Batallas en la Amazonia

El gobierno de Brasil dio luz verde para construir en la región del Amazonas la megapresa de Belo Monte. Argumenta que el país necesita producir más electricidad para alimentar su pujante desarrollo económico. Pero expertos brasileños y extranjeros sostienen que ello provocará irremediables daños al ambiente y la destrucción del hábitat de comunidades aborígenes que ya están en “pie de guerra”. Advierten: “Si Belo Monte se construye será con sangre indígena”.

ALTAMIRA, BRASIL (Proceso).- Se llama Shey­la. Dice que no tiene apellido pero la gente se lo ha puesto: Juruna, como el nombre de su etnia. Todos la conocen como “la guerrera del río Xingú”. Es una de las principales líderes de los pueblos indígenas de la Amazonia que luchan contra la construcción de la presa Belo Monte.

Sheyla repite ante los medios que “los indios se están preparando para hacer la guerra si el gobierno mantiene su intención de construir Belo Monte”.

Desde el pasado 1 de junio Belo Monte tiene una licencia de construcción después de 30 años de oposición indígena. Con una mirada penetrante Sheyla afirma a Proceso: “No tenemos otra opción que la guerra. Siempre hemos defendido el río y siempre lo defenderemos, porque no podemos vivir sin él”.

De 37 años, con dos hijos, Sheyla tiene que abandonar regularmente su hogar para encabezar una de las luchas más antiguas de los indígenas de la Amazonia.

“Fuimos de nuevo este año a Brasilia para hablar con la presidenta (Dilma Rousseff). No quiso recibirnos, pero dejamos el recado claro: si Belo Monte se construye, será con sangre indígena”.

 

“Milagro” energético

 

No es la primera vez que los indios amenazan con hacer la guerra para oponerse a la construcción de Belo Monte. Hasta ahora no ha sido necesario.

Sheyla tenía 15 años en 1989 cuando en una reunión pública una mujer de su etnia hirió con un machete el rostro de un ejecutivo de la empresa responsable de construir la presa. La imagen dio la vuelta al mundo y tuvo tal impacto que el Banco Mundial decidió retirar el financiamiento para la presa. La lucha de los indígenas –que tuvo una resonancia internacional y contó con el apoyo de estrellas de rock, como Sting– impidió pacíficamente la construcción de la obra.

Pero en 2003, cuando el presidente Lula da Silva anunció que Belo Monte es parte de su Programa de Aceleración del Crecimiento, los indígenas se indignaron. Sin embargo, sus protestas –apoyadas nuevamente por Sting y estrellas de Hollywood, como James Cameron y Arnold Schwarzenegger– no tuvieron mayor impacto. En realidad el gobierno de Brasil ya no necesitaba un préstamo internacional para construir la presa. Lo que sí necesita el país, argumenta el gobierno, es acompañar el crecimiento económico de Brasil con recursos energéticos.

Según las proyecciones de la Agencia Nacional de Energía Eléctrica, Brasil va a necesitar 5% más energía cada año hasta 2020. Es decir, que su actual capacitad energética –unos 106 mil megawatts (MW)– tendría que aumentar 50% en los próximos 10 años.

Actualmente 80% de la energía de Brasil es generada por 942 presas hidroeléctricas. Como el país ha explotado solamente 30% de ese potencial, la expansión energética proyectada está enfocada a la construcción de nuevas presas en la Amazonia. En esta región aún quedan varios majestuosos ríos por explotar, entre ellos el río Xingú, cuya extensión es de mil 979 kilómetros.

El proyecto de aprovechar las aguas del Xingú para producir energía data de la dictadura militar (1964-1985). Originalmente el régimen planeó un complejo hidroeléctrico de seis grandes presas a lo largo del río que en su totalidad iban a inundar 20 mil kilómetros cuadrados. Ello implicaba el desalojo de varias comunidades indígenas.

