Gonzalo Rojas, un poeta sin prisa

MÉXICO, DF., 3 de mayo (Proceso).- A diferencia de otros grandes, no publicó precozmente, pero cuando entregó su primer libro apareció de cuerpo completo. Y construyó a lo largo de su trayectoria en las letras una obra única, rica, original, que aún espera ser recogida en su totalidad. En México se trabaja ya con miras a ello.

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“Consíguete una vida de 80 años –le dijo Roberto Matta a Gonzalo Rojas– porque la vida empieza a los 70.”

Clarividente siempre, dentro y fuera de sus estupendos cuadros, el gran pintor chileno aconsejaba así a su amigo hacia 1981. No cabe duda de que Rojas lo escuchó y lo siguió: en los últimos 23 de su vida de casi 94 años, nunca dejó de ser un muchacho lleno de buen humor y fortaleza –fortaleza en serio: en su casa, en Chillán, tenía una barra fija en la que, ya octagenario, solía ejercitarse.

Su lozanía física era indesligable de su lozanía mental, patente en todos sus poemas, así como en las entrevistas que concedió cada vez más numerosas a raíz de la sucesión de importantes premios de poesía, chilenos e internacionales, con que su obra se vio distinguida desde 1992, cuando obtuvo el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Sus lectores deben alegrarse de que el poeta haya tenido oportunidad de disfrutar de tantos reconocimientos. No siempre fue así.

La poesía de Gonzalo Rojas empezó a tener amplio reconocimiento fuera de Chile sólo a partir de 1977, cuando tenía 60 años de edad y vivía exiliado en Venezuela, con la aparición de Oscuro, título impreso por Monte Ávila Editores en la mejor época que ha vivido ese sello, bajo la dirección del poeta Juan Liscano. Antes, había publicado únicamente dos libros: La miseria del hombre y Contra la muerte, que en sus primeras ediciones fueron financiados por el propio autor.

Oscuro está compuesto por poemas extraídos de ambos, más un importante número de inéditos, y es el primer volumen en el que Rojas ensaya la combinación de textos escritos en diferentes épocas, algo que continuará practicando en todos sus siguientes libros.

Ciertamente Rojas no era un desconocido en el ámbito literario de América. Los relevantes encuentros internacionales de escritores que ideó y organizó en la Universidad de Concepción en enero de 1960 y enero de 1962 hicieron que se relacionara con algunos de los mejores escritores de todo el continente, incluidos Brasil y los Estados Unidos. Además, una nueva edición de Contra la muerte hecha en La Habana en 1965 por Casa de las Américas había contribuido a aumentar la resonancia de su trabajo. Pero Oscuro fue, para muchos, la revelación –como reza el final de la solapa, tal vez redactada por el propio Liscano– de “uno de los destinos más luminosos e igualmente necesarios de la actual poesía hispanoamericana”.

 

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En un país en el que, históricamente, buena parte de sus poetas mayores ha hecho gala de precocidad a la hora de editar su primer libro –Vicente Huidobro tenía 18 cuando apareció Ecos del alma; Neruda 19 cuando se publicó Crepusculario–, Rojas parece demasiado moroso. La miseria del hombre termina de imprimirse el 15 de julio de 1948, seis meses antes de que cumpla 31 años.

Es un libro escrito entre 1935 y 1946, según señala Marcelo Coddou, uno de los estudiosos de la poesía de Rojas. Ese año gana un concurso de la Sociedad de Escritores de Chile cuyo premio es la edición de la obra, pero después de dos años en los que no hubo signos de que esa edición se materializara, decidió retirarlo y publicarlo por su cuenta.

Su publicación produjo comentarios encontrados. Uno de los críticos más influyentes de Chile, Hernán Díaz Arrieta –cuya escueta firma literaria era “Alone”– escribió que con obras así la literatura chilena no prometía nada bueno. Gabriela Mistral, en cambio, le envió a Rojas una carta llena de entusiasmo.

En dos tercios de ese libro no se halla el Gonzalo Rojas que conocemos hoy, salvo en germen, en actitud. Pero en el tercio restante se encuentran poemas que seguimos leyendo, fascinados, como “La salvación” o “Perdí mi juventud”, que demuestran que el poeta ya estaba formado del todo desde entonces. Sólo requería de tiempo para espigar mejor su grano.

Y tiempo fue lo que Rojas supo darse. Pasaron 16 años antes de que publicara Contra la muerte. Apareció con el sello de la Universidad de Chile, pero él pagó los costos del tiraje. Allí sí se encuentra el poeta en plenos poderes. Sin embargo, fuera de la segunda edición cubana, que tiene algunas variantes con respecto de la chilena, tampoco volvería a recoger ese libro en su totalidad.

Pasarían después 13 años para llegar a Oscuro. Bien decía Rojas: “Siempre me he demorado para escribir y para publicar. Pero es que no se debe comer de prisa, no se debe viajar de prisa, no se puede hacer el amor de prisa…”.

Por fortuna, no hubo que esperar un plazo demasiado largo para que apareciera un nuevo libro suyo. Esta vez, en México. El Fondo de Cultura Económica publicó en 1981 Del relámpago, un libro semejante a Oscuro, pero mucho más amplio: mientras que éste recoge 126 poemas, Del relámpago contiene 177 (y hay diferencias notables entre lo que se incluye y se excluye en cada libro).

