La disputa por “Millennium”

El padre y el hermano del periodista y escritor Stieg Larsson no sólo se adueñaron de los derechos de la trilogía Millennium –la cual se convirtió en un fenómeno editorial en el mundo–, sino que autorizaron cambios en la obra original para adecuarla a las necesidades comerciales y a los proyectos cinematográficos hollywoodenses. En entrevista con Proceso, la viuda de Larsson, Eva Gabrielsson, denuncia estos abusos y relata la lucha que enfrenta para cuidar y administrar el trabajo literario del autor sueco.

 

ESTOCOLMO.- “No estoy en contra de hacer buenos negocios con libros de calidad, pero tengo muchas dudas sobre el tipo de industria en la que se está convirtiendo Millennium: Stieg Larsson está muerto y no puede garantizar la calidad de las traducciones, de las películas y de los productos derivados.”

Habla Eva Gabrielsson, la arquitecta sueca que desde hace más de seis años lucha por el derecho de administrar y cuidar la obra de Stieg Larsson.

Gabrielsson vivió 32 años con Larsson, quien murió de un infarto el 9 de noviembre de 2004. Pero quienes heredaron la fortuna literaria que dejó fueron su padre Erland y su hermano Joakim, quienes, según Gabrielsson, fueron unos completos extraños para el periodista y escritor sueco.

Gabrielsson y Larsson nunca se casaron: temían que las agrupaciones de extrema derecha, tema de investigación del periodista, extendieran sus amenazas de muerte hacia ella.

Así, la ley sueca dejó a Gabrielsson sin poder ejercer derecho alguno sobre la obra de Larsson, quien murió antes de que se publicara el primero de los tres tomos de la saga Millennium –Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire–, libros que han desatado uno de los fenómenos literarios más grandes de los últimos años, con 45 millones de ejemplares vendidos en el mundo en 40 idiomas.

La cita de Proceso con Gabrielsson tiene lugar en el Mellqvist Kaffebar, un establecimiento pequeñito y sin mesas donde apenas hay dos barras de madera en las que no caben más de 20 personas. Aquí venía Larsson con frecuencia a desayunar y escribir. También es uno de los sitios favoritos de los personajes de Millennium.

Gabrielsson acaba de publicar Millennium, Stieg y yo en Francia, Suecia y Noruega. Es un libro de 186 páginas en el cual narra episodios de su vida a lado del autor de Millennium, la cuesta emocional que debió remontar tras su muerte y la historia de traiciones que ha significado la disputa con el padre y el hermano del autor.

La edición en español estará a la venta en abril.

Abusos editoriales

 

En ese libro, como en la entrevista con Proceso, Gabrielsson explica que su cruzada por obtener los derechos de propiedad intelectual de Millennium comenzó el 9 de mayo de 2005, seis meses después de la muerte de Larsson.

Ese día Gabrielsson recibió una carta de la oficina de impuestos de Suecia que le avisó que Erland y Joakim habían hecho el trámite para nombrarse herederos de Stieg. Se adueñaron incluso de 50% de la propiedad del departamento de Estocolmo donde vivían Stieg y Eva, quien lo sigue habitando. Ella sólo heredó unos muebles valuados en 131 euros.

Hasta ese 9 de mayo de 2005, los Larsson le habían asegurado a Gabrielsson que estaban de acuerdo en que ella se quedara con todo. Así lo había estipulado Stieg en un testamento dirigido a Erland y fechado el 9 de febrero de 1977, cuando estaba a punto de partir a África.

Pero ese documento –que Gabrielsson leyó durante el funeral de Stieg el 10 de diciembre de 2004 en presencia de Erland– carece de valor porque nunca fue notariado.

Y cuando Stieg firmó en abril de 2004 el contrato con la editorial Norstedts para la publicación de Millennium, dejó pendiente la institución de una compañía que administrara los derechos de tales libros, como se lo había sugerido la editorial.

Según comenta Gabrielsson, ella hubiera sido nombrada “cofundadora” de esa entidad legal y hubiera obtenido el poder de controlar el negocio y el contenido de la obra junto con Stieg.

