Manuel Rodríguez Lozano, el pintor del dolor del pueblo

MÉXICO, D.F. (apro).- Adorado por la mecenas Antonieta Rivas Mercado, rechazado por el crítico de arte Luis Cardoza y Aragón, marcado por una estancia en Lecumberri, el pintor Manuel Rodríguez Lozano es reevaluado en su vida y trayectoria artística a través de una exposición en el Museo Nacional de Arte (Munal), en la cual se muestra su relación con las vanguardias europeas, su rechazo al muralismo y otros ismos artísticos, y su propia interpretación de lo mexicano.
Con el título Manuel Rodríguez Lozano. Pensamiento y pintura 1922-1958, tomado del primer libro monográfico del pintor realizado por él mismo y editado por la UNAM en 1940, la exposición rememora el cuarenta aniversario del fallecimiento del artista, acaecido en 1971. Se divide en cuatro ejes temáticos:
El primero, “Mirada Colosal”, que abarca los años 1930 a 1939 y muestra obras en las cuales el pintor realizaba desnudos de figuras humanas monumentales con frecuencia andróginas. El segundo se titula “El fauvista mexicanista”, donde se reúnen sus primeras obras hechas a partir de los años veinte, aunque la pieza más temprana incluida, Paisaje tropical, data de 1922.
“Un país luminoso” es el nombre de la tercera sección. Se incluyen aquí obras donde el artista muestra su admiración, apego y concepción de lo mexicano. Finalmente, la cuarta y última parte es “El silencio y la tragedia”, que incluye obras como Piedad en el desierto, mural realizado en la Penitenciaria de Lecumberri en 1942, donde Rodríguez Lozano estuvo preso injustamente, y predominan también obras posteriores a ese encarcelamiento donde se ven mujeres embozadas en rebosos con rostros desolados.

“Él –dice la crítica de arte Raquel Tibol, en un breve comentario publicado en un pequeño catálogo que acompaña la muestra, editado por el Instituto Nacional de Bellas Artes– representa a un pueblo melancólico, no a un pueblo en fiesta.”
Y tan vigente es su visión que de esa sección de la exhibición, Proceso tomó el cuadro La tragedia en el desierto para ilustrar la portada de su edición especial número 34, La tragedia de Juárez, dedicado a problemática que vive desde hace años aquella ciudad fronteriza.
El óleo sobre tela, realizado en 1940, muestra a una mujer asesinada en un paraje desértico; tres mujeres dolientes la miran a través de una ventana, sin que se puedan ver sus rostros cubiertos por rebozos, pero sus cuerpos delgados, casi esqueléticos, dan cuenta también de la miseria social.
La información del Munal indica que en esta sala se reúnen “las obras más poderosas del pintor, todas ellas pertenecen a lo que se ha denominado su ‘etapa blanca’ una producción dramática y silenciosa. En ella podemos apreciar las figuras estilizadas, casi oníricas con evocaciones de la pintura metafísica, donde se representan ambientes inverosímiles, así como la utilización de una gama cromática fría basada en azules y blancos.”
El curador Arturo López Rodríguez rememora a su vez que al pintor le interesaba ahondar en el alma mexicana. Si bien fue invitado por José Vasconcelos a participar en el movimiento muralista, una de sus reglas es que la política en el arte debía ser “no hacer política” y eso lo distinguió de los muralistas.
Incluso, recuerda el investigador, denuncia en sus escritos a José Clemente Orozco por su folclorismo o jicarismo:
“Lo que él llama la farsa revolucionaria. Él decía que la revolución no había dejado nada a este pueblo tan sufrido, un pueblo que siempre consideró maravilloso, luminoso y prodigioso.”
