En torno a “Piedra de Sol”

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Con sus 584 versos que corresponden a los 584 días de la conjunción de Venus con el Sol y con sus 33 estrofas, Piedra de Sol niega la idea de Edgar Allan Poe según la cual no hay poemas extensos sino conjunciones de poemas breves.

Acerca de esta obra hay muchos ensayos. En Lecturas de Piedra de Sol (2007) los ha antologado Hugo J. Verani, el gran especialista en Octavio Paz; pero hasta donde sabemos el primer libro que se le dedica en su totalidad es El surrealismo de Piedra de Sol entre peras y manzanas de Víctor Manuel Mendiola (Letras Mexicanas, Fondo de Cultura Económica, 2011).

“Modernism” y modernismo

Federico de Onís apuntó en 1931 la característica de los poemas escritos en esta parte del mundo, rasgos ejemplificados en sor Juana Inés de la Cruz: hacen convivir lo que en Europa es incompatible y vuelven simultáneo lo que allá es sucesivo y antagónico. Así, Piedra de Sol es surrealista por el ejercicio de la imaginación en libertad. Al mismo tiempo su incesante flujo verbal se vierte en endecasílabos, el metro clásico de la poesía española que es también en sus once sílabas el más cercano al ritmo de la conversación en nuestro idioma.

Cuando estaba de moda la literatura comparada un problema irresoluble era que el inglés llama modernism a lo que nosotros designamos como “vanguardia”. La distinción se complica porque los grandes poetas modernistas del otro fin de siglo como Rubén Darío y Leopoldo Lugones, abrieron las puertas a la vanguardia que se les opondría y liberaron al verso castellano de todas las sujeciones académicas.

El modernism se caracterizó por su rebelión contra el pentámetro yámbico, equivalente a nuestro endecasílabo. Los modernistas en Hispanoamérica y en España abandonaron todas las restricciones métricas y practicaron una libertad que sólo se detuvo ante su defensa de la rima. En este sentido López Velarde es la última gran figura del modernismo y la nueva poesía empieza con Vicente Huidobro en el sur y Salomón de la Selva en Nicaragua y en México.

Historia y poesía

Ezra Pound ordenó a los poetas de su idioma: Make it new. Gracias a la revolución surrealista, Paz reconvierte en novedad el endecasílabo y lo hace un instrumento dúctil, capaz de reconquistar terrenos que el verso había cedido a la narrativa y el ensayo en el XVIII y el XIX, los grandes siglos de la prosa.

Piedra de Sol se relaciona dialécticamente, esto es como afirmación y negación, con los grandes poemas que lo precedieron: Altazor (Huidobro), Muerte sin fin (Gorostiza), Espacio (Juan Ramón Jiménez), Alturas de Macchu Picchu (Neruda). No acepta las fronteras dogmáticas entre poesía social y poesía pura, entre la lírica del “yo” y la ambición de un canto colectivo o, en términos actuales, entre poesía del lenguaje y poesía de la experiencia. Es un poema de la poesía y al mismo tiempo una reflexión sobre la historia encarnada en la de una persona concreta e irrepetible y también de una generación.

Por su riqueza inagotable y su infinita variedad de incitaciones, Piedra de Sol resulta la excepción a la polémica que ha rodeado desde un principio a la obra de Paz. Deslumbró a sus primeros lectores en 1957, fue celebrado por las siguientes generaciones del siglo XX y al cumplir sus cincuenta años en 2007 no hubo conmemoraciones oficiales sino algo más revelador y sorprendente: la mayoría de los ensayos aparecieron en las revistas del interior y fueron obra de jóvenes menores de 30 años. Entre ellos destaca, como novedad en la literatura mexicana, la presencia cada vez más notable de las mujeres.

La poesía del tiempo y el tiempo de la poesía

Víctor Manuel Mendiola nació un año antes de que apareciera Piedra de Sol, por tanto tiene la perspectiva histórica para observar con una mirada crítica el poema y las circunstancias en que se gestó y fue publicado. En persona y en las innumerables entrevistas que se le hicieron, Paz fue siempre parco y reticente para hablar de su gran poema.

Por ejemplo, nada sabemos acerca de cuánto tiempo empleó para escribirlo, aunque por su fluidez y su intensidad sostenida parece hecho, cosa imposible, en un solo impulso escritural y a la luz de lo que se llamaba “inspiración” (como dice Ledo Ivo, nadie sabe qué es ni en dónde está, pero de que existe, existe). Por el contrario, su trabazón estructural y la multiplicidad de sus referencias la muestran como el fruto meditado de meses o años de trabajo.

