El libro y la rueda

MÉXICO, D.F. (Proceso).- “El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor. No se puede hacer una cuchara que sea mejor que la cuchara”, dice Umberto Eco en el diálogo con Jean-Claude Carrière coordinado y transcrito por Jean-Philippe de Tonnac que, en traducción de Helena Lozano Miralles, publica Lumen con el rotundo título de Nadie acabará con los libros.
A medias genial y a medias imbécil, continúa Eco, el ser humano es una criatura verdaderamente extraordinaria. Ha descubierto el fuego, edificado ciudades, escrito magníficos poemas, dado interpretaciones del mundo, inventado mitologías. Pero al mismo tiempo no ha dejado de hacer la guerra a sus semejantes, tampoco de engañarse y destruir el ambiente que lo rodea.
Esta criatura extraña que ha inventado los libros en sus diversas manifestaciones también los ha aniquilado. Al incendio de la Biblioteca de Alejandría hay que sumar catástrofes de las que se habla menos. Los cruzados arrasaron con las expresiones de la cultura árabe en su máximo esplendor, los conquistadores intentaron reducir a la nada la cultura indígena que en México se salvó gracias a fray Bernardino de Sahagún.
La historia cultural mexicana está hecha de paradojas. Así como los jesuitas execrados en la Europa del Siglo de las Luces fueron la cumbre de la Ilustración novohispana y ayudaron a preparar la Independencia, los dulces franciscanos resultaron los más encarnizados destructores del legado maya y náhuatl. En cambio los dominicos, los autodenominados “perros de Dios”, custodios de la Inquisición, se erigieron aquí en los grandes defensores de los indios y sus expresiones artísticas e intelectuales. Dominicos fueron fray Bartolomé de las Casas y el propio Sahagún.
Gutenberg en la pantalla

En Nuestra Señora de París (1832), Víctor Hugo popularizó una sentencia repetida a lo largo del siglo XIX: “Esto matará a aquello”. Sin embargo, la fotografía no acabó con la pintura, ni el cine con el teatro, ni la radio con los periódicos, ni la televisión con las películas. En vez de hacer que el libro desaparezca, la internet nos ha hecho regresar a la era alfabética.
Creímos haber entrado en la civilización de las imágenes pero la computadora nos reintroduce en la galaxia de Gutemberg y todos se ven de nuevo obligados a leer. Para leer es necesario un soporte y este soporte no puede ser únicamente la computadora.
Pasémonos dos horas leyendo una novela en pantalla, como dice Eco, y nuestros ojos se convertirán en dos pelotas de tenis. A fin de cuentas, el libro es un instrumento más flexible. Además, la computadora y el e-book dependen de la electricidad y no permiten leer de costado en la cama ni en la tina de baño. Carrière afirma que no es seguro que en el porvenir dispongamos de la energía suficiente para hacer que funcionen todas nuestras máquinas. Sin electricidad todo está irremediablemente perdido. Si la herencia audiovisual desapareciera podríamos seguir leyendo libros con la luz solar o por la noche con una vela.
A pesar de la aparición de nuevos soportes cada vez más adecuados empíricamente a las exigencias y la comodidad de la lectura, ¿de verdad será mejor leer Guerra y paz en un libro electrónico? En el último siglo hemos visto desaparecer grandes innovaciones tecnológicas, del dirigible al Concorde. En menos de veinte años, inmensos avances como el fax quedaron anticuados. Para Eco es imposible recuperar versiones de sus novelas que están en floppy disks porque ya no hay aparatos capaces de leerlos. Lo mismo está a punto de suceder con nuestros DVDs que, ante la aparición de discos en formato mucho más pequeño, se irán también a la basura a menos que conservemos los antiguos aparatos que hoy nos permiten verlos. El surgimiento de la pen drive deja anticuados los CDs. En cambio el libro permanece.
Leer no es un adorno

