Cuba por Jorge Castañeda

En 1997 el intelectual y politólogo Jorge Castañeda escribió un ensayo sobre las similitudes entre los regímenes del PRI en México y de Fidel Castro en Cuba Al comparar un régimen con otro, Castañeda -actual canciller de México y quien este domingo 3 y lunes 4 acompaña al presidente Fox en visita de trabajo a Cuba- esboza su visión sobre el sistema político que encabeza Fidel Castro
Con el título de “Los últimos autoritarismos”, dicho ensayo fue publicado por la revista Encuentro, con sede en Madrid, en su edición otoño-invierno de 1997 Con autorización del Consejo de Redacción de Encuentro, Proceso reproduce fragmentos sustanciales del escrito de Castañeda

Jorge Castañeda

(…) ¿Por qué los regímenes autoritarios de Cuba y México comparten el dudoso privilegio de ser los más antiguos de América Latina y, junto con la República popular china, Corea del Norte y Vietnam, los más viejos del mundo?
El primer punto en común de las dos transiciones pendientes en América Latina es el carácter sui generis de su autoritarismo Dejando a un lado la propaganda oficial, es sin embargo un hecho que ambos regímenes provienen de revoluciones populares, realizadas por las masas campesinas y clases medias, contra oligarquías excluyentes, entreguistas y miopes Este origen no es equiparable al de las dictaduras clásicas latinoamericanas, ni al apartheid sudafricano, ni siquiera a las democracias populares de Europa oriental (…)
Este origen no entraña necesariamente un grado menor de violencia, de abusos de autoridad o de dureza, pero le asegura al gobernante autoritario de turno una legitimidad fundacional y una base popular originaria que ya hubieran ansiado las dictaduras militares del Cono sur, por ejemplo (…)
En términos muy generales, podemos aseverar que los únicos regímenes autoritarios y duraderos de América Latina, provistos a la vez de una base social mermada con el tiempo pero irrefutable durante largos lapsos de la historia, son justamente el mexicano y el cubano
Ahora bien, este origen y su consiguiente legitimidad obligaron a, y simultáneamente permitieron, una serie de políticas, ante todo de naturaleza social, que a su vez reforzaron la base de las masas inicialmente existente Por haber surgido de movimientos populares –sin duda dispersos, contradictorios y con una agenda confusa– los gobiernos de las dos revoluciones pusieron en práctica reformas agrarias, urbanas, obreras, educativas y de salud que al tiempo que redujeron el margen de su apoyo inicial, consolidaron un núcleo duro de entusiasmo y después lo fortalecieron Con los años los logros iniciales se desvanecerían o incluso podrían verse desvirtuados mucho más que el efecto económico y social directo e inmediato de reformas como éstas y muchas otras Más pronto en lo tocante a Cuba, luego de un mayor número de años en el caso mexicano, los avances conseguidos por los regímenes de la revolución se disiparían en crisis económicas, privaciones, corrupción y un estancamiento económico prolongado
Pero el juicio de los ciudadanos de ambos países sobre sus gobernantes se seguiría realizando en torno al conjunto de conquistas y retrocesos, y no sólo en función de los fracasos más recientes, por flagrantes y mayúsculos que le pudieran parecer a observadores perspicaces pero ajenos
La naturaleza represiva
De estas primeras peculiaridades análogas se desprende una segunda, estrechamente ligada a lo que hemos descrito…Desde una perspectiva más abstracta, las semejanzas entre la relativa blandura de ambos autoritarismos resulta más notable que las diferencias entre sus actos puntuales
Nadie a estas alturas puede cuestionar el carácter violento, represivo y antidemocrático del gobierno de Fidel Castro en Cuba, o de los sucesivos sexenios priístas en México Dicho carácter imperó, aunque quizás de manera menos notoria o generalizada, tanto en los mejores momentos de las dos revoluciones -en Cuba de 1959 a 1968 o en México bajo Obregón o Cárdenas– como en sus horas más negras Pero a menos que futuras investigaciones de archivo o forenses arrojen revelaciones sensacionales en los años por venir, ni el sistema político mexicano ni la revolución cubana llegaron a los extremos de violencia o abuso de Duvalier en Haití o de los militares en Argentina, o de la dinastía de los Somoza en Nicaragua o de los gobernantes castrenses en Guatemala, de los gobernantes civiles vinculados al golpe blanco de 1973 en Uruguay o, por supuesto, en Sudáfrica o de las dictaduras socialistas de Europa del este
