Promesas de general

Después de celebrar la caída del presidente Hosni Mubarak, los jóvenes de los Movimientos 6 de Abril y Todos Somos Jaled Said –quienes a través de internet convocaron a la revuelta– ofrecen un voto de confianza a la Comisión Militar que tomó el poder y que se comprometió a reformar la Constitución, levantar el estado de emergencia y celebrar elecciones libres en septiembre. No obstante, los jóvenes no ocultan sus reservas. “Si los militares no cumplen, nos vamos a la calle de nuevo”, advierte uno de ellos.

 

El Cairo.- “Siempre podemos volver a tomar las calles”, explica Ajmed Majer, quien rehusa identificarse como líder del Movimiento Juvenil 6 de Abril y prefiere ser reconocido sólo como moderador de la página de la organización en Facebook. 

Todavía se siente el calor de la acción en el departamento prestado que ocupa su grupo, en un octavo piso sobre la Plaza Tahrir, de El Cairo. 

Desde aquí, sus miembros observaban lo que ocurría en la pequeña “república” de manifestantes que existió allí desde el 25 de enero y hasta el 13 de febrero, dos días después de que la revuelta desatada por este grupo de profesionales de entre 20 y 35 años culminó en la forzada renuncia del único presidente que habían conocido a lo largo de sus vidas: Hosni Mubarak, en el poder desde 1981. 

La situación todavía es muy delicada. El Consejo Superior de las Fuerzas Armadas –el mismo que obligó a Mubarak a marcharse en lo que técnicamente constituye un golpe de Estado– se está haciendo cargo de conducir lo que se supone que será la transición democrática de Egipto, con el objetivo de proponer reformas a la Constitución, organizar un referéndum que las apruebe y celebrar elecciones libres y multipartidarias en septiembre. 

El hecho es paradójico: este Consejo Superior de las Fuerzas Armadas que llevaría al país hacia la democracia, lo encabeza el mariscal Mohamed Tantaui, de 75 años, colaborador de Mubarak y miembro prominente de su régimen. Sus primeras medidas se parecen más a las que toma una dictadura militar tras un golpe de Estado: disolución de la Asamblea Popular y del Consejo de la Shura (las dos cámaras del Parlamento), suspensión de la Constitución, y decretos inapelables de gobierno. 

Además, la cúpula militar está retrasando concesiones valiosas para la oposición, como la liberación de los presos políticos y el levantamiento del “estado de emergencia” que Mubarak mantuvo durante 30 años. Este último permite a las autoridades detener arbitrariamente a personas, prohibir partidos políticos y organizaciones sociales, y censurar o cerrar periódicos. Los militares no son conocidos por su vocación liberal y, mientras se asientan las cosas, han mantenido el gabinete de gobierno designado por Mubarak, encabezado por el primer ministro Ajmed Shafiq.

Después de declarar de manera apresurada que el motivo de las protestas era sólo el presidente Mubarak y que éstas debían concluir tras su renuncia, el ejército retiró las barricadas de vehículos quemados que protegían los accesos a la plaza Tahrir, desmontó los campamentos y expulsó a los manifestantes que quedaban, una minoría que insistía en seguir ahí como medida de presión para asegurar que se cumplan las demandas de la revolución: la creación de un gobierno civil –representativo de los sectores sociales y políticos, sin participación de miembros del antiguo régimen ni estado de emergencia– que lleve a cabo la transición.

El Movimiento 6 de Abril –de creación reciente (2008), pero curtido en la lucha democrática y por la persecución (hostigamiento, golpizas, arrestos) a que lo sometió el régimen de Mubarak–, ha optado por dar tiempo a los militares. “Llegamos a la decisión de no hacer protestas mientras esperamos que respondan a nuestras demandas”, explica Ajmed Majer. “Si no lo hacen, nos vamos a la calle de nuevo”. 

Como fiesta de celebración, pero acaso también como advertencia, los jóvenes de la organización convocaron a una gran manifestación de la victoria para el viernes 18.