Conforme las aventuras del periodista Mikael Blomqvist y la hacker superdotada Lisbeth Salander se fueron revelando como un enorme negocio, Norstedts y la familia Larsson comenzaron a actuar contra los deseos de Stieg.

Gabrielsson asegura, por ejemplo, que él jamás concedió a Norstedts los derechos cinematográficos ni de producción de audiolibros. Su intención, explica Eva, era contratar un agente de representación y un estudio de cine estadunidense.

Además Stieg había cedido a la firma Pan Agency (de Norstedts) los derechos para vender el libro en el extranjero, pero sólo en formato “de bolsillo”. Por un error, dice Gabrielsson, Stieg no firmó la página principal relativa a esos contratos. 

Eso permitió a Norstedts acordar con Erland y Joakim Larsson nuevos contratos más favorables para la editorial que los originales. En agosto de ese año se supo que la productora Yard Bird había obtenido de la editorial el permiso para adaptar Millennium a la gran pantalla.

Gabrielsson refiere que, en ese contexto, un día de agosto de 2005 ella y su hermana Britt se reunieron con Joakim. Éste le propuso una solución insólita: un matrimonio arreglado con Erland, el padre de Stieg. Eva ni siquiera respondió.

Presiones

 

Moggliden es el nombre de la compañía creada por Erland y Joakim Larsson para gestionar los ingresos generados por los libros Millennium.

En octubre de 2005, con el éxito del primer Millennium en marcha, los Larsson comenzaron a presionar a Gabrielsson para que entregara las páginas que Stieg había escrito del cuarto tomo. Si no lo hacía, la amenazaron, podía olvidarse de recibir como donación, tal como le habían prometido, la mitad del departamento de Estocolmo donde ella vivía.

Como hasta ahora, su respuesta fue que ella no tenía la computadora portátil de Stieg, propiedad de la revista Expo, en la que “probablemente” se podría hallar ese texto.

Cuenta Gabrielsson que durante el primer semestre de 2009 la prensa informó que las productoras Yellow Bird y Sony sostenían pláticas en Hollywood para llevar a la pantalla una adaptación estadunidense de Millennium.

El 25 de octubre de 2009 Gabrielsson recibió la llamada de un reportero del diario Aftonbladet, quien le pedía su opinión acerca de los 218 mil euros que los Larsson le iban a depositar. La pregunta la sorprendió: no tenía idea de eso.

Una semana después, el 2 de noviembre, le ocurrió lo mismo cuando leyó en una columna del diario Svenska Dagbladet que los Larsson habían elevado su ofrecimiento a 2 millones 100 mil euros.

Un mes más tarde, Gabrielsson comprendió el trasfondo de tan inesperados ofrecimientos después de leer un artículo de la revista estadunidense American Variety donde se publicaba que las negociaciones entre Sony y Yellow Bird se habían rezagado desde hacía seis meses a causa del diferendo relativo a los derechos de Millennium.

Sin acuerdo

 

Los abogados de Erland y Joakim Larsson establecieron contacto con Eva y su abogada. Esta vez le ofrecieron un asiento en el Consejo de Dirección de la compañía Moggliden.

Lo rechazó.

En una nota del 17 de junio de 2010, Joakim se manifestó consternado: “Ella (Eva) tendría una voz (en la compañía) como yo o mi papá. Los dos, por ejemplo, podrían votar contra mí, como sucede con cualquier consejo”.

Gabrielsson detalla que ese puesto sólo le daría acceso a los estados financieros y a los contratos de Moggliden, pero no un voto igualitario para decidir sobre la utilización de la saga Millennium ni de los artículos y reportes periodísticos de Stieg.

Agrega Gabrielsson en la entrevista con este semanario:

“Ellos (los Larsson) son los propietarios de esa compañía. Yo no ejercería ninguna influencia sobre sus decisiones sólo por integrarme al Consejo de Dirección. Sería una especie de consultora. Incluso ellos podrían despedirme cualquier día. Podrían rechazar todas mis sugerencias. La industria cinematográfica y editorial tiene mucha influencia sobre ellos y les dice qué funciona mucho mejor comercialmente cambiando esto o aquello de los libros originales. Yo no podría tener un lugar en esa compañía.”

–¿Usted quiere crear la suya?

–Sí. Quiero gestionar el legado literario yo misma a través de mi propia compañía.

