La rebelión árabe: un final en veremos…

En medio de las masivas jornadas de protesta que sacuden a Egipto, políticos y partidos de oposición toman posiciones ante lo que parece inevitable: la caída del presidente Hosni Mubarak. Él mismo realizó una maniobra: designó vicepresidente a Omar Suleiman, jefe de los servicios secretos, quien podría garantizar la sobrevivencia de su régimen. Sólo que la mayoría de los jóvenes desconfían de la clase política. “Estamos renovándolo todo, no sólo el sistema. Los grupos políticos tienen que sumarse o quedarse atrás”, dice uno de ellos. Pero no será fácil: Mubarak recurre a la represión al tiempo que su gobierno llama al diálogo.

El CAIRO, 6 de febrero (Proceso).- Cuando el pasado 29 de enero el presidente egipcio Hosni Mubarak renovó su gabinete y nombró vicepresidente a Omar Suleiman, jefe de los servicios secretos, canceló la posibilidad de heredarle el cargo a su hijo Gamal.

Sin embargo, esa designación le permitió a Mubarak poner sobre la mesa su apuesta política: la continuidad de su régimen sin él a la cabeza.

Se trató de un reacomodo dentro del sistema político egipcio para asegurar el control en una inminente transición del poder, detentado por Mubarak durante 30 años.

Si bien Suleiman no pertenece al Partido Nacional Democrático –que domina el Parlamento y el gabinete–, es un hombre clave del establishment egipcio en tareas tanto de política interna como en asuntos internacionales, sobre todo en el Medio Oriente.

En 1954, a los 19 años, Suleiman inició su carrera en el ejército. Participó en varias guerras: en la de Yemen en 1962 y en las árabe-israelíes de 1967 y 1972. Además, recibió instrucción militar en la Unión Soviética.

De acuerdo con sus datos biográficos, en los ochenta obtuvo la licenciatura y la maestría en ciencias políticas por la Universidad de El Cairo. En 1991, Mubarak lo designó director de inteligencia militar, y dos años después titular de la Dirección General de Inteligencia Egipcia (EGID, por sus siglas en inglés). Desde ese cargo fragmentó a los militantes islamistas radicales y mantuvo a raya a la organización de corte religioso Hermanos Musulmanes.

Además, fue el operador de la cooperación en materia de inteligencia entre Estados Unidos y Egipto. Reportes de organizaciones de derechos humanos –como Amnistía Internacional y Human Rights Watch– señalan que la EGID participó en la detención de musulmanes acusados de terrorismo y que sufrieron torturas en cárceles de Egipto antes de ser trasladados a prisiones de Asia o a la base militar de Guantánamo. Es decir, Suleiman participó en el trabajo sucio de la CIA.

La prensa occidental le atribuyó un papel relevante como negociador del alto al fuego que terminó con la ofensiva militar de Israel contra la franja de Gaza en 2009. Asimismo, le adjudicó gestiones para intentar la liberación del soldado israelí Gilad Shalit, que se encontraba secuestrado por la organización palestina Hamas.

De hecho, Mubarak lo envió en varias ocasiones como mediador para pactar treguas de paz entre Hamas y Al Fatah, las organizaciones que se disputan el control en los territorios palestinos.

 

El temor de Occidente

 

De acuerdo con analistas políticos egipcios, el nuevo vicepresidente –de 76 años– tendría los aliados necesarios en el ejército, las fuerzas de seguridad y el oficialista Partido Nacional Democrático para garantizar la supervivencia del régimen. Es de hacerse notar que también controla la información confidencial sobre muchos de los integrantes de la cúpula económica y política del país.

Por si fuera poco, parece contar con el visto bueno de Estados Unidos e Israel, dos de los aliados del gobierno de Mubarak. Ello porque Suleiman comparte la misma retórica antiislamista de Mubarak, lo que disipa el temor de Occidente de que el islamismo radical tome las riendas de la revolución e imponga un régimen religioso en este país, el más importante del mundo árabe.

De hecho, los políticos y medios de comunicación occidentales no ocultan ese temor. Por ejemplo, el exprimer ministro británico Tony Blair, enviado especial de Naciones Unidas para Medio Oriente, advirtió el 31 de enero, en una entrevista con Sky News, que Egipto podría involucionar hacia “una forma muy reaccionaria de autocracia religiosa”.

El 31 de enero, el prestigioso intelectual italiano Giovani Sartori publicó un artículo en el diario Corriere della Sera en el que también advierte sobre la posibilidad de que los islamistas se apoderen de Egipto y se mostró a favor de que Estados Unidos apoye a Mubarak. “Vivimos en un mundo muy peligroso. Deberíamos lidiar con él no como misioneros, sino eligiendo el mal menor”, escribió.