En términos de circulación, este nuevo libro tuvo un alcance todavía más grande y colaboró de manera importantísima a difundir la obra de Rojas. El Fondo es, por cierto, una de las casas editoriales que mayor número de obras del poeta tiene en su catálogo, y México una de sus principales cajas de resonancia, tanto en términos editoriales como de apreciación crítica. (No debe olvidarse que, entre las diversas distinciones que se le otorgaron en nuestro país, fue el primer destinatario del Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo, en 1998.)

 

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Con tantos amigos y admiradores como tiene en México, es en verdad una lástima que Gonzalo Rojas no haya vivido aquí una temporada larga.

Vivía en La Habana, y estaba a punto de asumir su encargo como embajador de Chile ante Cuba, cuando de pronto se encontró a la deriva tras el golpe militar contra Salvador Allende. Quiso exiliarse en México, pero un funcionario de la embajada mexicana en La Habana le dijo que no era posible concederle el asilo (Proceso 1588).

Peor para nosotros: no sólo habría enriquecido y animado nuestra vida literaria con su sola presencia, sino que seguramente habría sido un excelente profesor de literatura –como lo fue en Chile durante tantos años– en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

De su conocimiento sobre nuestro país y de su afecto por él habla de manera contundente un breve pero desbordante ensayo titulado Hambre de México, escrito en el 2006 y publicado ese mismo año en el número 15 de la revista Líneas de fuga.

Por fortuna, vino en muchas ocasiones y conoció muchas ciudades además del Distrito Federal. Extrañamente, nunca viajó a Oaxaca. Habría sido sensacional ver el chisporroteo que habría ocasionado un encuentro suyo con Francisco Toledo, si bien, de alguna manera, el diálogo entre los dibujos, pinturas y palabras de esos dos grandes heraldos de Eros ya está dado en la imaginación. Pero sería magnífico que el capítulo mexicano de la Fundación Gonzalo Rojas lograse materializarlo a través de una exposición.

Queda también la tarea de reunir en un volumen los ensayos que Rojas comenzó a escribir desde muy joven –a los 17 años, luego de leer Residencia en la tierra, escribió un ensayo llamado Los treinta años de Pablo Neruda (“Ahí me atrevía yo, sin grandes bases teóricas, a mirar en un ejercicio el tema de las materias, la visión de las materialidades en Neruda y Gabriela Mistral…”).

Sus ensayos, artículos y notas son la parte menos conocida de su obra porque aún se encuentran dispersos en diarios y revistas (entre ellas Antártica, de la cual fue jefe de redacción en la segunda mitad de 1940), pero desde 1936, año en que comenzó a colaborar con el periódico El Tarapacá, hasta principios de los años sesenta, escribía con regularidad sobre los libros que leía y los autores que admiraba. Esa reunión de textos brindará una muy buena idea de la vastedad de sus intereses, si bien ya es bastante visible en su poesía.

Por ahora la actividad primordial entre tantas otras posibles es editar la obra poética completa. Hasta hoy, la compilación de poemas que más se aproxima a esa idea es la Obra selecta coeditada por el FCE y Biblioteca Ayacucho. Pero los “papeles” (como Rojas solía llamar a sus poemas) escritos en el curso de más de 70 años pueden sumar probablemente el doble de los que contiene ese volumen.

Ordenarlos, compulsarlos y puntualizar sus variantes, anotarlos, es decir, practicar con ellos lo que entre especialistas se llama filogenética (establecer la evolución de un texto) requiere de un esfuerzo que sólo puede realizarse cuando existe fervor.

Quien se ha entregado de lleno a tal empresa es la escritora Fabienne Bradu, presidenta del capítulo mexicano de la Fundación Gonzalo Rojas, que ha invertido en el estudio de la obra del chileno casi 15 años.

De hecho, el interés y entusiasmo que la obra de Rojas suscitó en ella la ha llevado a escribir un par de libros de diferente naturaleza –uno testimonial (Las vergüenzas vitalicias. Diario de Chile), y otro ensayístico (Otras sílabas sobre Gonzalo Rojas)– que brindan evidencia más que convincente de la puntualidad de sus conocimientos. Por esos mismos motivos Bradu empezó hace ya algún tiempo a escribir la biografía del poeta, faena que ahora se ha visto obligada a interrumpir para dedicarse a esta labor prioritaria que, al parecer por lo que se ha avanzado, concluirá pronto.

Cuando la obra poética completa esté en el umbral de la imprenta reanudará la redacción de la biografía en la que, dice, avanza a paso lento y difícil. No es para menos. Quien conoce el enorme corpus de entrevistas hechas a Rojas (una de las fuentes más apetitosas para un biógrafo profesional) sabe que, de manera similar a lo que sucede con los poemas, hay que compulsar varias versiones antes de poder establecer fechas y datos relativos a los ires y venires del poeta.

 

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Podemos anticipar el fallecimiento de nuestros mayores pero quizá porque nos resistimos a ello, hacemos a la idea de que nunca va a ocurrir. Ahora que Gonzalo Rojas ha muerto, cabe hacerse eco de las palabras de uno de los poetas chilenos que vienen detrás de él, Diego Maqueira: “Por fin venció a la muerte. Sólo muriendo se acaba con la muerte. Dio su vida a la poesía para acabar con la muerte. Ahora saldrá de la miseria, de la maravilla del hombre y de lo oscuro. Me alegro mucho por él y me entristezco por nosotros”.

 

 

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