El reto, armar el rompecabezas

Durante la rebelión contra Muamar Gadafi, que culminó el sábado 20 con la toma de Trípoli por parte del Consejo Nacional de Transición (CNT), las decenas de tribus antaño divididas se sumaron a la ofensiva para poner fin a los agravios de la dictadura gadafista. Y ahora que los rebeldes se encuentran en la capital del país, observan que el país es un rompecabezas que no saben cómo armar. Sus retos, lo saben, son múltiples: negociar el desarme con los diferentes grupos, reactivar la economía, en particular la industria petrolera, tender puentes diplomáticos, evitar las represalias y aun capturar al desaparecido Gadafi.

MADRID.- En los días previos a la toma de Trípoli, en Occidente los políticos manifestaban ante los medios su preocupación por la manera descoordinada con que se conducían los opositores a Muamar Gadafi. Un diplomático declaró incluso al diario londinense The Times que, de lograrlo, el éxito de los rebeldes sería “catastrófico” y provocaría un vacío de poder y el caos.
Aun así, los mandos militares de las fuerzas extranjeras insistían en que la prioridad era alcanzar el objetivo cuanto antes. Al final, su participación en la victoriosa operación resultó mayor de lo que habían supuesto al principio, cuando se quejaban de que sus acciones se limitaban a una zona de exclusión aérea, desde la cual bombardeaban las posiciones de Gadafi.
En medio de la excitación causada por los avances en el terreno de batalla, hay importantes dudas en Occidente sobre la capacidad del revolucionario Consejo Nacional de Transición (CNT) para imponerse a las numerosas milicias que sólo en teoría lo obedecen; sobre las tribus que conforman el entramado social libio, e incluso sobre las dispares tendencias ideológicas que actúan dentro del propio consejo.

Tomado el enclave, al CNT le acucia la captura de Gadafi y conformar una nueva administración civil para Trípoli y para el país, así como liberar los fondos y activos libios que congeló la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para iniciar la reconstrucción nacional, quizá la tarea más delicada. La prioridad para los rebeldes es reactivar la industria petrolera, que resulta vital, ya que empiezan las pugnas sordas por controlarla, más aún cuando el precio del barril de crudo sobrepasó ya los 100 dólares en los mercados internacionales.
Amanecer de la sirena