Además, el nuevo vicepresidente sabe con detalle quién es quién entre los opositores al sistema, después de dos décadas de reprimirlos o de contenerlos.

Por un lado se encuentran los Hermanos Musulmanes, que hasta antes de las protestas aparecía como el único grupo capaz de presentar una competencia electoral significativa. En 2005, sus candidatos –que tuvieron que presentarse como independientes– ganaron 20% de los asientos en el Parlamento.

Por el otro lado aparece una miríada de grupos pequeños que van desde la extrema izquierda hasta los monarquistas. Entre ellos se encuentran el progresista Al Ghad, cuyo líder, Ayman Nur, obtuvo 12% de los votos en las presidenciales de 2005; y el histórico liberal Wafd, que posee el diario Wald y que en esas elecciones ganó seis diputaciones.

Tantos años de represión descabezaron una y otra vez los liderazgos emergentes e impidieron la aparición de una personalidad reconocida en torno a la cual se pudiera unificar la oposición. Sólo fuera de Egipto pudo desarrollarse una figura de esa talla: Mohamed el Baradei, un hombre de 68 años que desde 1964 ha vivido entre Europa y Estados Unidos. En 2005 ganó el Premio Nobel de la Paz y durante 12 años dirigió el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA).

En las elecciones del año pasado, El Baradei fue candidato de la Asociación Nacional para el Cambio, partido político que él fundó. El régimen de Mubarak realizó un fraude electoral masivo que barrió con toda la oposición. El Baradei salió del país. Regresó el pasado 27 de enero como figura representativa del movimiento opositor. “Si la gente lo quiere, y sobre todo los jóvenes, puedo dirigir la transición. No los voy a dejar en la estacada”, declaró ese mismo día.

El gesto fue bien recibido por los partidos de oposición y por los Hermanos Musulmanes, quienes formaron un “parlamento alternativo” y lo pusieron al frente de un comité para negociar la transición con el ejército.

Pese a su larga residencia en Occidente y su perfil secular, Washington lo mira con recelo. La razón: El Baradei frustró los reiterados esfuerzos del gobierno de George W. Bush para convertir a la OEIA en un títere de su política exterior. A comienzos de 2003, cuando se preparaba la invasión a Irak, declaró que no había pistas de que Sadam Hussein tuviera armas de destrucción masiva, como aseguraban Bush y sus socios: el británico Tony Blair y el español José María Aznar.

Después criticó la opacidad del programa nuclear de Irán, de cuyos peligros ha alertado si bien se rehúsa a dar por hecho su carácter bélico, como afirma Washington.

Además, Estados Unidos y Europa temen que El Baradei, más conocido fuera de Egipto que en amplios sectores de la población de ese país, sea finalmente rebasado por los Hermanos Musulmanes, lo que –a su juicio– implicaría un salto del país del bando prooccidental hacia el islamista. Ello provocaría un profundo cambio de los equilibrios de poder en la región que afectaría gravemente a Israel, cuyo primer ministro, Benjamin Netanyahu, manifestó el 31 de enero su apoyo a Mubarak porque, dijo, “estamos agradecidos con él”.

 

Los Hermanos Musulmanes

 

En un informe titulado La crisis de Egipto en un contexto global, publicado el pasado 30 de enero, George Friedman, director de la agencia privada de inteligencia Strategic Forecast, prevé cuatro escenarios en el futuro inmediato de Egipto: 1) La sobrevivencia del régimen, ya sea con Mubarak o con otra figura del sistema, como Suleiman, o un líder militar, en caso de que el ejército aseste un golpe de Estado; 2) Que las manifestaciones obliguen al régimen a celebrar elecciones en las que venza El Baradei o alguien parecido, que lleve al país hacia la democracia; 3) Que los Hermanos Musulmanes ganen esos comicios e imponga una agenda islamista, y 4) que Egipto se hunda en el “caos político”, antes de la contienda electoral o después de ella, en caso de que un candidato o partido no obtenga una victoria convincente.

Friedman hace notar que existen varias tendencias dentro de los Hermanos Musulmanes, organización que ahora es menos fuerte que antes. “Pero no es claro que esté más débil que los manifestantes democráticos”, advierte. Sin embargo, este analista plantea que, en caso de ganar las elecciones, los Hermanos llevarían al país hacia el extremismo religioso.

Muchos expertos discrepan de esta opinión. De entrada, indican que desde su refundación en los años setenta este grupo ha mantenido una posición moderada que se encuentra más en la línea del Partido de la Justicia y el Desarrollo –que gobierna en Turquía y que apoya el ingreso de este país a la Unión Europea– que en la de los ayatolas de Irán.

