirtiéndose en un monumento permanente a la memoria de su creador; allí tenemos al Museo Franz Mayer o al Museo Carrillo Gil como modelos
Con este panorama, aunque esbozado brevemente, podemos vislumbrar por qué la actual polémica entre los coleccionistas que poseen obra de María Izquierdo y no fueron informados, mucho menos consultados, y los funcionarios que gestionaron la declaratoria de monumento artístico, está tomando un matiz de ruptura, al grado de que la parte que se considera agraviada ha procedido a ampararse legalmente además de retirar las piezas que ha-bían prestado a diversos museos estatales Este acto se inserta dentro del sistemático ninguneo hacia los particulares por una burocracia cuya prepotencia se ha mantenido inalterable a pesar del supuesto “cambio” en el sistema político y cultural
Aplicar una ley obsoleta que además ha probado su inoperancia debió haberse discutido abierta y públicamente entre los diversos actores involucrados; como no hubo una convocatoria de las autoridades correspondientes, ahora se está realizando entre las diferentes secciones culturales de periódicos y revistas de circulación nacional Si bien la intención de “proteger” lo que se considera patrimonio nacional no se ha cuestionado, sí el método y su efectividad y no sólo ahora, sino desde hace varias décadas
Rufino Tamayo se negó a que su obra fuera declarada “monumento nacional” en las diversas ocasiones en que se lo ofrecieron, porque consideraba que la permanencia forzada de su producción en México limitaría de manera drástica su difusión y reconocimiento internacional, al que aspiraba Más aún, por el comportamiento tradicional de los coleccionistas mexicanos el hecho de que las obras de artistas de reconocido prestigio se comercialicen fuera de nuestro país no implica que se abstengan de adquirirlo; hasta hace pocos años, la regla estipulaba que los mexicanos adquirían arte mexicano y sólo últimamente se ha ampliado hacia el ámbito regional, ya que los latinoamericanos ahora acumulan arte de este subcontinente sin importar demasiado el país en el que fue producido, caso concreto, la colección Constantini de Buenos Aires
Incluso para los multimillonarios coleccionistas, el hecho de adquirir sus piezas en gale- rías internacionales les provee de mayor prestigio y, aparentemente, de mayor seguridad en cuanto a su autenticidad; un ejemplo lo proporciona Carlos Hank González, quien rechazaba comprar el arte de su “patria chica”, especialmente el del paisajista José María Velasco, cuando se lo ofrecían en México y esperaba a que llegara a las subastas internacionales para adquirirlo, aunque con ello se incrementara notablemente el precio
Finalmente, la presente polémica nos brinda una oportunidad para sacar a la luz esas relaciones que hasta ahora han recibido el tratamiento de “pecaminosas” y eliminar el tabú que nos ha impedido discutir públicamente la relación histórica del coleccionismo privado con las políticas culturales y el papel que en la actualidad desempeña Dejando de lado los prejuicios, podremos analizar la participación privada dentro de las instituciones culturales Uno de los retos es que a partir de la conjugación de los intereses públicos y privados, empresariales y culturales, para beneficio mutuo y con una regulación que evite excesos, logremos generar un coleccionismo privado aliado de esas nuevas políticas culturales estatales que ya deberíamos estar discutiendo
(*) Investigadora del Cenidiap-INBA

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