La intervención internacional que empezó el 19 de marzo pasado detuvo la ofensiva de Gadafi justo antes de que éste se lanzara sobre Bengasi, sede del CNT y capital de la provincia de la Cirenaica, en el este del país. Los rebeldes no estaban en posibilidades de repeler el ataque, pues sus huestes no eran más que bandas mal armadas que carecían de estrategia, estructura de mando y disciplina.
En Trípoli, en el lado contrario del país, a mil 600 kilómetros por la carretera del oeste, la esperanza de los opositores era que el CNT pudiera instrumentar una insurrección –“la hora cero”, como se dice en la jerga militar–, pero ésta nunca llegó.
Las fuerzas gadafistas realizaron una agresiva limpieza urbana que acabó con las vidas y la libertad de innumerables combatientes; incluso reconquistaron varias ciudades rebeldes, entre ellas la estratégica Zauiya, ubicada a 60 kilómetros al oeste de la capital libia. Sólo Misrata, la tercera población del país, a 90 kilómetros al este de la capital, resistió durante tres meses el asedio de las tropas leales al dictador.
Durante semanas, los revolucionarios recibieron asesoría táctica y logística, así como armamento e información de inteligencia de las fuerzas extranjeras para planear la toma de Trípoli.
A su vez, quienes huyeron de esa ciudad organizaron la Brigada Trípoli, un cuerpo de alrededor de 700 miembros que fue adiestrado por asesores militares y civiles británicos, franceses, italianos y qataríes; incluso un centenar de ellos fue entrenado en Qatar, el emirato árabe situado en el Golfo Pérsico que asumió la representación comercial del CNT para la venta de petróleo libio.
Después crearon células “durmientes” en Trípoli, introdujeron armas y explosivos de contrabando y difundieron la voz de que un día del Ramadán, el mes sagrado de ayuno para los musulmanes (que este año se inició el lunes 1 y termina el lunes 29), se daría la señal para iniciar una ola de protestas en la ciudad al finalizar las oraciones vespertinas. La fecha elegida fue el sábado 20, aniversario de la liberación de La Meca por el profeta Mahoma.
No obstante, la ofensiva empezó dos semanas antes, pero no la encabezaron rebeldes más activos: los árabes de Bengasi y de Misrata, sino los bereberes, una minoría étnica particularmente agraviada por Gadafi que resistió en las montañas de Nafusa, al sur de la capital libia y cerca de la frontera con Argelia.
Durante meses, ellos sobrevivieron sin recibir ninguna atención; fueron ellos los que crearon el espacio geográfico en el cual los asesores extranjeros prepararon a la Brigada Trípoli. Algunos reporteros internacionales que llegaron a esa zona lo supieron casi al final.
En sólo unos días, los bereberes y los tripolitanos tomaron varias ciudades claves al sur-suroeste de la capital y el viernes 19 recuperaron la aguerrida ciudad de Zauiya. Luego se apoderaron de la única refinería que proveía de combustible a Trípoli y cortaron su conexión con la frontera de Túnez.
El sábado 20 atacaron la capital desde el oeste y el sur. A su vez, los integrantes de Misrata presionaban por tierra desde el este, y por mar desde el norte, con una flotilla de pequeños barcos. Llamaron a la operación “Amanecer de la sirena”. Los cazas tripulados y los aviones no tripulados de las fuerzas de intervención atacaron objetivos específicos, que destruyeron los mecanismos de comunicación del ejército de Gadafi y sus arsenales, e informaron a los rebeldes sobre los movimientos del enemigo; a su vez, las “células durmientes” se levantaron dentro de Trípoli, desmantelando la retaguardia gadafista.
El domingo 21 tomaron la Plaza Verde, corazón social del gadafismo, y le restituyeron su nombre original: Plaza de los Mártires. Dos días después, irrumpieron en Bab Aziziya, la urbanización militarizada que servía como cuartel general de Gadafi.
Las imágenes televisivas y las fotografías que registraron el momento en que los rebeldes destruían el monumento más querido por Gadafi –un puño que aplasta un avión estadunidense– son similares a las de los iraquíes que, en 2003, derribaron la estatua de Sadam Husein y hoy son un referente histórico singular.
No obstante, hasta el viernes 26 se desconocía el paradero de Gadafi. Es factible que se encuentre parapetado en alguno de sus búnkeres subterráneos desplegados a lo largo de Libia; quizá se haya refugiado en su bastión tribal de Sirte, en la costa central del país, preparando la contraofensiva. La batalla de Trípoli dejó 400 muertos y 2 mil heridos, según informó el CNT.

Los retos inmediatos

Desde el principio del movimiento contra Gafadi, los observadores occidentales se mostraron optimistas. Argüían que los rebeldes habían demostrado una capacidad militar inesperada; algunos destacaron que los bombardeos aéreos contribuyeron a desmoronar el régimen, que fue incapaz de resistir la ofensiva.
La ayuda exterior fue clave: “Honestamente, la OTAN jugó un papel muy grande en la liberación de Trípoli. Bombardearon todos los sitios importantes de los que no podíamos dar cuenta con nuestras armas ligeras”, declaró a la agencia Associated Press (AP) Fadlallah Harun, portavoz militar opositor que participó en la elaboración del plan de ataque.
Por lo que respecta a los rebeldes, la evaluación aún es difícil, sobre todo por la participación de distintos grupos: los bereberes, por ejemplo, siempre han tenido un lugar secundario en Libia, por lo que es probable que no se les reconozca el papel central que jugaron en el derrocamiento.
En el caso de los rebeldes de Misrata, se quejan de que sus pares de Bengasi actuaron con lentitud en el envío de víveres y elementos para reforzar los combates. Y en cuanto a los tripolitanos, se sienten incómodos con la presencia de extranjeros que, dicen, pretenden tener autoridad sobre ellos.
En Libia hay 140 tribus, algunas de las cuales fueron agraviadas durante décadas por Gadafi. Esta situación ha provocado recelos hacia el CNT, al que consideran muy vinculado a Bengasi, ciudad que tiene añejas rivalidades históricas con Trípoli.
El mismo Consejo ha tenido problemas para imponer su autoridad en su lugar de origen. El 28 de julio, por ejemplo, no pudo evitar que una de sus milicias secuestraron y ultimaran al comandante de las fuerzas de la revolución, el exministro del Interior Abdel Fatah Younis, y a dos de sus compañeros. Nadie sabe cuántos grupos armados existen; tampoco hay garantías de que los jefes del CNT acepten el desarme y se integren al nuevo ejército libio de manera incondicional.
La adversidad hizo que el CNT incluyera en sus filas al mayor número posible de corrientes –islamistas y laicistas, socialistas y nacionalistas, así como a empresarios y trabajadores–, que se unieron para oponerse al dictador y que ahora deben acordar un proyecto nacional compartido.
Martin Chulov, corresponsal del diario británico The Guardian y primer periodista en entrar de manera clandestina a Libia en febrero pasado, advierte desde Londres: “Las lecciones de lo que le pasa a un estado de Medio Oriente que de pronto pierde a su hombre fuerte son recientes y crudas. Más de ocho años después de que Bagdad cayó con la misa rapidez que Trípoli, sigue siendo un lugar de agendas en competencia, una clase política dividida y ciudadanos que se enfrentan a la realidad de que el Estado no tiene la capacidad o la voluntad de ocuparse de ellos”.
Los dirigentes de CNT han mostrado que tienen claro el papel que les toca jugar en las próximas semanas. No sólo pusieron precio a la cabeza de Gadafi (1.3 millones de dólares a quien lo entregue vivo o muerto) luego de que anunciara su intención de trasladarse a Trípoli para ganar legitimidad y representatividad entre la población
Saben también que los retos incluyen los ámbitos militar y político, que son prioritarios, así como el apoyo financiero, toda vez que la ONU impuso sanciones económicas al régimen de Gadafi y congeló sus fondos. Al CNT toca interceder para levantarlas y empezar a aliviar las urgencias del nuevo gobierno. En tanto, las potencias occidentales y los países árabes preparan ya una cumbre con la dirigencia del CNT para el jueves 1 de septiembre en Qatar.

