Setenta años de Gabriel Zaíd

Asus 70 años, bien cumplidos ayer, 24 de enero, Gabriel Zaíd ejerce una variedad de oficios: es poeta, lee poesía, la critica, la antologa, la prologa, la difunde, sugiere cómo escribirla Escribe ensayos sobre libros, sobre economía, sobre historia, sobre cultura, sobre política Es investigador, creador, difusor, pensador Cree, tiene fe religiosa, pero no la blande para tundir a los creyentes de otra fe ni a quienes carecen de ella Es un personaje enigmático, a quien no le gusta ser retratado, y acude poco a lugares públicos Prefiere ser leído que visto y que la gente conozca sus talentos en obras y textos bajo su firma, y no a través de la mediación de las entrevistas y las declaraciones periodísticas
Es imposible abarcar al Gabriel Zaíd entero No porque sea gordo, como imaginaba Daniel Cosío Villegas antes de que Enrique Krauze los presentara Es inabarcable por diverso, por insólito, por imprevisto Fundó hace mucho tiempo, por ejemplo, una empresa dedicada a confeccionar y publicar directorios, a realizar estudios de mercado y en general a ofrecer consulta en ingeniería industrial Pero en Ibcon, como se llama esa empresa, se preparó una colección titulada Los trovadores, una serie destinada a la “recuperación literaria del cancionero popular” Su primer volumen contiene 207 canciones de Cri-Cri, al que Zaíd confirió rango de poeta como antes, al seleccionar las piezas de su Ómnibus de poesía mexicana, lo había hecho con otros creadores que el canon establecido consideraba menores Sin calificar, sin establecer jerarquías, colocó junto a Villaurrutia y Tablada a Guillermo Aguirre y Fierro, el autor de El brindis del bohemio, implícitamente considerado por Carlos Monsiváis como la suma de la cursilería, al punto de que tomó una de sus líneas como título y programa de su columna de disparates, deslices y dislates verbales: “Por mi madre, bohemios”
Miembro de una familia de origen palestino, Zaíd (cuyo apellido materno es Giacoman) escribió desde su niñez, en su natal Monterrey Según nos informa Eduardo Mejía en la agradecible, utilísima bibliografía con que cierra la edición antológica de Zaíd, publicada por Océano y preparada como homenaje en su setentena, a los 16 años, el 27 de julio de 1950, estrenó la obra en verso El sainete, en el teatro Rex Y en ese mismo año, publicó un proustiano Le Temps perdú, en la Alianza Francesa regiomontana, donde estudiaba, seguramente ya en preparación de su estancia en París Viajaría a la capital de Francia poco después de su graduación como ingeniero mecánico administrador, en el Tecnológico de Monterrey
Escribió una tesis que indica la precocidad y permanencia de sus intereses: Organización de la manufactura en talleres de impresión para la industria del libro en México Fue publicada en 1959 en Sistemas y Servicios Técnicos Sospecho que era un establecimiento de su propiedad (porque él había sido el editor, en esa casa, de un cuadernito breve de Jorge Eugenio Ortiz Gallegos sobre Carlos Septién García)