El diario español El País publicó el miércoles 2 un reportaje en torno a los integrantes de esa agrupación. “Tienen mucho de movimiento social y su trabajo en sanidad y educación les ha granjeado simpatías en ámbitos laicos. No se les encuentra en oficinas de partido, sino en las mezquitas, que en estos días se han convertido en hospitales improvisados o en escuelas islámicas”.

El diario añade que “los Hermanos forman parte del reformismo dentro de las escuelas suníes musulmanas; es decir, consideran que El Corán debe interpretarse en forma dinámica, de acuerdo con los tiempos presentes y en función de las circunstancias”.

Y sostiene que “su moderación no es un camuflaje improvisado”, además de que aceptan que el islamismo es “una cuestión sensible”, por lo que “han preferido no colocarse en la vanguardia de la revuelta. Sólo recomendaron a su gente que participara en las manifestaciones a partir del viernes 28, cuatro días después de que estallara la rabia popular y exigieron que cada uno lo hiciera a título personal”.

De hecho, cuando se incorporan a las manifestaciones, sus líderes no van con enormes barbas y turbantes, sino con saco y corbata. El lunes 31, uno de ellos, Essam el Arian, declaró a la prensa: “Tratamos de construir una arena democrática antes de empezar a jugar en ella”. Su compañero Waleed Shalebi, coordinador de Medios de la organización, añadió: “No estamos para gobernar. No tenemos esas ambiciones”.

Desde siempre, Mubarak esgrime el fantasma del islamismo para hacerse indispensable ante Occidente; para ello exagera el potencial de los Hermanos Musulmanes. Algunos observadores han notado que las autoridades siempre excluyeron a sus rivales laicos de la competencia electoral; sin embargo, permitieron que los islamistas se presentaran en 2005 y que ganaran 88 de los 450 escaños en disputa. Así quedó claro que era la mayor fuerza opositora.

En todo caso, el enorme movimiento de protesta que sacude a Egipto sorprendió a todas las fuerzas políticas tradicionales: Mubarak reaccionó con torpeza, El Baradei tardó en viajar a Egipto y los Hermanos Musulmanes asumieron al principio una postura escéptica para luego anunciar que se sumaban a las marchas “como uno más”.

Las demandas de los manifestantes son de tipo económico (empleos y vivienda) y político (la salida del poder y del país de Mubarak y el desmantelamiento de su régimen). No obstante resalta un hecho: tanto en Egipto como en otros países vecinos donde han estallado manifestaciones de protesta –Túnez, Yemen, Jordania, Sudán, Argelia– las consignas religiosas han estado ausentes.

Los dirigentes de todos los bandos saben que la situación es difícil de manejar debido a que no hay líderes con quienes negociar. El Baradei habla en nombre de una oposición organizada, pero la mayoría de los jóvenes que participan en las manifestaciones no se sienten representados por ella.

El movimiento inició por inspiración de la revolución en Túnez y la inmolación de un joven desempleado, Jalel Said. Dos grupos de veinteañeros, el Movimiento Juvenil 6 de Abril y Todos Somos Jalel Said, lanzaron a través de redes sociales de internet y panfletos una convocatoria para protestar. Eso no significa que tengan control sobre los manifestantes, pero sigue dominando el espíritu de su llamado original: laico, ciudadano y alejado de los políticos de siempre.

“Éste es un movimiento de la juventud”, dijo a Proceso Hamdi al Jalil, un miembro de Todos Somos Jalel Said que reside en El Cairo. “Estamos renovándolo todo, no sólo el sistema. Los grupos políticos tienen que sumarse o quedarse atrás”, añadió.

Pero, al parecer, no será fácil.

En un discurso pronunciado el martes 1, Mubarak anunció que no se presentará como candidato a nuevas elecciones, programadas para septiembre próximo, pero sostuvo que se mantendrá en la presidencia hasta esa fecha para garantizar la estabilidad del país.

Su anuncio atizó las jornadas de protesta. Un día después –miércoles 2–, el régimen echó mano de sus “simpatizantes”: cientos de hombres llegaron en camiones, caballos y camellos, y atacaron con palos y armas blancas a los manifestantes que se encontraban en la plaza Liberación. Los partidos de oposición señalaron que los “simpatizantes” eran en realidad policías vestidos  de civil. La violencia estalló y se extendió a calles y barrios de El Cairo durante la madrugada del jueves 2.

El ejército –que públicamente se comprometió a no disparar contra el pueblo– estableció cordones de seguridad para separar a los contingentes antagónicos. En los hechos, su impasibilidad favoreció a los grupos armados que apoyaban a Mubarak.

Al Baradei y los Hermanos Musulmanes acusaron al gobierno de reprimir las protestas pacíficas utilizando como disfraz el supuesto enfrentamiento entre civiles. Es “la táctica del miedo”, señaló Al Baradei en una entrevista difundida por la televisora Al Jazeera el jueves 3. l

 

 

 

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