Carstens, una derrota anunciada

MÉXICO, D.F. (apro).- Supo desde el principio de sus pocas posibilidades para ganar el puesto de director gerente del Fondo Monetario Internacional. Agustín Guillermo Carstens Carstens tenía claro el peso de la regla no escrita de que el FMI es para un europeo y el Banco Mundial, para un estadunidense, según se acordó desde la creación de ambas instituciones multilaterales, al término de la Segunda Guerra Mundial.
Supo de antemano que, precisamente por la complicada situación económica de Europa –asfixiante en el caso de Grecia, España, Irlanda y Portugal, con inéditas crisis de deuda–, los países de la zona se unirían fuertemente en torno de la candidatura de la francesa Christine Lagarde, ministra de Finanzas de su país y coordinadora de asuntos económicos del G-20.
Tampoco se engañaba en relación a los países “emergentes”, que están lejos de conformar un bloque unido, con aspiraciones coincidentes, pues los más relevantes de ese grupo virtual –los famosos BRIC: Brasil, Rusia, India y China– tienen intereses muy particulares y, a veces, divergentes.
Y, además, tenía clara la fría relación con Brasil, que ha disputado con México el liderazgo para representar a Latinoamérica en foros internacionales. En la última, México no apoyó al brasileño que competía para dirigir a la FAO, la organización de la ONU para la agricultura y la alimentación. Y a México no le gustan mucho, que digamos, los empeños de Brasil para ser reconocido como un actor económico clave, superior a nuestro país.

Finalmente, conocedor del FMI en sus entrañas, Carstens sabía que la Unión Europea concentra 40% de los votos en el organismo. Una decisión contraria a él, de parte de Estados Unidos, que tiene el 17% de los votos, acabaría con sus sueños de dirigir el FMI.
Pero la fe, la convicción de Carstens de que era posible un cambio en el FMI –en su presencia en el mundo, en sus formas de operar, en recuperar su legitimidad, de darle más presencia en él a los emergentes, y aun en las formas de elegir a su dirigente–, fue lo que lo llevó a no cejar en su empeño por dirigir al organismo.
Aguantó hasta el final. Fue escuchado en las altas esferas de la economía en China, Brasil, España, India, Estados Unidos… Pero sólo eso. No obtuvo nada de los países que visitó, salvo elogios de ser un economista brillante, un candidato sólido, con grandes prendas para dirigir al FMI.
Todavía el fin de semana albergaba esperanzas, alentadas por el poyo público de Australia, Canadá y Chile. Que acabaron de diluirse el lunes: China y Rusia anunciaron su apoyo a Lagarde. La puntilla la dieron el martes Brasil y Estados Unidos, que se esperaron al último para anunciar su apoyo a la francesa.
El sueño se acabó hoy mismo (martes) en la mañana, antes de que iniciaran su reunión los 24 miembros del Directorio Ejecutivo del FMI para analizar las dos candidaturas.
Las palabras del secretario del Tesoro de Estados Unidos, Timothy Geithner, hicieron prácticamente inútil la reunión y el conteo de votos. “Estoy complacido de anunciar nuestra decisión de apoyar a Christine Lagarde para encabezar el Fondo Monetario Internacional. El excepcional talento de la ministra Lagarde y su amplia experiencia, dotará al FMI de un liderazgo invaluable en un momento crítico para la institución y para la economía global”, dijo Geithner.
Así fue: no hubo necesidad de analizar las candidaturas, sus propuestas, sus méritos y, por lo tanto, no hubo necesidad tampoco de una votación de los miembros del Directorio Ejecutivo. La decisión fue tomada por consenso a favor de la francesa Lagarde.
Y, anunciado el nombramiento de ésta, todo mundo se volcó en felicitaciones y elogios. La diplomacia imperó. El propio gobierno mexicano, a través de las secretarías de Hacienda y de Relaciones Exteriores, felicitó a Lagarde, y le deseó “el mayor éxito en el desempeño de sus funciones al frente de dicho organismo”.
Más: “Su trayectoria profesional y su acreditada capacidad de liderazgo son una base sólida para conducir al Fondo en las complejas circunstancias por las que atraviesa la economía internacional, tarea en la que contará con el firme respaldo de México.”
El propio Carstens emitió un breve comunicado, en el que felicita a Lagarde por su nombramiento, la calificó como “una muy competente líder de la institución”; le expresó sus “mejores deseos y apoyo”.
También: “Al mismo tiempo, espero que bajo la dirección de la señora Lagarde el FMI realizará progresos significativos para fortalecer la gobernabilidad de la institución y así asegurar su legitimidad, su cohesión y, en último término, su efectividad.”
No hay duda de que para Agustín Carstens fue dolorosa la derrota. Pedía una elección basada en méritos y no la hubo.
Lagarde es abogada y apenas lleva unos cuántos años en las lides económicas; Carstens tiene más de 30 años viéndoselas con crisis económicas, en México y en el mundo, pues trabajó seis años, en dos periodos, en el FMI, y el resto en el Banco de México y la Secretaría de Hacienda.
Pedía transparencia en la elección y tampoco la hubo. Conocido el voto de los países con mayor peso en las decisiones del FMI, se obvió el análisis real de las candidaturas.
Pero por lo que, quizás, más le duele a Carstens no estar en el Fondo, es porque es un ferviente admirador del FMI, un convencido de la utilidad el organismo. Podría decirse, incluso, que trae al FMI en la sangre y en los huesos.
El siguiente es un fragmento de la entrevista que Proceso le hizo para su edición 1569, del 26 de noviembre de 2006, cinco días antes de que Felipe Calderón fuera ungido como presidente de la República y Carstens asumiera como secretario de Hacienda:
Pero a Carstens no le incomodan las críticas por sus orígenes académicos ni por sus vínculos con el Fondo Monetario Internacional (FMI), donde se desempeñó primero como director ejecutivo -en representación de México y siete países más- y luego, de agosto de 2003 a mediados de octubre de 2006, como subdirector gerente, el segundo nivel de mando en ese organismo.
Carstens se ríe de las etiquetas que le endilgan. Dice, en entrevista con Proceso: Los Chicago boys “no son la expresión de una escuela o de una doctrina económica”. Y matiza: “En todo caso somos economistas, como cualquier buen economista que se precie de serlo, que tenemos muy claro que la tarea fundamental es cómo asignar mejor los recursos cuando no hay suficientes ingresos para atender todas las necesidades. Es simple: ante una situación de restricción presupuestal el objetivo es cómo maximizar los recursos.

