Las turbas de la política latinoamericana

Washington – Las turbas con caras alteradas y puños en alto que amenazaron al periódico El Nacional de Caracas son escenas que lamentablemente suelen aparecer periódicamente en el tablero de política latinoamericana
Escenas casi idénticas viví en Buenos Aires en 1946 cuando manifestaciones de obreros que clamaban por el regreso del entonces coronel Juan Domingo Perón asediaron la sede de “La Prensa”, considerado entonces uno de los diez diarios más prestigiosos del mundo
Yo era un joven reportero de 19 años con tres años de experiencia como reportero del servicio exterior de la United Press y la agencia me había destacado en dirección del periódico para desde allí telefonear los detalles del inminente asalto
Gracias a la férrea defensa del personal de la planta el asalto no se produjo, pero los manifestantes trataron por todos los medios de incendiar el periódico, considerado por el peronismo como “vocero de la oligarquía y enemigo número uno del Coronel Perón” Efectivamente, cuando Perón ganó la elección en 1948 uno de sus primeros actos fue la expropiación del periódico, acto que estimuló a la recién nacida Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) entrar en una lucha de más de una década para lograr la recuperación del periódico a sus originales dueños, la familia Gainza Paz
El grandioso edificio de La Prensa, situado en la Avenida de Mayo a sólo media cuadra de la famosa Plaza de Mayo, simbólicamente enfrentado a la Casa Rosada, quedó asediado por lo menos tres horas La diferencia con el episodio que tuvo lugar en Caracas la semana pasada es que mientras la policía dispersó a los seguidores de Hugo Chávez que amenazaron a El Nacional, en Buenos Aires tanto la policía como los bomberos brillaron por su ausencia, dejando en manos de los empleados de La Prensa la defensa de su sede
Investigaciones posteriores determinaron que la violencia no fue tanto una “explosión popular espontánea” como la pintaba la prensa peronista, sino un operativo provocado por bandas organizadas de la Alianza Libertadora Nacionalista, de corte nazifascista que jamás le perdonaron a La Prensa su firme apoyo editorial a Gran Bretaña y Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial cuando los militares argentinos mostraban tendencias favorables al Eje detrás de una hoja de parra de la neutralidad
Dos décadas después, uno de los afiliados de la ALN, convertido en un ferviente demócrata y alto funcionario de la cancillería, me confió que la razón por la cual desistieron de encender la sede del periódico fue que temían que el fuego podía arrasar con el clásico edificio del Palacio Municipal de la colonia donde se proclamó el Cabildo Abierto donde Argentina se despidió de la corona española
Recordando los páneles de caoba de la suntuosa sala de conferencias de La Prensa nadie puede dudar que el periódico –con todo su prestigio internacional por su integridad profesional– era considerado como una especie de Vaticano de la elite política y social bonaerense
Recuerdo como si fuera ayer cómo los manifestantes se enardecían mientras que a menos de 1000 metros, Perón, hablando desde los balcones de la Casa Rosada, los exhortaba a “darle su merecida lección” a “los enemigos del pueblo y servidores de los intereses ajenos”
Por lo menos en su retórica Chávez parece emular al caudillo argentino cuando acusa a la prensa venezolana de “terrorismo mediático”, y lanza otros adjetivos igualmente desmesurados
“La corrupción no es sólo robar dinero del Estado, también está en la manipulación perversa y en el uso de medios de comunicación para intereses bastardos en operaciones de terrorismo mediático y manipulación sin limites”, sentenció el excapitán del ejercito venezolano
Pero, hay que diferenciar entre la retórica porteña y la rimbombancia caribeña del político venezolano, señala el embajador Ignacio Arcaya quien antes de representar a Chávez en Washington fue el enviado de su gobierno ante la Casa Rosada
Es un importante dato, que yo aprendí estando en Cuba a comienzos de 1961 cuando, en una ocasión el comandante Fidel Castro lanzó un durísimo ataque contra Estados Unidos, que yo estaba convencido iba a culminar con la destrucción de la embajada de ese país en La Habana Fue el fogoso discurso poco después de que un barco mercantil belga, Le Coubre, cargando armamentos, explotó en la bahía de La Habana en lo que las autoridades cubanas aseveraron fue un acto de sabotaje perpetrado por agentes trabajando para la CIA
Recuerdo que me había “infiltrado” en el palco oficial en la Plaza Libertad con la idea de lograr unas palabras con Castro después del discurso, que era la mejor oportunidad que tenían los periodistas para abordarlo ya que él nunca tenía un programa fijo Convencido que ni bien terminaba su discurso –que duró unas cinco horas– la muchedumbre de medio millón se trasladaría hacia la embajada, me deslice entre los milicianos que lo rodeaban para correr las 20 o 30 cuadras hacia la embajada, un moderno edificio de ocho pisos frente al Malecón
La embajada, que en febrero había sido abandonada por la mayoría de su personal tras la decisión del presidente Dwight D Eisenhower de romper relaciones diplomáticas con La Habana, estaba rodeada no de manifestantes sino de unas guapas milicianas cuyas metralletas parecían menos amenazantes que las seductoras sonrisas con que enfrentaban al periodista curioso No había un alma en todo el vecindario, y así permaneció el resto de la noche Luego me enteré que la muchedumbre de casi un millón que permaneció hasta el final del discurso de Castro se disolvió como por arte de magia
Ese contraste entre las dos culturas nunca me pareció que fue absorbido por los que formulan la política exterior de Estados Unidos Por ejemplo, qué significa el hecho que durante las más de cuatro décadas de tirantez entre Washington y La Habana jamás, según mi conocimiento, un periodista fue amenazado en las calles de las ciudades de Cuba, ni mucho menos golpeado Y sin embargo una de mis primeras memorias después de haber entrado a trabajar con la United Press en Buenos Aires a comienzos de 1945, fue la golpiza que recibió Joseph Niegan, el veterano corresponsal del “New York Herald Tribune” en una esquina a escasos metros de la sede de la ALN
Pero pocos son los peritos del departamento de Estado, los politólogos de los “think tanks” u otros analistas frecuentemente citados por la prensa sobre temas interamericanos que toman en consideración el crítico factor cultural Esto parece que se lo dejan a los departamentos de antropología y sociología de las universidades que por lo general le huyen al contacto con el mundo oficial Lástima, porque en estos centros hay muchos quienes comparten mi opinión de que no hay dos pueblos que más afinidad cultural tienen con Estados Unidos que los de Cuba y Panamá, con quienes Estados Unidos tiene una larga historia de querellas políticas, en gran medida, a mi parecer, precisamente por causa de esa falta de sensibilidad cultural Ojalá que a través de los años se halla aprendido a no omitir el factor “cultura” en la formulación de las políticas de Washington hacia el resto del hemisferio

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