–¿Qué pasaría con la empresa de los Larsson?

–Ellos pueden continuar administrando los ingresos, que alcanzan entre 40 y 50 millones de euros. Pueden controlar el dinero. La Ley de Derechos Intelectuales de Suecia permite transferir el derecho moral de una obra a otra persona. Desde 2005 se los he propuesto y siempre me contestan que no.

“No quieren porque ellos (los Larsson) ya vendieron a las empresas cinematográficas los derechos para que éstas puedan ‘desarrollar’ los personajes de Millennium. Significa que ahora son ellas las dueñas de Mikael Blomqvist, Lisbeth Salander y cada uno de los protagonistas de la novela. Esas empresas pueden escribir sus propios libros o realizar sus propias películas con los personajes.”

Gabrielsson acusa a los Larsson de estar haciendo un mal uso de sus derechos. Cuenta una historia sorprendente. El médico Anders Jakobsson alguna vez le recriminó a los Larsson su negativa a compartir la herencia con Eva.

Jakobsson aparece en el tercer tomo de Millennium como el médico de guardia que opera de emergencia a Lisbeth Salander en el hospital Sahlgrenska de Gotemburgo.

Tras esa recriminación, el nombre del médico fue cambiado en la novela por el de Anders Jonasson.

“Eso es ilegal ante la ley de propiedad intelectual porque están modificando la obra original del autor”, dice indignada Gabrielsson. “Pero los únicos facultados para demandar tales abusos”, se lamenta, “son la editorial Norstedts o los Larsson”.

Recuerda otro ejemplo. “En el primer libro, cuando Mikael Blomqvist va saliendo del Palacio de Justicia después de haber sido hallado culpable de haber calumniado al financiero Wennerström, alguien le pregunta ‘¿cómo te sientes?’. En la versión sueca original él responde: ‘Me siento como un saco de mierda’. Pues en la traducción al inglés su respuesta es: ‘Este es el peor día de mi vida’”.

Las modificaciones al título original del primer tomo también molestan a Gabrielsson. En lugar de Los hombres que odian a las mujeres, las ediciones en español y en francés prefirieron el título menos agresivo de Los hombres que no amaban a las mujeres (Les hommes qui n’aimaient pas les femmes), mientras que la versión en inglés de plano cambió el título a The Girl With the Dragon Tattoo (La chica con el tatuaje de dragón).

Esa misma versión también transformó completamente los otros títulos de la trilogía a algo así como La chica que jugaba con fuego y La chica que pateaba el avispero.

“Los editores suecos –acusa Gabrielsson– siempre quisieron que Stieg cambiara el título del primer libro; decían que no era comercial. Pero él siempre se negó. Tengo el correo electrónico donde él les contesta: ‘Lo rechazo, no asumo ese compromiso’”.

En abril de 2010, Gabrielsson propuso a los Larsson, a través de su abogada Sara Pers-Krause, que continuaran explotando comercialmente los derechos de Millennium y que le cedieran a ella los derechos de los “otros textos” de Stieg, como sus artículos y reportes sobre la extrema derecha.

“Un mes y medio después de nuestra propuesta –relata–, Joakim y Erland respondieron a mi abogada, simultáneamente en la prensa y por email, que habían decidido abandonar las negociaciones conmigo. Rompieron los contactos de manera unilateral en junio de 2010.”

–¿Existe algún recurso legal que obligue a los Larsson a ceder los derechos que usted reclama? ¿O la actual situación podría ser definitiva?

–No puedo ir a los tribunales para exigir una herencia, ya que Stieg y yo sólo vivíamos juntos. Pero sí podría ir a los tribunales y reclamar los derechos de propiedad intelectual probando mi contribución en la elaboración de Millennium, lo que me convertiría legalmente en coautora.

“Pero si decido introducir esta demanda yo misma tendría que financiarlo. Además trabajo siempre y no sé cuándo encontraría el tiempo para juntar los documentos necesarios. Necesitaría mucho tiempo sólo para preparar el caso. E incluso haciendo eso no sé si tendré resultados. Es una cuestión de dinero, la justicia en este caso significa gastar mucho, mucho dinero”, concluye Gabrielsson.

 

 

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