El Estado prometido

La solicitud ante las Naciones Unidas para que Palestina sea reconocida como un Estado observador provocó lo hasta hace poco improbable: la unidad de las facciones palestinas y el reposicionamiento político del presidente Mahmoud Abbas, cuya autoridad se había debilitado entre su pueblo debido a su “docilidad” ante Estados Unidos y la Unión Europea. Mientras en Nueva York –sede de la ONU– aumentan las presiones para sentar a negociar a los gobiernos de Palestina e Israel, en los territorios ocupados crece la tensión y arrecian los enfrentamientos.

RAMALLAH, CISJORDANIA.- La multitud que llenó la Plaza del Reloj en Ramallah el miércoles 21, se desbordó entusiasmada cuando el secretario general de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Tayeb Abdelrahim, mencionó el nombre de su presidente, Mahmoud Abbas.
El mandatario estaba en Nueva York a 48 horas de dar un discurso ante la Asamblea General de la ONU y presentar la solicitud para que Palestina sea admitida como miembro de pleno derecho y, por lo tanto, obtener el reconocimiento del organismo internacional al Estado palestino.
“¡Tenemos un nuevo (Yaser) Arafat!”, dijo Oumar al Malik, un abogado que acudió al acto en vestimenta tradicional árabe. “Habíamos olvidado lo que era no arrodillarnos frente a Estados Unidos”.

Sobre los palestinos pesaban algunas advertencias: congresistas estadunidenses amenazaron con cancelar los 470 millones de dólares anuales que su país entrega como ayuda a la ANP y que equivalen a 12.5% de su presupuesto y el gobierno israelí amagó con bloquear alrededor de 400 millones de dólares de impuestos aduaneros –que recauda en nombre de los palestinos– y con desconocer los acuerdos de Oslo, los que permiten que la Autoridad Nacional administre 19% de Cisjordania.
“El Estado de Israel firmó los acuerdos de Oslo con la Organización para la Liberación de Palestina, que creó la ANP”, recordó Danny Ayalon, viceministro israelí de Exteriores, a una conferencia de donantes en Viena el lunes 19. “Israel no tendrá absolutamente ninguna obligación hacia un así llamado Estado palestino”.
Avigdor Lieberman, ministro de Relaciones Exteriores, anticipó desde agosto pasado que la campaña de manifestaciones con la que los palestinos querían acompañar la petición ante la ONU revelaba que planeaban causar “derramamiento de sangre como nunca antes hemos visto”.
A manera de advertencia, el 30 de agosto el ejército filtró a la prensa israelí un documento que consignaba las medidas de represión que estaba preparando para enfrentar las marchas árabes: el entrenamiento militar de grupos de colonos, la entrega a éstos de granadas de aturdimiento y gas lacrimógeno, la disposición para que soldados israelíes pudieran disparar a las piernas de manifestantes palestinos que rebasen los límites de las áreas específicas (Proceso 1818).
Los augurios del desastre no calaron entre los palestinos, que el martes 20 develaron en la plaza al Manara, en el centro de Ramallah, una enorme silla azul con las banderas de Palestina y de la ONU, que representa el asiento que su país debería ocupar en la Asamblea General.
Se dicen dispuestos a aguantar lo que venga. Una encuesta publicada el domingo 18 indica que 84% de los palestinos apoya la solicitud ante la ONU, a pesar de que 90% y 87% creen que esto provocará “reacciones rigurosas” de Israel y de Estados Unidos, respectivamente.