La sacralización del libro se originó en que hasta antes del siglo XIX los libros eran carísimos y escasos, sólo una minoría privilegiada estaba en posibilidad de comprarlos y disfrutarlos. Con la alfabetización y el papel hecho de pulpa de madera los libros quedaron potencialmente al alcance de todos. Hoy cunde la alarma ante la posible desaparición del libro cuando nunca se ha escrito ni leído tanto.
Leer no es un adorno. Si Hitler hubiera leído historia jamás se hubiese embarcado en la desastrosa invasión de Rusia; tampoco Bush hubiera invadido Afganistán si de niño se hubiese interesado en Kipling y los otros novelistas ingleses que hablaron del desastre que significó para el imperio británico aventurarse en esa tierra inconquistable.
Jean-Claude Carrière plantea una pregunta urgente: ¿es posible expresarse sin saber leer ni escribir? La respuesta negativa la darían los discursos de nuestros políticos y las barbaridades que a toda hora todos escribimos en las pantallas de nuestras computadoras y Blackberrys.
Carrière no puede imaginar a un escritor de hoy que dicte su novela sin la mediación de la escritura y no conozca nada de la narrativa que lo ha precedido. Quizá su obra tendría la fascinación de la ingenuidad y de lo inaudito, pero carecería de lo que a falta de un término mejor llamamos “cultura”. Rimbaud era un joven dotadísimo, autor de versos inimitables, para nada un autodidacto. A los l6 años su cultura era sólida y clásica y sabía componer versos en latín.
Si una gigantesca catástrofe climática amenazara la cultura, no podríamos protegerlo todo, llevárnoslo todo. Si los soportes modernos se vuelven rápidamente obsoletos, ¿para qué correr el riesgo de llenarnos de aparatos que podrían quedarse mudos, ser ilegibles? Los libros han demostrado sus ventajas sobre cualquier otro objeto que las industrias culturales han puesto en el mercado en los últimos años. Si tuviéramos que salvar algo, fácil de transportar y que ha probado su capacidad de resistir a los ultrajes del tiempo, elegiríamos el libro.
La victoria de los hijos

El siglo XX es el primero que dejó imágenes en movimiento de sí mismo, de su historia, y también sonidos grabados pero en soportes que todavía no son seguros. Eco y Carrière nacieron en un siglo que por primera vez en la historia inventó nuevos lenguajes. Si hubieran mantenido esta conversación hace cien años sólo habrían podido hablar de libros y de teatro. El cine, la radio, las grabaciones, la televisión, las imágenes de síntesis, el cómic aún no existían. Cada uno de esos medios exigió otras habilidades.
Las nuevas generaciones que han crecido en un ambiente electrónico tienen una destreza natural con la que no puede competir nadie que haya nacido antes. Es como el dominio de una lengua materna que jamás alcanzará quien la haya aprendido como lengua extranjera en edad adulta.
En el mundo antiguo los viejos conservaban el poder porque eran ellos quienes transmitían el conocimiento a sus hijos. Ahora son los hijos quienes enseñan electrónica a sus padres.
Predecir lo impredecible

La característica de los profetas, falsos o verdaderos, es equivocarse siempre. El porvenir es inesperado y sorprendente. En toda la gran literatura de ciencia ficción que va de 1900 a 1950 ni un solo autor se imaginó el plástico que tanto espacio ocupa en nuestra vida. Nos proyectamos sólo a partir de lo que conocemos y el porvenir procede de lo desconocido. El futuro no tiene en cuenta el pasado pero tampoco el presente. A pesar del cambio y su aceleración, hay técnicas que no varían. Al libro, la rueda y la cuchara se pueden añadir la bicicleta y los lentes, para no hablar de la escritura alfabética. Una vez alcanzada la perfección es imposible superarla.
Disponemos absolutamente de todo, sin filtro, de una cantidad ilimitada de información accesible a nuestras computadoras. Carrière pregunta: cuando nuestras prótesis electrónicas lo sepan absolutamente todo, ¿qué deberemos aprender aún? Y Eco responde: el arte de la síntesis.
Estas son nada más algunas de las ideas que Eco y Carriere ponen en movimiento en un libro inagotable que revive al mismo tiempo el arte de la conversación y el arte de la prosa. Hay muchos otros temas de interés, por ejemplo el problema del filtraje. Aristóteles no habla de Sófocles ni de Eurípides, en cambio menciona autores de tragedias que han desaparecido y de quienes ni siquiera el nombre se recuerda.
Otro problema sin explicación es por qué en los tiempos de Shakespeare no se da en Inglaterra una gran pintura como la que florecía en Flandes, en Italia y en España. O cómo Chateaubriand tuvo gran éxito con novelas ahora ilegibles y en cambio su obra maestra, Memorias de ultratumba, sólo se publicó parcialmente mientras vivía. Petrarca se pasó la vida trabajando en su gran obra en latín, África, creyendo que se convertiría en la nueva Eneida y le procuraría la consagración. Sólo en sus ratos de ocio iba a escribir los sonetos que lo han hecho famoso para siempre.
Todo empeora día tras día y todo cambia segundo por segundo. De repente lo más antiguo puede ser lo más nuevo. Tomás de Kempis en la Imitación de Cristo dice que nunca pudo encontrar paz en la vida a menos que se aislara en un sitio con un libro. Quien en este mundo busque la paz tendrá que elegir también un libro impreso o electrónico, pero al fin libro. (JEP)

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