Argentina: Cristina arrasa en ensayo general electoral

BUENOS AIRES, 26 de agosto (apro).- El pasado 15 de agosto la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, hizo algo que no había hecho desde hacía año y medio.

Con el riguroso negro que luce desde que murió su esposo y antecesor en el puesto, Néstor Kirchner, en octubre pasado, una Cristina algo más sonriente de lo habitual, compareció ante la prensa nacional e internacional y les permitió que le hicieran algunas preguntas.

Satisfecha, afirmó que la razón de tal excepcionalidad fue la “jornada memorable” de la víspera, en la que más de 21.5 millones de argentinos participaron por primera vez en unas primarias abiertas, simultáneas y obligatorias.
Aunque no lo dijo, seguramente también contribuyó a su contenida complacencia el hecho de que el resultado de la votación anticipó una clara y cómoda victoria suya en las presidenciales del próximo 23 de octubre.

Supuestamente, en esta consulta los argentinos debían elegir a los candidatos de los distintos partidos que competirían en las elecciones generales de dentro de dos meses, incluidos los aspirantes a la presidencia.

Sin embargo, el ejercicio democrático quedó en esta ocasión vacío de su contenido práctico porque los partidos ya se habían encargado (como siempre) de esa labor.

Cada uno de los partidos y alianzas concurrentes presentaba un único aspirante por candidatura (salvo en los casos de postulantes a gobernadores, diputados y alcaldes de algunos distritos). Por lo tanto, la votación se convirtió en un ensayo de lo que supuestamente va a pasar dentro de dos meses, en los auténticos comicios, con los electores votando al candidato o candidata del partido de su preferencia.

Todo el mundo daba por hecho que la actual presidente y candidata a la reelección, Cristina Fernández de Kirchner, iba a ser la más votada. Así lo han venido indicando todas las encuestas desde finales del año pasado. Sin embargo, los distintos candidatos opositores, que en esta ocasión llegaron muy divididos, aspiraban a que no alcanzara el 40% de los apoyos.

Ese porcentaje es el mínimo con el que, según la legislación electoral argentina, podrá resultar elegida sin necesidad de recurrir a una segunda vuelta (en caso de que la diferencia sobre el segundo sea menor a 20 puntos porcentuales, deberá obtener al menos el 45%). El objetivo era instaurar en el electorado la idea de que la mandataria no era invencible.

Venían animados por tres elecciones locales consecutivas en un mes en las que el “kirchnerismo” no había logrado resultados positivos. Sobre todo por el importante descalabro en la capital a manos del archirrival de los últimos tiempos de la presidenta: el derechista Mauricio Macri, reelegido como jefe de gobierno de Buenos Aires, con casi 20 puntos más que el candidato del Gobierno, Daniel Filmus, en un mano a mano en la segunda vuelta.

Pero los resultados de las primarias acabaron con todas las esperanzas de la oposición al obtener Fernández de Kirchner el 50,07% de los sufragios, más del el cuádruple que cualquiera de sus contrincantes.

“Este acompañamiento de la sociedad es un reconocimiento al trabajo, al esfuerzo, a lo que hemos hecho en estos ocho años (los cuatro del Gobierno de Néstor Kirchner más los cuatro de Cristina)”, afirmó al celebrar la el triunfo. Y aunque inmediatamente después pidió a sus seguidores “redoblar los esfuerzos” y no bajar la guardia, ni siquiera el más optimista de los críticos del Gobierno sueña con que en octubre pase algo distinto a una victoria en primera vuelta de la jefa de Estado.

Ni la alta inflación ni el incremento de la inseguridad ni los casos de supuesta corrupción que ha esgrimido la oposición han hecho mella en la popularidad de la mandataria. “Ganó el descenso de la desocupación, la Ley de Medios, la revalorización del rol del Estado en la economía, la distribución equitativa de la publicidad electoral, la política de derechos humanos”, reconoció en una columna en el diario Perfil el periodista Jorge Lanata, un prestigioso intelectual progresista que en los últimos años se ha convertido en un azote del kirchnerismo.

La oposición, desmoralizada, intentó justificar su fracaso argumentando que la gente votó con el bolsillo y le tuvo “miedo al cambio”. Es decir, a causa de la bonanza económica producida por el crecimiento de los últimos ocho años, desde que los Kirchner, primero con Néstor y luego con Cristina, ha vivido una Argentina, que en 2003 todavía estaba quebrada económica y moralmente por el descalabro de dos años antes, cuando el país se declaró en suspensión de pagos y el peso argentino sufrió una severa devaluación que arrastró a los ahorros de cientos de miles de personas.

“Creía percibir la idea de la gente no estaba enamorada, como lo supo estar en otro momento, del partido de Gobierno y creía incluso que un partido con otras características se pudiera hacer cargo del Gobierno, pero al mismo tiempo tenía cierto temor al cambio. ¿Por qué razón? Porque está fresco el 2001”, se lamentó el socialdemócrata Ricardo Alfonsín, de la Unión Cívica Radical (UCR), partido que estaba en el poder cuando se produjo el ‘Corralito’

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