La desconfianza

El presidente estadunidense, Barack Obama, dijo el miércoles 21, en un discurso en la ONU, que “no hay atajos para la paz” y que, por lo tanto, Abbas debería guardar su petición y sentarse a dialogar. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, aseguró que los palestinos encontrarían en él a “un interlocutor confiable” para negociar. Y urgió a Abbas a reunirse con él allá mismo, en Nueva York.
Aquí se recuerda bien que, el 9 de marzo de 2010, Obama envió a su vicepresidente, Joe Biden, a Jerusalén para insistir en que antes de iniciar conversaciones, Israel debía suspender la construcción de asentamientos de colonos en Cisjordania, la tierra que se supone que devolverá como parte de un eventual acuerdo. Mientras él viajaba, el gobierno israelí autorizó la construcción de mil 600 casas en Jerusalén oriental, la parte de esa ciudad que los palestinos reclaman como capital. “Es precisamente el tipo de pasos que minan la confianza que necesitamos ahora”, dijo un frustrado Biden.
Los diplomáticos de la ANP se han quejado de que, para persuadirlos de olvidarse de la ONU, los estadunidenses les presentaron un proyecto de declaración que parecía una burla: no mencionaba los asentamientos israelíes ni el futuro de Jerusalén y de los refugiados, e incluía la exigencia de reconocer a Israel como Estado judío.
“¿Atajos para llegar a la paz? ¿Qué le pasa a ese señor? Llevamos 20 años en esto, desde que empezaron las conversaciones, y 18 años desde que se firmaron los acuerdos en Oslo”, dice Amr Abdel Nasr, un veterano miembro de al Fatah, el principal partido palestino.
Agrega: “¿A dónde nos condujo todo esto? ¿Tenemos Estado y alguna forma de independencia? ¿Han dejado de construir asentamientos en nuestras tierras? Hace 20 años había 100 mil colonos israelíes en Cisjordania. Ahora hay 500 mil. ¿Y nos dicen que buscamos atajos? Oslo fue una gran trampa en la que caímos para beneficio de Israel y ahora nos dicen de nuevo que esperemos al diálogo. Como si esta vez sí quisieran ser serios”.
“No nos pueden pedir que sigamos creyendo, quieren que les tengamos fe a las piedras”, explicó en Ramallah Tarek Yusuf Salah, alumno de derecho de la Universidad de Bir Zeit, la institución educativa palestina más importante.

Jugada personal

En los días previos al discurso de Abbas, algunos observadores extranjeros especularon si el mandatario cedería finalmente a las intensas presiones internacionales. Si ello sucede “haríamos kebab (una especie de alambre rostizado) con Abbas”, bromeó el abogado Al Malik en el mitin del miércoles 21. “¡Mira esta gente! Llevamos años de estancamiento, de aceptar migajas, de luchas intestinas… reivindicar nuestro derecho de sentarnos en la ONU como nación igual a las demás naciones nos ha dado esperanza y unidad”.
Un joven militante de al Fatah también está entusiasmado pero mantiene una postura crítica, por lo que prefiere reservar su nombre:
“Hoy Abu Mazen (nombre de guerra de Abbas) es el hombre más popular de Cisjordania. Supo conseguirlo: siempre ha hecho lo que Washington o Israel han querido y perdió toda la credibilidad, dejó de serles útil. Se sabe en el ocaso de su carrera y no quiere pasar a la historia como un títere. Nadie sabe muy bien de qué servirá entrar en la ONU, pero mientras más presión hacen Obama y Netanyahu, y más la resiste Abu Mazen, más crece su figura ante nosotros.”
La sociedad palestina está dividida en multitud de organizaciones y sectas, y algunas de ellas han querido aprovechar la oportunidad para lanzar una insurrección general.
Por ejemplo en Qalandia (un punto de control israelí entre Jerusalén y Ramallah que recuerda el cruce San Diego-Tijuana: cuando uno viene de allá pasa sin tener que mostrar nada; de regreso hay que hacer largas colas y rogar que el oficial a cargo esté de buenas) jóvenes encapuchados hostigaron con piedras a los soldados israelíes, que respondieron con gases lacrimógenos, granadas de aturdimiento, balas de goma y un arma nueva, sónica: el scream, que produce un sonido que causa desconcierto y náusea y afecta el equilibrio.
Parece un juego, pero un muchacho recibió una lata de gas en un ojo y tuvo que ser retirado en ambulancia. Aunque hubo más reportes de incidentes, no fueron mayores que los de una semana normal.
La gente está animada, pero su actitud no es beligerante y rechaza la idea de escalar el conflicto: “He pasado por dos intifadas”, afirmó Hisham Mahmoud, un trabajador de la administración local. “Murieron muchos palestinos e israelíes, la economía desapareció, hubo enorme sufrimiento. La paz no se consigue con violencia”.
La ANP anunció que los actos quedarían restringidos a los centros urbanos y su policía dijo que se trataba de “manifestaciones festivas”, por lo que reprimiría las “que no sean festivas”.
Reportes de la prensa israelí indicaron que el ejército “no espera motines inminentes en Cisjordania”. Al dar cuenta de una reunión que tuvo lugar a la una de la mañana del miércoles 21, en el aeropuerto Ben Gurión, entre el primer ministro Netanyahu y el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Israelíes de Defensa, Benny Gantz, este último informó lo anterior, precisando que de todos modos sus tropas “están listas para cualquier eventualidad”.
Los medios no mencionaron si Gantz se refirió a otra posible fuente de violencia: los grupos extremistas entre los colonos israelíes que sostienen lo que llaman “política de la etiqueta del precio” mediante la que manifiestan que cualquier agravio (el desmantelamiento de uno de sus puestos de avanzada por parte del ejército israelí o un ataque palestino) causará represalias contra palestinos, políticos israelíes o el propio ejército, aunque se trate de gente sin relación con los hechos que provocaron su molestia.
Sólo en la primera mitad de septiembre estos colonos quemaron varios miles de olivos propiedad de palestinos, incendiaron mezquitas, amenazaron a una conocida pacifista judía –cuya identidad la prensa israelí no dio a conocer– y causaron destrozos en una instalación militar en el asentamiento de Mitzpe Ramon, en Cisjordania.
El martes 13, el diario Haaretz dio a conocer un informe del Shin Bet, el servicio de seguridad interna del Estado, en el que se advierte que colonos radicales estaban planeando atentados contra palestinos e izquierdistas israelíes, “lo que constituye una actividad terrorista”.
Tanto el gobierno como prominentes líderes del sionismo religioso han manifestado su rechazo a esa política. Los rabinos Aharon Lichtenstein, de 78 años, y Yaaqov Medan, de 61, difundieron un manifiesto el lunes 19 en el que aseguraron que “estos tipos han cruzado todas las líneas rojas” y pedían a los colonos denunciar a los perpetradores.
Pero los colonos tienen toda la tolerancia. El martes 20, en una visita al pueblo palestino de Qusra, cerca de la ciudad cisjordana de Nablús, el reportero constató los daños que centenares de colonos provocaron el viernes 16 en una céntrica mezquita: destrozos causados por el fuego y grafitis con la estrella de David y mensajes que decían “Mahoma es un cerdo”.
Cuando el ejército llegó se interpuso entre los agresores y los defensores de la mezquita. Los primeros siguieron arrojando piedras, según narraron los pobladores, pero cuando los árabes trataron de responder, los soldados los gasearon y les dispararon balas de goma.
Las fotografías lo demuestran. Una de ellas es de un joven que había caído con un tobillo destrozado. Según la versión de los pobladores de Qusra, un colono se acercó al joven y golpeó la herida varias veces con el borde de una pala. Finalmente el muchacho perdió el pie.