 

De la red a la calle 

 

Majer es ingeniero civil. Porta gafas y, para sus 30 años, su calvicie es prematura. No tiene pinta de activista político. Sucede igual con sus compañeros: todos son profesionistas que trabajan en compañías privadas, sin militancia en partidos tradicionales. Sus antecedentes están en Kefaya (Basta), un grupo formado en 2003 para oponerse a la invasión de Irak y que después se dividió debido a diferencias entre sus miembros. 

El Movimiento 6 de Abril se creó para apoyar una huelga en el pueblo industrial de El Malhalla el Kubra, planeada para el 6 de abril de 2008. Un grupo similar, Todos Somos Jaled Said, fue fundado para protestar por el asesinato que agentes de la policía cometieron en junio de 2010 en contra del joven Said, después de que éste grabó y subió a internet un video donde se veía a dos agentes repartiéndose el dinero de una extorsión.

A través de sus respectivas páginas de Facebook, ambas organizaciones convocaron a los egipcios a manifestarse el 25 de enero para derrocar la dictadura de Mubarak.

Tenían la ventaja del momento político: sus compatriotas se sentían inspirados por las imágenes de la revolución tunecina que expulsó al presidente Zine el Abidine Ben Ali el 14 de enero. A pesar de que algunos medios llaman a ésta la “revolución Facebook” (como antes llamaron a la de Irán de 2009 “revolución Twitter”), Majer estaba consciente de que eso no sería suficiente para movilizar a toda la población. 

En un artículo sobre la influencia de la red social en Egipto, publicado el 25 de enero de 2009, el diario The New York Times informó que “alrededor de uno de cada nueve egipcios tiene acceso a internet, y de este grupo, alrededor de 9% está en Facebook –un total de casi 800 mil miembros”…en un país de 83 millones de habitantes.

Ante el inesperado y enorme éxito que tuvo la convocatoria para protestar, el gobierno quiso acabar con el problema de raíz: si se trataba de una revolución Facebook, habría que bloquear Facebook y, para estar seguros, todo el acceso a internet y la telefonía móvil. Durante cinco días, del 28 de enero al 1 de febrero, Egipto fue un país sin sistemas de comunicación. El costo para su economía se estimó en 210 millones de dólares diarios.

“Nosotros contábamos con las redes sociales para encender una chispa –explica Majer–. Pero no se acababa allí la estrategia. Imprimimos volantes, recorrimos las calles, hablamos con muchísimos grupos de todo tipo y, sobre todo, les pedimos a todos los internautas que actuaran como activistas sociales, que cada uno trajera a 10 personas de su familia, de su vecindario o de su trabajo.” 

Después de que decenas de miles de personas salieron a manifestarse el 25 de enero, las convocatorias corrían de boca en boca: voluntarios y espontáneos informaban a la gente sobre a dónde había que ir en los siguientes días, y le pedían repetir el mecanismo: invitar a más.

El éxito de las movilizaciones y la incapacidad de la policía para suprimirlas –lo cual fue difundido a los hogares por la cadena de noticias Al Jazeera– hizo que los egipcios perdieran el miedo y continuaran sumándose.

Voto de confianza 

 

Desde el departamento sobre la plaza Tahrir, los miembros del Movimiento 6 de Abril veían todo lo que pasaba: las grandes concentraciones, los violentos ataques de las pandillas pro-Mubarak, los movimientos de las unidades del ejército. 

El sitio parece un café internet poco formal, con gente dormida en los sillones y en el piso. Ahí vivieron varios de estos jóvenes durante semanas, alimentándose de lo que vecinos y otros ciudadanos les llevaban. En las computadoras reunían información, la procesaban y la enviaban al mundo. Ahí fue también donde la madre de Jaled Said, una amable mujer de gafas y jiyab sobre el cabello, escuchó con todos los demás la casi inesperada noticia de la renuncia de Hosni Mubarak, a las seis de la tarde del viernes 11.

