XII Bienal Rufino Tamayo

Por su contenido y por las reacciones que ha provocado, la XII Bienal Rufino Tamayo puede leerse como una radiografía sectorial del escenario mexicano del arte contemporáneo: existencia numerosa de creadores, pluralidad de discursos, falta de riesgo artístico, caducidad de diversos estímulos institucionales, necesidad de foros legitimatorios, y escasas presencias críticas capaces de promover cambios y de enfrentar a la opinión pública
Iniciada en una época en la que los concursos delineaban el panorama legitimatorio de las artes visuales de nuestro país, la Bienal, desde su primera versión en 1982, se constituyó como un relevante medio para apoyar a pintores mayores de 30 años mediante tres premios de adquisición -que ahora son de 150 mil pesos-, otorgados por la Fundación Olga y Rufino Tamayo, el gobierno del estado de Oaxaca y el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA)
En las últimas ediciones, el debilitamiento artístico del certamen fue severo y, para actualizarlo, en la versión de este año se realizaron dos cambios significativos: la convocatoria se abrió a todas las edades y la pintura fue sustituida por el dibujo y la gráfica Desde su publicación, el certamen provocó controversias, ya que varios creadores consideraron que las especificaciones eran ambiguas e inapropiadas: el tamaño solicitado de 175 m como mínimo y 250 m como máximo por lado, incluyendo el marco, dificultó la resolución técnica de las estampas, y la exigencia de presentar las propuestas en diapositivas de 35 mm deterioró la calidad visual de los envíos Aun así, la numerosa participación de mil 535 trabajos de 451 creadores demostró la importancia del certamen
Desde mi punto de vista, tres aspectos centrales caracterizan esta Bienal: la integración generacional, el respeto por la diversidad discursiva, y la ponderación del oficio

La integración generacional se delata desde la conformación del jurado, en el cual participaron las críticas de arte Raquel Tibol y Teresa del Conde; la funcionaria y directora de la Sala de Arte Público Siqueiros, Itala Schmelz; el pintor y grabador Gustavo Monroy, y Alma Ruiz, curadora de arte latinoamericano del Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles, California Con una selección de sólo 50 piezas del mismo número de artistas y una mayoría notoria de expresiones dibujísticas -posiblemente por la dificultad del tamaño exigido-, la Bienal presenta una pequeña y arbitraria selección de los diversos impulsos que en la actualidad constituyen el dibujo y la estampa realizada por mexicanos y extranjeros residentes en nuestro país: discursos conceptuales, realistas, pictóricos, matéricos y abstractos
Con un rango de edad entre los creadores que oscila entre los 70 y los 22 años, la mayoría de las piezas sobresale tanto por su pulcra factura como por el convencionalismo de sus proposiciones formales; tal es el caso de Carmona, Carlos García, Márquez Huitzil, Inda Sáenz, Trini y Miguel Castro Leñero, entre otros Recurrente en varias piezas es la utilización tanto de atractivos soportes -dibujo sobre peyote de Quintana- como de patrones repetitivos que permiten la resolución del gran formato, resaltando en este rubro la pieza de Pilar Bordes
Los territorios conceptuales son en general débiles, ya que inciden en la espectacularidad -Canseco, Viskin-; la gráfica digital tiene una presencia muy reducida, sobresaliendo la obra premiada de Francisco Larios y, en el capítulo de los dibujos pictóricos, es notoria la pieza premiada de Teresa Velázquez, en la cual la artista realiza una conceptual confrontación perceptual entre los límites del dibujo y la pintura En cuanto a los nombres poco conocidos, llama la atención la pieza de Hugo Crosthwaite, quien, a través de un discreto y sensual dibujo de impulso hiperrealista, deja el testimonio de la pobreza cotidiana de Tijuana
En general, y aun cuando hay varias piezas que debieron haberse excluido -Dawit, Castañeda, Romero, Olivia Rojo, Víctor Mora-, me parece que la selección muestra un panorama plural, repetitivo y convencional del dibujo y la estampa que se realizan en México La pregunta sobre si hay algo más en el escenario mexicano podrían responderla los artistas rechazados, quienes, aun cuando se han inconformado, no se han atrevido a exponer sus obras ante la opinión pública l

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