El gambito turco

RAMALLAH, CISJORDANIA.- Israel cada día se aísla más, Egipto se acerca al caos, las potencias occidentales se ponen nerviosas ante el debilitamiento de su influencia y –elevándose entre tantos hundimientos– Turquía ha decidido reaccionar a estos cambios con un golpe de timón en su política exterior: ha dejado atrás su doctrina de “cero problemas” con los vecinos para asumirse como un nuevo líder regional.
“Nadie podía haber previsto este escenario a principios de año, cuando el alzamiento popular en Túnez todavía parecía un evento aislado y la configuración política del Mediterráneo Oriental era la misma que había sido diseñada en los acuerdos de Campo David”, explica a Proceso Burak Medeniyeti, politólogo de la Universidad del Bósforo.
Los acuerdos de Campo David fueron firmados en septiembre de 1978 por Israel y Egipto a instancias del entonces presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter: una alianza aceitada por 4 mil millones de dólares anuales en ayuda militar al primero y 2 mil millones al segundo, que complementaba la estrategia de seguridad israelí que ya contaba con la sólida amistad del gobierno de Turquía.
La llegada al poder del Partido de la Justicia y el Desarrollo, del primer ministro Recep Tayyip Erdogan, en 2002, fue el inicio de un proceso que terminó por desmantelar el sistema de gobierno turco, en el que los militares tutelaban la democracia y daban golpes de Estado para reafirmar su posición. Erdogan proclamó su triunfo sobre sus generales, cuando la cúpula de las Fuerzas Armadas renunció.
El mandatario turco y sus correligionarios representan una combinación de una vocación religiosa con prioridades empresariales. En su esfuerzo por reformar su país han mantenido algunas reivindicaciones de los musulmanes sin poner en peligro el laicismo del Estado y anteponiendo los intereses comerciales y de desarrollo económico.
Desde que tomaron el poder (han ganado tres elecciones consecutivas, la última con 50% de los votos de una participación de 80% de los electores), el PIB se ha multiplicado por tres y las exportaciones pasaron de 36 mil millones a 114 mil millones de dólares al año.

El viraje

Ahmet Davotoglu, asesor del primer ministro desde 2003 y nombrado en 2009 ministro de Asuntos Exteriores, fue el arquitecto de la política de “cero problemas”: Turquía debería ser un vecino cooperativo. “He dicho que Turquía como Estado-nación es igual a cualquier Estado-nación de nuestra región, así sea pequeño en población o en área”, afirmó Davotoglu al diario turco Sabah el 14 de diciembre de 2010. “No tenemos hegemonía sobre nadie”, agregó.
Pero ahora ha compartido con Erdogan la tarea de marcar la nueva actitud de Turquía. En una larga entrevista publicada el domingo 18 por The New York Times, Davotoglu anunció la intención de construir un eje Turquía-Egipto que, en momentos en que se debilita la influencia de Estados Unidos y sus socios europeos, contribuya a reconstruir los equilibrios de poder en la región.
“Este no será un eje de poder contra algún otro país: ni Israel ni Irán ni nadie más”, le dijo al diario neoyorquino. “Será un eje de democracia de las dos naciones más grandes de la región, del norte al sur, del Mar Negro hasta el Valle del Nilo en Sudán”.
En años recientes, Turquía había dado muestras tímidas de querer desarrollar una política exterior propia, un poco desmarcada de Estados Unidos: tuvo gestos de acercamiento con Irán y endureció un poco su discurso hacia Israel.
Pero el asalto militar israelí del 31 de mayo de 2010 a la Flotilla de la Libertad –que se proponía romper el bloqueo a Gaza y que se saldó con la muerte a balazos de ocho civiles turcos y de un turco-estadunidense en un buque de bandera turca y en aguas internacionales– desencadenó el inicio del cambio de política exterior de Turquía en la región.
Erdogan exigió que Israel presentara disculpas y se hiciera cargo de indemnizar a los familiares, pero encontró una gélida negativa del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.
Los turcos tardaron en definir una postura con respecto a las insurrecciones en varios países árabes, que empezaron en Túnez en diciembre de 2010. El pasado mayo brindaron su apoyo a los rebeldes libios y contribuyeron enviando barcos para rescatar a personas heridas en la ciudad asediada de Misrata. Esperaron hasta agosto para reclamar la salida del poder del presidente sirio Bachir al Assad. Incluso el miércoles 21 anunciaron sanciones económicas contra Siria.
Históricamente, árabes y turcos han desconfiado unos de otros. Desde el siglo XIII y hasta 1918, el Imperio Otomano (del que la Turquía republicana es heredera) gobernó con mano dura sobre pueblos árabes de Irak a Libia. Denunciar el “imperialismo” de los turcos (Davotoglu ha sido acusado de ser “neo-otomanista”) es lugar común entre los políticos de la región. Esto no impidió que Erdogan decidiera convertir a su país, y a sí mismo, en campeón de los árabes.