“La enorme sorpresa fue que un gobierno de izquierda retomó en 2003 un proyecto creado por la dictadura, cuando entonces no se sabía de la riqueza y del valor de la Amazonia”, cuenta a la reportera Felicio Pontes Jr., procurador general de la República en Belem, capital del estado de Pará.

A primera vista el proyecto no es el mismo: la presa de Belo Monte inundaría 500 kilómetros cuadrados; las seis presas proyectadas en los ochenta iban a inundar 20 mil. Además, ahora “ninguna comunidad indígena será desalojada”, afirma en su sitio en internet Norte Energia, la empresa encargada de la construcción y operación de Belo Monte.

–¿Cómo es que los ingenieros van a obrar el milagro de desarrollar la misma capacitad eléctrica (11 mil MW) que el proyecto original, reduciendo el tamaño del embalse y respetando los territorios indígenas?

–No hay ningún milagro. Es sencillamente un engaño que la sociedad brasileña aún no logra ver debido a las mentiras constantes del gobierno –responde el biólogo Rodolfo Salm, investigador de la Universidad de Altamira.

Salm es miembro del panel de 28 expertos de los centros de investigación sobre la Amazonia que elaboraron el informe Análisis crítico del Estudio de Impacto Ambiental de la hidroeléctrica Belo Monte.

Las conclusiones de esos expertos difieren de las del gobierno en cuanto a los impactos ecológicos y sociales e, incluso, las verdaderas intenciones del proyecto: no creen que el gobierno intente construir una sola presa, pues la rentabilidad de ésta sería inviable. “El tamaño de los ríos en la Amazonia tienen variaciones muy grandes entre las épocas de lluvia y las de seca. Ello ocurre particularmente en el Xingú, cuyo cauce se reduce mucho en el periodo de seca. Ello implicaría que la presa estaría sin operar al menos cuatro meses del año”, explica Salm.

La empresa Norte Energia lo reconoce y considera que la producción real de electricidad será de 4 mil 500 MW al año, aunque la capacidad instalada sea de 11 mil. “La única manera de que la presa sea rentable es construir otras más río arriba (como estaba previsto en el proyecto original), para retener agua durante la época de seca”, concluyen los expertos.

Pero tanto Norte Energia como el gobierno niegan que se proyecte construir otra presa en el futuro. “Belo Monte será la única presa en el rio Xingú”, afirmó Miriam Belchor, ministra de Planeación, durante una reunión pública sobre presas en Sao Paulo en agosto pasado.

La energía de la presa Belo Monte está destinada a la implantación futura de minas, debido a que se encuentra en una zona muy rica en recursos minerales, cuya exploración iniciaron empresas del sector, como la brasileña Vale.

“¿Esas minas también van a aceptar parar su producción durante cuatro meses al año? ¿Por qué vamos a gastar 30 mil millones de reales (19 mil millones de dólares) para producir solamente cuatro mil 500 MW? Es una tontería que nadie cree. Pero sería un escándalo proyectar otras presas, por eso el gobierno prefiere mentir”, asegura el procurador Pontes.

La resistencia

 

A partir de marzo del año pasado los inversionistas que financiarían la presa empezaron a cambiar. La mayoría de los bancos privados se retiraron y ahora el Banco Nacional de Desarrollo (Bndes) y los fondos de pensión de las empresas públicas brasileñas van a financiar 80% de la obra.

“El retiro del privado indica que la recuperación de la inversión tardará demasiado para que puedan financiar esta obra. Como por ejemplo esperar el funcionamiento de nuevas presas para recuperar su inversión”, señala el estudio Megaproyecto, megarriesgo, análisis de los riesgos para los inversores en el proyecto de Belo Monte, elaborado por expertos en temas de energía convocados por la organización International River Network.

Hay otro factor que puede frenar la inversión privada: las consecuencias ecológicas y sociales de la obra. Si bien las autoridades afirman que las comunidades indígenas no serán desalojadas, éstas no tienen la certeza de que esa promesa se mantendrá a mediano o largo plazo.

