Caravana promigrantes: la búsqueda de los ausentes

IXTEPEC, Oax. (apro).- En la Caravana Paso a Paso Hacia la Paz hay una mezcla de historias, de dramas, personales y familiares que comenzaron cuando uno de los integrantes del núcleo familiar decidió abandonar su lugar de origen, en busca del “sueño americano”.

Es el caso, por ejemplo, de Juan Carlos Cuevas Carrasco, de 36 años, quien salió el pasado fin de semana del barrio La Aurora en San Pedro Sula, Honduras, para unirse a la marcha promigrantes que se internó a México por la frontera sur el pasado martes 26, con la esperanza de encontrar a su madre desaparecida: María Matilde Carrasco Gómez.

Este hombre cuenta que tenía 15 años cuando su mamá dejó a su padre con seis hijos, la menor de apenas unos meses, quien murió por la falta de leche materna.

Dice que cada que llegaba de la escuela y hacía su tarea, se sentaba en la puerta de la casa, atisbando en el horizonte para ver si su madre, arrepentida, regresaba con ellos a abrazarlos.

Cuando narra su historia, Juan Carlos no puede contener las lágrimas. No rumia su suerte, sino la de sus hermanos que se quedaron desamparados. Culpa, sí, a su padre por no haber evitado que su madre se fuera. Creyó que, como otras veces había pasado, ella volvería con ellos, pero nunca más regresó.

Recuerda que sus hermanos sufrieron mucho. De la desolación, su padre se refugió en el alcohol. Él, confiesa, hubiera preferido que su papá, no su madre, se marchara.

La última información que tiene de ella data de hace 14 años, cuando les informó que se había unido en pareja con Teódulo Rodas Reyes y que vivía en Tapachula, Chiapas, cerca de la frontera de México con Guatemala.

Calcula que su madre debe tener ahora unos 53 años, si es que aún vive. Carga en su manos decenas de copias con los datos de María Matilde Carrasco y una imagen borrosa de una fotografía que ella envió por correo.

Juan Carlos forma parte del Comité de Migrantes del Progreso y participa en esta caravana, donde decenas de padres y madres, hijos, hermanos, abuelas, tíos y tías, buscan a un familiar desaparecido en su tránsito por México rumbo a Estados Unidos.

Cuevas Carrasco dice que como su historia existen miles en su país, donde padres y madres perdieron a sus hijos; hijos e hijas perdieron a sus padres y madres en el marco de este fenómeno migratorio que va del sur, en Centroamérica, al norte, rumbo a Estados Unidos.

Fin del ‘sueño americano’

Es la noche del miércoles 27 y los integrantes de la caravana pernoctan en el albergue Hermanos en el Camino, que dirige el padre Alejandro Solalinde desde el 2007.

Ahí, en mesas redondas, todos cuentan su tragedia, su dolor, la tristeza que han pasado por perder a un ser querido.

Salvadoreños, hondureños y guatemaltecos, principalmente, deploran el nulo apoyo oficial y demandan al mexicano los ayude a dar con el paradero de los cientos de centroamericanos que nunca pudieron llegar a Estados Unidos y quedaron muertos en fosas comunes o, en el peor de los casos, en narcofosas de grupos del crimen organizado que les han arrebatado la ilusión del “sueño americano”.

Esta mañana, los cientos de migrantes oraron en la capilla del albergue, después salieron a las vías del tren y recorrieron todo el tramo urbano para despejarlo de basura.

“Deseamos enviar un mensaje a la población de que los migrantes no son personas malas, sólo buscan usar este territorio como un lugar de tránsito”, dice el padre Solalinde.

Y es que en esta ciudad istmeña, el sentimiento antiinmigrante de gran parte de la población es palpable: meseros, taxistas, empresarios, hoteleros y comerciantes ven a los migrantes como un fenómeno que les ha traído muchos conflictos, e incluso se refieren de forma despectiva hacia el padre Solalinde, a quien acusan de ser protector de los indocumentados.

Los lugareños cuentan anécdotas de asaltos, mendicidad, incremento del alcoholismo, violaciones y otras escenas delincuenciales que atribuyen a los centroamericanos que pasan por este pueblo traídos por el tren, conocido como La Bestia.

El padre Solalinde asegura que los migrantes no son personas malas, “sólo seres humanos que buscan una mejor calidad de vida que se les ha negado en sus lugares de origen”.

Señala que nadie migra por placer o por gusto, todos lo hacen por la necesidad de ganar más recursos y satisfacer las necesidades de quienes se quedan en casa.

Santiago Cantón, secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), y el relator para los migrantes de esa oficina, Felipe González, visitaron el albergue pasada la medianoche del miércoles.

Cantón y González atestiguaron la llegada del tren de Arriaga, Chiapas, y de cómo cientos de migrantes bajaron de él, saltaron y corrieron despavoridos buscando refugio; muchos se adentraron en los matorrales y otros más se fueron directo al albergue, en busca de comida y una colchoneta para dormir.

Los indocumentados aguardarán aquí dos o hasta tres días para que un próximo tren los lleve hasta Tierra Blanca, Veracruz.

Saben que hasta acá es una zona más o menos segura, pero el camino que viene es de alto riesgo, más peligroso, pues grupos del crimen organizado ligados a cuerpos policiacos locales, e incluso a agentes del Instituto Nacional de Migración (INM), los secuestran para extorsionarlos.

Hoy la caravana viaja rumbo a Coatzacoalcos, Veracruz, y sus integrantes confían en llegar a la Ciudad de México el próximo lunes 1 de agosto.

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