La disputa por el petróleo

Otra de las tareas apremiantes es qué hacer con la industria petrolera. En los días previos al inicio de la intervención internacional, muchos analistas occidentales se oponían a ella por considerar que el propósito era apropiarse del petróleo de Libia.
En Bengasi, capital de facto de la revolución, la mayoría alentaba el apoyo internacional. Su argumento era que Gadafi había otorgado las concesiones de exploración, extracción, transporte y comercialización de los hidrocarburos a compañías extranjeras –sobre todo occidentales–, por lo que consideraban que si la comunidad internacional no actuaba para evitar que Gadafi masacrara las ciudades rebeldes, sería porque sólo les interesaba preservar su control sobre el petróleo.
“Gadafi era la mejor garantía no sólo de un abastecimiento continuado de crudo, sino de importantes contratos en Libia para las petroleras europeas y cuantiosas inversiones libias en Europa”, escribió el analista Ignacio Torreblanca en el diario español El País el jueves 25.
La italiana Eni, la británica British Petroleum, la francesa Total, la española Repsol YPF y la austriaca OMV son las empresas que producían más petróleo en la Libia de Gadafi, seguidas por compañías de China, Rusia y Estados Unidos.
Hasta el inicio de la guerra, cuando Libia extraía 1.3 millones de barriles al día, Italia saciaba allí 20% de su sed de combustibles, mientras que Francia, Suiza, Irlanda y Austria lo hacían en 15%. El conflicto provocó el desplome de la producción a 60 mil barriles diarios.
La perspectiva del reinicio de las actividades (la nueva administración espera exportar 1.5 millones de barriles al día dentro de un año) no sólo trajo una baja de 3% en el precio del crudo, hasta 108.42 dólares por barril el lunes 22.
Asimismo, el anuncio presagia lo que de manera inevitable será una nueva batalla por el petróleo: las compañías que tenían contratos esperan asegurar su cumplimiento y, si pueden, arrebatarle alguno a la competencia. Eni y Total son las que han hecho los primeros movimientos, lo que los observadores interpretan como señal de la agresividad de la pelea.
Otro motivo para el pleito es la perspectiva de que algunos rebeldes del CNT tomen represalias contra las empresas de los países que no los apoyaron, en particular Rusia y China, que en marzo amenazaron con usar su poder de veto para bloquear la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, amparo legal de la intervención internacional contra Gadafi.
Además, Rusia y Brasil denunciaron reiteradamente que los bombardeos contra el régimen excedían el mandato de las fuerzas extranjeras. No obstante, aun cuando las nuevas autoridades libias descartan actuar contra esas naciones, todavía no olvidan la afrenta diplomática.

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