Belo Monte implica construir una serie de diques y canales para desviar 80% del agua en un tramo de 100 kilómetros de una curva natural del río. Ello causará “la destrucción parcial de uno de los lugares más espléndidos del país, un verdadero monumento fluvial del planeta: la Volta Grande do Xingú, considera el panel de expertos en la Amazonia.

Sostienen que desviar el agua implica dejar el cauce del río en el nivel de “seca permanente”. Las consecuencias: el agotamiento de los pozos debido al decrecimiento de las recargas de agua; la desaparición de una parte de la fauna acuática, la disminución de la pesca –que aporta 80% de las proteínas de la dieta de los indígenas–, la multiplicación de mosquitos y de enfermedades tropicales mortales…

“Sabemos perfectamente que esa presa significa la muerte para nuestros pueblos y que tenemos el derecho de nuestro lado”, asegura Sheyla.

En abril pasado, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), instancia de la Organización de Estados Americanos (OEA), pidió oficialmente al gobierno brasileño suspender la construcción de la presa hasta realizar una consulta previa, libre e informada a los pueblos originarios de la zona. Este mecanismo de consulta está inscrito en varios tratados internacionales que Brasil ratificó.

Pero la demanda de la CIDH provocó una reacción drástica de Brasilia: removió de la OEA a su embajador, Ruy Casaes, y amenazó con suspender los 800 mil dólares de contribución anual para el organismo.

Ante las críticas por Belo Monte, el gobierno brasileño repite un discurso en el que se burla de la oposición de las estrellas hollywoodenses al proyecto. Según esto, son los extranjeros quienes quieren impedir el desarrollo de la Amazonia con el pretexto de la conservación del ambiente cuando ellos ya desarrollaron su país; la Amazonia es de los brasileños, quienes no tienen que pedir permiso a nadie para construir la presa de Belo Monte.

Pero en realidad quienes encabezan la lucha contra la represa, quienes dan la cara son indígenas y expertos brasileños, los cuales refutan los argumentos del gobierno:

Cuando Norte Energia afirma que la hidroelectricidad es parte de las energías renovables y limpias, el doctor Philip Fearnside –Premio Nobel de la Paz 2007 como miembro del Panel Intergubernamental de Cambios Climáticos– responde que las presas en áreas tropicales como la Amazonia emiten más gases de efecto invernadero que las termoeléctricas para una producción equivalente de energía. Fearnside calculó que Belo Monte y la presa Babaquara, también en la Amazonia, emitirán tantos gases de efecto invernadero como la ciudad de Sao Paulo.

Cuando el gobierno argumenta sus necesidades de energía, Celio Bermann, especialista en este tema de la Universidad de Sao Paulo, lanza una propuesta de ahorro de energía que evitaría construir Belo Monte. Sostiene que mantener las presas actuales junto con el desarrollo de otras fuentes limpias permitirá aumentar la producción de energía en un nivel equivalente al que se espera de la construcción de nuevos embalses sin tener que construir éstos.

En el tema legal, el gobierno se enfrenta a un procurador: Felicio Pontes, quien logró detener la construcción de Belo Monte en tres ocasiones y quien sigue retrasándola con 13 acciones judiciales en curso.

“Defiendo el legado de los indígenas que siempre conservaron el corredor del Xingú. ¿Por qué destruir esta fuente única de farmacopea para extraer minerales que crean pocos empleos y pocas divisas al país?”, argumenta Pontes.

Ante tales argumentos, Norte Energia intentó prohibir el blog del procurador, Belo Monte de violencias. En sus artículos el procurador advierte sobre la violencia que se podría desatar en la Amazonia. Considera que Belo Monte podría implicar un gran costo político para Brasil, cuando el país cuida mucho su imagen en la escena mundial.

El próximo round entre opositores y gobierno será durante la reunión Río + 20, en junio de 2012, 20 años después de la Cumbre de Río. Este acto, convocado por la ONU, reunirá a gobiernos y líderes de todo el mundo para abordar temas como el desarrollo sustentable, la economía verde y el cambio climático.

A menos, claro está, que los pueblos indígenas entren antes al campo de batalla.

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