La naturaleza represiva de ambos regímenes por supuesto que no merece el calificativo de “benigna”, sobre todo a los ojos de sus víctimas; hoy resulta difícil dudar la vigencia en Cuba o en México durante muchos años de prácticas como la tortura, la detención arbitraria, los fusilamientos, la inexistencia de debido proceso, las violaciones frecuentes a los derechos humanos, ya sin hablar del perfil político consagrado de sistema de partido único: ausencia de la libertad de expresión, de asociación, de elecciones libres y justas, etc
Pero la represión en Cuba y en México ha sido más esporádica que constante, más localizada que universal, más selectiva que generalizada, más preventiva y política que callejera y física Nada de ello la justifica o disminuye su gravedad, pero la califica y la distingue de otros casos
Asímismo, las diferencias evidentes entre los dos países no obstan para establecer esta generalización Es cierto que el control de la sociedad, la persecución a disidentes y la rudeza de los castigos en Cuba contrasta con la creciente elegancia y sofisticación del trato dispensado a opositores en México en años recientes De la misma manera que la intuición genial de Castro consistente en despachar a la mayoría de sus adversarios a Miami, nunca tuvo su equivalente en México Pero lo esencial radica en otra parte: existen más semejanzas entre México y Cuba que entre México y el resto de América Latina o que entre Cuba y las clásicas dictaduras socialistas de Europa del este
(…) Los dos casos se caracterizaron también por haber generado, como mayor o menor grado y tolerancia en distinto momento, una crítica cultural permanente Con ello no se pretende sugerir la ausencia de otro tipo de resistencia antiautoritaria en ambos países, principalmente una lucha social y extrapartidaria en México Tampoco debe deducirse de esta tesis un menosprecio por la oposición a Fidel Castro en el exilio Sólo se postula la idea que bajo estos regímenes autoritarios, a diferencia de otros, existieron márgenes lo suficientemente anchos para permitir una disidencia cultural vigorosa y constante, mas no para tolerar una oposición política abierta
Lo que en México no se pudo decir en el Congreso, en la prensa o en la calle, se podía pintar en los murales de Orozco o de Siqueiros (obviamente no de Diego Rivera), narrar en las novelas iniciales de la revolución mexicana y después en las páginas de fuentes y Rulfo, y discutir en los ensayos de Paz y Cosio Villegas Todo ello, por cierto, en ocasiones gracias al cielo protector del exilio explícito o extendido
Y en Cuba, la crítica más feroz al gobierno revolucionario provino siempre de la literatura, del arte, del cine y de la música: arrancaba en La Habana y proseguía en Miami cuando las condiciones lo permitían, pero con una interioridad a la sociedad cubana diferente a la de diásporas de otra época, de otra índole No sólo la distancia entre Miami y La Habana es menor que en otros exilios: el idioma, las familias, las comunicaciones, el intercambio y el arraigo de la “cubanidad” unen a las dos comunidades cubanas de manera especial
Por lo demás, las consecuencias políticas internas de la emigración no son tan disímbolas en los dos países como incluso lo expresan notables y talentosos escritores cubanos como Eliseo Alberto Los cubanos que zarparon de Camarioca, Cojímar o Mariel en sus aviones o balsas efectivamente perdieron todo incluyendo la opción de combatir con eficacia al régimen que aborrecen, pero eran recibidos hasta 1994 con los brazos abiertos en los cayos de Florida En cambio, los espaldas mojadas mexicanos son recibidos al cruzar la línea con golpes, racismo, insultos y una explotación inhumana, aunque es cierto que conservan casi todo en México, incluyendo la posibilidad de volver a su patria Todo salvo la posibilidad de luchar contra el sistema que los obliga a emigrar, no por motivos políticos, pero sí por un trato y una miseria que hasta la semi-esclavitud de los sordos-mudos en las calles de Nueva York resulta preferible
