Protestas que caen al vacío

Un politólogo marroquí se pregunta cómo conciliar los reclamos de un clérigo musulmán que quiere prohibir el alcohol con los de una estudiante que no usa velo y éstos con los de un marxista opuesto a los intereses de los bereberes… Además, quienes convocan a los mítines –que han tenido escasa asistencia– temen enfrentarse con Mohamed VI: lo condenan todo, menos al rey. Quieren que cambie todo, menos la monarquía. Vistas así, las protestas en Marruecos parecen ir a un callejón sin salida, muy lejos de lo ocurrido en Túnez o Egipto.

 

CASABLANCA, MARRUECOS.- Si las convocatorias lanzadas por Facebook en Túnez y Egipto se llenaron de fuerza desde el inicio al reunir grandes multitudes para increpar a sus respectivos regímenes, las concentraciones del domingo 20 en las urbes marroquíes superaron en poco la afluencia normal de un fin de semana en las plazas.

En esta ciudad –capital económica y comercial– el optimismo de los activistas cifró en 5 mil el número de asistentes a las protestas –de 2 mil a 3 mil, según la prensa– cuando su población supera los tres millones.

La mayoría de la gente que acudió a los mítines formaba parte de grupos; es decir, el objetivo de aglutinar a la sociedad no organizada (como ocurrió en Túnez y Egipto) sigue lejano. Además, entre ellos no hay coincidencia de metas.

Democracia y Libertad Ahora, la asociación recién creada a través de Facebook, llevó a cabo lo que parecía el acto principal; al mismo tiempo tenían lugar dos mítines menores: uno de la izquierda y otro de bereberes que exigen que el tamazigh, su lengua, tenga rango constitucional de idioma oficial, al lado del árabe y el francés.

Los bereberes son la etnia indígena de la región y fueron conquistados por los árabes en el año 670. Desde entonces hablar tamazigh es mal visto. Pero eso no lo entiende mucha gente, explica Ismael Akesbi, uno de los manifestantes: “A la mayoría de los árabes no le parece necesario darle estatus de igualdad a nuestra lengua. Lo peor es que muchos bereberes tampoco ven por qué hace falta lograrlo”.

La incomprensión afecta otra de las demandas principales de los marroquíes: que la monarquía adopte un carácter parlamentario y que, como decía un cartel, “el rey reine pero no gobierne”.

“El rey es el que tiene la autoridad absoluta, remueve ministros e impone su criterio”, observa un politólogo y profesor universitario que prefiere no revelar su nombre.

“Nada se hace en Marruecos contra la voluntad del rey. Pero la gente cree que los errores, la ineficiencia, corrupción y abusos de autoridad, son cosas que se hacen traicionando las buenas intenciones del rey. La censura a la prensa y las leyes que prohíben cuestionar la monarquía garantizan que nadie se entere de que el rey es el actor principal del terrible saqueo al que está sometido el reino.”

Es la prensa extranjera la que retrata al monarca de manera más completa. Pero esta información únicamente es accesible por internet, servicio al que sólo una minoría de la población tiene acceso.

 

La sombra del rey

 

En Túnez y Egipto una gran cantidad de grupos políticos y sociales se aglutinó en torno a una demanda común, fácil de explicar y compartida por la mayoría de la población: que se vaya el jefe de Estado, una figura odiada que se ha eternizado en el poder y es responsable de los males del país.

Esto no existe en Marruecos. El movimiento opositor insiste en que es leal al rey y sólo pretende cambios legales dentro de la monarquía. Cualquier otra actitud le acarrearía un enorme desprestigio social y daría bases legales para la represión y el enjuiciamiento de sus miembros por ofensas al soberano.

“El resultado es que mucho más difícil es construir una narrativa que cohesione a los distintos grupos”, sigue el académico. “En la Plaza de las Palomas (como se conoce popularmente a la Plaza Mohamed V de Casablanca, donde tuvo lugar la concentración del día 20) viste que actuaban por separado bereberes, izquierdistas y otros convocantes. En otras ciudades participaron además los movimientos islámicos.

