“El lugar más pequeño”, un documental estrujante

La joven realizadora mexicana Tatiana Huezo escarba en sus raíces y viaja hasta el villorrio natal de su abuela, perdido en El Salvador. Tras los rastros y los rostros de la guerra, lo que encontró fue el más alto nivel de dignidad y solidaridad que un pueblo puede ofrecer a sus muertos. El lugar más pequeño se estrena este viernes en el Festival Ambulante en varias salas de la Ciudad de México.

MÉXICO, D.F., 7 de febrero (Proceso).- Así como Cien años de soledad encarnó el realismo mágico en la literatura (y su autor se ha negado a llevarla a la pantalla para no distorsionarla), la historia de El lugar más pequeño, de Tatiana Huezo, consigue como documental un impacto que ese género no había logrado en el cine.

A lo largo de 104 minutos de conmovedor y sutil relato por parte de sus protagonistas reales, la historia que se cuenta tiene su origen en la devastación de Cinquera, un pueblecitito de El Salvador durante los años de la guerra, y es la de su refundación a través de los testimonios reales de los sobrevivientes.

Estrujante, el filme es resumido así por su directora a Proceso:

“El tema de fondo en esta historia es la pérdida. Es una película sobre personas que han aprendido a vivir con su dolor. Creo que habla de la capacidad que tiene el ser humano de levantarse, de reconstruirse, de reinventarse después de haber vivido algo terrible.

El lugar más pequeño, primer largometraje de Tatiana Huezo Sánchez (con guión suyo también), y primera ópera prima documental del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), con apoyos del CCC y Foprocine, se hizo con el beneficio de la beca Gucci Ambulante tras nueve semanas de filmación en un ambiente de humedad de 80% en el pequeño poblado de Cinquera, Departamento de Cabañas, en El Salvador.

La cineasta señala que una estancia larga fue la clave en Cinquera (único lugar de ese país que no ha recibido la intromisión de los maras, gracias al trabajo de la organización popular) “para que las cosas empezaran a suceder y, sobre todo, para acercarnos lo suficiente a los personajes, y que se acostumbraran a nosotros.

“Fue toda una experiencia compartir este tiempo ‘aislados del mundo’. Nos volvimos parte del pueblo, de repente nuestros aparatos ya no causaban ninguna novedad para la gente, ni en la calle ni en las casas.”

La primera proyección de El lugar más pequeño será en el Festival Ambulante de la Ciudad de México, el viernes 11 y cada día hasta el 24 de febrero, y luego viajará por varios estados de la República Mexicana dentro del mismo programa.

Tatiana Huezo nació en San Salvador y su familia paterna es salvadoreña. A los cinco años se vino a vivir a México con su madre, que es mexicana.

“Aquí crecí, creo que soy chilanga”, dice.

“La primera vez que regresé de visita a El Salvador era una adolescente de 13 años, sentí que había algo muy fuerte ahí que también era mío, como una sensación enorme de cariño. Creo que era en 1985, había una guerra tremenda y mi familia estaba muy golpeada, recuerdo que un tío había muerto y otros habían desaparecido. Tenía primos huérfanos. Siempre regresé a El Salvador de forma intermitente.”

–¿Cómo surgió la idea del filme?

–Hace algunos años fui a visitar a mi abuela a San Salvador y me llevó a conocer el pueblo donde nació, Cinquera. Hicimos tres horas de camino y mucha terracería. Esa misma tarde que llegamos salí a caminar yo sola. El pueblo era pequeño, pocas calles medio vacías. Mientras caminaba, una señora mayor se me acercó y me abrazó de repente, “¡Rina!”, me llamaba, “¡regresaste, mirá estás igualita!”. Yo no sabía qué hacer, le dije que estaba confundida, que yo no era esa persona. La señora no me creía.  Y no era, pero podría haber sido porque aún me queda familia ahí.

“Después entré en la pequeña iglesia del pueblo, la fachada estaba llena de metralla, en el interior había sólo un par de bancas de madera y en una de las paredes estaba colgada una vieja cola de helicóptero militar. Casi no había imágenes religiosas, las paredes de la iglesia estaban llenas de hileras de rostros impresos en hojas blancas, eran retratos de jóvenes y adolescentes guerrilleros que murieron en la guerra. 

“La imagen y la sensación de ese espacio me impactó. Algunas muchachas se parecían a mí. Sentí la necesidad de saber qué había sucedido en ese lugar.

“Los primeros momentos en el pueblo de mi abuela fueron sin duda el origen y el motor que me impulsó a buscar esta película. Al año siguiente, decidí regresar a hacer una investigación.”

–¿Cómo eligió a esos personajes?

–Desde que llegué al pueblo la gente empezó a hablar conmigo y me contaban sus historias como si me conocieran de toda la vida. Fui ubicando a gente con una capacidad narrativa especial, la verdad es que los personajes son grandes contadores de historias.