Aplicar recetas
El próximo secretario de Hacienda se ríe también de los académicos que señalan que su llegada al equipo de Felipe Calderón es una posición ganada por el FMI, al que “tendrá que servir e informar”.
El talante bonachón de Agustín Carstens desaparece por un momento, y muy serio dice:
“Mis patrones no están en Washington y no están en Chicago. El presidente Calderón ha sido muy claro en que él quiere un programa económico donde podamos ofrecerle a México crecimiento económico sostenible, creación de empleos sostenible y un abatimiento de la pobreza sostenible. Y es a lo que nos estamos abocando. Esas son las instrucciones que estamos recibiendo.”
El entrevistado hace una defensa férrea del FMI y rechaza los señalamientos de que él vaya a implementar políticas económicas ortodoxas a ultranza, recalcitrantes, como se le acusa. “El FMI lo que hace, en términos de programas y de condicionalidad, es ayudarle a los países a tomar decisiones difíciles”, afirma.
Un lapsus, empero, lo hace hablar como si todavía fuera empleado del FMI: “Lo que nosotros recomendamos es: los países tienen que ir ayudando a su población a mejorar sus niveles de vida, a mejorar los índices de crecimiento… o a cumplir las metas del milenio. ¿Por qué? Porque nosotros sabemos que en la medida en que la gente esté mucho mejor, va a haber una mayor capacidad de crecimiento en el país y los demás países van a estar más sanos.
“Al FMI no se le tiene que juzgar por la interacción que hace con los países en los momentos de crisis. Eso es un 3% de la interacción que hace el fondo con los países (los momentos de crisis). Sí, cuando hay crisis hay que tomar decisiones difíciles”.
–Sin embargo, no le faltan argumentos a quienes califican al Fondo como policía financiero del mundo, por un lado, y por otro, es un hecho que los países que han logrado estabilidad con las políticas impuestas por el organismo lo han hecho con grandes costos sociales…
–No sé quién haya acuñado el término de policía financiero, pero ciertamente el Fondo así no se presenta. El Fondo tiene varias grandes labores: una, ayudar a los países en momentos de crisis; segundo, mantener un diálogo de evaluación de las políticas con los países. Es como cuando la gente va a un chequeo médico y el doctor le dice: tienes alta la presión, tienes alto el colesterol, no haces suficiente ejercicio… Y eso es lo que hace el Fondo.
–Las relaciones de México con el organismo han sido difíciles, ¿no? Ha habido momentos tensos, de ruptura casi…
–Las relaciones entre México y el Fondo han sido buenas en general. El FMI ha estado con México en momentos difíciles del país. Ese es el punto.
–Pero cómo explica el rechazo social, abrumador, a las políticas del Fondo…
–Le digo: es como cuando una gente va a al doctor. Yo voy al doctor y me dice: te tienes que poner a dieta. Pues no me gusta que me digan eso. Pero al final del día, son medidas necesarias. Así como se aplican a una persona se aplican a un país.
-En lo personal, ¿le molesta que las críticas se enfoquen a su trabajo en el Fondo?
-No. Para mí fue una gran educación. Yo estaba encargado de 70 países. Trabajé con los países más pobres del mundo. Aprendí mucho.
-Concretamente ¿qué era lo que usted hacía en el Fondo?
-El FMI tiene equipos asignados a cada país, coordinados por personal de la institución. En la dirección del Fondo, los tres subdirectores tienen divididos los países…
“En todo caso, para lo que me sirvió mi tránsito por el Fondo es volverme un economista más pragmático. He aprendido que no hay recetas únicas, que cada país debe tratar de entender cuál es su problemática, y encontrar de la mejor manera posible -y aquí subrayo la palabra posible- cómo se puede mover a un país hacia delante.”

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