Disparos hacia la nada…

En Libia el ejército rebelde se entrampa en sus propias limitaciones: carece de estructura, mandos y estrategia. La mayoría de sus integrantes son jóvenes que acuden al frente de batalla con entusiasmo pero sin entrenamiento ni disciplina; muchos apenas saben utilizar el escaso armamento que poseen. Enfrentan así a las fuerzas leales a Muamar El Gadafi, las que, por el contrario, son profesionales, están bien pertrechadas y reciben apoyo de la aviación y la artillería…

 

RAS LANUF /BENGASI, LIBIA.- Los cinco combatientes saltan a tierra cuando la pick-up que los transporta se detiene, proveniente de la línea de combate entre las poblaciones de Ras Lanuf y Ben Jawad. El peso de una canana con proyectiles para la ametralladora, emplazada en la caja del vehículo, casi hace caer al hombre que la lleva alrededor del cuello.

Sus compañeros festejan la escena chusca con carcajadas, excitados por las descargas de adrenalina a raíz del enfrentamiento con las tropas de Muamar El Gadafi.

“¡Les dimos con todo!”, grita Mustafa el Nafjan, de 22 años, y lanza una ráfaga al aire con su rifle Kalashnikov mientras exclama “¡Allahu akbar!” (Dios es el más grande) entre sus compañeros.

–¿Los hicieron retroceder? –pregunta el corresponsal.

–No, no sé…

–¿Hirieron a alguno?

–Puede ser, ¡seguro que sí!

–Pero… ¿tú los viste?

–De lejos, porque si te acercas te pueden dar.

–Entonces, ¿cómo disparabas contra ellos?

–¡Así!

Hace un ademán con el arma, sosteniéndola con una sola mano mientras aprieta el gatillo. Las balas salen sin dirección y la “patada” del fusil hace que Mustafa pierda el control de los disparos. Los hombres que están alrededor gritan y uno de ellos salta para detener al muchacho. Hay una pugna para quitarle el rifle que termina cuando se vuelve a escuchar una detonación. Mustafa logra retener el arma y subraya su victoria con disparos al aire.

Entonces se escucha el ruido de un avión. Nadie lo ve pero los operadores de las baterías antiaéreas empiezan a disparar, cada quien hacia la región del cielo que les parece mejor. Algunos de los 200 o 300 rebeldes que se encuentran en ese punto avanzado de control carretero y abastecimiento, en Ras Lanuf, comienzan a correr en desorden.

Luego se escucha una explosión seguida de una columna de humo que se eleva aproximadamente 200 metros, a unos dos kilómetros de distancia. La gente se pone de pie para gritar “¡Allahu akbar!”. Muchos se disputan un sitio frente a las cámaras de televisión para cantar y bailar. Mustafa y decenas de sus compañeros descargan sus fusiles al aire mientras las baterías retumban con tiros hacia la nada. Los cañones con alcance de 20 kilómetros disparan hacia las dunas y su estruendo amenaza con romper los tímpanos.

La guerra en una línea 

 

En el extremo occidental del país, las fuerzas de Gadafi controlan el puesto de Ras el Ajdir, fronterizo con Túnez. Después sigue una línea de ciudades rebeldes (entre las que se encuentra la de Zauiya), interrumpida sólo por la capital, Trípoli, donde el dictador ha concentrado sus fuerzas. El trazo se reanuda en la tercera ciudad más grande del país, la revolucionaria Misrata. Hasta el miércoles 9, esta última ciudad y Zauiya eran asediadas por las tropas gubernamentales.

Aunque los rebeldes quisieran enviarles ayuda militar desde el oriente, que está casi totalmente en sus manos, a la mitad del trayecto se encuentra Sirte, lugar donde nació Gadafi y uno de sus puntos fuertes.