Y cita a la investigadora y crítica de arte Berta Taracena, especialista en Rodríguez Lozano, quien explica que el artista no quiso representar los arquetipos mexicanos, sino plasmar en forma metafórica escenas del sufrimiento del pueblo, pues ahí es donde él veía la belleza. Ahí estaba su ideología artística, añade el curador, y evoca las palabras del pintor:
“El pueblo mexicano vive no sólo dramáticamente, sino trágicamente: entonces la representación metafórica de esta tragedia que es externa y es interna del mexicano la expreso en mi puntura. De tal manera la pintura no va ni viene, en la representación de la voz que injuria, tanto del dolor y llanto de este pueblo.”
Añade Arturo López que el pintor reconoció siempre el “estoicismo insuperable del pueblo mexicano que todo lo resistía, este país –decía–mágico, religioso y luminoso hasta la crueldad”.
La cárcel
Explica el investigador que varios hechos marcaron la vida y trayectoria del artista. Uno de ellos, del cual, se lamentó siempre, fue que Luis Cardoza y Aragón, crítico de los contemporáneos se negara a escribir su monografía y no lo incluyera en La nueve y el reloj y, por el contrario, se dedicara a exaltar a discípulos suyos como Abraham Ángel.
Otro fue su encarcelamiento en Lecumberri, a partir del cual, coincide aquí con otros especialistas, cambió su paleta, su figuración, su temática, su trazo, “sale de la cárcel renovado, cambia su espíritu, cambia su pincelada, es a lo que Berta Taracena le adjudica el inicio de la época blanca”.
Recuerda que la crítica de arte Ida Rodríguez Prampolini contrasta que hay primero en Rodríguez Lozano una exaltación de la figura humana, la androginia y la dualidad sexual, y en su última etapa le interesa más la espiritualidad, el cubrir la carne y por ello pinta aquellas mujeres dolientes cubriendo su propio dolor. Algunas de esas figuras, afirma, inspiraron al fotógrafo Gabriel Figueroa quien las recuperó en la cinematografía de Emilio El Indio Fernández.
Para Raquel Tibol otros hechos que marcaron la vida del pintor fueron su ingreso al Colegio Militar, dirigido por el “célebre general Mondragón” (quien será su suegro); su matrimonio con Carmen Mondragón, a la postre llamada artísticamente Nahui Ollin, obligado por el general, y su viaje a Europa donde se puso en contacto con Picasso, Modigliani y Braque, que aunque para entonces no eran las grandes celebridades ya habían iniciado el cubismo.
El otro suceso, dice la crítica, es su encarcelamiento. Y aunque Arturo López dice que falta todavía por documentar el hecho por el cual fue acusado injustamente del robo de cuatro grabados, el hecho se debió, a decir suyo, a una jugada política, y no sé sabe quienes participaron en ella porque él nunca denunció el suceso, incluso decía irónicamente que había cometido un delito metafísico.
Tibol lo relata en su breve texto:
“En 1940, el doctor Gustavo Baz quien dirigía el Colegio de San Nicolás en Morelia, celebraba los 400 años de vida (de la institución). Fue uno de los primeros colegios que se fundaron en México. Baz le pide a Rodríguez Lozano, quien dirigía la Escuela Nacional de Bellas Artes, que le preste una exposición de grabados antiguos. Es bien conocida la riqueza de la colección que tenía y tiene la Escuela Nacional de Bellas Artes, hoy Escuela Nacional de Artes Plásticas.
“Rodríguez Lozano pide a quienes están a cargo de esos grabados, que se los bajen a su oficina. El primer lote que le bajan es el de Durero y los guarda en un cajón y se le olvida ponerle llave. Se va y una persona que era ayudante, un multiusos de la escuela, recibió la sugerencia de un conocido intelectual (que se decía iba a suceder en la Dirección a Rodríguez Lozano) de que por favor extrajera los grabados de Durero y de Guido Reni. Son sacados del cajón y él, en una actitud de una valentía social y de una gran dignidad, asume que si los han robado de mi escritorio, yo soy el culpable. Se decía que el que iba a suceder a Rodríguez Lozano era (Manuel) Moreno Sánchez y el que sustrajo los grabados, ese multiusos, le llamaban ‘El pagano’.”