“Uno de ellos es amigo de mi abuela de toda la vida, don Pablo, es un campesino al que le fascina leer y su primer libro fue el diccionario Larousse.

“Luego me enamoré de La Pulguita, así le dicen porque es chaparrita, es una mujer increíble, fuma mucho y tiene la voz como Chavela Vargas, siempre habla de fantasmas, ella vive entre fantasmas y su historia es tremenda.

“En ese viaje de investigación conocí a otro campesino que se llama Armando, es un cuidador de vacas que vivió en una cueva con su familia durante dos años y medio, mientras el ejército arrasaba Cinquera. Así fueron surgiendo los personajes.”

–¿Cómo planteó a esas personas que quería hacer una película sobre su vida?

–Primero tienes que estar con la gente, compartir tiempo con ellos y que te conozcan. Después lo planteas directamente. A ellos les dije que quería hacer una película sobre personas que vivían en Cinquera y que su historia me interesaba mucho, y que si aceptaban ser parte de ese proyecto me tenían que dar permiso de meterme a su casa con gente y aparatos, y hablar de la vida.

“La verdad es que los salvadoreños son muy fáciles de ‘conquistar’, como dicen ellos. Son gente expresiva, alegre y cercana, son intensos, igual que los mexicanos.”

–El ambiente, la atmósfera de la película, es envolvente, ¿cómo rodó esas montañas y toda esa vegetación?

–Bueno, yo quería sentir que podíamos volar por esa selva como si fuéramos fantasmas. Le propuse a Ernesto Prado, el fotógrafo, que usáramos un steady cam y no fue fácil encontrar la estabilidad y el movimiento que yo imaginaba para registrar la inmensidad de los árboles y las plantas que envuelven ese lugar. Cinquera está rodeado de selva, montañas hermosísimas que además son muy importantes para ellos. Siempre me decían: “Este no es un simple bosque, esta es la tumba de nuestra gente, de nuestros hijos, padres y hermanos que murieron en esos montes”.

–¿Fue un rodaje duro?

–Creo que todo el equipo disfrutamos muchísimo ese rodaje, el trabajo fue muy intenso y agotador porque hacía tanto calor que la mejor hora para empezar a trabajar era a las seis de la mañana, a las 10 ya era imposible soportar el rayo del sol en la calle, así que nos metíamos a las casas, luego hacíamos una pausa y por la tarde retomábamos, hasta el anochecer. Nos encariñamos muchísimo con la gente, con los ayudantes, los trabajadores del pequeño hostal donde dormíamos, etcétera. La despedida fue muy fuerte. Fue como haber salido de un mundo que habitamos intensamente, y luego tuvimos que regresar a nuestra realidad.

–La película tiene un estilo o una forma muy definida, no hay entrevistas a cuadro, por ejemplo.

–Siempre tuve claro cómo quería contar esta historia, sabía que la imagen y el sonido iban a ser dos discursos independientes y que al unirse formarían un tercero.

“Fue muy emocionante durante la edición de la película buscar y descubrir el significado que tomaban las imágenes por el contenido oral que se tejía debajo de ellas. Fue un proceso muy interesante.

“Por otro lado, tenía muchas ganas de alejarme de un estilo clásico documental con entrevistas a cuadro, cosa que ya había hecho en otros trabajos. Decidí no grabar la imagen de las entrevistas. En algún momento el fotógrafo me decía: ‘¿Por qué no ponemos la cámara allá muy lejos? Deberías cubrirte, tal vez en el montaje necesites la imagen…’. No lo hice y fue un acierto, las conversaciones con los personajes crecían, se volvían más personales, cercanas, reflexivas, y ese era el tono que yo buscaba para la oralidad de esta película. Hablábamos durante horas el personaje en turno y yo, solos, en medio de un bosque de bambú al que íbamos siempre que había ‘día de entrevista’.

“Por otra parte, creo que el trabajo de la imagen que ha hecho Ernesto es bellísimo, siempre hablábamos mucho de cómo había que mirar los espacios y las posibles situaciones que íbamos a grabar. Estoy muy contenta con el resultado.”

–¿Qué le gustaría transmitir al espectador con su película?

–Me gustaría que cuando alguien vea esta película se sienta identificado. Me gustaría poder provocar una reflexión sobre lo que significa la huella de la violencia en cualquier ser humano.  

“Yo nunca he sido guerrillera y no he huido de un ejército que ha matado a mi familia y destruido mi pueblo. Esta historia está contada desde mi ignorancia de lo que significa la guerra.

“Aun así, creo que la película es un espejo donde es posible verse reflejado, en el dolor, el amor y la locura que hay en los personajes. Sabemos quiénes son y qué han perdido, dignos en su dolor, orgullosos de estar ahí, sabiendo que reír a carcajadas ayuda a curar el alma.”

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