“¿Bajo qué bandera vas a reunir a un clérigo musulmán que quiere prohibir el alcohol con una chica estudiante que no usa el velo, tiene novio en Europa y apenas sale de Facebook? ¿O a un nacionalista que quiere reivindicar el orgullo bereber con un marxista internacionalista que rechaza la magnificación de las divisiones étnicas y promueve la identidad de clase?”

En otro país la monarquía ya le habría dado a la oposición bastantes argumentos para desecharla. La actuación de algunos parientes del rey no es ejemplar. El 3 de junio de 2010, por ejemplo, El Periódico de Catalunya publicó que un tío político de Mohamed VI, Hasán Yacubi, le disparó en la pierna a un policía que lo detuvo por pasarse un alto. “Soy de la familia real y para mí eres como una mosca”, gritó el agresor, quien no recibió castigo.

Los rumores que corren entre la comunidad extranjera, en el sentido de que para hacer negocios importantes en Marruecos hace falta regalarle la mitad de las acciones a alguien de la Casa Real, se vieron reforzados por los cables diplomáticos filtrados por WikiLeaks en noviembre de 2010. 

En uno de ellos, fechado el 11 de diciembre de 2009, la embajada de Estados Unidos cita a un empresario que dijo que “mientras las prácticas corruptas existían durante el reinado de Hasán II, se han vuelto mucho más institucionalizadas con (su hijo) el rey Mohamed VI”.

Por eso, se indica en otro cable, del 24 de abril de 2008, muchas voces piden que el rey “salga del mundo de los negocios, mencionando el conflicto inherente entre su papel como el árbitro final del sistema marroquí y como empresario y banquero líder dentro de él”.

En el documento de 2009 se narra la experiencia del director de una empresa que considera que “las mayores instituciones y los procesos del Estado marroquí son usados por el Palacio Real para coaccionar y exigir sobornos en el sector de bienes raíces”.

Según la revista Forbes la fortuna personal –en inmuebles y finanzas en Marruecos y en el extranjero– de Mohamed VI, sus hermanos y hermanas, oscila entre 4 mil y 5 mil millones de dólares.

Esto contrasta con la situación general de los marroquíes, de los que 15% vive con menos de dos dólares al día. En casi 12 años de reinado de Mohamed VI no se ha abatido el índice de analfabetismo de 50%. En el Índice de Desarrollo Humano de la ONU (que evalúa aspectos como la salud, el alfabetismo y el nivel de vida) Marruecos está en el lugar 130, después de Gabón, Fiji o los territorios palestinos ocupados por Israel.

Además, explica el politólogo, “los miembros del gobierno sólo necesitan demostrar su incondicionalidad hacia el rey para seguir en su puesto; de eso dependen y no de su eficacia”.

Cita el caso del primer ministro Abbas el Fassi. Éste asumió el cargo en 2007 pese a que como ministro de Empleo fue el centro de un escándalo: promovió un esquema para ofrecer 30 mil contratos de trabajo a desempleados. Decenas de miles de personas se registraron tras pagar 900 dirhams (unos mil 400 pesos) para un examen médico. La promesa jamás se cumplió y a nadie se le devolvió su dinero. Cuatro de los defraudados se suicidaron.

 

Medios amordazados

 

La opinión pública no se entera… o sólo parcialmente. Estos temas son venenosos para los periodistas marroquíes. Ali Anuzla, director del periódico en árabe Al Yarida al Ula fue procesado en 2009 por “dar falsas informaciones” sobre la salud del rey.

Muchos otros medios han sido cerrados por publicar caricaturas consideradas “ofensivas” o revelar asuntos incómodos. En los primeros 10 años de reinado de Mohamed VI al menos 30 periodistas fueron arrestados, procesados y sentenciados por “delitos de opinión”.