Tras sus rápidas conquistas territoriales en los primeros días de la rebelión, los combatientes en Bengasi ya tenían un programa: realizar sus oraciones el viernes 4; desplazarse en cientos de vehículos para recuperar los vitales puertos petroleros de Brega y Ras Lanuf, ocupados días antes por los gadafistas; conquistar Sirte el sábado 5; reforzar Misrata, y el lunes 7 o el martes 8 imponerse en Trípoli, y de ser posible capturar al dictador.

Así, a grandes rasgos, creían que iba a ser sencillo. “Debería regresar el lunes a Bengasi porque tengo cosas que hacer; pero Trípoli está a mil kilómetros, me va a quedar lejos”, dijo el joven Mustafa el Nafjan, en Brega, el viernes 4.

En el hospital de Brega, Abdullah Abdallah, un médico egipcio que al igual que muchos otros llegó como voluntario, explica que más de la mitad de los heridos no fue víctima de los ataques gadafistas, sino de accidentes provocados por falta de adiestramiento en el uso de las armas.

Un hombre comenta: “Encontramos un cañón viejo, lo reparamos y lo limpiamos. Cuando quisimos probarlo, mi amigo se paró detrás de él, pero no sabíamos que al dispararlo el grueso casquillo salta hacia atrás, hirviendo. Lo golpeó en el pecho y el rostro”. 

Al Jazeera difundió un video –que ya se encuentra en You Tube– en el que se ve a un rebelde cuando patea un cañón que en ese momento estalla. Al disiparse la nube de humo, la persona ha desaparecido.

A otros combatientes los han herido sus propios compañeros por disparos de diversión, tan innecesarios como constantes. El Nafjan asegura que eso no le ocurrirá a él: “Muchos tontos van a pelear sin haber aprendido cómo usar las armas, pero yo fui al centro de reclutamiento para que me enseñaran”. 

–¿Cuánto duró el curso? 

–Fueron dos días… creo que unos 30 minutos en total.

“Necesitas cuando menos un mes de entrenamiento para saber cómo utilizar un Kalashnikov”, afirma Ibrahim al Khodeiri, quien perteneció al ejército libio durante 22 años y se retiró hace tres.

 

Sin orden ni mandos 

 

El martes 8, Mustafa no estaba en Trípoli como esperaba, sino que seguía estancado en Ras Lanuf junto con muchos otros combatientes, y sin idea de cuándo podría avanzar hacia Sirte. El domingo 6, él y sus compañeros fueron expulsados de Ben Jawad, un pueblo intermedio que desde entonces fue fortificado por los gadafistas con tanques, artillería y francotiradores apostados en las azoteas de las casas, cuyos habitantes fueron desalojados.

En el punto de control de Ras Lanuf, un combatiente circula en un auto y mediante altavoz le advierte a la gente que no se acerque a Ben Jawad: “¡Es peligroso! ¡Están disparándonos con miras telescópicas!”.

Pocos le hacen caso. Algunas camionetas con ametralladoras avanzan hacia la línea de combate y otras regresan, sin que haya más motivo para ello que los deseos de sus ocupantes. El sitio se parece más a un parque de diversiones que a una plataforma para lanzar ataques; la gente hace filas frente a las baterías antiaéreas para montarse y disparar.

Jóvenes y viejos vacían los cargadores de sus armas mientras bailan; alrededor de las cámaras de televisión hay tumultos de combatientes vestidos con cualquier prenda que les diera aspecto militar. Los de más estilo lucen boinas estilo Che Guevara y jafiyas (pañuelos blanco y negro) como los que usaba Yaser Arafat.

En las fuerzas rebeldes de Ras Lanuf no existen mandos ni estructura; en ellas también se carece de orden y planes concretos. Cada quien hace lo que quiere. La madrugada del lunes 7, los empleados del único hotel de ese poblado despertaron a los periodistas alojados ahí para que se marcharan. El motivo: los combatientes se habían ido a sus casas y dejaron el pueblo expuesto a un ataque enemigo.