Hay una sola indicación interna en el poema que situaría sus orígenes en 1955:

¿hacía planes

para el verano –y todos los veranos–

en Christopher Street, hace diez años…,

pues la alusión a la más tarde célebre calle de Greenwich Village remite a la estancia de Paz en Nueva York en 1945. Por lo demás, a partir de 1956 aparecieron fragmentos de Piedra de Sol en la primera Revista Mexicana de Literatura, en Cuadernos de París y en Botteghe oscura de Roma. El misterio temporal, si así puede llamársele, es el mismo que rodea a su gran predecesora Muerte sin fin (1939). En 1957 Gorostiza y Paz convivían en el mismo edificio inútilmente demolido de la Secretaría de Relaciones Exteriores, donde también trabajaba el entonces muy joven Carlos Fuentes en los momentos de hacer La región más transparente (1958).

Para el lector común que somos tantos Muerte sin fin se diría elaborado en los 14 años que lo separan de Canciones para cantar en las barcas (1925). Sin embargo, Gorostiza dice que lo escribió en unos cuantos meses, allí en ese mismo edificio, gracias a que el secretario de Relaciones, Eduardo Hay, lo obligaba como secretario particular a presentarse muy temprano y durante por lo menos dos horas no tenía nada que hacer.

Paz en la guerra

Mendiola traza la crónica puntual de las circunstancias que rodearon la aparición de Piedra de Sol el 28 de septiembre de 1957. En primer lugar lo que se ha llamado “la batalla del surrealismo” y era en realidad la guerra contra Octavio Paz. El poeta había regresado en 1954 a un México muy distinto del que lo vio partir en 1943. Había el natural resentimiento contra el joven que oscureció a todos los poetas de su edad, contra el privilegiado que se ha ido diez años a París. Dominaba la creencia de que el servicio diplomático era una canonjía propicia a la escritura, la lectura y el trato con celebridades extranjeras. La correspondencia de Reyes por una parte y la de Paz por otra, muestra la vida diplomática como todo lo contrario: una sucesión interminable de quebrantos en medio de la penuria económica y el mobbing oficinesco.

La guerra literaria tuvo sus dos principales baluartes en las revistas Estaciones y Metáfora. A ellas habría que añadir algo que Mendiola no pudo conocer por su edad: las secciones en diarios de toda la república que revivían varias veces por semana la escuela crítica decimonónica de Valbuena y Pimentel.

Por ejemplo: “El dilecto y ególatra don Octavio Paz persiste en sus delirios y marihuanadas. Escribe ‘un sauce de cristal, un chopo de agua’. No, señor, ¿en qué cabeza caben estas comparaciones? Un sauce no puede ser de cristal ni un chopo puede ser de agua, porque están hechos como es obvio de madera. Compárense estos campanudos disparates con los límpidos versos de la adorable poetisa de Huipanguillo, Robustiana Contreras de Machuca (1874-1913)…”.

¿Águila o Sol?, Semillas para un himno, El arco y la lira y Las peras del olmo fueron recibidos por el silencio o la diatriba contra el hijo pródigo que llegaba para infectar de europeísmo la literatura autóctona. Gracias a Piedra de Sol una novísima generación, entonces subveinte, a la que con inmensa generosidad Elías Nandino había abierto las páginas de Estaciones, dio lo que Hugo Latorre Cabal en Diorama de Excélsior llamó “un golpe de Estado” y se pasó con armas y bagajes a la causa pro Paz.

Los versos de hoy y de mañana

Debemos a Mendiola un libro de verdad esclarecedor que cumple con la función más alta de la crítica: enriquecer nuestra lectura del poema y fijar nuestra atención en lo que por descuido o ignorancia habíamos pasado por alto. Completa su trabajo una cronología en que por vez primera, así sea del modo más discreto, indica los aspectos autobiográficos del poema, y una bibliografía que hace justicia a Ramón Xirau. Desde febrero de 1958 en la Revista de la Universidad Xirau estableció la originalidad de Piedra de Sol.

Víctor Manuel Mendiola ha resumido críticamente en este libro 53 años de incesantes lecturas. Gracias a él Piedra de Sol queda abierta a nuevas perspectivas e interpretaciones. La corriente no cesa de fluir. (JEP)

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