Marcha de colonos

En esta tierra, las historias de agravios mutuos no tienen fin. Toda nueva agresión se justifica en una recibida antes. En Itamar, un asentamiento judío del área, el alcalde Moshe Goldsmith mostró la casa donde infiltrados palestinos asesinaron a cuchilladas a los cinco miembros de la familia Fogel: dos adultos y sus hijos de 11 y 4 años y uno de 3 meses. El 13 de septiembre, un palestino de 18 años fue condenado a cinco cadenas perpetuas por este crimen.
Goldsmith dijo tenerle sin cuidado el ingreso de Palestina a la ONU y afirmó que aceptaría una anexión de Cisjordania por Israel, aunque “no tendría sentido: uno no anexa su propia casa. Ésta es nuestra tierra, está en la Biblia”, sostuvo.
El martes 20, los colonos de Itamar marcharon siete kilómetros hasta bloquear un cruce carretero que interrumpió el tránsito de los palestinos y aisló el norte cisjordano de Ramallah con el resto del territorio.
Como los colonos habían anunciado manifestaciones de represalia sobre poblaciones palestinas, los medios acudieron a Itamar imaginando que se trataba de una de éstas. Los hombres armados con rifles automáticos, sin embargo, apenas se dejaron ver. Los 200 manifestantes eran niños y adolescentes de hasta 15 años, acompañados de tres mayores y dos jóvenes animadores, que recorrieron el tramo entre canciones y bailes.
Mientras las cámaras registraban bellas imágenes de niños con banderas con la estrella de David, numerosos colonos se reunieron no muy lejos, en el asentamiento de Yitzhar, y realizaron otra marcha. El reporte militar indica que bajaron hasta la aldea palestina de Assira al-Kibliya y lanzaron piedras contra personas y casas. Cuando el ejército llegó se interpuso, otra vez, entre los agresores y los defensores. Dispersaron a estos últimos con gases lacrimógenos.

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