Cuestión de equilibrios

Aunque en los hechos su país ha hecho menos que otros para ayudar a los pueblos árabes insurrectos, del lunes 12 al viernes 16 Erdogan hizo una gira por Egipto, Túnez y Libia en la que multitudes lo aclamaron. Incluso, el popular programa Hora 10, de la televisión egipcia, lo describió como “un hombre que es admirado no sólo por un amplio sector en Turquía, sino también por un amplio sector de los árabes y los musulmanes”.
Erdogan iba a ser el primer gobernante extranjero en visitar Libia tras la caída de Muamar el Gadafi. Su visita estaba programada para la tarde del jueves 15. Pero el primer ministro de Gran Bretaña, David Cameron, y el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy –que impulsaron la participación militar de la OTAN para derrocar a Gadafi–, se le adelantaron. A toda prisa improvisaron una visita a Trípoli la mañana de ese mismo día 15.
Medeniyeti acota: “Hay un aspecto en el que (Cameron o Sarkozy) no pueden adelantar a Erdogan: éste ha ganado una enorme popularidad entre los árabes comunes debido a su retórica propalestina y antiisraelí”.
Los desaires de Netanyahu (más los resbalones del ministro de exteriores israelí, Avigdor Lieberman, quien propuso a su gobierno brindar apoyo a los guerrilleros kurdos que combaten contra Turquía) y la negativa del gobierno israelí a hacer concesiones que permitan el diálogo con los palestinos, le ha dado pie a Erdogan para referirse en duros términos a Israel y sus aliados. Lo ha llamado, por ejemplo, “el niño mimado de Occidente”.
También le ha permitido imponer una serie de medidas respecto a Israel, como el retiro de su embajador en Tel Aviv, la suspensión de la colaboración y del comercio en materia militar, reciprocidad cuando ciudadanos turcos son maltratados en aeropuertos israelíes. Incluso Erdogan ha lanzado advertencias al gobierno israelí: desde realizar patrullajes más frecuentes en el Mediterráneo Oriental hasta proteger militarmente a futuras flotillas de barcos que lleven ayuda a Palestina.
En caso de una confrontación armada, Washington tendería a alinearse con Israel, pero a costa de destruir a la OTAN, a la que pertenece Turquía y que obliga a la defensa de sus miembros.
“Erdogan y Davotoglu apuestan a fortalecerse aliándose con Egipto”, sostiene Medeniyeti. Su oportunidad descansa en que este país está en juego: la junta militar que lo gobierna preferiría mantener la asociación con Estados Unidos e Israel, pero enfrenta una enorme presión popular en sentido contrario y los turcos están tratando de aprovecharla para influir a su favor.
“Algunos pueden pensar que Egipto y Turquía son competidores”, dijo Davotoglu en la citada entrevista con The New York Times. “No. Ésta es nuestra decisión estratégica. Queremos un Egipto fuerte ahora”.

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