El reconocimiento inicial a su poesía lo hicieron nada menos que Alfonso Reyes, Carlos Pellicer y Salvador Novo, que le otorgaron el accésit (la recompensa inmediatante detrás del premio, algo más que una mención honorífica) en unos juegos florales, cuando Zaíd cumplía 20 años Y su primer libro de poemas, Seguimiento, fue precedido por un prólogo de Octavio Paz
Lo editó en 1964 el Fondo de Cultura Económica Por esos años, Zaíd se había trasladado a la Ciudad de México Sotto voce, con la discreción que lo define, patrocinaba iniciativas de la modernidad católica, como una librería (Biblia, arte y liturgia, una suerte de delegación capitalina del monasterio del padre Lemercier, cercano a Cuernavaca) y la edición española de Informaciones católicas internacionales, la publicación periódica que siguió más de cerca que nadie ese gran hito de la Iglesia que fue el Concilio Vaticano II
La publicación de Los demasiados libros, en 1971, condensó sus afanes de sociólogo cultural y economista de la industria editorial (títulos que le chocaría admitir, como le chocan los títulos en general, salvo los de sus obras, siempre elocuentes), que ya se habían manifestado en sus colaboraciones en La cultura en México, el suplemento de Siempre! Nadie olvida que allí llamó a Martín Luis Guzmán “el escritor más vendido de México”, en mordaz alusión a su sometimiento al gobierno y a su condición real de empresario eficaz de su propia obra, pues no sólo la escribía, sino que la publicaba en su editorial, la vendía en sus librerías y la comentaba en su revista, el semanario Tiempo, editado en los Talleres Gráficos de la Nación y que alegaba no tener, ni pretenderla, relación alguna con ninguna otra publicación, aclaración absurda en un semanario cuyo diseño era copia fiel de la revista Time
Todo poder (salvo el que ejercía sobre la cultura mexicana el grupo del que formaba parte) fue puesto en cuestión por Zaíd tan pronto se adentró en el ensayo político Lo ejerció sobre todo en las publicaciones dirigidas por Paz, Plural y Vuelta (y ahora en Letras Libres, de Krauze), en sus colaboraciones en Contenido y en Reforma, donde escribe mucho menos de lo necesario
El progreso improductivo, la economía presidencial, el tránsito de los libros al poder, la ufanía universitaria, las contiendas en la izquierda latinoamericana, el predominio del PRI, entre otros blancos, merecieron en las tres últimas décadas el asedio crítico de Zaíd, demoledor de mitos y destructor de verdades consagradas por el facilismo La infrecuente combinación de un pensamiento original y profundo, y una prosa moldeada por su vertiente poética lo condujeron a los cenáculos máximos del establecimiento cultural mexicano, la Academia de la Lengua y El Colegio Nacional
Más escéptico que anarquista, Zaíd no alega, explica Sus cláusulas son redondas, como líneas de poemas, con frecuencia aceradas, pero más a menudo irónicas, sarcásticas, paradójicas Demócrata y liberal, sencillo y discreto, inteligente y valiente, prefiere el llano que la cumbre, el trabajo que la ostentación, la esencia a la apariencia
Hace 11 años, me dio un susto Abomina ser retratado, y en febrero de 1993 Pedro Valtierra le hizo una toma, mientras conversaba con Carlos Fuentes Fotografiado en un lugar público, con un escritor con el que había disputado el grupo al que Zaíd pertenecía, en un acto de impulso al plebiscito ciudadano que denotó el clima de exigencia social por establecer al menos la democracia electoral en la Ciudad de México, por todas esas razones era importante la foto de Valtierra Y la convertí en portada de la revista Mira, que dirigía a la sazón
Zaíd nos emplazó a una diligencia de pretendido tono judicial, en la dirección general de Derechos de Autor, de la que era titular Carmen Quintanilla Madero, dueña ya entonces de la personalidad múltiple en que ha florecido (abogada, narradora, fotógrafa) Zaíd nos demandó por imprimir su cara en la de Mira, sin su autorización, y requirió tres compromisos: la aceptación del hecho, una disculpa pública y la obligación de no reincidir, so pena de una indemnización por 1 millón de nuevos pesos, mil millones de los que poco antes tenían curso corriente
Por supuesto, nuestras propias convicciones y la eficaz mediación de la licenciada Quintanilla produjeron el avenimiento, que excluyó la amenaza pecuniaria Comprobé en ese episodio la suave firmeza con que Zaíd salvaguarda su personalidad, sus creencias, sus ideas Ese talante ético, su finura espiritual, la fuerza de su literatura, el servicio público que con el ejercicio de esas virtudes ha prestado, son los motivos para honrarlo en sus 70 años

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