Cabrera infante, Reinaldo Arenas, Tomás Gutiérrez Alea, Carlos Varela, y el cine cubano de hoy y de antes son, al igual que sus homólogos en México, la verdadera disidencia cubana, mucho más que la oposición estrictamente política que hasta ahora no ha podido despegar en Cuba, y que en México apenas comenzó a figurar como fuerza real viable a partir de 1988, y sobre todo de 1995 (…) Asímismo, aunque la dureza del régimen cubano rara vez haya sido alcanzada por el mexicano, la corrupción de éste último y la extraordinaria impunidad de la que han gozado incontables funcionarios públicos mexicanos a lo largo de varios decenios no tiene parangón en la isla caribeña
El factor Estados Unidos
Los dos últimos gobiernos autoritarios de nuestra América comparten otra extraña identidad Se trata del impacto del factor externo en la sobrevivencia del régimen, un significado contradictorio pero en realidad convergente
Expliquémonos: en México no cabe ya duda alguna que el apoyo irrestricto de Estados Unidos a los gobiernos sucesivos de Miguel de La Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo le ha permitido al sistema priísta permanecer en el poder por un lapso muy superior al que le hubiera tocado sin ese respaldo foráneo Mientras que en Cuba, ha sido la hostilidad incesante, sin respiro ni clemencia de Washington y Miami la que le ha asegurado a Fidel Castro un margen de maniobra y de permanencia que probablemente no hubiera conservado sin la agresión norteamericana
Si desde la llegada a La Habana en 1959 el enfrentamiento con Estados Unidos fue decisivo para determinar el rumbo de la revolución, de las alianzas políticas internas y de la inclusión/exclusión de diversos personajes dirigentes, después de la caída del Muro de Berlín y de la clausura de la ayuda soviética la continuación del acoso allende el estrecho de la Florida le ha permitido al liderazgo isleño seguir jugando con un espectro eficaz entre la población Dicho espectro advierte que el fin del régimen entrañaría de manera inevitable un revanchismo de Miami y de Estados Unidos, el cual privaría a los cubanos de las conquistas obtenidas durante todos estos años, desde viviendas y pensiones hasta el acceso a las playas, a la educación y a la salud La mejor prueba de ello residiría en la persistente enemistad de Washington para con la revolución
El reverso de esta medalla es precisamente el nacionalismo cubano y mexicano, otro elemento decisivo en la perpetuación en el poder de dos regímenes cuyo lamentable desempeño económico y social en los últimos años debió haber bastado para barrerlos de la escena (…)
Desde principios de la revolución cubana, el mayor estigma que se le podía adjudicar a un opositor fue el de asociarse con Washington, Miami, la CIA, etc Se entiende: muy rápidamente la ofensiva de Estados Unidos contra el nuevo gobierno en La Habana adquirió tintes de cruzada de Guerra Fría; la oposición interna pasó a formar parte de un bloqueo externo empeñado en derribar al gobierno revolucionario Por lo menos desde Girón –y en realidad desde los primero atentados de “La Contra” en 1960– cualquier oposición cubana interna cargaba el lastre de encontrarse vinculada a, o de ser acusada de poseer nexos con, “el imperialismo”
Para la oposición cubana, el legítimo recurso a la solidaridad internacional -cualquiera que fuera la simpatía o antipatía que uno pueda abrigar por su causa– quedó anulado por el maleficio de la asociación con Estados Unidos Incluso cuando los términos de la confrontación se suavizaron y disminuyó -un tiempo– el compromiso de Washington con el combate frontal a Fidel Castro, el estigma perduró Hasta el día de hoy el nacionalismo cubano, acariciado y canalizado por Castro, le ha impedido a la oposición cubana conformar un perfil autónomo o contar con respaldos externos eficaces sin pagar un costo exorbitante por ellos