Y sin mayor averiguación, dice Tibol, es puesto preso en 1941. En Lecumberri pintó su primer mural Piedad en el desierto. En la exposición se proyecta un corto video en el cual se ve al pintor en el proceso de realización de esta obra de pequeñas dimensiones, que después fue desprendido del muro y puesto en bastidor y así se incluyó en la exposición. Se ve también cómo los presos del penal le colocaban veladoras pues, dice el curador, era para ellos, la virgen más cercana que tenían.
Hizo otro mural, dice López Rodríguez, El holocausto, en 1944, ubicado en un antiguo edificio ubicado en la calle de Isabel La Católica 30, en el Centro Histórico, a la sazón casa de su mecenas Francisco Sergio Iturbe. Ahora está siendo restaurado, y el edificio habilitado como hotel. En septiembre se espera la reinauguración de ambos y serán el marco para la presentación del catálogo en edición de lujo de la exposición, el próximo 31 de agosto a las 18:00 horas.
Revaloración
La muestra está integrada por 127 obras, aunque sólo 77 de Rodríguez Lozano, pues se han incluido algunas de sus alumnos Abraham Ángel, Ignacio Nieves Beltrán (Nefero), Ángel Torres Jaramillo (Tebo), Julio castellanos, Francisco Zúñiga y Antonio Reynoso.
Los propósitos esenciales de la exposición, a decir de López Rodríguez, son por un lado contribuir a la historia de este artista cuya biografía aún está incompleta, pues hay sucesos como el de su encarcelamiento, su estancia en Europa y hasta la fecha exacta en al cual nace y el momento en el cual comienza a pintar (para unos lo hace por su relación con Nahui Ollin y otros consideran es tras su contacto con las vanguardias europeas).
En realidad, a juicio del curador, se pueden ver en la obra de Rodríguez Lozano asimilaciones de la vanguardia europea como la pintura neoclásica de Pablo Picasso, como también de las atmósferas oníricas y metafísicas de Giorgio de Chirico. Hay documentos publicados en el libro Las revelaciones del Narciso, de Beatriz Zamorano, que muestran la sensibilidad artística de Rodríguez Lozano hacia el cubismo. Otras personas han aventurado ambientes oníricos que pudieran acercar su pintura al surrealismo.
“Yo realmente dudo de esa cercanía, incluso el propio artista denunció este ismo decadente en su libro memorable Pensamiento y pintura (…) Y bueno a su regreso en 1921, que es el regreso de varios artistas mexicanos, lo que hace Rodríguez Lozano es mexicanizar, integrarse al proyecto de nacionalismo cultural encabezado por José Vasconcelos, pero lo que hace es nacionalizar la vanguardia europea, a tal grado que el crítico de arte Luis Martín Lozano, muy acertadamente lo considera un artista de la vanguardia mexicana.”
Indica asimismo que hay trabajos anteriores a Nahui Ollin, por lo cual no puede afirmarse que ella le enseñara a pintar como algunos consideraban. Además no hay documentos o menciones del pintor que hablen de quién fue su mentor, por el contrario se consideró siempre autodidacta, un artista puro que no había pisado la academia.
Y dejó de pintar hacia la década de los años cincuenta, de ahí el título de la exposición que abarca hasta 1958, aunque hay un retrato de Alfonso Reyes fechado en 1960 (a quien por cierto no le gustó, y su comentario está reproducido en la exhibición).
El otro propósito de la exposición es hacer una relectura de la iconografía del artista y revalorar sus aportes a la plástica mexicana del siglo XX, que, en opinión del curador, han sido varias y valiosas; sólo por poner un ejemplo afirma que su libro Pensamiento y pintura, “debería estar en las asignaturas del arte”.
La muestra estará abierta hasta el próximo 9 de octubre y tendrá un programa complementario con diversas conferencias, la primera de ellas a cargo de Fabienne Bradu, el próximo 22 de septiembre, titulada Qué se ama cuando se ama, en la cual abordará su relación con María Antonieta Rivas Mercado y su participación en la revista del Teatro Ulises.

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