El sábado 5, la cadena británica BBC reportó que un oficial al que se le encomendó ponerse al frente de la ofensiva tuvo que escapar del punto de control rebelde de Ajdabiya –a mitad de camino entre Ras Lanuf y Bengasi– con dos adolescentes negros para salvarlos. De otra manera, ni sus órdenes ni sus amenazas hubieran evitado que la multitud de voluntarios los linchara, pues sospechaba que eran mercenarios de Gadafi.

En Bengasi, capital “provisional” del Consejo Nacional Interino de Transición, su portavoz, Abdel Hafiz Ghoga, se niega a explicar a este semanario a qué se debe el impresionante caos que reina en las fuerzas rebeldes. Se limita a decir que “los combatientes están en contacto con sus comandantes, los comandantes con el responsable militar, y éste con el Consejo”.

En el frente los combatientes con más experiencia, como Ahmed Fathi, un soldado que desertó para pasarse al bando opositor, se preguntan dónde están los batallones del ejército y la fuerza aérea que, de manera organizada y con sus mandos, actúan ahora bajo la bandera tricolor de la Libia liberada. El estancamiento de los revolucionarios en Ras Lanuf no fue una sorpresa para él; “iba a ocurrir más temprano que tarde”, dice. También sostiene que los gadafistas están reuniendo tanques y tropas en Sirte para lanzar una ofensiva.

“Nos van a arrasar”, advierte.

Finalmente, el miércoles 9 unidades militares desertoras empezaron a proporcionar cobertura a los voluntarios, que así pudieron avanzar sobre Ben Jawad (al cierre de esta edición estaban dentro de la población), aunque a un alto costo humano: de acuerdo con reportes preliminares se contabilizaron 50 muertos.

La intervención del ejército es un refuerzo cualitativo para la ofensiva, pero muchos dudan que sea suficiente para ir muy lejos. “Creo que a Gadafi le encantaría que atacáramos Sirte una y otra vez”, apunta Fathi. “Ahí se ha fortificado y sabe que nos podemos desgastar eternamente sin obtener resultados”.

Aunque en cualquier otro país el ejército nacional es la fuerza militar más fuerte, en Libia Muamar El Gadafi, quien como coronel encabezó un golpe de Estado a los 27 años, en 1969, siempre ha desconfiado de esa institución y la ha asfixiado con bajos presupuestos. En cambio, ha destinado enormes sumas para crear guardias privadas que lo protegen a él y a sus hijos. Estos grupos paramilitares cuentan con sólidas estructuras y armamento de la mejor calidad.

Una visita a los cuarteles de la zona de Bengasi revela el precario estado del ejército y la fuerza aérea libios. En el aeropuerto de Benina, por ejemplo, sólo hay dos aviones en mal estado. “Estamos listos para defender las ciudades liberadas del oriente de Libia”, dice a este semanario Abdallah al Hassi, coronel de la aviación.

–¿Apoyarán el avance de los voluntarios sobre Sirte y el occidente?

–Ésta es una revolución de la juventud y como tal la respetamos.

–¿Van a realizar ataques aéreos o a impedir los bombardeos de los aviones gadafistas sobre las columnas rebeldes? 

–No queremos convertir esto en una pelea entre dos bandos. Si nos atacan nos defenderemos.

El miércoles 9, Ghoga insistió por enésima vez en la petición del Consejo Nacional de que la ONU imponga una zona de exclusión aérea en Libia para impedir que la fuerza aérea del dictador siga hostigando a los revolucionarios.

Ese mismo día, el reportero habló vía telefónica con Mustafa el Najfan, quien se encontraba en Ras Lanuf. “Bombardearon uno de los tanques de combustible”, comentó. En efecto, la aviación de Gadafi voló varios de esos depósitos de los que Bengasi obtiene sus energéticos.

“Vamos todos de regreso a casa –apuntó Najfan con un dejo de cansancio–. Tengo que ver a mi madre. Espero que la próxima semana podamos venir a pelear. Dios lo quiera.

 

 

 

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