El caso mexicano es muy diferente Quizás en parte debido al antecedente cubano y la experiencia propia de futilidad, hasta hace muy poco tiempo y sólo de manera titubeante, parcial y aislada, la oposición en México optó por descartar cualquier apoyo exterior En las muy contadas ocasiones, por ejemplo, en que el Partido de Acción Nacional llevó sus denuncias de fraude electoral a instancias como las comisiones pertinentes de la OEA, salió más el caldo que las albóndigas Y la oposición de izquierda, frenada por el temor de ser tildada de pro-americana, polka o malinchista, nunca se propuso agenciar apoyos externos o incluso otorgarle su visto bueno -sin promoverlas- a iniciativas en el extranjero de censura al gobierno priísta por violación a los derechos humanos, entre otras
La razón de la izquierda era sencilla: calculó que el gobierno priísta podría emplear con mayor eficacia el arma nacionalista en su contra si acudía a instancias de fuera para reforzar su lucha adentro
De esa manera, tanto en México como en Cuba, gracias al fuerte nacionalismo arraigado en ambos pueblos y a su astuta manipulación por el PRI en un caso, por Fidel Castro, en el otro, una faceta esencial del factor externo de la transición se vio neutralizada: en Cuba, al resultar excesivamente oneroso el costo de la vinculación con el exterior; en México, por desistir la oposición de pagar ese costo, privándose de un apoyo externo visto como contraproducente
El pecado
He aquí, en suma, algunos de los elementos significativos y comunes a los dos países que pueden contribuir a explicar la longevidad de sus respectivos autoritarismos No son todos, ni explican en su totalidad la sobrevivencia de ambos regímenes; muchos otros factores explicativos intervienen Tampoco dan cuenta de las obvias diferencias actuales entre los dos países: México en una incipiente pero decidida transición, recorriendo etapas decisivas que pueden marcar un auténtico fin de régimen; Cuba, enfrascada en su interminable agonía y en una renovada crisis económica
Pero las semejanzas citadas permiten formarse una idea de las trayectorias históricas de las dos naciones, y sugerir algunas tesis sobre una evolución posible en México y en Cuba en los próximos años
Una de las principales conjeturas esbozables se refiere a la relación entre la base popular de los dos sistemas autoritarios, y los desenlaces hipotéticos de la transición No abundan los antecedentes, pero aquéllos que de alguna manera muestran afinidades con los dos casos aquí estudiados son sintomáticos Yugoslavia, China y la ex Unión Soviética son los mejores ejemplos, quizás, de regímenes autoritarios que se transformaron o sucumbieron ante el paso del tiempo aunque dispusieron de una apoyo de masas indudable en sus albores
El caso chino es paradigmático por un motivo evidente: de haber podido escoger y sabiendo hoy lo que saben, los dirigentes soviéticos y mexicanos hubieran preferido mil veces seguir el camino de Beijing Es decir, modificar lo suficiente su economía y su alineamiento geopolítico para poder mantenerse en el poder
Definida de esta manera, la vía que han escogido los cubanos -si se prefiere, como una perestroika exclusivamente hacia fuera sin glasnost hacia adentro, con su búsqueda ansiosa de inversión extranjera y su zona dólar – se asemeja a la china, con la pequeña diferencia que Cuba no puede modificar su situación internacional Estados Unidos no está de acuerdo y la isla carecer de las dimensiones o de la importancia para obligarlos
Por otro lado, Castro nunca se propuso una auténtica liberalización económica interna, y los tímidos pasos de años recientes en torno a las profesiones por cuenta propia y los negocios independientes fueron rápidamente cancelados por Fidel
La vía china es también aquella que exploraron gobernantes como Carlos Salinas de Gortari: ceder en lo económico y bilateral para conservar el poder Casi lo logran los mexicanos y no es totalmente descartable que los cubanos alcancen algunas de sus metas La base popular inicial de ambos regímenes les puede tal vez permitir desmantelar muchas de las conquistas sociales y de las estructuras económicas que emanaron de esa base original, sin verse defenestrados del poder político (…)