La única que logró mantener un pequeño margen de independencia fue la revista francófona Tel Quel, que ahora es víctima de la censura. Su director histórico, Ahmed R. Benchemsi, quien ya había visto cerrar su versión en árabe, Nichane, ahogada por un boicot publicitario orquestado desde el Palacio Real, tuvo que vender en diciembre su participación accionaria en la compañía editora y exiliarse en Estados Unidos, por haber publicado una encuesta sobre la popularidad del rey, asunto demasiado delicado.

La Tel Quel de ahora no tiene nada que ver con la de hace dos meses. En el artículo del director publicado en su número del sábado 19, en el que debía informar sobre la manifestación del domingo 20, se incluyen párrafos como éste: “Sí a la revolución. Sí a los cambios. Pero con el rey. No contra él. Es una elección y una convicción. Esta idea es producto de una reflexión y una sensibilidad que atraviesa los numerosos niveles de la sociedad marroquí”.

Los demás medios nacionales, por su parte, se ocuparon de describir a los convocantes de la concentración en malos términos: presentaron a algunos como expatriados que han perdido contacto con la realidad de su país y como dados a beber alcohol; sacaron una foto de otro dentro de una iglesia cristiana y a uno más con independentistas del Sahara Occidental.

El ministro de la Juventud, Moncef Belkhayat, puso una larga declaración en su página de Facebook en la que llamaba a los opositores a usar el diálogo en lugar de la presión popular.

“Mi posición personal –escribió– como ciudadano marroquí que vive en Casablanca y no en París o Barcelona, es que la marcha está manipulada por el (independentista Frente) Polisario con el objetivo de provocar peleas callejeras que debiliten la posición de nuestro país en Naciones Unidas, al respecto de la situación de los derechos humanos en el Sahara.”

Después de criticar al rey, la mayor ofensa que se puede cometer en Marruecos es simpatizar con el Frente Polisario o con la independencia del Sahara Occidental. Con estas afirmaciones se colocaba a los activistas en calidad de traidores a la patria y a la fe musulmana.

Montasser Drissi, de 19 años, fue uno de los convocantes de la marcha del domingo 20, una fecha en la que se esperaba que prendiera la chispa del cambio político en Marruecos, así como ocurrió el 17 de diciembre en Túnez y el 25 de enero en Egipto.

No les está resultando fácil, sin embargo, explicarse ante la gente y motivarla: “No tenemos reclamos contra la monarquía en sí misma”, afirma Drissi en actitud defensiva. “Queremos un gobierno que represente al pueblo, no a la élite”.

Después de una manifestación en solidaridad con el pueblo egipcio, el miércoles 9, Drissi y sus compañeros trataron de impulsar su propio movimiento con una llamada a manifestarse en las 15 mayores ciudades marroquíes el día 20.

Sus demandas son juzgar a los acusados de corrupción y “saqueo de las riquezas de la patria”, la liberación de los presos políticos, el reconocimiento oficial de la lengua tamazigh, el fin de la censura “directa e indirecta”, garantizar empleos en el sector público a todos los licenciados universitarios, elevar el salario mínimo y mejorar los servicios sociales.

Nada que cuestione la esencia del régimen. Y el gobierno ha tratado de manejar el reto con más inteligencia que fuerza: una semana antes del domingo 20 anunció incrementos en los subsidios a los alimentos y expresó su respeto por la libertad de manifestación, lo que demostró al permitir que las concentraciones se realizaran sin la presencia de la policía uniformada (aunque abundaban los agentes vestidos de civil).

La televisión mostró dos tipos de imágenes: las de admiradores del rey que se presentaron en las plazas y las de adolescentes que en ciudades como Tánger y Marrakech aprovecharon la ocasión para atacar comercios, no se sabe si espontáneamente o bajo consigna.

Así quedó neutralizada la otra posibilidad que tenía el naciente movimiento de dotarse de un elemento aglutinador: la furia de las víctimas de la represión.

 

 

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