El derrumbe del Faraón

Después de 18 días de masivas protestas y ya sin el apoyo del ejército, Hosni Mubarak renunció el viernes 11 a la presidencia de Egipto. En la plaza Tahrir –símbolo de revuelta popular— cientos de miles de personas celebraban el triunfo de su revolución. “¡El pueblo hizo caer al régimen!”, coreaban entre lágrimas y abrazos…Pero tras el júbilo aparecen las incógnitas sobre una transición que apenas inicia. Una de ellas es si el Consejo Militar que quedó en el poder tiene la voluntad de llevar el país a la democracia.

EL CAIRO, 14 de febrero (Proceso).- “¡Mubarak renunció!”

La noticia surgió desde el escenario principal de la plaza Tahrir, donde muchos escuchaban el discurso del vicepresidente Omar Suleiman, y pronto se convirtió en un rugido que barrió la plaza entera y se expandió a las avenidas que irradian de ella.  

Eran las 6 de la tarde del viernes 11 y la mayoría de los cientos de miles de egipcios presentes no conocía el detalle de lo que había sucedido con el presidente Hosni Mubarak, quien apenas unas horas antes se aferraba al poder. ¿Lo detuvieron? ¿lo hospitalizaron? o ¿simplemente escapó? No importaba. La explosión de alegría colectiva transmitía claramente el mensaje: Mubarak ya no está.

“¡Somos libres, somos libres!”, se gritaban unos a otros. Algunos elevaban los brazos al cielo y decían “¡Allahu Akbar!” (¡Dios es grande!). Coreaban: “¡El pueblo hizo caer al régimen!”

Jubilosos, exaltados, vivían la experiencia de la libertad, algo que sólo conocían los egipcios que habían viajado al extranjero y que los demás vislumbraban a través de películas y series de televisión. 

Durante 18 días, desde que empezó el movimiento el pasado 25 de enero, una gran parte de la población en todo el país descubrió que podía quejarse y discutir sobre asuntos que iban más allá del clima y los problemas familiares. 

Las manifestaciones, las reuniones de estudiantes, obreros, campesinos y profesionales –realizadas dentro y fuera de la plaza Tahrir–  se convirtieron, por primera vez desde que en 1952 cayó el rey Farouk, en centros de debate. Los egipcios no están acostumbrados a ello y hablan sin escuchar al otro. Su urgencia de manifestar lo que piensan los lleva a detener al extranjero que pasa a su lado. Quieren explicarle lo que sienten.

“Ahora sufrimos de diarrea verbal”, comentó a este enviado un estudiante, medio en broma, medio en serio. 

En medio del júbilo –que se expresaba en aullidos, lágrimas, abrazos, saltos, oraciones–, unos pocos se detuvieron a pensar en lo que estaba pasando y en lo que vendría a partir del día siguiente.

 

El engaño 

 

Mubarak quiso hacer de la terquedad una virtud y abusó del gesto de cortesía que le dispensaron los altos mandos del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas: éstos le sugirieron –como lo hizo también el gobierno estadunidense– que renunciara. De hecho, el jueves 10 le permitieron dirigirse al país por televisión para que lo anunciara en sus propios términos. 

Pero Mubarak utilizó la oportunidad para hacer un último y casi desesperado intento de seducir a su pueblo, de hablarle con el cariño y la autoridad de un padre frente a sus hijos, incapaz de creer que el rechazo contra su figura fue una de las causas fundamentales que provocó el movimiento popular más amplio y numeroso de la historia de Egipto. 

En su discurso de 17 minutos, Mubarak condenó la violencia y prometió justicia a las víctimas de ella. Luego anunció que delegaba el poder ejecutivo al vicepresidente Suleiman. Y ofreció una serie de concesiones: enmendar seis artículos de la Constitución para que el proceso electoral del país se ajustara a las demandas de la oposición; eliminar el artículo 179 de dicha Constitución que concede a las autoridades amplios poderes para realizar arrestos, y abolir la antigua e impopular Ley de Emergencia, “una vez que la vida en el país vuelva a su normalidad”.

Pero no anunció su renuncia como presidente. Dijo que permanecería en el cargo hasta septiembre, cuando fuera elegido su sucesor en elecciones “libres y justas”.

En la plaza Tahrir –centro de la revuelta— muchos de los manifestantes veían en vivo el discurso a través de una pantalla gigante. Ante el anuncio de Mubarak, comenzaron a lanzar sus zapatos (símbolo de repudio) y a gritar “¡Arhil! ¡Arhil!” (¡Fuera! ¡Fuera!)

A su vez, los altos mandos militares se sintieron engañados. El sitio en internet del diario gubernamental Ahram publicó el viernes 11 los comentarios del mayor general Safwat El-Zayat, exdirector de los servicios de inteligencia y quien mantiene importantes conexiones con el ejército. 

El-Zayat dijo que tanto el contenido del discurso final de Mubarak como el de otro posterior que dio Suleiman “fueron formulados contra los deseos de las fuerzas armadas, más allá de su supervisión”.

De hecho, desde un día antes –jueves 10– el ejército emitió un comunicado en el que sostuvo que “estaba comprometido con la protección del pueblo, tanto de sus intereses como de su seguridad”. Y añadió que los militares “apoyan las legítimas demandas del pueblo”.