A pocos les importó cómo había ocurrido. Lo importante era que habían derrocado al dictador, quien la noche anterior había dado un discurso para insistir en quedarse, contra los deseos de los generales, de Estados Unidos y de su propio partido, el Nacional Democrático. 

El vicepresidente Omar Suleiman, jefe de los servicios secretos del régimen durante 20 años, también había salido a defender con vehemencia la continuidad de su jefe. Menos de 24 horas después, Suleiman tuvo que dar marcha atrás e informó de la “renuncia” en un brevísimo mensaje televisado, que en sólo 30 segundos anunció el fin de una dictadura de 30 años.

Hasta la semana pasada, no existía información oficial sobre la suerte que correrán Mubarak y Suleiman. Por lo pronto, fiscales egipcios prohibieron a varios ministros salir del país y se preparan procesos judiciales en su contra por corrupción o por la violencia que se desató durante la revuelta, cuyo saldo al miércoles 16 era de 365 muertos y 5 mil 500 heridos, según datos del Ministerio de Salud.

El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, por su parte, parece interesado en convencer que sus intenciones de cumplir “las legítimas demandas del pueblo” son serias. Menos de 48 horas después de la caída de Mubarak, ya se había reunido con un grupo selecto de ocho jóvenes de la revolución, incluidos Ajmed Majer y Wael Ghonim, de la organización Todos Somos Jaled Said.

Esto dejó fuera por el momento a los políticos tradicionales, desde los marxistas del partido Tagamu y los liberales de Wafd hasta los Hermanos Musulmanes, además de Amr Musa, secretario general de la Liga Árabe, y Mojamed ElBaradei, Premio Nobel de la Paz. Los egipcios creen que todos ellos se presentarán como candidatos a la presidencia en septiembre próximo.

Los generales dijeron a los jóvenes que organizaran partidos para competir. Les aseguraron que entregarán el poder a quienquiera que gane las elecciones de septiembre, que en 10 días –el miércoles 23– tendrán listas reformas constitucionales para democratizar la vida política. Les precisaron que dichas reformas serán diseñadas por una comisión encabezada por el juez Tarek al-Beshry, un pensador musulmán moderado. Incluso, les prometieron que levantarán el estado de emergencia cuando las cosas vuelvan a la normalidad. Como condición para avanzar exigen, en cambio, el fin de las protestas y de las huelgas de trabajadores, a quienes han pedido regresar a sus labores.

Un militante partidario que está al tanto de las conversaciones, pero que prefiere no ser identificado por su nombre, se queja de que “los militares hablan con uno o dos ‘representantes’ de los manifestantes, quienes no tienen experiencia negociadora ni tienen el mandato de nadie para hablar en nombre del pueblo”. No oculta su temor de que esta veloz “disposición a dialogar” en realidad pretenda encubrir que los generales están controlando la transición a gusto sin dar a los opositores un papel activo en el proceso. 

“¿Quién les dijo que sólo queríamos algunas enmiendas constitucionales? Hace falta una nueva Constitución que limite los poderes del presidente”, señala.

No sólo entre los partidos hay inquietud. También entre los jóvenes, como Ala Ab el Fatá, uno de los blogueros y activistas más prominentes: “Necesitamos que los militares asuman que ésta es una revolución y que no pueden cambiar las cosas por su cuenta. Estamos de acuerdo si ellos custodian esta parte del proceso, pero debe ser algo temporal. Después debe encargarse un gabinete civil que escojamos nosotros, que tenga alguna forma de consenso público detrás, en lugar de que sólo recibamos comunicados unilaterales de los oficiales”.

Majer, en cambio, prefiere darles más tiempo: “Yo creo que los egipcios no seremos arrastrados de vuelta a la dictadura. Los militares no se convertirán en presidentes sólo porque tienen el apoyo de las fuerzas armadas. El verdadero apoyo de los futuros presidentes vendrá del pueblo. Esta revolución nos ha hecho entrar al club de las naciones civilizadas. Nadie nos la podrá robar porque estamos dispuestos a morir por ella”, dice.

 

 

 

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