Pero de no ser practicable (la vía china) cabría en la fatalidad para México y para Cuba un deslizamiento más o menos acelerado por el despeñadero ruso (…) En un primer momento, la URSS de Gorbachev parecía haber logrado una transición democrática gradual y controlada, sólo para perder posteriormente el rumbo y terminar en el prolongado caos que impera en Rusia hoy en día De modo que el rumbo adoptado por los mexicanos puede prosperar a la larga, o estrellarse también en los diversos escollos que se le presentan, a pesar del optimismo de tiempos recientes Lo mismo puede acontecer en Cuba, a pesar de la comprobada resistencia del régimen cubano a todas las adversidades, errores y agresiones
De ser así, se puede vaticinar que un fracaso cubano o mexicano -al abortar la versión isleña de la vía china, o al truncarse una transición deliberada y paulatina en México– se debería quizás a las mismas razones que desembocaron en el resquebrajamiento de la URSS, en su crisis económica galopante e interminable, en la corrupción y la delincuencia generalizadas en aquel país, y en sus impasses de gobernabilidad cada vez más agudos
Ni México ni Cuba han llegado a esos extremos, pero tampoco han desmontado- ni remotamente en el caso de la isla, apenas con balbuceos tratándose de México- sus aparatos e instituciones autoritarias
¿De qué razones se trata? En esta hipótesis se reducen a una sola: el esfuerzo que habrían realizado sociedades como la rusa, la mexicana y la cubana para despojarse de sus respectivos regímenes autoritarios, en vista de los orígenes populares y revolucionarios de los mismos, las habría desangrado Por haberse dilatado en exceso la transición; por haber sido tan dolorosa y adversa, gracias a los recursos de los cuales disponía el régimen; por tener que prescindir del factor externo y centrar toda la lucha en el frente interno; por no contar con situaciones caracterizadas por un maniqueísmo radical; por la imposibilidad de encontrarle una salida decorosa -el famoso puente de plata– a los titulares del ancien régime, por todos estos motivos, vinculado directamente a la revolución fundacional que les dio vida, el esfuerzo para liquidar la tara del autoritarismo habría sido –en el caso ruso- y será –en el mexicano o cubano– tan enorme que faltarán la energía, el talento y la imaginación para construir los nuevos y necesarios andamiajes institucionales y políticos
Sucederá al despotismo carismático o tecnocrático una versión latina del caos ruso: desintegración nacional, fragmentación política, corrupción rampante, auge del narcotráfico, colapso del imperio de la ley y seguridad, ingerencia norteamericana para salvar los muebles, es decir, lo mínimo para resguardar los intereses de Estados Unidos
Las probabilidades de asegurar una transición exitosa hacia una gobernabilidad democrática, eficaz y estable serían inversamente proporcionales a las dificultades de desplazar a los salientes: el agotamiento de los partidos, de la sociedad civil y de la intelectualidad en México, junto con la auto-marginación de los empresarios nacionales, así como la total inexistencia de recambios en Cuba, ya sea por el vacío tan cuidadosamente creado por Fidel Castro, ya sea por la inviabilidad de las soluciones procedentes de Miami, redundarán en un largo período desestructurados, sin norte ni cauce
En esa situación, sectores modernos y bien organizados de ambas sociedades podrán salir a flote e incluso gozar de éxito en enclaves económicos adecuadamente protegidos, mientras que amplias capas del resto de la sociedad permanecerán en un limbo peligroso y angustiante, gobernado por ajustes de cuentas, cacicazgos locales, desmedidas esperanzas migratorias e ilusiones irrealizables
Nada impone, por definición un panorama tan sombrío Es perfectamente pensable que tanto en México como en Cuba las transiciones se produzcan de manera pacífica, ordenada y bienaventurada Es posible que la vía sino-cubana funcione en la mayor de las Antillas, aún después de la muerte de Fidel Castro, y que en México la mezcla de gradualismo político y de shock económico genere un círculo virtuoso de crecimiento, democracia, justicia y estabilidad
Pero también debemos contemplar la vigencia de una causalidad más compleja A lo mejor las razones que le brindaron a estos dos sistemas autoritarios una sobrevivencia más prolongada que cualquier otra en el hemisferio también contribuirán a un trágico derrumbe de sus sociedades después de su caída En el pecado llevarán la penitencia

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