Al mismo tiempo, la televisión estatal divulgó imágenes de una reunión del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, presidido por el ministro de Defensa, Mohamed Hussein Tantawi, a la que no acudieron Mubarak ni Suleiman.

 

Autogestión del caos

 

Mientras la comunidad internacional –con Washington a la cabeza– presionaba al régimen para que hiciera una transición controlada y el ejército retiraba el apoyo a Mubarak, los manifestantes se preparaban para mantenerse durante muchos días en la plaza Tahrir. La República de Tahrir (que también se puede traducir como república de la liberación), como llaman los entusiastas al inmenso plantón permanente en la plaza que es el corazón de El Cairo y de Egipto, es un caos semianárquico que funciona sorprendentemente bien.

En Tahrir gobierna la autogestión sin dirigentes ni asambleas. El que llega y quiere cooperar busca una bolsa y se pone a recoger basura (esta plaza es uno de los lugares más limpios de El Cairo); se presenta con los voluntarios que estén a cargo de la seguridad para hacerse un lugar entre ellos; examina las tiendas y estructuras de los campamentos o de alguno de los dos escenarios y se pone de acuerdo con otros para arreglar lo que haga falta; da clases de caricatura política o satíricos espectáculos de títeres.

La gente de las clases media y alta reparte comida y bebidas (muchas personas que duermen en la plaza carecen de recursos); otros ofrecen dátiles secos, dulces o té. Un periodista creó un diario en tinta azul llamado Tahrir.

Cada cual elabora sus propios carteles y mantas a mano, con ideas personales; no hay consignas ni repartición de leyendas ideadas por los secretarios de propaganda.

Y corre a cargo de todos, igualmente, la defensa de ese territorio “soberano”: lo mismo frente a las pandillas progubernamentales que fracasaron en su intento de conquistarlo con palos, piedras y balas entre el martes 1 y el jueves 3, que cuando el ejército apostado en la “frontera” trata de mover sus tanques y vehículos blindados para empujar las líneas opositoras, como lo intentó el lunes 7.

El aspecto más impresionante, sin embargo, es la atención médica: detrás del escenario principal, en el pasillo comercial de la planta baja de un edificio, han improvisado una clínica con farmacia atendida por médicos voluntarios –como Salma Khan– para tratar los casos urgentes antes de canalizarlos a los hospitales. Además hay cuatro puntos de primeros auxilios en los alrededores de la plaza. 

No hay intervención de las organizaciones políticas tradicionales (desde el histórico partido liberal Wafd hasta los Hermanos Musulmanes) que han tratado de mantener un perfil bajo porque la mayoría de participantes de este movimiento –originalmente convocado por jóvenes activistas a través de Facebook– es gente sin afiliación y celosa de su independencia.

El domingo 6 la revolución recordó a sus muertos. Fotos de algunos de los caídos aparecieron en grandes mantas y en periódicos. Jóvenes que ya no están. Son cadáveres con huellas de la saña con la que los asesinaron.

Al mediodía del miércoles 9 Human Rights Watch, siguiendo una metodología estricta de visitas a hospitales y morgues y de entrevistas con médicos y ambulantes, había documentado 302 víctimas mortales. Algunos creen que son muchos más. Todos ellos son razones para no transigir.

“Hitler asesinó a los judíos. Mubarak, tú a tu propio pueblo. Hitler se suicidó. ¿Por qué no haces lo mismo?”, rezan varios carteles.

 

Interrogantes

 

El viernes 11, mientras las manifestaciones en todo el país superaban en asistencia a todas las anteriores y las huelgas de trabajadores y estudiantes se multiplicaban en el país, los militares forzaron a Mubarak a subir a un avión y hacer el escape ignominioso que él quiso evitar. 

A las 6 de la tarde, Suleiman hizo el anuncio consecuente en un discurso transmitido en vivo por televisión estatal: “Ante estas difíciles circunstancias que atraviesa Egipto, el presidente Hosni Mubarak decidió abandonar su cargo de presidente de la República y encargó al alto Consejo de las Fuerzas Armadas que administre los asuntos del país”, informó el vicepresidente. 

No quedó claro cuál será el papel del propio Suleiman, quien –a decir de los analistas– era el sucesor natural del régimen. 

Pero tampoco la población conocía qué clase de gestión pretenden hacer los militares. ¿Tolerarán que los manifestantes sigan actuando o tratarán de forzarlos a irse a casa? ¿Qué papel tendrán los partidos de oposición? ¿Cederán ante la demanda de desmontar el régimen –del que el ejército es precisamente el pilar principal– o buscarán imponer un mubarakismo sin Mubarak?

“Esto no es la libertad todavía”, comentó Ahmed Nasef, un estudiante de ciencias políticas y activista de la revolución, un poco molesto porque la pregunta era una ducha de agua fría en medio de la fiesta.

“Hace falta disolver el Parlamento (integrado el año pasado en comicios fraudulentos), levantar el estado de emergencia, reformar la Constitución y organizar elecciones libres. Y todo esto lo tienen que llevar a cabo civiles, no generales”, señaló Nasef.

De inmediato, pidió al reportero: “Pero mañana veremos eso. Ahora ¡déjame celebrar!” 

 

 

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